Sabiduría, Palabra, Caridad

Carta del obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca

Tres palabras que centran nuestra atención para poder escuchar a Dios en esta semana. La liturgia nos ayuda a levantar el ánimo con esperanza y a replantearnos la vida en actitud de acción de gracias. ¡Cuántos recursos nos ha dado el Señor para salir de los nubarrones que nos amenazan! La persona que ha recibido el don de la sabiduría está en condiciones de ser sensible al hermano, de parecerse a Dios, porque participa de sus criterios, de su corazón misericordioso, de la sensibilidad necesaria para que nada le pase desapercibido. A este tipo de sabiduría es a la que estamos invitados de parte de Dios, a conocer el corazón de Dios para estar muy cerca del corazón de los hermanos y ser portadores de la alegría y de la belleza de la fe. Poder decirle a la gente con la que convives que sólo Jesús capta la necesidad de tu corazón y que no pasa de largo, que siempre se detiene ante la persona en necesidad y que le habla al corazón. Situaciones como estas las vivimos a diario en cantidad de ocasiones. Son muchos los hermanos que viven junto a nosotros que nos solicitan, aunque sea un poco de nuestro tiempo, que les escuchemos. Esta sabiduría es tan necesaria que tenemos que gritarle a Dios para que nos la conceda. El valor de la misma es tanto, que el oro fino comparado con la sabiduría es con un puñado de arena y, a su lado, la plata no pasa de ser barro, dice la Escritura.

Dos cosas nos quedan para reforzar nuestra condición de creyentes: potenciar la escucha de la Palabra de Dios y practicar la caridad. Esto es también sabiduría, lo que se necesita es que seamos diligentes en abrir los oídos, porque necesitamos tener la capacidad de discernir lo que es verdad de lo falso, la movilidad que nos pierde de la serenidad en permanecer en el amor misericordioso de Dios. El Maestro que necesitamos oír es Cristo, cuya Palabra es vida y luz para nuestros pasos. En la segunda lectura de este domingo se nos dicen cosas extraordinarias de la fuerza de la Palabra, que es viva y eficaz, que penetra hasta lo más hondo de nuestro ser para ayudarnos en el discernimiento y en la toma de decisiones, porque Dios abre para nosotros un mundo nuevo, se vuelca con nosotros y nos enseña el camino recto. Estar en Dios es conocer la Verdad. Creer en Dios es estar en la Verdad. Se nos plantea un reto importante, descubrir qué quiere Dios de nosotros, tener la sabiduría para poder acertar en todo y así valorar al hermano, según los criterios de Dios. También es verdad que alguien podría decir: ¿cómo saber, descubrir, conocer... los criterios divinos? Dios se vale de muchas maneras para llevarte a ello, uno tiene que estar atento, eso sí, y centrado en su religiosidad y Dios se encarga de lo demás, Él se encarga de los detalles.

En la lectura del Evangelio aparece una escena muy conocida, la del joven rico. Este texto lo hemos leído muchas veces y seguro que nos ha impresionado la mirada de Jesús al joven, al que le propone una vida más intensa, más apasionante, como es la de entregarte al proyecto de Dios sin que nada lo impida, libre, como “los hijos de la mar”. Pero vemos que cuando nuestro corazón tiene apegos tan fuertes, te impiden ser libre del todo, el resultado es que no eres capaz de ver el verdadero tesoro, el mayor de los bienes, la fuente de agua que salta a la vida eterna, el Camino, la Verdad, la Vida; en fin, que el corazón de piedra es incapaz de la ternura.

+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena