Domingo de Pascua de Resurrección

Homilía pronunciada por D. Jesús Catalá en la celebración del Domingo de Pascua de Resurrección en la Catedral de Málaga, el 21 de abril de 2019.

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Catedral-Málaga, 21 abril 2019)

Lecturas: Hch 10,34.37-43; Sal 117,1-2.16-17.22-23; Col 3,1-4; Jn 20,1-9.


La resurrección, expresión de la divinidad de Cristo

1.- Tras la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret los apóstoles se convierten en testigos de este acontecimiento histórico singular, único. El discurso del apóstol Pedro en casa de Cornelio, centurión romano, constituye una exposición completa de la predicación kerigmática, que comprende la confesión de fe en Jesucristo como Hijo de Dios y Mesías: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38).

El anuncio kerigmático implica asimismo la profesión de fe de la muerte de Cristo en la cruz y de su resurrección: «A éste lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse» (Hch 10, 39-40). La resurrección es expresión de la divinidad de Jesús.

Los apóstoles son testigos de estos hechos y se convierten en anunciadores de la buena nueva: «Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10, 42).

Queridos hermanos, la Iglesia celebra hoy con gran alegría la resurrección del Señor Jesús, nuestro Salvador. “Aleluya” es el canto pascual. ¡Unámonos a este gozo pascual y, como los apóstoles, seamos también nosotros testigos de este único y singular acontecimiento histórico!

2.- El hecho objetivo, real e histórico, de la resurrección del Señor nos lleva a reflexionar sobre su divinidad. El dogma de la Iglesia tuvo que enfrentarse en los primeros siglos a la mentalidad de las culturas judía y griega, reacias a aceptar tanto la muerte de Cristo como su resurrección. Para los judíos era un escándalo y para los griegos una necedad: «Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Co 1,22-23).

Para los griegos era impensable aceptar la divinidad de Jesús, pues ellos definían la esencia divina con el término “no engendrado” y, por tanto, creado en el tiempo; mientras que para la fe cristiana Jesús es verdaderamente “Hijo de Dios” y, por ello, “engendrado” desde toda la eternidad y “no creado”, como recitamos en el Credo.

3.- En la actualidad, ¿cómo perciben nuestros contemporáneos la fiesta de la resurrección de los cristianos y cómo damos testimonio nosotros de nuestra fe?

Los que rechazan a Cristo propagan la “cultura de la muerte” (Juan Pablo II, Centesimus annus [1991], 39), en sus diversas manifestaciones (aborto, eutanasia, manipulación y explotación de personas y otras formas ideológicas contrarias al ser humano); quienes rechazan a Dios son incapaces de aceptar que Jesucristo ha muerto por la humanidad y la ha salvado; y difícilmente apoyarán al hombre en su integridad; más bien intentarán manipularlo. Este es un criterio que los cristianos debemos tener en cuenta.

Para los cristianos el ser humano ha sido redimido y salvado en Cristo Jesús. La vida humana es sagrada desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, porque ha sido creada por Dios a su imagen y semejanza; y porque Cristo la ha redimido con su preciosa sangre.

Creer en la resurrección del Señor conlleva buscar los bienes de la vida eterna, como nos ha dicho san Pablo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3, 1). La vida del cristiano, para ser fecunda y dar testimonio de la resurrección, debe estar unida a Cristo (cf. Col 3, 3).

Pedimos al Señor resucitado que nos conceda la valentía necesaria para proclamar en nuestra sociedad la fe en la resurrección y la altísima dignidad de la persona humana.

4.- Otro obstáculo cultural para el pleno reconocimiento de la divinidad de Jesucristo en los primeros siglos era la doctrina de un “dios intermedio”, un “semidiós”, ligado a la creación del mundo material. Desde el filósofo Platón en adelante, esta concepción se había convertido en un lugar común para muchos sistemas religiosos y filosóficos de la antigüedad. La tentación de asimilar al Hijo de Dios a esta entidad intermedia había ido deslizándose incluso en la reflexión teológica cristiana.

La fe cristiana, sin embargo, confiesa que Jesús de Nazaret es Dios, consustancial al Padre, y ha sido engendrado desde toda la eternidad (cf. Jn 1,1.18). Con ello se elimina para siempre el principal obstáculo del helenismo para el reconocimiento de la plena divinidad de Cristo (cf. R. Cantalamessa, ofm.cap, San Atanasio y la fe en la divinidad de Cristo. Primera predicación cuaresmal. Vaticano, 2012).

Queridos fieles, en nuestro tiempo son muchas las figuras que intentan suplantar la fe en la divinidad de Jesucristo. La ciencia y la técnica parecen haberse convertido en “diosas” que todo lo resuelven, que producen felicidad y que hacen creer que ofrecen la inmortalidad. Pero el ser humano tiene que pasar por la muerte temporal. Nuestra sociedad cultiva el “cuerpo”, que necesariamente tendrá que pudrirse en la tierra. La esperanza del cristiano es que resucitará en Cristo; y la resurrección afecta a la persona, alma y cuerpo.

5.- Algunos líderes, políticos, mediáticos o empresariales, creyéndose “semidioses”, ofrecen también unos productos, programas y ofertas, que no satisfacen realmente al ser humano, sino que lo dejan peor que estaba antes.

No os dejéis seducir, queridos fieles que creéis en la resurrección de Jesucristo, por promesas de felicidad y de libertad, que prometen los agoreros de hoy, porque son más bien cadenas de esclavitud. No os dejéis engañar por los destellos de felicidad, aparentemente mágicos, que brillan en nuestra sociedad. Más bien, «aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra» (Col 3, 2). Estos bienes de la tierra los hemos de usar en consonancia con la fe, para obtener los bienes del cielo. Lógicamente, los bienes terrenales son necesarios para vivir; pero haciendo un uso adecuado.

Queridos fieles, a ejemplo de María Magdalena (cf. Jn 20, 1) y los apóstoles Pedro y Juan (cf. Jn 20, 3-6), que se acercaron al sepulcro vacío y creyeron en la resurrección, celebremos la resurrección del Señor y demos testimonio de ella con valentía y ardor.

Y que María Santísima, la Madre del Resucitado, nos acompañe en este tiempo pascual, para que vivamos con alegría la presencia entre nosotros de su Hijo glorioso y resucitado. Amén.