Homilía en la Epifanía del Señor

Homilía del obispo de ALmería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Is 60,1-6; Sal 71,2.7-8.10-13;Ef 3,2-3a.5-6; Mt 2,1-12

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Epifanía del Señor nos coloca de nuevo ante el misterio de la encarnación del Verbo, del Hijo de Dios manifestado en nuestra condición humana. Jesús, el Hijo de Dios, engendrado en el seno del Padre antes de los siglos, ha aparecido como luz del mundo que disipa las tinieblas del pecado y abre la obscuridad de la noche al día gozoso de la salvación. Es el misterio de la Navidad, prometido por los profetas y simbólicamente adelantado en la restauración de Israel, del pueblo elegido; en la liberación y reconstrucción de la ciudad santa de Jerusalén, cautiva por sus pecados y ahora contemplada por el profeta en ciudad libre y santa.

Pocos textos tan bellos como el fragmento del profeta Isaías que acabamos de escuchar: «¡Levántate y brilla, Jerusalén que llega tu luz; / la gloria del Señor amanece sobre ti! / Mira: las tinieblas cubren la tierra, / la oscuridad los pueblos, /pero sobre ti amanecerá el Señor, / su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; / los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60,1-3).

La Epifanía es la fiesta de la manifestación luminosa del Señor, que se remonta al siglo IV y es un poco anterior a la fiesta de la Natividad del Señor el 25 de diciembre. Sabemos por los santos Padres que la Epifanía se celebraba en Egipto en este día 6 de enero como fiesta del Nacimiento del Señor (San Epifanio de Salamina). Es en el mismo siglo IV cuando se extiende la celebración de la fiesta de Epifanía de Oriente a Occidente, y en esa misma época se asienta la fiesta de la Natividad del Señor del 25 de diciembre. Por esto mismo, la fiesta de la Epifanía adquiere en Occidente un significado propio: Jesús, nacido en Belén, se manifiesta a los pueblos paganos como Salvador, siendo adorado por los Magos, los sabios que llegan de Oriente a adorar al recién nacido, que es contemplado como Rey mesiánico, el gran Rey que era esperado en el Oriente antiguo y había de instaurar el reinado divino en el mundo universo conocido.

El evangelio habla de unos «Magos de Oriente», que sin duda se transforman en «reyes» al ampliarse y adornarse la tradición evangélica de la infancia de Jesús con la lectura de Isaías que hoy hemos escuchado. Es una lectura en la que observamos el alcance universal de la salvación de los tiempos mesiánicos, cuando llegue el gran rey salvador y “los pueblos caminen a la luz de Jerusalén y los reyes al resplandor de su aurora”.

Es cierto que, cuando la samaritana le pregunta dónde se debe tributar culto a Dios, aunque Jesús responde que Dios es espíritu, y en consecuencia el Padre debe ser adorado «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23), le recuerda al mismo tiempo que «la salvación viene de los judíos» (Jn 4,22). El carácter universal de la salvación se afirma como resultado del don que Dios ha hecho a Jerusalén como madre de los pueblos, por eso ante el rey Mesías que viene «se postrarán los reyes, le servirán todas las naciones» (Sal 72,11). Con toda razón declama el salmista: «¡Qué pregón tan glorioso para ti, / ciudad de Dios! (…) / Se dirá de Sión: “Uno por uno / todos han nacido en ella”; / el Altísimo en persona la ha fundado (…) / y los príncipes, lo mismo que los hijos, / todos ponen su mirada en ti» (Sal 86,1.5-7).

Dios eligió a su pueblo Israel y de él ha nacido en Mesías y Salvador. En la carta a los Romanos san Pablo dirá, defendiendo a su pueblo: «Son israelitas; de ellos es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de ellos también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén» (Rom 9,4-5). De los judíos, pues, procede Jesús, que vino a traer un mensaje de salvación anunciado a los judíos con destino universal, cumpliendo así las promesas hechas por los profetas.

Este mensaje que vino Jesús a traer es el anuncio de la manifestación de Dios en él para que todos lleguen a la salvación. Dice Pablo escribiendo a Timoteo que es grande el misterio de la piedad de Dios ahora revelado, cuyo contenido es la revelación universal de Cristo: «Él ha sido manifestado en la carne, / justificado en el Espíritu, / aparecido a los ángeles, proclamado a los gentiles, / creído en el mundo, / levantado a la gloria» (1 Tim 3,16).

Jesús es adorado por los Magos de Oriente, que eran expertos en el mundo antiguo en la observación de los astros, que conforme a las creencias de la época vinculaban el destino de las personas al curso de las estrellas, a su nacimiento y brillo. Estos sabios han visto la estrella del gran rey y acuden a rendirle homenaje y hacerle regalo de sus tesoros y dones, el que evangelista concreta en oro, incienso y mirra.

No sabemos si esta estrella fue un fenómeno natural como pudo ser la conjunción astral de los planetas Júpiter y Saturno que ocurrió en tiempos del nacimiento de Jesús; o si, más bien, se trató de una luz milagrosa, porque no podemos concretar los datos históricos. Sabemos que este relato está redactado para poner de manifiesto que Jesús es el rey Mesías a lo divino, no al modo humano como era concebido y esperado por los judíos. Sabemos y así lo creemos que el Mesías Jesús se cumplen las promesas hechas al pueblo elegido, tal como el oráculo del profeta dice: «Lo veo, pero no ahora, / lo diviso, pero no de cerca; de Jacob avanza una estrella, / un cetro surge de Israel» (Núm 24,17).

La estrella prometida avanza en Jesús para iluminar el mundo y atraer a los pueblos y las naciones a la luz del Señor, al resplandor de su aurora. San Pablo, que se comprende a sí mismo como evangelizador de los pueblos gentiles, de los paganos, dirá acerca de su ministerio, como hemos escuchado en la carta a los Efesios, que Dios le ha dado a conocer un misterio escondido durante los siglos y «que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (Ef 3,6).

Por esto mismo la fiesta de la Epifanía es una fiesta de proyección misionera. No importa que los enemigos de la fe, como Herodes, que los representa a todos, se opongan al reinado del Hijo del Altísimo, porque Jesús es el Salvador del mundo, pero es, por eso mismo, “piedra de tropezar”; porque Jesús, como le dijo Simeón a María cuando lo encontró en el templo: «Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones» (Lc 2,34). No podemos renunciar a anunciar sin temor que Jesús es el Redentor y el Salvador de los hombres, aunque algunos se escandalicen o se muestren desconfiados e indiferentes ante el anuncio de que el Hijo de Dios se hizo hombre, adquiriendo nuestra humana condición.

No podemos renunciar a educar a la infancia y la juventud en la fe de la Iglesia, para que generación tras generación Jesús sea conocido y amado, porque sólo por medio de él llegaremos al conocimiento de Dios y a la vida eterna. Frente a una sociedad que ahoga la vida de los niños en el vientre materno, como Herodes acabó con la vida de los inocentes, hemos de ser testigos de la vida; y frente a cuantos apartan a los niños del conocimiento de Cristo Jesús, pretextando una supuesta y acrítica neutralidad imposible, hemos de ayudar a las familias a dar a conocer a los niños y adolescentes el misterio de amor de Dios manifestado en Jesús. En Jesús brilla la estrella de Jacob, la luz que ha brillado para disipar las tinieblas de los corazones iluminando una sociedad ensimismada en su propia autonomía de decisión, que no se rige por los mandamientos de Dios. Cada uno de nosotros ha de ser testigo de la manifestación de Dios en Jesús.

Que nos lo concedan la santísima Virgen María y san José, que acogieron en su la casa refugio de Belén a los Magos y les mostraron el amor de Dios hecho carne y admirados contemplaron la adoración de las naciones en la humilde postración de estos sabios del Oriente, que se sumaron a la adoración de los pastores.

Almería, 6 de enero de 2018

+Adolfo González Montes
Obispo de Almería

Panel de Noticias

Noticias relacionadas