La vida consagrada, presencia del amor de Dios

Homilía pronunciada por Mons. Jesús Catalá en la Eucaristía celebrada en la Catedral de Málaga el 2 de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor, Jornada de la Vida Consagrada.

(Catedral-Málaga, 2 febrero 2019)

Lecturas: Ml 3,1-4; Sal 23,7-10; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40.


La vida consagrada, presencia del amor de Dios


1.- El lema de la presente Jornada de la Vida Consagrada, titulado “Padre nuestro. La vida consagrada presencia del amor de Dios”, tiene como motivo el recuerdo de hace veinte años cuando el papa Juan Pablo II propuso a la Iglesia un año dedicado a Dios Padre (1999) con el fin de preparar a la Iglesia a la acogida del tercer milenio.

Cada consagrado, con su vida y testimonio, nos anuncia que Dios es Padre; Dios ama con entrañas de misericordia. Su Hijo Jesucristo nos enseñó la oración del “Padrenuestro”, que expresa la relación que Dios tiene con cada uno de nosotros, sus hijos.

El “Padrenuestro” no es una oración más entre otras, sino que es la oración por excelencia, base y culmen de toda oración. No es una de las muchas oraciones cristianas, sino que es la oración de los hijos de Dios: es la gran oración que enseñó Jesús a sus discípulos.

Como dice el papa Francisco: “El «Padrenuestro» hace resonar en nosotros esos mismos sentimientos que estaban en Cristo Jesús. Cuando nosotros rezamos el «Padrenuestro», rezamos como rezaba Jesús (…). Formados en su divina enseñanza, osamos dirigirnos a Dios llamándolo «Padre», porque hemos renacido como sus hijos a través del agua y el Espíritu Santo (cf. Ef 1,5)” (Papa Francisco, Audiencia general, 14.03.2018). En el bautismo, por el que hemos sido hechos hijos de Dios, se nos ha regalado, el don de la fe, de la esperanza y del amor. Y todos los bautizados somos, por esa consagración, “presencia del amor de Dios”; y las personas de especial consagración son, si cabe, expresión particular de dicha presencia.

2.- La vida consagrada es presencia del amor de Dios, porque es signo y memoria viva de Jesucristo que, siendo Hijo Unigénito, “hace del Padre su único Amor –he aquí su virginidad–, que encuentra en Él su exclusiva riqueza –he aquí su pobreza– y tiene en la voluntad del Padre el “alimento” del cual se nutre (cf. Jn 4, 34) –he aquí su obediencia–” (Juan Pablo II, Mensaje para la primera Jornada de la Vida Consagrada [2 de febrero], 3. Vaticano, 6.01.1997).

Los consagrados hacen “presente continuamente en la Iglesia, por impulso del Espíritu Santo, la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían” (Vita consecrata, 22).

Todo bautizado está llamado a seguir a Cristo. Hemos escuchado en la lectura de Jeremías, que fue llamado a ser profeta: «Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno materno te consagré: te constituí profeta de las naciones» (Jr 1,5).

Pero las personas de especial consagración estáis al servicio de la consagración bautismal, siendo signo y recuerdo de que Dios es absoluto y fundante. En palabras de santa Teresa de Ávila: “Solo Dios basta”. Quizás vamos detrás de muchas cosas, pero solo Dios basta; solo Dios llena el corazón del hombre; solo Dios es capaz de hacer feliz al ser humano. Los consagrados dais testimonio con alegría a los hombres de nuestro tiempo, en las diversas situaciones, de que Dios es el Amor capaz de colmar el corazón de toda persona humana.

La vocación de la Iglesia es pertenecer solo a su Señor, deseosa de ser a sus ojos «sin mancha ni arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada» (Ef 5, 27). Esa es la vocación de toda persona de especial consagración.

3.- Pertenecemos a una sociedad que vive con frecuencia a ritmo acelerado y agitado. Por ello necesitamos dedicar tiempo para reflexionar, rezar y ponernos delante de Dios de manera agradecida. Nuestro mundo vive distraído y alejado del Señor, perdido en su búsqueda loca de felicidad, que no encuentra; y es necesario dirigir nuestra mirada hacia Dios, para centrar nuestra vida en lo que es importante y hallar el verdadero manantial de alegría y gozo interior.

Las personas de especial consagración estáis muchas veces comprometidas en trabajos apremiantes, sometidas a ritmo frenético, casi sin tiempo para reposar el ánimo. Esta Jornada debe ayudaros a retomar el respiro sereno, a volver a sentiros amados por el Señor, a renovar vuestro amor por él, a resituar vuestra vida centrándola en Cristo, a volver a las raíces de vuestra vocación, a responder al amor primero, a hacer un balance de vuestra vida y a renovar el compromiso de vuestra consagración.

4.- Existe gran necesidad de que la vida consagrada sea presencia del amor de Dios. Hemos escuchado el himno a la caridad que san Pablo dirige a los corintios: «El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Co 13,4-7). Este himno a la caridad debe marcar nuestra.

Es deseable que la vida consagrada se muestre cada vez más llena de alegría y de Espíritu Santo, se lance con brío por los caminos de la misión, se acredite por la fuerza del testimonio vivido, ya que, como decía el papa Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio” (Evangelii nuntiandi, 41).

La vida consagrada es presencia del amor de Dios, antes de ser compromiso del hombre, porque es regalo que viene por iniciativa de Dios Padre, cuya mirada de predilección llega al fondo del corazón de la persona llamada. El carisma recibido del Espíritu Santo le impulsa a seguir como discípulo amado las huellas de Cristo, acogiendo y asumiendo los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.

5.- La existencia de la vida consagrada en la Iglesia es necesaria y esencial, porque así lo que querido Jesucristo, su Fundador. Es manifestación y rasgo de la Esposa de Cristo, amada por Él hasta el extremo.

Demos gracias a Dios por el regalo de la vida consagrada; por los dones y carismas con que el Espíritu enriquece a la Iglesia, para seguir animándola y sosteniéndola en su misión en el mundo.

Y agradecemos a las personas de especial consagración su aceptación a la llamada del Señor y su fidelidad al carisma recibido. Gracias por vuestra presencia en la Iglesia, y de modo especial en la Diócesis de Málaga.

Como el anciano Simeón de la escena evangélica acojamos al Señor, dándole gracias por haber visto al Salvador (cf. Lc 2,30), que nos ha mostrado el rostro misericordioso del Padre y con su luz alumbra a todas las naciones (cf. Lc 2,32).

Pedimos a la Santísima Virgen María que sostenga el compromiso de todos los consagrados, para que vivan la alegría de ser presencia del amor de Dios entre los hombres. Amén.