En la fiesta de San Juan de Ávila

Homilía del obispo de Almería. Mons. Adolfo González, en la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del Clero español

Lecturas bíblicas: Hch 13,46-49; Sal 22,1b-6; Mt 5,13-19

Queridos hermanos:

La fiesta de san Juan de Ávila nos invita a dar gracias a Dios y alabar su providencia sobre nosotros, al darnos en la persona del gran evangelizador que fue el Maestro Ávila un intercesor y un patrón que, unido y configurado con Cristo, único mediador, estimula nuestro proceso constante y sostenido de configuración con Cristo, único sacerdote y servidor de los hombres. Esta configuración con Cristo fue en san Juan de Ávila fruto de la contemplación de quien dio su vida por nuestro amor, conforme al designio del Padre, siguiendo aquellas palabras de Jesús: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).

Lo que san Juan de Ávila contempla en el Crucificado es la expresión suprema de un servicio que es diaconía del amor inmolado, mediante la entrega de la propia vida por los hombres a causa de Dios y de la justicia de su Reino, para que su voluntad sea hecha y el hombre sea rescatado de la perdición. Aquello para lo cual es tomado el sacerdote de entre los hombres es la causa de Dios, pues está puesto en favor de los demás «en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (…) por sus propios pecados igual que por los del pueblo» (Hb 5,1.3).
El ministerio de Cristo es ministerio de la palabra proclamada por aquel que dice las palabras que ha oído al Padre, y por eso mismo no habla por cuenta propia, sino que dice lo que ha oído al Padre (cf. Jn 5,30; 7,16-18; 8,40; 12,49). Cristo Jesús es el evangelizador del Padre, al servicio de aquella verdad que puede salvar al mundo: la verdad de Dios revelada en la carne del Hijo. Por eso, evangelizar es dar a conocer a Cristo. El componente paulino del magisterio de santidad que tenemos en san Juan de Ávila es atraer y ayudar a penetrar en el conocimiento de Cristo; y hacerlo llevando a Cristo a donde no ha llegado el anuncio de su misterio redentor, allí donde es ocultado y combatido; y hacerlo renunciando incluso, como san Pablo, a permanecer en el recinto cálido de los suyos. Por Cristo Pablo abandonó la frontera del judaísmo, de los que eran sus propios hermanos en la fe, pero se negaban a recibir el anuncio del Apóstol y a reconocer que Dios había cumplido en Cristo las promesa que hiciera a los padres del pueblo elegido.

El carácter universal de la salvación acompaña la predicación del sacerdote, porque está entregado a ella, para que la salvación llegue a todos, y esa apertura del predicador del Evangelio le ha de disponer, igual que sucedió con Pablo y Bernabé, a la misión apostólica. La misión que extendió la predicación de Cristo de Chipre al Asia Menor y, más tarde, hasta Roma: anunciando a cuantos encuentran en su camino de misión cotidiana el kerigma de lo sucedido en Jesús: que Dios lo ha resucitado de entre los muertos y lo ha convertido en Señor y Cristo por los méritos de su pasión y de su cruz, del camino que como evangelizador del padre le llevó a la muerte en cruz. Lo que significa para nosotros, colocados en la sucesión de la cadena apostólica dar a conocer el misterio pascual mediante el anuncio, la predicación y la catequesis, sin lo cual no es posible crear comunidades ni las ya creadas permanecen en la fe recibida y confesada; consolidar mediante la instrucción la fe de los fieles, y mediante el testimonio de Cristo que se nutre de la oración y la contemplación del Crucificado, aquella norma de vida que es participación de la vida divina ya aquí en la tierra donde peregrinamos.

El ministerio de la palabra, tal como leemos estos días pascuales en el oficio, se prolonga en la instrucción en la fe, porque, glorificado el Señor por su resurrección gloriosa y su ascensión a los cielos, la vida divina se alimenta en nosotros gracias a la instrucción en la fe y los ritos sacramentales, pues como dice san León Magno, «para que nuestra fe fuese más firme y valiosa, la visión ha sido sustituida por la instrucción, de modo que, en adelante, nuestros corazones, iluminados por la luz celestial, deben apoyarse en esta instrucción» (SAN LEÓN MAGNO, Sermón 2 sobre la Ascensión del Señor, 1-4: PL 54,397-399).

Si el sacerdote está llamado a ser luz, representando y prolongando aquella luz que es Cristo, por eso debe mirarse en la luz de Cristo. Dice el santo Maestro: «Cristo se llama luz porque con sus admirables palabras y obras alegraba y sacaba al mundo de las tinieblas» (Audi, filia [I], VI 26). A lo cual añade: «Pues ya habéis oído que la luz que vuestros ojos han de mirar es Dios humanado y crucificado, resta deciros de qué modo le habéis de mirar, pues que esto ha de ser con ejercicio de devotas consideraciones y habla interior, que en la oración hay» (Audi, filia [II], 70 1).

