En la Solemnidad de la Santísima Virgen de la Piedad

Homilía de Mons. Ginés García Beltrán, Obispo de Guadix, enla Solemnidad de la Santísima Virgen de la Piedad, co-patrona de Baza

Queridos hermanos sacerdotes.

Rvdo. Sr. Arcipreste.
Rvdo. Sr. Rector de este templo y Consiliario de la Hermandad de Ntra. Sra. de la Piedad.
Queridos religiosos, religiosas y sociedad de vida apostólica.
Hermana mayor y Junta de Gobierno; hermanos y hermanas de la Hermandad de la Virgen de la Piedad de Baza.
Hermano mayor y Hermandad de la Virgen de la Piedad de Guadix. Saludo de un modo especial al Cascamorras, que cada año nos recuerda la deseo de Juan Pedernal de estar cerca de la Virgen.
Hermandades y Cofradías
Saludo con sincero afecto al Sr. Alcalde de Baza y a los miembros de la Corporación Municipal. Mi saludo también a las dignas autoridades que nos honran con su presencia.
Hermanos y hermanas en el Señor.

Hoy la mirada y el corazón de los bastetanos, presentes y ausentes, se dirige a la imagen bendita de la Santísima Virgen de la Piedad, copatrona de esta Ciudad. El corazón de Baza está hoy en este templo junto a la Virgen. La fe recibida de nuestros mayores, y que estamos llamados a transmitir a las generaciones futuras, se afianza en las raíces profundas de esta devoción mariana. María está muy dentro de la identidad de Baza, ha sellado el curso de la historia de este pueblo y se abre como estrella que ilumina un porvenir que todos queremos dichoso, de bien para todos los hombres y mujeres, sin exclusiones.

La Virgen es una imagen preciosa en la que mirarnos para descubrir la grandeza, la bondad y la belleza de lo humano, pues en ella se esclarece lo mejor de nuestra humanidad; al darnos al hombre prefecto, a la plenitud de la humanidad redimida en el amor, Cristo, nuestro Señor, nos he entregado también el camino de nuestra propia plenitud, el acceso a Dios.

La Palabra de Dios que hemos proclamado, iluminada por el misterio de María, Madre de Dios y Madre nuestra, nos ofrece dos ideas para nuestra reflexión. Por una parte el relato del nacimiento de Jesús antecedido por la genealogía que entronca al Hijo de Dios con nuestra historia, y que nos habla del misterio de la Encarnación donde María es el puente que une lo humano con lo divino. Por otra parte, la profecía de Miqueas nos muestra la lógica de Dios, en general tan contraria a la lógica que seguimos los hombres. Su lógica es la de la humildad, de lo pequeño, la de la debilidad que humilla a la grandeza de este mundo y le descubre la verdad en el amor.

1. En la genealogía del evangelio de San Mateo, que hemos escuchado, se pone ante nosotros la realidad de nuestra humanidad. Una humanidad donde han convivido, y conviven, el bien con el mal, la gracia con el pecado, la grandeza del hombre y también su pequeñez; una historia hecha por hombres santos y también por pecadores. Es la experiencia magnífica del hombre, donde el drama se teje de esperanza. Pues toda esa humanidad es la que ha asumido el Hijo Eterno de Dios al hacerse hombre. No ha sentido vergüenza al compartir lo que somos, no se ha creado una raza pura para no contaminarse con la realidad de nuestra pobreza, se ha hecho semejante en todo a nosotros menos en el pecado, incluso ha tomado sobre sí nuestro pecado para liberarnos de él. La genealogía nos habla de la humanidad del Hijo, al tiempo que nos invita a mirar la grandeza de su divina que se revela en el amor. Sólo desde el amor se puede entender la voluntad de Dios sobre la humanidad.

