Sevilla Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://www.odisur.es Mon, 19 Aug 2019 23:39:47 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Homilía en la Solemnidad de la Asunción http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51789-homilía-en-la-solemnidad-de-la-asunción.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51789-homilía-en-la-solemnidad-de-la-asunción.html Homilía en la Solemnidad de la Asunción

Homilía de Mons. Santiago Gómez, obispo auxiliar de Sevilla, en la Solemnidad de la Asunción, la Virgen de los Reyes.

Sevilla, 15 de agosto de 2019

Mi saludo fraterno para todos, a los sacerdotes, diáconos y fieles

Saludo en particular al Señor Alcalde de Sevilla y a las demás autoridades

Para todos, el saludo de nuestro Arzobispo D. Juan José. En su nombre os transmito su felicitación en esta fiesta de la Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla y de la Archidiócesis. Él me ha encargado: diles que encomiendo a todos para que vivan gozosa y comprometidamente su vocación cristiana y no decaiga en Sevilla el amor a su patrona.

En esta Eucaristía damos gracias a Dios por la mejoría que está experimentando y pedimos su completa recuperación, de modo que pronto nuestro Pastor esté de nuevo entre nosotros.

  1. “Se abrieron las puertas del templo celeste de Dios, (…) apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”

Si “en la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial (…) hacia la cual nos dirigimos como peregrinos” (S.C. 8), pueden ser estas palabras del Apocalipsis una clave para entender nuestra celebración de hoy: estamos protagonizando un encuentro de honda devoción silenciosa con María, precedido para muchos por una noche santa de peregrinación desde los pueblos del Alcor y el Aljarafe, buscando el rostro de nuestra Patrona, la Virgen de los Reyes. Familias que han hecho el equipaje desde los lugares de descanso para no faltar a esta cita con la Virgen en las primeras luces del día. Católicos de pueblos y barrios, del centro y de la periferia de nuestra ciudad, congregados como familia en torno a la Madre en el corazón de la Iglesia, que representa esta Catedral.

“Señora, ¿cuál es el estandarte de la hermandad de la Virgen? Y ella respondió: “No, “miarma”, la Virgen no tiene hermandad, la Virgen es de todos” (Francis Segura: La Virgen es de todos, Diario de Sevilla, 14-8-2019).

¡Sí la Virgen es de Todos! Nosotros la vivimos así. Es el modo de encarnar en Sevilla

  1. 2.El acontecimiento salvífico que origina nuestra alegría y nuestra fiesta

La Iglesia canta con el Salmo con el que hemos acogido la Palabra de Dios a María, asociada a toda la vida de Jesús, también unida a su Hijo en su glorificación: “De pie a tu derecha está la reina (…) Prendado está el rey de tu belleza; póstrate ante él, que él es tu Señor” (Sal 44, 12 a).

Y San Pablo nos ha dicho: “Hermanos: Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. (…) así en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida” (1 Cor 15, 20.22-23). Nadie ha sido de Cristo como su Madre, por eso la Iglesia ha entendido que Ella ya está asociada a la gloria del Hijo.

La tradición ininterrumpida de la Iglesia da testimonio de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo. Hay un hecho singular que corrobora esta verdad: nunca fue venerada en la antigüedad una verdadera reliquia del cuerpo de María. Hecho más revelador si se compara con el interés de los cristianos por las reliquias de los Apóstoles, pensad en Pedro o Pablo y así de cada uno de los Apóstoles y de tantos santos. Esto nunca ha ocurrido con el cuerpo de María, porque no está aquí.

La creencia universal de este acontecimiento fue confirmada por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950, cuando definió el dogma de la Asunción en estos términos: “Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” (D. 2333). Novedad en la certeza, no en la fe de la Iglesia, porque desde el siglo VI conocemos testimonios de la liturgia que celebraba el tránsito o dormitio y la assumptio Mariae (“asunta”, es decir, aferrada, tomada por una fuerza divina).

Si a María el pecado de Adán y Eva se le evitó, entonces el castigo del pecado, “polvo eres y en polvo te convertirás”, no es el destino de Aquella que no ha participado en la desobediencia inicial, tan tenazmente renovada por cada hombre. Su cuerpo no podía disolverse en la corrupción del sepulcro.

Además, ninguna carne humana ha tenido una unión tan real, íntima y plena con la carne de Cristo como la de María. Jesús es, con las palabras de Isabel, “el fruto de tu vientre” (Lc 1, 42). Es por la fuerza de esta intensidad de incorporación con Aquel que es “la resurrección y la vida” por lo que el cuerpo de la Madre ha entrado inmediatamente en la gloria eterna, precediendo al de cualquier otra criatura humana, participando ya de la condición gloriosa de su Hijo resucitado. Esta es la luz de la fe que llena este día de fiesta. Pero sabemos que

  1. 3.“No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.” (Mt 5, 14b-15)

La fe verdadera ilumina la vida real, la historia concreta en su acontecer cotidiano. No es para encapsularla en experiencias íntimas de emoción, llenas de nostalgias y recuerdos. ¿Qué puede significar para cada uno de nosotros, para la Iglesia, para la humanidad la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos?

Responde el Prefacio propio de esta solemnidad: “Porque hoy ha sido elevada a los cielos/ la Virgen, Madre de Dios; ella es figura y primicia de la Iglesia,/ que un día será glorificada;/ ella es ejemplo de esperanza segura/ y consuelo del pueblo peregrino.”

Cuando rezamos el Credo decimos: “Creo en la resurrección de la carne”. Creemos que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos y vive para siempre, a cuya gloria ya ha sido asociada en su asunción la Virgen María, esperamos también que Él nos resucitará a nosotros al final de los tiempos. La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” volverán a tener vida. (CEC 990).

Esperando ese día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser “en Cristo”; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre (CEC 1004). Hay un modo cristiano de comprender el cuerpo, nuestro cuerpo y el de los demás.

Así el cristiano comprende el amor conyugal de los esposos, el cual comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona, cuerpo y espíritu (CEC 1643)

Una consideración particular del cuerpo se manifiesta también en el modo de celebrar los cristianos el domingo y las demás fiestas de precepto, cuando somos invitados a unir a la obligación de participar en la Misa el disfrute del debido descanso de la mente y del cuerpo. (CIC 1247)

A la luz del cuerpo glorificado de María y en la espera de la resurrección de la carne, para el cristiano nace un respeto al cuerpo que se opone a una concepción neopagana –por moderna que sea- que tiende a promover el culto del cuerpo, a sacrificar todo a él, a idolatrar la perfección física y el éxito deportivo. Una concepción del cuerpo que puede conducir a la perversión de las relaciones humanas. (CEC 2289) A veces, ¡cuántas horas de gimnasio para el cuerpo y qué pocas para alimentar el alma!

También unido a las virtudes cristianas siempre ha estado el pudor. Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza los exhibicionismos del cuerpo humano. (CEC 2523). El pudor preserva la intimidad de la persona (CEC 2521), protege el misterio de la persona y de su amor. (CEC 2522).

Pero hay violencias mayores contra el cuerpo en nuestra cultura. La ideología de género, que afirma que no existen sexos, la diferencia hombre-mujer es sólo cuestión de roles, orientaciones sexuales mudantes, que se pueden cambiar en la vida todas las veces que se quieran. Ideología llevada a nuestra legislación. Citando a Benedicto XVI, el Papa Francisco dice que existe una “ecología del hombre” porque “también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su feminidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente.(…) Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda “cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma.” (Laudato Si´, 155). Cuestión que plantea desafíos urgentes para ser afrontados por las familias, en la educación de los hijos, en la defensa de la libertad de los ciudadanos.

También nos sitúan ante la realidad concreta de los graves pecados contemporáneos contra la dignidad humana, sufridos en el cuerpo de tantos hombres y mujeres, de nuevo, las palabras del santo padre Francisco, denunciando la trata de las personas (A los participantes en la jornada mundial de reflexión y oración contra la trata de personas, 12 de febrero de 2018). Tema que toca de cerca nuestras conciencias, es escabroso, avergüenza, no se quiere hablar de ello porque el final de la «cadena de consumo», los usuarios de los «servicios» que son ofrecidos en la calle o en internet, pueden estar cerca. Es una verdadera forma de esclavitud, lamentablemente cada vez más difundida, que atañe a cada país, incluso a los más desarrollados, y que afecta a las personas más vulnerables de la sociedad: las mujeres y las muchachas, los niños y las niñas, los discapacitados, los más pobres, los que provienen de situaciones de disgregación familiar y social. De estas personas, víctimas de la trata, de sus esfuerzos para superar su drama y reconstruir su vida, muchos jóvenes emigrantes que vienen ilusionados con falsas promesas, engañados, que terminan esclavizados, prostituidos, nos podrían hablar de forma bien concreta y cercana nuestras hermanas Adoratrices, que junto a bastantes otros cristianos comprometidos en este campo, los conocen y acompañan.

La fe fundamenta y fortalece una manera de vivir que nos da libertad para resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes (CEC 2523), para afrontar todas las dimensiones de nuestra existencia desde la verdad de lo que somos.

La fiesta de la Asunción, la glorificación de la Virgen María, toda entera, cuerpo y alma junto a su Hijo, nos posibilita ver según Dios. Nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.

La solemnidad de la Asunción nos deja con el corazón alegre, abierto a la esperanza. Esta nos da nuevas fuerzas para vivir cada día con dignidad, nos permite mirar más allá de las miserias personales y sociales, incluso nos abre horizontes más allá de la muerte, porque somos peregrinos del cielo, y allí toda entera, cuerpo y alma, está nuestra Madre.

Virgen de los Reyes, causa de nuestra alegría y de nuestra esperanza, intercede por nosotros.

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Sevilla Fri, 16 Aug 2019 08:34:34 +0000
Contemplativos en la acción http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51573-contemplativos-en-la-acción.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51573-contemplativos-en-la-acción.html Contemplativos en la acción

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


La escena que nos narra el evangelio de este domingo tiene lugar en Betania, una pequeña aldea situada a 3 kms. de Jerusalén, en la casa de Marta, María y Lázaro. Estos tres hermanos eran seguramente solteros y gozaban de una buena posición económica. No es aventurado pensar que, viviendo habitualmente en Jerusalén, la casa de Betania fuera su lugar de descanso.

Durante la última etapa de su vida, que tiene como centro Jerusalén, el Señor debía acudir con frecuencia a descansar a la casa de estos amigos de Betania, donde era siempre bien recibido, después de agotadoras jornadas de predicación.

Betania es hoy para los cristianos símbolo de hospitalidad, de acogida al hermano que llega cansado y roto, triste y hundido por el sufrimiento, la soledad, la enfermedad o la pobreza. Betania es símbolo de apertura y servicio. En un mundo como el nuestro, marcado por el individualismo insolidario, el ejemplo de los hermanos de Betania, que acogen al Señor, nos alecciona para que crezcamos cada día en las virtudes de la hospitalidad, el servicio generoso a nuestros hermanos, con los que Jesús se identifica.

Betania es, además, símbolo del equilibrio entre acción y contemplación. En el evangelio de hoy, mientras María, sentada a los pies del Señor, escucha su palabra, Marta se afana limpiando la casa y preparando la comida para obsequiar dignamente a su huésped. En un momento determinado, Marta, la hermana mayor, que seguramente tenía un temperamento fuerte y dominante, se dirige a Jesús para censurar la actitud de su hermana: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano". La respuesta de Jesús no deja lugar a dudas: "Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa por tantas cosas: solo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte y no se la quitarán".

Estas palabras de Jesús, junto con aquellas otras dirigidas al joven rico: "Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y sígueme", son la base de la vida contemplativa que a partir del siglo IV comienza a surgir con fuerza en la Iglesia. A imitación de María, que sentada a los pies de Jesús contemplaba, escuchaba y amaba, miles de hombres y de mujeres hoy como ayer se retiran a la soledad del claustro para escuchar la palabra de Dios y vivir junto al Señor en la alabanza y la plegaria, en ese ocio nada ocioso del que habla san Bernardo cuando comenta este pasaje de san Lucas. Ellos han elegido, como nos dice el Señor en el evangelio de hoy, la mejor parte, se han entregado a lo esencial, a lo único necesario.

Jesús, pues, señala la prioridad de la contemplación, que es esencial en la vida de la Iglesia, que es un don, una vocación, un carisma. Pero Jesús no condena la acción, la entrega de los misioneros, el trabajo apostólico del sacerdote o del cristiano seglar, la actividad benéfica o asistencial de los religiosos y religiosas que sirven a los ancianos y a los enfermos y la actividad de los padres y madres de familia en su trabajo profesional y en la educación de sus hijos.

Lo que en realidad censura Jesús en su diálogo con Marta no es la actividad, sino el activismo. Jesús no critica a Marta porque trabaja, sino porque hace muchas cosas "inquieta y nerviosa", invirtiendo la escala de valores y olvidándose del Señor. Eso es precisamente el activismo, la fiebre por hacer cosas por los demás, por cumplir proyectos y sacar a flote empresas apostólicas sin la unión con Dios, que es la verdadera fuente de la savia, que con su gracia hace fecundos nuestros quehaceres.

El Señor nos invita hoy a realizar en nuestra vida una síntesis armoniosa entre acción y contemplación, el trabajo de Marta y la contemplación de María, el "ora et labora" de san Benito, es decir, la unión de la oración y el trabajo. San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, no quería que sus religiosos vivieran encerrados dentro de los muros del convento, como los monjes. Quería que fueran luz y sal en la calle, pero al mismo tiempo fuertemente unidos al Señor, o como él mismo dice: "contemplativos en la acción".

Este debe ser también el ideal para todos y cada uno de nosotros, sacerdotes y laicos que estamos en medio del mundo para anunciar a todos los hombres, como nos dice san Pablo, que Jesús es la única esperanza para el mundo, que estamos en medio del mundo para servir a nuestros hermanos, para construir un mundo de acuerdo con los planes originarios de Dios, es decir, más justo y más fraterno. No lo lograremos, sin embargo, si no estamos fuertemente anclados en el Señor, unidos a Él a través de la oración, el silencio y de la escucha dócil de su palabra.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 19 Jul 2019 11:37:11 +0000
La oración de Jesús y la oración del cristiano http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51572-la-oración-de-jesús-y-la-oración-del-cristiano.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51572-la-oración-de-jesús-y-la-oración-del-cristiano.html La oración de Jesús y la oración del cristiano

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


El evangelio de este domingo XVII del Tiempo Ordinario comienza con estas palabras: «Un día Jesús estaba orando en cierto lugar; cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar como enseñó Juan a sus discípulos". Él les dijo: "Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino"». A los apóstoles les impresiona el rostro de Jesús orando, embebido totalmente en su diálogo amoroso con el Padre. Por ello, solo viéndole orar piden al Maestro que les enseñe a orar también a ellos. Y Jesús les corresponde enseñándoles la oración del Padre Nuestro.

En su biografía de Jesús nos dice el papa Benedicto XVI que “sin el arraigo en Dios la persona de Jesús es fugaz, irreal e inexplicable. Éste es el punto de apoyo sobre el que se basa este libro mío: considera a Jesús a partir de su comunión con el Padre. Éste es el verdadero centro de su personalidad”. Jesús vive y actúa en continua referencia al Padre celestial, ora y enseña a orar.

En la vida cristiana todo es don, pues es Dios el que nos regala, por medio de su Espíritu, el querer y el obrar y es Él quien nos alienta con su gracia en nuestro camino de fidelidad. “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” nos dice el salmo 126. San Pablo, por su parte, nos dice que, en nuestra vida, “ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios que da el incremento” (1 Cor 3,7). De ahí, la necesidad de la oración, tema central de las lecturas de este domingo.

Uno de los aspectos más genuinos de la enseñanza de Jesús, el primer orante, que sube al monte cada noche para estar a solas con su Padre, es la invitación a la oración constante, que es exigencia de nuestra condición de hijos, que reconocen la absolu¬ta soberanía de Dios, confían en su amor y misericordia y tratan de ajustar constantemente su voluntad a la de Dios. En la oración diaria sintonizamos con la sabiduría y la voluntad de Dios y, casi sin darnos cuenta, se produce en nosotros una especie de afinidad con la verdad de Dios, que es en definitiva la verdad más profunda sobre el hombre y el mundo. En la oración crece nuestra amistad e intimidad con el Señor, se graban en nosotros sus propios sentimientos y el Señor nos va modelando y robusteciendo nuestra unión e identificación con Él.

Santa Teresa de Jesús nos dice en el libro de la Vida, 8,2, que orar no es otra cosa "sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama". Y en el Camino de perfección, 4,5, añade que "sin este cimiento fuerte [de la oración] todo edificio va falso". Así es en realidad. Quiero añadir que, sin el humus de la oración, todo en nuestra vida será agitación estéril. No habrá eficacia pastoral ni fecundidad apostólica, ni será posible vivir la fraternidad y el servicio a nuestros hermanos. La oración diaria nos refresca, nos reconstruye por dentro y facilita grandemente el complimiento de nuestras tareas y deberes. Cuando en nuestra vida hay oración verdadera, nos dice un gran maestro de oración del siglo XX, san Pedro Poveda, "no hay dificultad insuperable, ni hay problema insoluble, ni falta paz, ni deja de haber unión fraterna, ni se conoce la tristeza que aniquila, ni se siente cansancio en el trabajo; todo está en orden, hay tiempo para todo".

Los cristianos, como nos dijera el papa san Juan Pablo II, somos lo que rezamos. En consecuencia, debemos ser hombres y mujeres de oración, convencidos de que el tiempo dedicado al encuentro íntimo con el Señor es siempre el mejor empleado, porque, además de ayudarnos en el plano personal, nos ayuda también en nuestro trabajo apostólico. Efectivamente, en la oración, en las cercanías de Jesús, en el encuentro diario con Él, descubriremos el gozo y el valor de vuestra propia vida. Ese es el lugar de la Iglesia y su principalísimo quehacer y ese es el lugar y el quehacer fundamental de todo cristiano. En las cercanías del Señor encontraremos la alegría, la fortaleza y la seguridad para vivir con gozo y con verdadero compromiso nuestras respectivas vocaciones.

Soy consciente de que esta es la última carta semanal de este curso. Muchos de nosotros comenzaremos muy pronto las vacaciones. Dios quiera que todos tengamos claro que en nuestra relación con Dios no puede haber vacaciones. Todo lo contrario. Al disponer de más tiempo libre, hemos de buscar espacios para la interioridad, el silencio, la reflexión, la oración y el trato sereno, largo y relajado con el Señor.

A todos os deseo unas felices y reparadoras vacaciones, mientras manifiesto mi afecto y cercanía a aquellos que, por diversas causas, no las podrán disfrutar. Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 19 Jul 2019 11:34:51 +0000
Samaritanos de nuestros hermanos http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51458-samaritanos-de-nuestros-hermanos.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51458-samaritanos-de-nuestros-hermanos.html Samaritanos de nuestros hermanos

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


En la Eucaristía de este domingo escucharemos la parábola del Buen Samaritano, en la que san Lucas nos dice que un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cae en manos de unos bandidos, que lo desnudan, lo muelen a palos, le roban y lo abandonan a su suerte. Pasan por allí un sacerdote y un levita, lo ven y dan un rodeo para no comprometerse con el que sufre. Llega el samaritano, lo ve, se apea de su cabalgadura, se acerca, se compadece, lo cura con vino y aceite, lo venda, lo monta en su cabalgadura y lo lleva a la posada abonando los gastos que comporte su curación.

Alguien ha escrito que toda la civilización cristiana ha nacido de esta parábola. Es evidente que, para san Lucas, el Buen Samaritano es Jesús. También lo es para los Padres de la Iglesia. En el prefacio común VIII, la liturgia llama a Cristo «Buen Samaritano». Le llama también siervo y servidor. Os invito a recordar la escena del lavatorio de los pies, que llena de estupor a los Apóstoles, porque es socialmente incomprensible, nueva, enteramente divina, pues sólo Dios es capaz de realizar en la antigüedad un menester reservado a los esclavos. Jesús lava los pies a los Doce. Mientras cenaban, se levantó de la mesa, se despojó de su manto, tomó una toalla y una jofaina y doce veces se arrodilló, doce veces se levantó, doce veces lavó los pies y los secó. A continuación, pronuncia estas palabras que comprometen a los apóstoles y también a nosotros: “Después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.

Recordemos también que Él no vino a ser servido sino a servir y a entregar su vida en rescate por todos. Así lo confiesa después de oír la estrafalaria pretensión de la madre de los Zebedeo, que pide para sus hijos Santiago y Juan los primeros puestos en su Reino. A imitación de su Señor, los hijos de la Iglesia debemos ser también samaritanos de nuestros hermanos, algo que responde al ser más íntimo de la Iglesia. En el proemio de la constitución pastoral Gaudium et Spes del Vaticano II se declara que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La parábola del Buen Samaritano nos enseña a priorizar el servicio a los más pobres de nuestros hermanos, a aquellos de los que nadie se preocupa o acompaña, viviendo la consigna de san Ignacio de Loyola: “en todo amar y servir”.

No quiero concluir sin evocar el epitafio de Abercio, obispo de Hierápolis entre los años 190 y 216. Hierápolis era una ciudad pujante de Tracia, la parte más occidental del Asia Menor, la actual Turquía. Fue destruida por un terremoto en el año 1354. En los últimos años del siglo XIX fue excavada por arqueólogos ingleses y alemanes. Encontraron parte de sus calles y las huellas de sus edificios nobles, entre ellos la basílica cristiana. En ella, en 1883, el viajero inglés William Ramsay descubrió un epitafio, que hoy se conserva en el Museo della Civiltá Romana en la Ciudad Eterna. Fue escrito por el obispo Abercio para que figurara en su sepultura. De él se tenían noticias en la antigüedad.

Su hallazgo fue saludado por los historiadores del cristianismo como un hecho excepcional, porque es un texto interesantísimo para la historia de la teología. Alude al bautismo, que marca a los cristianos con su sello deslumbrante, el carácter sacramental. Habla de la prodigiosa difusión del cristianismo, pues en sus viajes encuentra cristianos por todas partes. Habla de Jesucristo, que es hijo de Dios e hijo de María. Menciona la Eucaristía que se administraba bajo las dos especies. Al hablar de Jesucristo dice que es “el hombre de los ojos grandes, que miran hacia abajo, a todas partes”.

Lo cierto es que mientras el escriba y el sacerdote de la parábola dan un rodeo para no ver al hombre malherido, en contraposición, Jesús iba por la vida viendo, percatándose y haciéndose cargo de los dolores, de las angustias y de los sufrimientos de los pobres, de los endemoniados y de los enfermos, los predilectos del Señor. Dios quiera que también nosotros seamos hombres y mujeres con ojos grandes para apiadarnos eficazmente de los dolores y sufrimientos de nuestros hermanos.


Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan Jose Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 11 Jul 2019 13:16:46 +0000
Llamados a evangelizar http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51393-llamados-a-evangelizar.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51393-llamados-a-evangelizar.html Llamados a evangelizar

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

 

En el Evangelio de este domingo XIV del tiempo ordinario, nos narra san Lucas el envío de los setenta y dos discípulos a anunciar el Evangelio mediada la vida pública del Señor. Algún comentarista ha querido ver en la misión de estos discípulos, distintos de los apóstoles, una invitación al compromiso apostólico de los cristianos laicos, también llamados al apostolado. En nuestro caso es ésta una exigencia del bautismo y de la confirmación, en la que recibimos el don del Espíritu que nos capacita para anunciar a Jesucristo a nuestro mundo con obras y palabras. En primer lugar, con nuestro testimonio, con nuestro buen ejemplo en la familia, con nuestra vida intachable, con nuestra rectitud moral en la vida profesional y en el cumplimiento de nuestras obligaciones cívicas, con nuestro testimonio de cercanía y compromiso con nuestros hermanos, especialmente los más pobres.

Pero, como los setenta y dos discípulos hemos de anunciar a Jesucristo también con la palabra. No nos debe dar miedo ni vergüenza hablar del Señor a nuestros hermanos, mostrándoles a Jesucristo como Salvador único, único camino para el hombre y única esperanza para el mundo, aprovechando todos los ambientes y circunstancias en que se entreteje nuestra vida: la familia, el trabajo, la profesión y las relaciones sociales. En todas las circunstancias hemos ser testigos del Señor resucitado, mostrando y entregando a nuestros hermanos nuestro mejor tesoro, el tesoro de nuestra fe y de nuestra esperanza en Jesucristo, único salvador.

El dinamismo apostólico es el mejor termómetro de la vitalidad de una parroquia o de una Hermandad. El afán por anunciar a Jesucristo es además el mejor camino para vivir una vida cristiana vigorosa y fecunda, pues como nos decía el papa san Pablo VI en la Exhortación Apostólica "Evangelii Nuntiandi": "la fe se robustece dándola". Con ello nos quería decir que, si la fe no es misionera, si no se transmite y se comparte, corre el riesgo de fosilizarse y de asfixiarse.

Pero para evangelizar, es preciso estar evangelizado. Es necesario que el apóstol esté convertido, que reconozca a Jesucristo como su único Señor y que aspire seriamente a la santidad. Debe sentirlo vivo y cercano, cultivar su amis¬tad, crecer en su intimidad, sentir la experiencia de Dios en la escucha de su Palabra, en la oración y en la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente de la penitencia y de la eucaristía. La experiencia de Dios nunca disimulada, traducida en actitudes de esperanza y confianza en Jesucristo, Señor de la Historia, necesita de la formación y de la profundización en los misterios de nuestra fe.
Necesita también del complemento de la vida fraterna. El apóstol seglar no es una isla, un solitario, sino un solidario, un hermano; sabe trabajar en equipo, busca la comunión y la comunicación con todos, sobre todo con sus hermanos cristianos, con los sacerdotes, con la parroquia, con el obispo y con todos lo que buscamos el Reino de Dios. No es indiferente a ninguna necesidad y dolor y vive con los ojos bien abiertos a las necesidades de los más pobres.

En esta hora de la Iglesia en España es más necesario que nunca robustecer la presencia de los católicos en la vida pública. El Señor en el Evangelio nos pide a los cristianos que seamos luz y sal. Nos pide además que no escondamos la luz debajo del celemín, sino que la pongamos sobre el candelero para que alumbre a todos los de casa. En los países de Occidente, y también en España, va creciendo la tendencia a considerar la vida religiosa como un asunto privado, que afecta únicamente a la vida individual y a la propia intimidad y que no tiene por qué traslucirse en las actuaciones públicas de los cristianos. Es lo que se ha dado en llamar la religiosidad vergonzante Esta concepción es un señuelo de la cultura secularizada, que querría ver desterrado el nombre de Dios de la vida pública.

Queridos hermanos y hermanas: no escondáis la luz debajo del celemín. La Iglesia necesita hoy más que nunca hombres y mujeres confesantes; hombres y mujeres de una fe honda y de una vida espiritual profunda, que lleven su compromiso cristiano al mundo de la cultura y del arte, al mundo universitario, al mundo de los partidos y de la acción política, al mundo de la economía, al mundo del trabajo y de la acción sindical, al mundo del ocio y de los MCS para orientar estas realidades temporales según el corazón de Dios. Sólo así la Iglesia podrá ser en este mundo, como rezamos en el prefacio de la fiesta de Cristo Rey el “reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”, anticipo en este mundo del Reino de los cielos.


Para cuantos lean esta carta y para todos los diocesanos, mi saludo y mi bendicion.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Mon, 08 Jul 2019 11:54:57 +0000
Cerca de los cristianos perseguidos http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51284-cerca-de-los-cristianos-perseguidos.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51284-cerca-de-los-cristianos-perseguidos.html Cerca de los cristianos perseguidos

Carta del arzobispado de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


El 10 de noviembre de 2015 celebrábamos en la capilla real de nuestra catedral una Eucaristía de acción de gracias con motivo de los cincuenta años de historia de Ayuda a la Iglesia Necesitada en España. Nacida en 1947, de la mano del Padre premostratense Werenfried von Straaten con la bendición del papa Pio XII, tuvo desde sus orígenes la finalidad peculiar de ayudar a las Iglesias que vivían tras el Telón de Acero en sus necesidades específicamente pastorales, sin descuidar las necesidades materiales en una época de hambre en los países centroeuropeos al final de la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando el Padre Von Straaten mereció la denominación de Padre Tocino, por las grandes cantidades de este artículo que entonces repartió. El pasado 22 de marzo en la sala de prensa del Arzobispado tuve el honor de acompañar a los responsables de Ayuda a la Iglesia Necesitada en la presentación del informe de 2018 sobre la libertad religiosa en el mundo. Entonces tuve la oportunidad de conocer más profundamente y valorar los servicios esplendidos que esta institución presta al Iglesia en esta hora.

Ayuda a la Iglesia Necesitada es hoy una obra de carácter pontificio internacional, presente en 20 países. Presta su ayuda a las Iglesias de 120 naciones, en campos tan importantes como la construcción de templos, monasterios y seminarios, la formación de futuros sacerdotes, religiosas y catequistas laicos, la creación de medios de comunicación en países pobres, la compra de medios de locomoción para misioneros y la publicación de catecismos, biblias y libros de formación.

En los últimos años, además de todas estos estos loables cometidos, ha asumido la tarea de concienciar a la sociedad sobre un problema mayor, los atentados que se producen en todo el mundo contra un derecho humano fundamental, la libertad religiosa. Ayuda a la Iglesia Necesitada denuncia los atropellos de que son objeto los creyentes en muchos países del mundo. Un dato bien elocuente es que el 61 % de la población mundial vive sin libertad religiosa. Ello significa que, de cada diez personas, seis no pueden vivir y expresar su fe con libertad plena. Otro dato es que en 38 países no se tutela este derecho humano esencial. Destacan en este sentido los países de mayoría musulmana, Afganistán, Bangladés, Irán, Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Yemen. Otro tanto sucede en Corea del Norte, Birmania, Vietnam y, sobre todo, en Indonesia, India y China. Todos estos países representan a más de 3.000 millones de personas.

Otro dato relevante es que en los últimos años la situación ha empeorado, cosa que apenas preocupa a los gobiernos, a la Organización de las Naciones Unidas y a la Unión Europea. Otro tanto cabe decir de la prensa, salvo algunas excepciones. Un dato más nos revela que la religión más discriminada y perseguida, en algunos casos hasta la muerte, es el cristianismo y, más en concreto, el catolicismo. En torno a 500 millones de cristianos son discriminados o perseguidos por su fe cristina, de modo que uno de cada cinco cristianos es víctima de persecución o ve mellados sus derechos a causa de su fe. Un ejemplo paradigmático es la epopeya dolorosa de Asia Bibi, una mujer católica pakistaní. Denunciada sin pruebas, fue juzgada y condenada a muerte por blasfemia en 2010 por un tribunal de su país. El juez que la condenó a muerte, le ofreció convertirse al islam para salvar su vida. Asia respondió que prefería morir como cristiana que salir de la prisión siendo musulmana, añadiendo: “He sido juzgada por ser cristiana. Creo en Dios y en su enorme amor. Si el juez me ha condenado a muerte por amar a Dios, estaré orgullosa de sacrificar mi vida por él”. Después de diez años en prisión, en octubre de 2018, el Tribunal Supremo de Pakistán la absolvió debido a la carencia de pruebas. El 7 de noviembre salió de la cárcel en medio de grandes tumultos.

Ayuda a la Iglesia Necesitada con sus campañas e informes brinda a la sociedad la posibilidad de conocer la tristísima situación de millones de creyentes en Jesucristo, que son perseguidos o marginados a causa de su fe. Trata con ello de mejorar la situación de estos hermanos nuestros. Nos invita también a encomendarles al Señor y a ayudarles económicamente o con prestaciones personales.

Termino mi carta semanal invitando a todos a conocer y valorar a la obra pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada. Os invito también a ayudarle con recursos económicos en sus campañas anuales, sobre todo con ocasión de la Navidad. Estamos ante un tema transcendental, pues está en juego la defensa de uno de los primeros derechos humanos, la libertad para vivir y practicar las propias creencias.

Para los directivos y voluntarios de la Institución y para todos los donantes, mi oración para que el Señor les sostenga y acompañe en su tarea y compromiso. Cuenten también con mi saludo fraterno y cordial y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Tue, 02 Jul 2019 12:10:47 +0000
Corpus Christi, Día de la Caridad http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51161-corpus-christi-día-de-la-caridad.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51161-corpus-christi-día-de-la-caridad.html Corpus Christi, Día de la Caridad

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

CORPUS CHRISTI, DÍA DE LA CARIDAD
23, VI, 2019

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos en este domingo la solemnidad del Corpus Christi, en la que todos estamos convocados a renovar nuestra fe en el sacramento eucarístico, fuente y cima de la vida cristiana. En este día de gozo todos estamos invitados a adorarlo, a aclamarlo en nuestras calles y a ir caracterizando nuestra vida como una existencia eucarística, modelada y conformada por este augusto sacramento. En esta solemnidad, celebramos también el Día de la Caridad, el Día de Cáritas, la institución de la Iglesia al servicio de los más pobres. No es una mera coincidencia: la Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad.

Desde diversas instancias se nos dice que la crisis está superada. Debe ser verdad en lo que respecta a la llamada macroeconomía, pero no lo es para miles y miles de familias, para los parados, los inmigrantes, los sin techo. Lo saben bien los técnicos y voluntarios de Cáritas diocesana y de las Cáritas parroquiales. Sigue habiendo personas y familias que solicitan ayuda para pagar la hipoteca, el alquiler de su vivienda, los recibos de la luz y del agua. Seguimos inmersos en un estado de verdadera emergencia social, que genera dolor, desesperanza, sufrimientos y frustración, que afecta también al personal de Cáritas, que se ve impotente ante tantas situaciones de dolor, a las que no puede dar la respuesta que desearía.

A pesar de todo, Cáritas es en esta coyuntura un signo cierto de esperanza, tal vez el único para quienes, después de llamar a muchas puertas, han perdido las razones para seguir esperando. Cáritas es lugar de esperanza, porque sus voluntarios, técnicos y socios están persuadidos de que su mejor tesoro no es el dinero o los alimentos que distribuyen, sino Jesucristo, en el que se nos ha manifestado el amor y la misericordia del Padre providente y bueno. Él se presenta ante su pueblo como el ungido por el Espíritu y “enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia, a proclamar la liberación a los cautivos, a devolver la vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). Fundados en Él, escuchando su palabra que nos dice: “dadles vosotros de comer”(Lc 9, 13), ven en el rostro de los pobres el rostro doliente de Cristo, y les sirven con entrega generosa, conscientes de que al servir a los pobres están sirviendo al mismo Señor.

Ellos, como Jesús, que curaba las heridas físicas y morales, que consolaba a los tristes, devolvía la vista a los ciegos, hacía andar a los cojos y devolvía la vida a los muertos, venciendo la apatía o la indiferencia ante el hermano que sufre, generan signos y gestos de esperanza y son para los pobres una ventana abierta hacia el futuro. Como el Buen Samaritano ofrecen gratuitamente signos de compasión y de misericordia, gestos de verdadero consuelo, de cercanía, de cariño, de entrega, de escucha, de servicio, signos que muestran que para nosotros los pobres son nuestros hermanos, los preferidos de Jesús. Con humildad y confianza en la Providencia, ellos y nosotros, toda la comunidad diocesana debe ofrecer signos que devuelvan la ilusión y la alegría a quienes la han perdido, signos de austeridad en una sociedad marcada por el consumismo, signos en los que se haga patente que no sólo compartimos lo que nos sobra, sino incluso aquello que estimamos necesario, que es la prueba más palpable del verdadero amor.

Nuestra participación en la Eucaristía exige de nosotros, hoy más que nunca, signos que vivifiquen, que hagan visible que podemos vivir de otra manera, más austera, más fraterna y solidaria, que otro mundo es posible, el mundo soñado por Dios, fermento de la nueva humanidad.

Al mismo tiempo que invito a todos a ser generosos en la colecta de este domingo, destinada a Cáritas, termino mi carta semanal agradeciendo a los voluntarios y responsables de Cáritas diocesana y de las Cáritas parroquiales su entrega y los excelentes servicios que prestan a través de sus programas a los transeúntes, inmigrantes, parados, enfermos y familias desestructuradas. Pido de nuevo a los sacerdotes que mimen la Cáritas parroquial de la que son presidentes y máximos responsables. A la evangelización y a la celebración de la fe, le falta algo esencial si prescindimos de la diaconía de la caridad.

A todos os invito a seguir fortaleciendo la genuina identidad cristiana de nuestras Cáritas y a cuidar los fundamentos sobrenaturales de nuestro compromiso fraterno. En la Eucaristía, vivida, celebrada y adorada, encontraréis cada día la fuerza para seguir ofreciendo a nuestros hermanos más pobres motivos de esperanza en un futuro mejor. Que Dios nuestro Señor, que es el mejor pagador, os recompense con muchos dones sobrenaturales vuestro compromiso de servicio a los pobres.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Sevilla Fri, 21 Jun 2019 14:17:50 +0000
Jornada de las monjas contemplativas http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51010-jornada-de-las-monjas-contemplativas.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/51010-jornada-de-las-monjas-contemplativas.html Jornada de las monjas contemplativas

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


Celebramos en este domingo la solemnidad de la Santísima Trinidad. En este día de gozo confesamos nuestra fe en la Trinidad santa, adoramos su unidad todopoderosa y damos gloria a Dios uno y trino porque nos permite entrar en la intimidad y riqueza de la vida trinitaria. Este es el quehacer fundamental de las monjas contemplativas a las que tenemos muy presentes en este domingo especialmente dedicado a ellas. En esta jornada, la Iglesia y cada uno de nosotros les devolvemos con nuestra oración y nuestro afecto lo mucho que debemos a estas hermanas nuestras, que hacen de su vida una donación de amor, una ofrenda a la Santísima Trinidad y una plegaria constante por la Iglesia y por todos nosotros.

No hace mucho me encontré con una joven arquitecta que me manifestó sin disimulo su escasa valoración de la vida contemplativa. Según ella, carece de sentido la vida de clausura de monjas contemplativas en un tiempo como el nuestro, en el que hay tanta pobreza, tanto dolor y sufrimiento. Se preguntaba también qué aporta o qué valor tiene encerrarse para siempre entre los muros de un monasterio privando a los pobres del servicio que las religiosas podrían prestarles. En el fondo mi interlocutora negaba la eficacia de la oración y la ascesis de las monjas contemplativas para solucionar los numerosos problemas que siguen afligiendo a la humanidad.

El Papa Benedicto respondió en una ocasión a quienes así piensan diciendo que las monjas contemplativas testimonian silenciosamente que Dios es el único apoyo que nunca se tambalea, la roca inquebrantable de fidelidad y de amor. Afirmó además que los monasterios son como oasis en medio del desierto o como los pulmones verdes de una ciudad, que son beneficiosos para todos, incluso para los que no los visitan o quizá no saben que existen.

Unos años antes, san Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Vita Consecrata nos dejó escrito que "los monasterios han sido y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos laboratorios de estudio, de diálogo y de cultura para la edificación de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de la celestial" (n. 16). En estas escuelas de fe y de contemplación que son nuestros monasterios, las monjas contemplativas son maestras y testigos del amor más grande y de la vida en Dios y para Dios, que todos estamos llamados a vivir y de la que gozaremos definitivamente en el cielo. Ellas nos enseñan cuáles son los valores permanentes en los que debe cimentarse nuestra vida, entre los que destaca como supremo valor el reconocimiento explícito y comprometido del primado de Dios, constantemente alabado, adorado, servido y amado con toda la mente, con toda el alma y con todo el corazón (Mt 22,37).
El papa Francisco, por su parte, ha expresado muchas veces su aprecio a las "hermanas contemplativas", haciendo hincapié en que "la Iglesia las necesita" para llevar "la buena noticia del Evangelio" a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Les ha pedido también que sean "faros y antorchas" que guían y acompañan el camino de la humanidad, "centinelas de la aurora" que muestran al mundo a Cristo "camino, verdad y vida". Ellas son un "don inestimable e irrenunciable” para la Iglesia.

Efectivamente, las monjas de clausura contemplan cada día el rostro misericordioso de Jesús en la oración personal y en la oración comunitaria, en la Eucaristía diaria dignísimamente celebrada, en el canto solemne y bello de la Liturgia de las Horas, en el silencio y la soledad. Desde esa contemplación y la vivencia gozosa de la fraternidad, la mortificación, la gratuidad, la donación, la hospitalidad, el servicio a los pobres y la alegría, son para la Iglesia un torrente de misericordia y de energía sobrenatural. Ellas nos gritan con santa Teresa que sólo Dios basta, y que Cristo es la fuente única de sentido y esperanza, de gozo y alegría en nuestra vida.

Nuestra Archidiócesis tiene el privilegio de contar con treinta y tres monasterios de monjas contemplativas, que constituyen un inapreciable tesoro que, especialmente en este día, agradecemos al Señor, pues son un torrente de gracias para nuestra Iglesia particular. Al mismo tiempo que les encomiendo la oración por la santidad de los sacerdotes, la perseverancia de los seminaristas y las vocaciones sacerdotales, les aseguro el afecto de toda la Archidiócesis y la oración de todos para que el Señor les conceda vivir fiel y santamente la hermosa vocación que les ha regalado en su Iglesia y premie su entrega con muchas, generosas y santas vocaciones que perpetúen la historia preciosa y brillante de sus monasterios.

Para las monjas contemplativas, y para todos los fieles de la Archidiócesis, mi saludo fraterno y mi bendición. Feliz domingo, feliz día del señor.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Mon, 17 Jun 2019 12:44:31 +0000
Ven Espíritu Santo http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/50867-ven-espíritu-santo.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/50867-ven-espíritu-santo.html Ven Espíritu Santo

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


Con la fiesta de Pentecostés culmina el tiempo pascual. Nos lo recuerdan algunos signos de la liturgia. A partir de mañana, el color blanco de Pascua se cambia por el verde del Tiempo Ordinario y el cirio pascual se coloca en el baptisterio. De ordinario no se encenderá más que para la celebración del bautismo y de las exequias. Pero entenderíamos mal el significado de este día si sólo lo consideráramos como la conclusión de un tiempo litúrgico. Pentecostés es mucho más. Es un acontecimiento permanente para cada uno de nosotros, aunque el hecho espectacular que hizo temblar al cenáculo suceda hoy sin el viento huracanado y sin lenguas de fuego. Es, sin embargo, el mismo Espíritu, del que habla Joel en la primera lectura de la vigilia de esta solemnidad, el que Dios había prometido para los últimos tiempos, para hacernos profetas, visionarios soñadores y testigos del Señor Resucitado.

Jesús había anunciado el envío del Espíritu para iluminar las mentes de los discípulos: "Cuando venga el Espíritu Santo, el Consolador que el Padre os enviará en mi nombre, os enseñará todo y os hará penetrar en las cosas que os he dicho" (Jn 14. 26). Era una promesa necesaria. Los apóstoles no acababan de comprender la divinidad de Jesús y la naturaleza de su reino. En los compases finales de su vida pública, todavía le piden que diga claramente si es el Mesías (Jn 10,24), e incluso el mismo día de la Ascensión le preguntan: "Señor ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" (Hch 1,6).

Para transformar sus mentes era, pues, necesario que descendiera sobre ellos el Espíritu. Lo hizo con una conmoción espectacular de la naturaleza, comparable a la que pudo haber tenido lugar en el momento de la creación o de la muerte de Jesús, para que los Apóstoles comprendieran que estaban ante una segunda creación y que las promesas del Señor se habían cumplido. Por ello, sólo después de recibir el Espíritu Santo, Pedro se atrevió a proclamar: “Entérese bien todo Israel de que Dios ha constituido Señor y Mesías al mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis” (Hch 2,36). El Espíritu de la Verdad les aclara quién era Jesús y cuál era el carácter del reino predicado e instaurado por Él.

Ese reino es la Iglesia, el pueblo nuevo nacido del costado de Cristo dormido en la Cruz (SC 5), que en Pentecostés se presenta con vocación de universalidad, abierto a todos los pueblos de la tierra. Por ello, Pedro en nombre de los Apóstoles invita a la conversión a quienes se encontraban en Jerusalén, judíos y extranjeros: "Convertíos… y recibiréis también vosotros el don del Espíritu Santo" (Hch 2. 38). Aquel día se convirtieron tres mil y, a partir de ese día fueron surgiendo las comunidades cristianas, que de manera secreta, íntima y silenciosa experimentaban el don del Espíritu Santo y las maravillas de Pentecostés.

