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En el Domingo de Ramos

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González en el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Lecturas bíblicas:
1º. Evangelio de la procesión Lc 19,28-40
2º. Santa Misa en la Pasión del Señor Is 50,4-7; Sal 21; Flp 2,6-11; Lc 22,14-23,56


Queridos hermanos y hermanas en el Señor:


La celebración litúrgica del Domingo de Ramos tiene dos tiempos marcados: la procesión de las palmas y la santa Misa. La primera parte de esta celebración hace memoria de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, aclamado como Mesías. Jesús afronta su destino de muerte conforme al plan de salvación de Dios Padre. Cuando Jesús se encontraba camino de Jerusalén, subiendo a la ciudad santa advierten a Jesús que Herodes quiere matarle, pero Jesús conoce su hora y sabe que tiene su momento. La hora de Jesús es un tiempo marcado por Dios y no por los hombres, por eso proseguirá con sus curaciones y milagros, sabiendo que su tarea culminará cuando alcance la ciudad santa, y en ella consumará su destino conforme al plan de Dios. Jesús en su respuesta a los que le advierten pronuncia la frase profética: «Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,33).
Jesús es aclamado «¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!» (Lc 19,38), que el evangelista no tiene preocupación en transcribir la aplicación a Jesús del título de rey, porque el reino de Jesús, como vemos en la aclaración de Jesús de que el suyo es un reino espiritual. Dicen los comentaristas que el evangelista san Lucas concibe a Jesús como un señor y un rey verdadero, pero no teme conflicto político alguno, porque conoce estas palabras de Jesús a Pilato: «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18,36). El reino de Jesús trasciende este mundo, porque «no es de aquí». San Lucas tiene conocimiento objetivo del origen de Jesús, que viene de Dios; y este conocimiento del origen del Cristo de Dios le sirve para afirmar la realeza de Jesús, su origen real: Jesús es verdadero Hijo de David, y así lo aclama la multitud, que ve en él al Mesías que entra en Jerusalén.
El evangelista ha expresado este señorío de Jesús, al hablar de él como de un soberano con derecho a expropiar los bienes . Jesús manda a dos de sus discípulos a desatar un pollino y traérselo, un pollino que nadie ha montado todavía y a cuyos lomos quiere entrar en Jerusalén cumpliendo la profecía de Zacarías. Como dijera el profeta, el Mesías no llega como un guerrero, sino como un rey de paz: «¡Salta de gozo, Sión!; ¡alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de borrica [asna]» (Za 9,9). El oráculo del profeta es la promesa de la llegada de reino de Dios, que cancelará para siempre toda violencia. A Jesús se le aplicará en la Iglesia la profecía de Isaías viendo en él al verdadero Príncipe de la Paz (Is 9,5).
La entrada de Jerusalén no debió de conmocionar la ciudad, ya que de lo contrario hubiera debido intervenir la guardia romana, por eso cabe pensar en un gesto mesiánico de Jesús y sus acompañantes al llegar a la ciudad santa tras el camino desde Galilea hasta Judea. Este gesto abría un pasaje nuevo y definitivo a la historia de Jesús: había comenzado la cuenta atrás y se acerba su hora: la hora de la pasión y la cruz.
La santa Misa, que sigue a este rito procesional que hace memoria de aquella entrada triunfal, nos mete de lleno en la obra redentora del Señor, ya expresada en la denominación de este domingo de Ramos «en la Pasión del Señor». Jesús llega a Jerusalén para padecer su pasión y su muerte, y comienza poco después de su entrada triunfal experimentando la tristeza hasta las lágrimas que causa en él no ser recibido como el enviado del Padre. Jesús llora tras experimentar que Jerusalén no ha reconocido la hora de la visita de Dios. Jesús lloró sobre Jerusalén diciendo: «¡Si reconocieras tú en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos» (Lc 19,42).
La lectura de Isaías presenta la figura del Siervo sufriente, a quien Dios ha abierto el oído para que oyendo su palabra la proclame con todas las con secuencias, padeciendo los golpes en la espalda y en la mejilla, que soporta con paciencia y dice por ello: «ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado» (Is 50,7). El salmo 21 que hemos recitado como respuesta a la lectura de Isaías es el que Jesús recitará en la cruz. Nosotros hemos reiterado el estribillo de su primer verso: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21,1). Seguidamente, la carta de san Pablo a los Filipenses describe la humillación de Cristo Jesús, exhortándonos a tener sus mismos sentimientos, aceptando la humillación que nos sobrevenga, identificados con Cristo, que siendo igual a Dios, se rebajó viniendo a nosotros; y haciéndose obediente sobremanera, quiso asumir la imagen de un hombre cualquiera, para ser ejecutado con una muerte de cruz. Hemos de seguir a Jesús, sabiendo que, según su palabra, en la humildad y el servicio está la victoria sobre la pasión del hombre que se enorgullece de sí mismo y se deja vencer por la soberbia de la vida: «Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Lc 14 14,11).
Hoy hemos leído por primera vez en la Semana Santa la historia de la pasión, siguiendo la narración de san Lucas. En la pasión tenemos la narración de la humillación de Cristo, asumiendo el destino que era nuestro propio destino, a causa de nuestra rebelión y pecado desde el origen de la humanidad. Los expertos en el Nuevo Testamento nos dicen que la narración de san Lucas tiene carácter de exhortación, un carácter parenético; es decir, el evangelista nos presenta la pasión de Cristo para que sepamos imitarle. Jesús realiza los gestos sacramentales que prefiguran en la cena la pasión que ha de seguir; y cuando llega la hora del prendimiento, Jesús ha aceptado la pasión como voluntad del Padre, aun cuando le haya costado sudar gotas de sangre; y exhorta a sus discípulos a la vigilancia y a la oración, porque el hombre es siempre débil y necesita el auxilio de Dios para vencer la tentación y no rechazar la voluntad de Dios. Les dice a sus discípulos más íntimos, que han sucumbido al sueño en aquella dramática dejando solo a Jesús: «Levantaos y orad, para no caer en la tentación» (Lc 22,46).
Jesús condena la violencia y exige no ser defendido por las armas, porque va libre y soberano a la pasión que ha de traernos la salvación, por el valor redentor de sus sufrimientos y el triunfo sobre la muerte de su gloriosa resurrección. Con mirada compasiva perdona a Pedro que le niega y que, al sentir la mirada de Jesús «saliendo fuera (del patio del palacio del sumo sacerdote), lloró amargamente» (Lc 22,62).
Jesús soporta el interrogatorio engañoso y las calumnias que profieren contra él, aguanta los malos tratos y las burlas que le infligen. No niega la verdadera identidad de su persona, que es la propia del Hijo del hombre que vendrá sobre las nubes del cielo a juzgar al mundo; y, acusado de blasfemia y llevado ante Pilato, acepta que prefieran dejar libre a un asesino y no a él, porque Jesús ha asumido sobre sí los sufrimientos inexplicables del justo. Camino del Calvario, acepta la ayuda de Simón de Cirene y exhorta a las santas mujeres, que lloran por él, a llorar por sus propios hijos, anunciando el destino de sufrimiento de cuantos quieran seguirle diciendo «porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el leño seco?» (23,31).
Cuando llegan al Calvario, es crucificado entre dos malhechores y colocan sobre su cruz el título de su condena: «Este es el Rey de los judíos» (23,38). No saben los que le crucifican que es verdaderamente el único señor y rey, y porque lo es, promete el Paraíso al malhechor arrepentido. El evangelista añade que las tinieblas se cernieron sobre el Calvario y el templo del velo se rasgó abriendo el acceso definitivo al santo de los santos. Desde aquella hora la humanidad redimida tiene acceso a Dios Padre, pasando por la cortina del cuerpo del Señor, dirá el autor de la carta a los Hebreos. Jesús perdona a sus enemigos y entrega su espíritu a Dios su Padre. Nadie mejor que el centurión romano que custodiaba el acontecimiento estremecedor de la crucifixión y muerte de Cristo representa la fe confesante de quienes creemos en su obra redentora: «Realmente, este hombre era justo» (23,47). San Marcos dice que las palabras de Jesús fueron: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39). En san Lucas tenemos la afirmación de la justicia de aquel que con su muerte nos hace justos a los pecadores, y en san Marcos, se nos da la razón de que ocurrir algo así: ser revestidos de la justicia de Cristo es posible porque es el Hijo de Dios. Se comenta con toda razón que «ante la cruz no caben tergiversaciones sobre el sentido de la filiación divina de Jesús, porque desaparece además el “secreto mesiánico”» .
En este domingo en la Pasión del Señor, la Iglesia nos invita a confesar la fe en Jesús como verdadero Hijo de Dios, en cuya muerte hemos sido salvados; y nos exhorta a aceptar la voluntad de Dios, sabiendo que Dios en vedad está siempre con nosotros y jamás nos deja abandonados, porque nos ha entregado a su Hijo para que nosotros hallemos en él la vida. Nos acompaña la Virgen María, Madre Dolorosa del Redentor, que acompaña a su hijo hasta la cruz.


En la S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, 14 de abril de 2019

+Adolfo González Montes
Obispo de Almería