Y en medio de esta historia, aparece como estrella hermosa, una mujer sencilla, una nazarena, María, como lugar privilegiado de la manifestación del amor de Dios sobre nosotros. Dios, al elegir a María como madre de su Hijo, nos ha mostrado que quiere salvar a los hombres por medio de los hombres. María es una mujer tomada de entre nosotros, de nuestra humanidad. No es un ser divino sino lo mejor de lo humano, la humanidad en su esencia, tal como Dios la quiso y la hizo. En medio de la humanidad tocada por el pecado surge Ella limpia de toda mancha, inmaculada; en su vida se refleja todo lo que el hombre es, y, sobre todo, lo que el hombre puede llegar a ser si entra en el proyecto de Dios, si se fía de Él y acepta su voluntad. María nos enseña a decir que Sí al plan de Dios, a acogerlo en nuestra vida, y a seguirlo en medio de oscuridades, dificultades y sufrimientos. María es la mujer que va de Nazaret a Jerusalén acompañando los pasos de su Hijo, que no se detiene ni siquiera ante la cruz, que se identifica con los sentimientos y el destino de Cristo. Es una mujer de esperanza porque confía y ama.

A la luz de este misterio podemos preguntarnos: ¿Qué hemos hecho con nuestra humanidad? ¿Sobre qué bases queremos construir el futuro del hombre y del mundo? Son cuestiones que tocan de lleno el corazón del Evangelio y, por tanto de la fe que profesamos. Haríamos mal, por tanto, en separar la profesión de las verdades de la fe de la visión que tenemos del hombre y del mundo. Diría que es, sencillamente, imposible. Ser consecuentes con la fe también en nuestra concepción de las realidades humanas es una exigencia del propio acto de creer. En sentido nos recuerda el Papa Francisco que: “nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos (..) Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra” (EG, 183).

A la base del concepto cristiano de hombre y de sociedad hay dos principios fundamentales que hemos de recordar: la centralidad del hombre, como ser único, y el bien común.

Al mirar la creación es fácil descubrir que todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido, es pura gracia. Hay una ley inscrita en la existencia de la creación que no es hechura nuestra, que nos viene dada; por tanto, no somos nosotros los que hemos de cambiarla. Cuando se intenta cambiar el proyecto de Dios sobre la creación sobre el hombre, lo único que conseguimos es destruir la creación y al hombre mismo. No todo está en nuestras manos, no todo es posible. Hemos de recuperar la capacidad de sentirnos agraciados, de recibir lo que se nos ha dado. Lo que hizo el primer pecado con la humanidad, lo sigue haciendo hoy cuando el hombre en su arbitrariedad, basado en un falso concepto de la libertad y su autonomía, se autoproclama Dios dejando fuera al Dios verdadero.

Sí, según la revelación de Dios, el hombre ha sido hecho a “su imagen y semejanza”. Dios creó todo lo que existe, y como cima de la obra creadora hizo un ser que fuera semejante a Él. Dice el concilio Vaticano II que el hombre es el único ser que Dios ha querido por sí mismo. Si todo en la creación es bueno, Dios vio que el hombre era muy bueno. Revestido de inteligencia y libertad el ser humano podía y debía dominar todo lo creado según el plan de Dios. Vivir en armonía con todo lo que lo envuelve. Era ese el proyecto de Dios. Esta realidad muestra, por tanto, la dignidad del hombre, de todo hombre. No otorgan los hombres o la sociedad la dignidad al hombre sino el hecho mismo de existir, su condición de imagen de Dios. La dignidad humana es un hecho teológico antes que social o político.

La sociedad en todos sus ámbitos ha de estar al servicio del hombre. Y no en teoría, en los impresos. Hemos de trabajar por una sociedad más humana, donde la dignidad del hombre nos inspire y nos mueva. ¿Es así nuestra sociedad? ¿Nuestras ideas, proyectos y decisión tienen este objetivo?

El segundo principio es el bien común. “De la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas deriva, en primer lugar, el principio del bien común, al que debe referirse todo aspecto de la vida social para encontrar plenitud de sentido” (Compendio DSI, 164). Es un bien que está por encima de los bienes personales, busca el bien de todo hombre y de todo el hombre.

Este principio nos exige mirar mucho más allá de lo que me gusta o me conviene como individuo para buscar el bien de todos en la justicia y la igualdad.

2. La profecía de Miqueas, que se nos ha proclamado, habla de humildad. Nos presenta a Belén, una de las más pequeñas de las aldeas de Israel, como lugar donde nacerá el Mesías que será nuestra paz.

La humildad es una virtud importante en la vida del hombre. La humildad eleva al que la practica. Vivir la humildad nos abre a los demás, nos desinstala de nuestras comodidades y nos pone a la búsqueda del bien y la verdad, hace sitio al otro en nuestra vida, le da parte en nuestra existencia.

La humildad es generosa, y cómo necesitamos hoy la generosidad humilde. En este momento social y político de Occidente, y más en concreto en nuestro contexto nacional, se evidencia la falta de generosidad; se echa de menos la generosidad, parece que la hemos olvidado o la hemos dejado a un lado. Para salir adelante necesitamos esa generosidad que abra caminos de diálogo en el respeto, la comprensión y la aceptación del otro. La pretensión de tener yo siempre y toda la razón, la negación de la verdad que puede haber en el otro nos destruye y rompe los puentes del encuentro necesario. No es momento de levantar muros sino de construir puentes. No podemos romper lo que entre todos, con esfuerzo y mucha generosidad, hemos construido. Es lo que exige y está pidiendo la centralidad del hombre y el bien común.

Quiero traer otras palabras del Papa Francisco a este respecto: “La grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político le cuesta mucho asumir este deber en un proyecto de nación” (LS, 183).

3. Cada año, al comienzo del curso pastoral, he querido traer a los pies de la Virgen nuestros proyectos pastorales para que los bendiga. A Ella le pido que no deje de acompañar los pasos de nuestra Iglesia y de la evangelización de nuestra Diócesis. Este año le traigo el nuevo Plan de pastoral: “Testigos misioneros del Evangelio”.

“Nuestras comunidades cristianas afrontan con esperanza este tiempo nuevo, confiadas en que el soplo del Espíritu dirija con fuerza y consuelo la barca de la Iglesia. Así pues, el Espíritu Santo, a quien los discípulos han de escuchar (cf. Ap 2,7), es quien capacita para poder dar testimonio del Resucitado: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8). Durante mucho tiempo, el “confín de la tierra” ha sido contemplado meramente como una ubicación geográfica: los lugares más alejados. En nuestros días, la escucha atenta de la Palabra de Dios nos adentra en una experiencia del “confín” que desvela las periferias existenciales dónde hallamos al hombre de hoy, y dónde el hombre de hoy es urgido a encontrarse con el Señor, tomando la iniciativa y arriesgando sus seguridades. El discípulo de Cristo ha de ser consciente de que todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Por esto, “los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable” (EG 14)”.

“Hoy, el Señor Resucitado nos urge a salir de la facilidad de aquello que conocemos y controlamos para estar presentes en los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia: “Todos somos llamados a esta nueva «salida» misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20)”.

4. Quiero terminar con una oración a la Virgen, es del Obispo, Beato Manuel González, que será canonizado el próximo mes. Porque muchas veces sentimos el peso del cansancio, porque no cuesta trabajo seguir adelante, porque nos invade el pesimismo egoísta, le decimos a la Virgen Santísima:

¡Madre Inmaculada! ¡Qué no nos cansemos! ¡Madre nuestra! ¡Una petición! ¡Que no nos cansemos!

Si, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humano, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo… ¡Madre querida!... ¡Que no nos cansemos!

Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios.

¡Nada de volver la cara atrás!, ¡Nada de cruzarse de brazos!, ¡Nada de estériles lamentos! Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies, que puedan servir para dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos… ¡Madre mía, por última vez! ¡Morir antes que cansarnos!

+ Ginés, Obispo de Guadix