En esa mañana la fuerza y el fuego del Espíritu les unge con la ciencia y la fortaleza, la sabiduría y la inteligencia, la audacia y la piedad; la valentía y el temor de Dios. A partir de ese momento, comienzan a anunciar en las plazas y en las calles las maravillas de Dios. Robustecidos con la fuerza de lo alto, la Iglesia de los comienzos abre las ventanas al mundo para continuar la misión de Jesús, la misma que Él había recibido de su Padre (Jn 20,21).

En este contexto, celebramos la jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. En ella se recuerda a los laicos que, en virtud de su bautismo, han de anunciar a Jesucristo en el mundo secular, en la plaza pública, en la sociedad civil y en los nuevos areópagos. En nuestra Archidiócesis nos estamos preparando para participar en el Congreso Nacional de Apostolado Seglar, que se celebrará en Madrid en febrero de 2020, organizado por la Conferencia Episcopal. Su lema es Pueblo de Dios en salida. Pretende escuchar al laicado y reflexionar sobre la dimensión misionera de nuestra fe, tomando como pilares fundamentales la vocación, la comunión y la misión. Animo a las parroquias, asociaciones, grupos y movimientos apostólicos, a que se impliquen en la preparación y celebración del congreso. La Delegación diocesana de Apostolado Seglar nos irá informando sobre los pasos que iremos dando para que esta iniciativa de comunión, que iniciaremos con la Vigilia de Pentecostés de este año, rinda los frutos de conversión, vida cristiana y apostolado que todos deseamos.

Saludo con afecto al delegado de Apostolado Seglar y a su equipo y a los militantes de Acción Católica. Pido al Espíritu Santo que su fuego nos convierta y purifique, que su calor funda el témpano de nuestras tibiezas, temores y cobardías, que su luz caldee nuestros corazones en el amor de Cristo y que su fuerza nos ayude a perseverar en nuestra tarea primordial, anunciar a Jesucristo a nuestro mundo.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Mon, 10 Jun 2019 12:09:52 +0000
Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/50703-jornada-mundial-de-las-comunicaciones-sociales.html http://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/50703-jornada-mundial-de-las-comunicaciones-sociales.html Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo.

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, solemnidad de la Ascensión del Señor, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Los modernos medios de comunicación fueron calificados por el Concilio Vaticano II “como maravillosos inventos de la técnica que,… el ingenio humano, con la ayuda de Dios, ha extraído de las cosas creadas” (IM 1). Vivimos en la sociedad de la información. Las comunicaciones sociales, en sus distintos modos y expresiones, están protagonizando quizás la revolución más decisiva y de más profundas consecuencias desde la segunda mitad del siglo XX y en los inicios del nuevo milenio.

Es tan grande su influencia en la conformación de la sociedad, que la Iglesia pecaría de omisión si no creyera en la necesidad de los medios -prensa, radio, televisión cine e internet- para su misión evangelizadora. Por esta razón, el Concilio estableció la celebración anual de una jornada específica, con el fin de sensibilizar a los cristianos sobre la importancia de los medios, orar por cuantos en ellos intervienen, fomentar su uso responsable y pedir la colaboración económica necesaria para la creación y sostenimiento de los medios de comunicación de la Iglesia (IM, 18).

Los medios son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración de los comportamientos individuales, familiares y sociales. Por ello, deben estar al servicio del desarrollo integral del hombre. El respeto debido a sus destinatarios exige de ellos y de sus profesionales respetar el derecho a la información de los usuarios, lo cual exige informar verazmente, más allá de ideologías, prejuicios, intereses o consignas, que puedan conducir a deformar, manipular o negar la verdad, relativizar lo importante y magnificar lo intranscendente, al servicio de intereses particulares o de grupo.

La libertad de expresión es a los medios lo que el aire al ser humano. Pero la libertad tiene unos límites: la verdad y los derechos humanos. A veces, en nombre de la libertad de expresión, se pueden cometer los mayores atropellos de la libertad de las personas o de sus derechos fundamentales. Por el contrario, la libertad, bien usada y regulada por la justicia, el respeto, la equidad y la veracidad, sirve al bien común y contribuye a la conformación de una sociedad más justa y transparente.

Los medios deben ser siempre camino de humanización y formación en los verdaderos valores en el plano individual y, desde una perspectiva social, vehículos de conocimiento, comunión, cooperación y ayuda recíproca entre los hombres; en definitiva, medios para el entendimiento entre los pueblos y los grupos sociales. Por ello, la Iglesia, desde su deber inexcusable de promover el respeto, la defensa y la promoción de la verdad y de los auténticos derechos del hombre, invita a los medios de comunicación social a servir permanentemente a aquellos valores que dan consistencia y estabilidad a la vida de las personas y de la sociedad, sin dejarse arrastrar por la seducción del sensacionalismo, el amarillismo, la banalidad o la superficialidad.

Porque los medios deben estar al servicio del desarrollo integral de la persona, deben ser instrumentos de comunión, creadores de un clima favorable a la justicia, el servicio al bien común, el respeto a las personas y sus derechos y muy especialmente a los derechos de los más pobres y desfavorecidos.

Es muy grande la tarea que todos, también la Iglesia, tenemos por delante para hacer de los medios instrumentos de comunión y colaboración. Para ello será necesario fomentar en los responsables de los medios, públicos o privados, empresas y profesionales, el amor a la verdadera libertad, propia y ajena, el respeto exquisito a la verdad, la pasión por la justicia y el compromiso eficaz a favor de la solidaridad y fraternidad.

Pero no podemos infravalorar el papel fundamental que tenemos los usuarios. Generalmente se nos brindan los medios que deseamos consumir. En otros casos, los poderosos intentan seducirnos para que deseemos aquello que previamente han concebido y diseñado para obtener un lucro mayor. Educar en el uso libre, responsable y crítico de los medios de comunicación social constituye hoy una de las más urgentes tareas de la familia, de la escuela y de la Iglesia, comenzando por los niños y jóvenes.

Termino mi carta semanal invitándoos a todos a tomar conciencia de la gran importancia que tienen los medios de comunicación en la tarea evangelizadora de la Iglesia y a ser responsables en su uso. Os invito también a orar por los profesionales y ser generosos en la colecta de este domingo. Es necesaria para sostener o crear en la Iglesia medios de comunicación y para ayudar a formar comunicadores cristianos, que anuncien la buena noticia del amor de Dios por cada uno de nosotros. No sería pequeño el fruto de esta jornada si todos, sacerdotes, consagrados y laicos, nos comprometiéramos a difundir más y mejor nuestra hoja diocesana Iglesia en Sevilla.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición. Feliz día de la Ascensión del Señor.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Sevilla Fri, 31 May 2019 15:10:59 +0000