En Fiñana, en la traslación de las reliquias de los Beatos

Homilía de Mons. Adolfo González Montes, obispo de Almería, en Fiñana, con motivo de la traslación de las reliquias de los Beatos D. Melitón Martínez Gómez y D. Manuel Alcayde Pérez, presbíteros y mártires

Homilía en el Domingo XIII del Tiempo Ordinario

Traslación de las reliquias de los Beatos D. Melitón Martínez Gómez y

D. Manuel Alcayde Pérez, presbíteros y mártires

Lecturas bíblicas:    Sb 1,13-15; 2,23-25

                          Sal 29,2.4-6.11-12a.13b

                        2 Cor 8,7-9.13-15

                        Mc 5,12-43

Querido Sr. Cura párroco y hermanos sacerdotes

Ilustrísimo Sr. Alcalde y Autoridades

Hermanos y hermanas:

Nos concede Dios providente celebrar esta solemne misa estacional, en este Domingo XIII del Tiempo ordinario, congregados en esta iglesia parroquial de la Anunciación con motivo de la traslación de las reliquias de los beatos D. Melitón Martínez Gómez y D. Manuel Alcayde Pérez, presbíteros y mártires, párroco y coadjutor de esta comunidad parroquial, sacrificados en odio a la fe en la persecución religiosa del siglo XX en España.

D. Melitón había nacido en 1878 y fue ordenado sacerdote en 1921, con sólo veintidós años, permaneciendo sacerdote hasta su muerte durante treinta y cinco años. Fue párroco de esta villa de Fiñana de 1912 a 1917, para volver a Fiñana en 1920 tras un breve paréntesis, y permanecer en el ejercicio de su ministerio parroquial hasta su martirio el 17 de septiembre de 1936. Con los bienes heredados de su familia, don Melitón fue amantísimo de los pobres y los desheredados, a los que socorría con amor, igual que consolaba a los enfermos y a sus familiares. Fue querido por sus feligreses y en particular por los ancianos, los enfermos y los niños. Su imagen de buen pastor respondía a la más honda verdad de su vida, lleno de amor a Cristo y la Santísima Virgen María.

Don Melitón puso en práctica con caridad evangélica el consejo de san Pablo a los corintios: «…distinguíos también ahora por vuestra generosidad. Bien sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros con su pobreza os hagáis ricos. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces: se trata de nivelar» (2 Cor 8,13). Palabras que vemos hoy con gozo cumplidas con creces en el buen cura párroco, dispuesto a perder la vida por Cristo, como él mismo profetizó de su destino martirial.

D. Manuel fue coadjutor de esta misma parroquia de la Anunciación. Había nacido en 1869 y recibió la ordenación sacerdotal a los veinticuatro años en 1893, permaneciendo hasta su muerte como sacerdote durante cuarenta y tres años. Con diversas misiones pastorales, la de coadjutor de Fiñana marcó de manera especial toda su vida sacerdotal y apostólica, leemos en la Positio de la beatificación: «La catequesis en las once barriadas del pueblo, y la misma Estación, fueron testigos mudos de la asiduidad y cuidado pastoral. El culto en las diversas Ermitas y Capillas, y la atención a los enfermos en la que los sucesivos párrocos de Fiñana encontraron en Don Manuel un fiel y seguro colaborador» (Positio, vol. II, 841).

Ambos presbíteros perecieron en una persecución marcada por el odio a la fe y a la Iglesia. La narración de su martirio hace presente la pasión de Cristo llevado ante el sanedrín: una vez hechos prisioneros fueron trasladado de su casa adelante el Comité revolucionario, «a golpes y empujones, entre mofas, burlas y palabrotas» (Positio, vol. II, 841). Se les condenó sin juicio alguno para ser asesinados en la madrugada del 18 de septiembre de 1936.

Mis queridos hermanos y hermanas, estos sacerdotes mártires amaron a Cristo hasta la muerte y por él sufrieron el martirio. Como discípulos de Cristo que somos, damos gracias a Dios por su victoria, pues fue él quien que los sostuvo con su gracia. Del mismo modo, nos parece justo que sean honrados cuantos, sin hallarse incursos en causas criminales, por fidelidad a su conciencia y sus ideas y militancia política sufrieron la muerte en aquella dramática hora de España.

Hoy honramos a estos pastores buenos, alentados por la palabra de Dios que hemos escuchado y nos recuerda que «Dios no es autor de la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes. Él lo creó todo para que subsistiera» (Sb 1,13-14a.). El hombre «ha sido creado por Dios para la inmortalidad, y lo hizo a su imagen y semejanza», sigue diciendo el autor sagrado, para concluir afirmando que fue «por envidia del diablo como entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sb 2,23-24).

Dios es el autor de la vida y por la muerte de su Hijo, padecida en nuestro favor, hemos recobrado la vida eterna, que el hombre había perdido a causa del pecado. La muerte de Cristo nos ha abierto el reino de los cielos y su sacrificio redentor nos ha traído la vida eterna. Los mártires entregaron su vida por Cristo confesando su esperanza en la vida eterna, en claro contraste con la desesperanza del hombre de hoy, apegado a la tierra, sin otra meta que lo que de sí mismo pueda lograr, pero sin poder vencer la carrera que inexorablemente nos lleva la muerte. Más aún, el hombre actual que no cree en la vida eterna, se cree árbitro de la muerte y se arroga decidir cuándo merece o no vivir esta vida mortal, a la que no le encuentra sentido si es asaltado por una enfermedad incurable, o por un fracaso que le sume en la desesperación, perdiendo el gusto por una vida que ya no le resulta útil, con calidad o placentera.

Confesar hoy nuestra fe en Cristo es confesar que creemos en el Dios de la vida, aceptando que sólo Dios puede disponer de la vida que él ha creado; pues, como dice el libro de la Sabiduría, «Dios no hizo la muerte» (Sb 1,13). Todos estamos en sus manos y, si creemos en él, nada hemos de temer de quien ha entregado a su propio Hijo a la muerte, para que nosotros tengamos vida eterna (cf. Jn 3,15): la vida que no termina porque es participación de la misma vida de Dios, y nos ha llegado por la muerte redentora de Cristo y su gloriosa resurrección. Cristo resucitado nos precede en los cielos y atrae hacia sí a la humanidad que le sigue y confiesa que sólo él, Hijo de Dios y hombre verdadero, tiene las llaves de la muerte (cf. Ap 1,15), porque sólo él ha salido vencedor del sepulcro.

El evangelio de este domingo nos presente a Jesús devolviendo la salud a los enfermos que creen en él. Jesús es portador de un dinamismo de vida que otorga salvación a quien tiene fe, como él mismo dice a la mujer que le tocó la orla de su vestido, esperando verse curada de los flujos de sangre que padecía desde hacía años sin haber hallado remedio a su mal. Jesús le dice a aquella mujer: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud» (Mc 5,34).

La fe, sin embargo, no es un mecanismo autónomo o mágico, sino la plena confianza en Jesús como enviado de Dios. La fe en Jesús es fe en su persona divina de Hijo de Dios hecho hombre. La mujer curada no lo sabía de esta forma en que nosotros hoy confesamos el misterio divino de la persona de Jesús, pero sí creía que su relación con Dios era el secreto de su misión, y confió plenamente en que Jesús podía curarla. Como confiaba en Jesús Jairo, el jefe de la sinagoga que le pide vaya a curar a su hija, que estaba en las últimas. Cuando le comunicaron la muerte de su hija, seguro que se disponía a retirarse y dejar ya a Jesús, pero fue Jesús el que le dijo en qué estaba el remedio final: «No temas; basta que tengas fe» (Mc 5,36). Ante el escepticismo de todos, Jesús llama a la niña, que tenía 12 años –dice el evangelista-, para que vuelva a la vida y se la entrega a sus padres.

La fe en Jesús es causa de vida y la resurrección de la hija de Jairo, igual que la resurrección del hijo de la viuda de Naín y la resurrección de Lázaro, es la revelación de su honda verdad divina de Jesús. Jesús dice a Marta, la hermana de Lázaro: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,25-26). Creer en Jesús es creer que, más allá de la muerte que hemos de padecer, hay vida definitiva para el ser humano, porque Dios lo ama y hemos sido salvados por la cruz Cristo de nuestros pecados y reconciliados con Dios (cf. 2 Cor 5,19-20). El sacrificio de Jesús por nosotros se hace ahora presente en el altar y, por nuestra participación en él, Dios nos asocia el triunfo de Cristo sobre la muerte y nos incorpora a su glorificación en el cielo.

Así lo creyeron los mártires y, por eso, como dice el libro del Apocalipsis «no amaron tanto su vida en forma tal como para que temieran la muerte» (Ap 12,11). Que la Virgen María, Reina de los Mártires y la intercesión del mártir amado san Sebastián y de estos santos pastores mártires, nos ayuden a creer y vivir sin temor a la muerte, convencidos de que, «si con Cristo morimos, viviremos con él» (2 Tim 2,11).

Iglesia parroquial de la Anunciación

Fiñana, 1 de julio de 2018

                            X Adolfo González Montes

                                     Obispo de Almería