Es así, porque el conocimiento de Cristo resulta de la fe que alimenta la oración y en ella se torna trato de amistad e intimidad con Cristo, sin la cual es imposible al evangelizador dar a conocer a Cristo. En este trato íntimo con el Señor, se desvanecen nuestras miserias y desconfianzas, nuestras tristezas y depresiones, nuestras insatisfacciones y desesperanzas de ser no sólo mejores personas sino buenos pastores y maestros de las almas. Que sea así, lo confirma el santo doctor, al decir: «Porque los misterios que Cristo obró en su bautismo y pasión son bastantes para sosegar cualquier tempestad de desconfianza que el corazón se levante, y así por eso, como porque ningún libro hay tan eficaz como para enseñar al hombre de todo género de virtud, y cuánto debe ser el pecado huido y la virtud amada, como la pasión del Hijo de Dios, y también porque es extremo desagradecimiento poner en olvidado un tan inmenso beneficio de amor como fue padecer Cristo por nos, conviene, después del ejercicio de nuestro conocimiento, ocuparnos en el conocimiento de Jesucristo nuestro Señor» (Audi, filia [I], 46).

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos: el santo Maestro nos exhorta a hacernos esclavos de la pasión del Señor, porque contemplando en la oración el amor de Dios misericordioso que en la pasión de su Hijo se revela, se hacen los evangelizadores imagen vivísima del Señor. En el trato de intimidad de la oración, contemplando el amor humanado del Señor crucificado, hemos de alcanzar aquella configuración con él que nos con vierte en sacramento de su presencia para los demás. En la medida en que la luz de Cristo se refleje en nosotros seremos testigos eficaces del ministerio de salvación que anunciamos como ministros del Evangelio. La oración nos ayudará a conseguirlo, recibiéndolo como un don que Cristo hace a quienes le aman y le siguen y le representan ante los hombres.

Esta configuración con Cristo sacerdote y servidor del Padre segrega a los ministros del Evangelio, apartándolos del mundo, como realización de la voluntad de Cristo, suplicada al Padre la noche de la última Cena: «No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo como yo no soy del mundo» (Jn 17,15). Plegaria de Jesús que inspira el comentario homilético del beato Pablo VI en la misa de canonización del maestro Ávila, al referirse a la falta de identificación de algunos sacerdotes y muchos seminaristas, los cuales rechazan el título de siervo de Jesucristo y apóstol: «segregado para anunciar el Evangelio de Dios» (Rm 1,1), algo indispensable ¬comentaba el santo Papa Pablo VI, pues aunque haya motivos en algunos casos incluso admisibles, no es posible sin oscurecer y desnaturalizar la identidad sacerdotal, porque los motivos que se aducen para «cancelar esta “segregación”, a asimilar el estado eclesiástico al laico y profano y justificar en el elegido la experiencia de la vida mundana con el pretexto de que no debe ser menos que cualquier otro hombre, fácilmente llevan al elegido fuera de su camino y hacen fácilmente del sacerdote un hombre cualquiera, una sal sin sabor, un inhábil para el sacrificio interior y un carente de poder de juicio, de palabra y de ejemplo propios de quien es un fuerte, puro y libre seguidor de Cristo» (PABLO VI, Homilía en la misa de canonización de san Juan de Ávila [31 de mayo de 1970]).

Valga esta larga cita del santo pontífice romano que será canonizado muy pronto, porque son palabras proféticas las de este comentario al pasaje del Sermón del Monte: «Si la sal se vuelve sosa con qué se la salará? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente» (Mt 5,13). La sal es para sazonar y la luz del cristiano y la propia de aquel que es portador de la luz de salvación de Cristo ha de brillar ante los hombres, «para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Sal y luz que fue san Juan de Ávila como ciudad levantada sobre el monte en tierras de la Mancha y de Andalucía, lleno del saber humano del Renacimiento que puso con prodigiosa inteligencia y cúmulo de virtudes humanas y sobrenaturales al servicio de la evangelización de aquella España nueva formada por una aglomeración de gentes diversas y cuyo estado espiritual reclamaba la palabra del Evangelio, para atraer al conocimiento de Cristo a quienes Dios exhortaba por medio del «apóstol de Andalucía» a la conversión y a la nueva vida en Cristo.

Seminario-Casa de Espiritualidad «Reina y Señora»
Aguadulce, 10 de mayo de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería