La Fiesta del Patrón de España

Carta del obispo de Alamería, Mons. Adolfo González

Queridos diocesanos:

Llega la fiesta patronal de nuestra nación y conviene recordar que España ha tenido en su historia la dicha de haber recibido la predicación evangélica desde los tiempos apostólicos. La trayectoria histórica de nuestro país no se puede comprender sin la fe cristiana. Nuestra historia ha estado marcada por vicisitudes que han exigido grandes sacrificios, como la historia de todos los pueblos que han tomado parte de modo singular en la historia de la humanidad, y España ha contribuido a la creación de la que conocemos como civilización occidental con pasión y cuño de identidad.

La fe cristiana ha dado históricamente configuración propia a la historia de nuestra nación, contribuyendo de modo decisivo a la unificación de sus gentes haciendo que fraguara en un mismo sentir religioso el proyecto de convivencia de pueblos y gentes diversas que se han sentido inspiradas por la misma fe y los valores morales del Evangelio durante siglos.

Es verdad que, superada la invasión musulmana y, después de los siglos dorados de España, de su expansión política y cultural, después de la obra asombrosa de la evangelización, sin entrar ahora en otros análisis, el espíritu de la modernidad introdujo diferencias importantes entre nosotros, que se fueron gestando desde finales del siglo XVII hasta las confrontaciones y las guerras últimas, sobre todo la guerra civil del pasado siglo. Superadas no sin dolor compartido por los todos los españoles las vicisitudes peores, nuestro país ha emprendido un camino de convivencia lleno de esperanza.

Sería, por eso, de lamentar que las diferencias existentes hoy entre nosotros dieran lugar a una dialéctica de la confrontación que pudiera conducir a males mayores. La legítima diferencia de maneras de pensar y sentir la vida entre los ciudadanos de un país moderno no puede tener como horizonte la descalificación del adversario visceral y sistemática, sin apreciar en él más que errores y vicios que sólo se subsanarían excluyéndolo del ejercicio democrático y legítimo del poder público. Hacerlo así sería volver a los peores errores del pasado y, a ves, uno tiene la impresión de que las generaciones están abocadas a repetir estos errores.

La tenacidad con que algunos se empeñan en excluir la religión del ámbito público resulta inaceptable en una sociedad abierta y verdaderamente democrática. No es posible imponer en la vida pública un silenciamiento de la fe cristiana que tan intrínseca ha sido a la historia de nuestro país, y sigue siéndolo para amplias mayorías. Además, el profesar la fe cristiana y poder reclamar la legitimidad de su moral es y sigue siendo derecho legítimo de las personas, que sólo en cuanto son tales, es decir sujetos de responsabilidad moral, pueden ser capaces de convivencia ordenada por la ley y portadores, por esto mismo, de ciudadanía.

La aspiración obsesiva y, al parecer programada, a eliminar los signos cristianos de la vida pública y las acciones religiosas, sobre todo cuando son acciones legítimas de la mayoría, es una aspiración totalitaria, además de ser contradictoria con el espíritu democrático que se invoca. No se puede practicar intolerancia so pretexto de tolerancia ni se puede someter la sociedad a una ideología con pretensión de hacerla más tolerante. Es contradictorio reclamar tolerancia prohibiendo sostener y defender su propio mensaje a las confesiones religiosas y, sobre todo, actuando contra la fe mayoritaria de los españoles. No vale el pretexto engañoso de no molestar o herir los sentimientos religiosos de otros ofendiendo e hiriendo los sentimientos religiosos de los cristianos, que se ha convertido en la fe religiosa más perseguida en el mundo.

La libertad religiosa es la pieza clave del arco de libertades, porque de la fe religiosa emerge tanto la consideración decisiva de la dignidad de la persona humana como el concepto global del mundo, y la misma forma de entender la convivencia social. Sin reciprocidad no hay verdadera libertad religiosa. No es posible en buena ley democrática impedir abrazar una religión o salir de ella. No es compatible con la libertad de pensamiento y religión impedir que alguien proponga razonablemente la concepción cristiana de la sexualidad y del amor humano, y tratar de imponer con la ayuda de la normativa imperada en la escuela y en las instituciones la ideología de género, propiciando un cambio de lenguaje que obligue a comulgar con la ideología que se pretende imponer. Este es contrario a la libertad religiosa que, como ha advertido el Papa Francisco, representa una verdadera colonización de la mente y del alma humana.

Hoy, el sepulcro del Apóstol vuelve a irrumpir en la actualidad de la noticia como meta de miles de peregrinos que no cesan a lo largo del año, y siguen llegando a Compostela por los distintos caminos de Europa y de España, aunando los pasos de todos hacia los restos del amigo del Señor, primero entre los Apóstoles en verter su sangre como testimonio de fe. Los caminos que llevan hasta Santiago se han convertido en acontecimiento continuado del testimonio del Apóstol sellado con su sangre. Estos caminos que tejen el Camino de Santiago han prolongado en la historia de España aquella primera predicación evangélica que sembró la palabra de Dios en los habitantes de la península Ibérica, y que dio por resultado la primera gran síntesis de cristianismo y cultura hispanorromana. Después se alargaría esta síntesis, y no sin divisiones, en el cristianismo visigótico y perviviría en los mozárabes.

La fe evangélica así acrisolada en nuestras tierras sería trasplantada al Nuevo Mundo como lo que de verdad es, noticia de salvación y humanidad, para que pudiera crecer en una nueva síntesis en un proceso de mestizaje complejo, que si no estuvo exento de violencia, fue al mismo tiempo capaz de fructificar en las mejores formas de humanidad como expresión de fe cristiana.

Los españoles necesitamos hacer memoria de nuestra historia, incluso si no nos gustan algunos de sus capítulos, para poder avanzar hacia un futuro que no puede construirse despreciando el pasado o soterrándolo con violencia. La memoria nos puede avisar de que este intento marcó un pasado fratricida que forma parte de la memoria histórica de todos los españoles y que no es compatible con el sectarismo. Una lectura sectorial y engañosa de nuestro pasado ha causado ya y causará males no deseables.

Los proyectos de futuro que aspiran a levantarse al margen de Dios como referencia trascendente de la vida humana no son proyectos de futuro. Son quimeras que han llevado en la historia a verter mucha más sangre que la se pretende atribuir a la historia de las naciones cristianas, a la que a veces se apela con manifiesta injusticia y falta de objetividad histórica. Los proyectos de futuro de verdad abiertos, como pueden llevarlos adelante las naciones de tradición cristiana, tienen que contar con la inestimable aportación de la fe que ha inspirado su historia. ¿Por qué han de renunciar las naciones de historia cristiana a la propia identidad aventurándose por el camino de un suicidio histórico y cultural?

El respeto a la diversidad no puede suponer como programa la agresión a la fe mayoritaria, es decir, a la fe y la moral de las mayorías históricamente consolidadas, ni éstas pueden renunciar a hacerlas valer con legitimidad democrática. La multiculturalidad es hasta hoy un programa no resuelto, porque no puede ser la mera yuxtaposición de colectivos que tienen sus propias fronteras infranqueables dentro de una misma sociedad. Para preservar la diversidad dentro de una misma sociedad se requiere concordar en un horizonte cultural común suficientemente desarrollado, con alma para perdurar y un ordenamiento jurídico que garantice la paz social sin menoscabar la cultura mayoritaria y los derechos de la religión más participada por las personas, que son los sujetos reales de derechos ciudadanos.

La fiesta del Apóstol Santiago, Patrón de España viene a reclamar de nosotros voluntad sincera de construir un futuro plenamente reconciliado, que requiere ciertamente de las mejores condiciones económicas y sociales, pero también de los mejores y más altores valores morales. Sin estos valores y la práctica de las virtudes la vida social y cultural será devorada por el relativismo que nos hace amorales las conductas y puede inclinar con facilidad a la falta de ética en nuestras acciones.

Aun siendo día laboral en tantas regiones, que no pase desapercibida la fiesta patronal del Apóstol. Tal como reza la oración de la misa de esta solemnidad apostólica. Pidamos por intercesión de Santiago que «la Iglesia, reconfortada por su patrocinio, sea fortalecida por su testimonio y que los pueblos de España se mantengan fieles a Cristo hasta el final de los tiempos».

Almería, a 25 de julio de 2017

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería