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Confirmaciones en la parroquia de Santo Domingo

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la celebración del sacramento de la Confirmación en la parroquia de Santo Domingo, en Benalmádena.

CONFIRMACIONES EN LA PARROQUIA

DE SANTO DOMINGO

(Benalmádena-Pueblo, 23 septiembre 2018)

Lecturas: Sab 2, 17-20; Sal 53, 3-8; Sant 3, 16 – 4, 3; Mc 9, 29-37.

(Domingo Ordinario XXV-B)

1.- Ser constructores de paz


El apóstol Santiago nos advierte de los males que acarrean las rivalidades y del odio: «donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencia y todo tipo de malas acciones» (Sant 3, 16). Nuestra sociedad está repleta de envidias y rivalidades, que hacen inviable a veces una convivencia pacífica y fraterna. El Señor nos llama a ser constructores de paz.

El origen del mal está dentro del ser humano: «¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros?» (Sant 4, 1). Jesús explicaba a sus discípulos: «de dentro, del corazón del hombre salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro» (Mc 7, 21-23).

Frente a la actitud de los fariseos, que ponían el acento de la purificación en las cosas externas, Jesús responde que estas maldades son las que dañan.

Lo que vale es el cambio interior. Los que se dejan llevar del Espíritu de Dios gozan de una vida «apacible, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera» (Sant 3, 17).

Los confirmandos vais a recibir los dones del Espíritu Santo, que os llenará el corazón de sabiduría y de paz. El Señor llama bienaventurados a los constructores de paz (cf. Mt 5,9). ¡Sed, pues, portadores de paz y de alegría! El don del Espíritu os fortalecerá para vivir como pacificadores y realizar acciones buenas.

Pedimos al Señor que purifique lo que sale de nuestros corazones. Todos tenemos necesidad de ser perdonados, purificados y transformados. Los confirmandos vais a salir transformados de esta celebración.


2.- Estar abiertos al Espíritu Santo

En el evangelio Jesús pregunta a sus discípulos: «¿De qué discutíais por el camino? Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante» (Mc 9, 33-34). Querían saber quién ocuparía el primer lugar, los puestos de honor y de poder.

Ellos hablaban un lenguaje muy alejado del lenguaje del Maestro. Jesús les estaba hablando de humillaciones, desprecios, escarnios, juicios injustos y muerte ignominiosa en Jerusalén. Sin embargo, ellos discutían por el camino quién obtendría el mejor puesto de honor al lado del Mesías triunfador y rey.

Tal vez nos suceda a nosotros algo parecido y estemos buscando puestos de honor. Pero ser cristiano no es para ocupar un lugar especial de honor; ni siquiera los sacerdotes o los obispos; las tareas eclesiales son servicio a los demás: catequista, miembro del coro, visitador de enfermos, consejeros. Todo esto no son “honores”, sino servicios que nadie debe ufanarse por hacerlos; más bien hemos de dar gracias a Dios que nos permite realizarlos en pro de la comunidad.

Los discípulos del Señor pensaban tal vez que el reino prometido por Jesús consistía en poder y gloria, lejos de la humillación y la cruz. Pero pudieron comprobar que el reino de Dios venía por la pasión y muerte del Hijo del Hombre. Después de haber presenciado la muerte de Jesús, ya no tenían deseos de ocupar un puesto importante en su reino. Solo la resurrección de Señor y el envío del Espíritu Santo les hizo comprender la verdad.

El Reino de Dios se instaura en el mundo con la gracia transformadora del Espíritu y el testimonio valiente de los cristianos. Era necesaria la experiencia de la resurrección y la luz pascual para comprender al Mesías y su misión en el mundo. Los cristianos experimentamos la resurrección del Señor en cada pascua dominical. Y hoy los confirmandos vais a recibir el don del Espíritu, como un nuevo Pentecostés.

La experiencia de la resurrección del Señor y la donación del Espíritu os tienen que transformar por dentro. Queridos confirmandos, abrid vuestra mente y vuestro corazón al don del Espíritu, que vais a recibir. Él os enseñará y os guiará hasta la verdad plena (cf. Jn 16,12-13). El Señor quiere haceros testigos valientes de su Evangelio; y no debéis avergonzaros de ser cristianos, aunque nuestra sociedad no valora el cristianismo, sino que lo critica y lo vitupera.


3.- El que quiera ser el primero, sea el servidor de todos

Jesús respondió a sus discípulos: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35).

Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado» (Mc 9, 37).

El niño significa “lo débil” y “lo frágil”. Acoger a un niño quiere decir acoger a un anciano, a un enfermo, a un despreciado de la sociedad, a un arrinconado en una residencia, a un olvidado y solo en su casa, a un no-nacido, a un emigrante. El que acoge a alguna de esas personas, acoge al Señor.

Hemos de ir cambiando nuestra mentalidad. Quien haya entrado hoy en este templo con la visión de que ser cristiano es vivir como el mundo vive, puede ir ya cambiando su visión y asimilar la que Jesucristo nos enseña.

Cristo trastoca nuestros criterios y lo de la sociedad. Ésta valora el honor, el poder, el orgullo, la ambición, el tener; y desprecia lo último, lo pobre, lo inútil, lo que no cuenta en términos materiales, lo que no da votos en las elecciones, lo que no enriquece materialmente.

La exigencia de ser el último y el servidor de todos contradice la actitud normal y habitual de la gente y de nuestra sociedad. Ser cristiano es ir contra corriente.

Acoger y servir a Dios implica acoger y servir al último, al necesitado, al que no cuenta, al que nadie aprecia; pero esa es la exigencia de seguir a Jesús.

Pedimos a la Santísima Virgen María que nos acompañe, que nos ayude a ver las cosas desde la luz del Evangelio y que proteja con su amor maternal. Amen.