

Con motivo del 1º de mayo, Festividad de San José Obrero y Día Internacional del trabajo, quiero dar gracias a Dios por todas las personas que, con su trabajo, construyen cada día un mundo más habitable. También por tantos trabajadores y trabajadoras anónimos, “santos de la puerta de al lado”, que viven con generosidad y sacrificio sus tareas de cada día. San José, carpintero de Nazaret, nos muestra que el trabajo escondido, hecho con amor, puede ser lugar de encuentro con Dios y de servicio a la humanidad.
Además, quiero también reconocer a tantos trabajadores y trabajadoras cristianos que dedican su vida a llevar el Evangelio al mundo del trabajo y que desarrollan, desde su fe y la Doctrina Social de la Iglesia, un compromiso cristiano codo con codo con otros trabajadores en las distintas organizaciones del movimiento obrero, que luchan por la dignidad del trabajo y por los derechos de las personas trabajadoras, especialmente aquellas que sufren mayor precariedad, como son las personas migrantes.
El trabajo humano, que es una dimensión fundamental para la vida personal, familiar y social, sigue en muchas ocasiones concibiéndose y organizándose desde criterios economicistas e individualistas que lo precarizan y lo deshumanizan.
Vivimos un cambio de época que está imponiendo un nuevo paradigma económico y tecnológico que rechaza cualquier traba legal, política, moral o ética que impida obtener la máxima rentabilidad. Un nuevo paradigma que identifica erróneamente vivir sin limitaciones con “la libertad”. Por otro lado, con los avances en la inteligencia artificial y la neurotecnología, el control sobre el trabajo y la vida de las personas se está ampliando. Las personas están siendo reducidas a meros productos de consumo que generan beneficios jamás vistos. Todo ello sucede en un momento en el que la destrucción del planeta es más evidente que nunca y donde el autoritarismo, la guerra y el armamentismo están debilitando la democracia y los derechos de las personas y de los pueblos.
En este contexto, el mundo obrero y del trabajo está viviendo un intenso proceso de precarización: precariedad laboral en el acceso al empleo, marcado por la inestabilidad; precariedad en las condiciones de trabajo, con pérdida de control y de derechos; y precariedad vital y social, derivada del impacto del empleo precario en la vida cotidiana y familiar. El IX Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social nos advierte de una cronificación de la desigualdad y de un proceso profundo de fragmentación social. En nuestra comunidad autónoma, por ejemplo, el 23% de la población andaluza —casi dos millones de personas— vive en exclusión social, y el 10% lo hace en exclusión severa. Dicho estudio señala como ejes principales de la exclusión la vivienda y el empleo.
Ante esta realidad, desde nuestra fe y la Doctrina Social de la Iglesia, tenemos que afirmar que el trabajo es un don de Dios. El ser humano está llamado mediante el trabajo a participar en su obra creadora. “El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén, para que lo guardara y lo cultivara” (Gn. 2, 15). Por ello, trabajar es una dimensión constitutiva del ser humano que lo acerca a Dios. Un trabajo que solo es digno si es decente. “Pero ¿qué significa la palabra «decente» aplicada al trabajo? Significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer” (CV 63).
Hoy día, como nos recordaba el Papa Francisco, “el gran tema es el trabajo”. Un trabajo que tiene que estar atravesado por el amor y la comunión. Y que tiene que incorporar la dimensión del cuidado de la persona que trabaja, de la naturaleza y de la sociedad. Solo así será un trabajo respetuoso con la dignidad de los trabajadores y podrá considerarse decente.
La Iglesia debe afrontar el reto de esta realidad del mundo obrero y del trabajo, del que forma parte la mayoría de la sociedad y de los miembros de la comunidad cristiana. Por ello, hemos de seguir impulsando la Pastoral del Trabajo como tarea de toda la Iglesia, que se haga presente en la vida parroquial, y al mismo tiempo, hemos de apoyar y alentar los Movimientos Apostólicos enviados por la Iglesia a este campo (Cfr., CEE: “La Pastoral Obrera de Toda la Iglesia”).
Para finalizar, quiero unirme a toda la comunidad cristiana para pedir a Jesucristo, el Divino Obrero de Nazaret, por intercesión de San José Obrero, que avancemos de manera real en el reconocimiento y la lucha por la plena dignidad de las personas del trabajo.
+ Jesús, Obispo de Córdoba
La entrada 1º de mayo de 2026. El trabajo humano al servicio de la vida digna apareció primero en Diócesis de Córdoba. Ver este artículo en la web de la diócesis