MISA POR LAS VÍCTIMAS DEL ACCIDENTE DE ADAMUZ
Hoy nos reunimos con el corazón herido. Venimos cargados de preguntas, de tristeza, de nombres y rostros amados que ya no están entre nosotros o que luchan por recobrar la salud.
Ante esta dura realidad, la Palabra de Dios que acabamos de escuchar no nos ofrece explicaciones fáciles a nuestros interrogantes, pero sí nos regala algo muy necesario: una luz.
Isaías anuncia una luz para un pueblo golpeado, confundido, que experimenta su fragilidad y la opresión de una potencia extranjera. En medio de esa oscuridad, el profeta proclama una luz que no nace de ellos mismos, sino de Dios. Hoy también nosotros caminamos en tinieblas: por la muerte repentina e inesperada de 45 personas, por el dolor de sus familias, por el sufrimiento de los heridos.
Por eso, queridos hermanos y hermanas, os invito a abrirnos a la luz que la Palabra de Dios nos ofrece. Aunque el corazón esté lleno de tristeza o incluso de rabia, aunque algunos os sintáis enfadados con Dios, Él quiere iluminarnos con su Palabra. Permitidme destacar dos caminos que pueden ayudarnos –ojalá– en este momento.
1º. «Estad bien unidos», dice San Pablo a los Corintios.
La vida cotidiana se vuelve insoportable sin cercanía, sin amistad, sin amor. Y cuando llega una desgracia, la presencia de los demás se vuelve aún más necesaria para poder seguir adelante. Abramos, pues, el corazón tanto para ayudar como para dejarnos acompañar.
Esta llamada a la unidad, a la comunión, está inscrita en lo más hondo de nuestro ser, pues no en vano estamos creados a imagen y semejanza de Dios, del Dios Trinidad, del Dios comunidad. En este trágico accidente se ha manifestado con una claridad admirable en:
- la generosidad y creatividad de los vecinos de Adamuz, que han dado un ejemplo extraordinario de solidaridad;
- el esfuerzo de los propios pasajeros por ayudar a sus compañeros de vagón;
- el trabajo incansable de los cuerpos de seguridad, los servicios de rescate, los bomberos y el personal sanitario;
- la cercanía de los familiares y amigos que han acompañado a las familias que más están –estáis– sufriendo;
- la oración de tantas personas de buena voluntad que, sin poder hacer otra cosa, se han acercado a sus parroquias para rezar.
«Estad bien unidos», insiste el apóstol. Y, sin embargo, desde que el mundo es mundo, no siempre escuchamos esta llamada que llevamos grabada en el corazón. La prisa, los intereses particulares, el miedo a mostrar nuestra fragilidad o a que otros abusen de nuestra generosidad… todo ello puede encerrarnos, a veces en nuestra comodidad, en otras ocasiones en nuestra tristeza.
No caigamos, queridos hermanos y hermanas, en la tentación de aislarnos. A pesar de nuestras cruces, todos tenemos algo que ofrecer. Y aun con nuestras muchas capacidades, todos necesitamos ser ayudados.
«Estad bien unidos». Acojamos esta llamada de la Palabra de Dios para no dejarnos contagiar por la epidemia de crispación y sectarismo que tantas veces asola nuestra sociedad, donde algunos solo exigen responsabilidades cuando el gobernante competente no pertenece a su partido, o justifican cualquier tropelía cuando el cargo público comparte su ideología. La unidad no excluye, por supuesto, que se depuren responsabilidades, pero no en función de intereses particulares o espurios, sino basándose en la verdad.
2º. Segunda llamada: Dios está cerca.
Jesús mismo lo afirma en el Evangelio: «Está cerca el reino de los cielos». Dios está cerca siempre. Dios está cerca de todas las personas. Siempre cerca de todos, todos, todos; sea cual sea la situación de cada cual.
Digo estas palabras con temor y temblor, porque sé que algunos de vosotros, envueltos en tanto dolor, tenéis dificultades para sentir esa cercanía o para acoger estas palabras. Es comprensible. Incluso Jesús, en la cruz, gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).
Lo digo con respeto profundo hacia vuestros sentimientos, pero también lo afirmo con absoluta convicción, nacida de la experiencia propia y de la de tantos creyentes que, antes o después del zarpazo de la desgracia, hemos experimentado la cercanía de Dios: un Dios que no actúa a modo de pararrayos que evita el sufrimiento, un Dios que permite cosas incomprensibles —es verdad—, pero un Dios que nunca nos deja solos, que nos sostiene desde dentro y a través de tanta buena gente que nos quiere.
Estad bien unidos, porque a través del amor de las personas más cercanas podemos experimentar la cercanía de Dios.
Dios está cerca de vosotros, Francisco, Concepción, Natalia y Elena. Dios está cerca de vosotros, Laura, Susana y Pablo. Dios está cerca de Jesús, de Samuel y de todas las personas fallecidas. Dios está cerca de Raquel y Ana, de Isabel, de Emil y de todos los heridos.
Por eso, aunque el dolor nos encoja el alma, aunque sepamos que hará falta mucho tiempo para sanar esta herida, podemos mirar al futuro con confianza. Porque este Dios cercano en el que creemos sabe cumplir su oficio: resucitará a nuestros hermanos difuntos y – a poco que se lo permitamos– nos resucitará también a nosotros a una vida más auténtica, más solidaria, más centrada en Él, fuente y origen de todo bien. Por eso, podemos hacer nuestra esa otra oración de Jesús en la cruz: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). En tus manos encomendamos a nuestros hermanos fallecidos y heridos. En tus manos depositamos nuestro dolor.
Conclusión
Hermanas y hermanos, recemos unos por otros para que la luz grande de la que habla Isaías ilumine nuestra oscuridad, aunque no responda a nuestros interrogantes. Que la llamada a la unidad de san Pablo nos mantenga dispuestos a ayudarnos y a dejarnos ayudar. Que nuestros hermanos difuntos descansen en la paz de Dios. Y que Él, nuestra luz y salvación, nos sostenga y nos acompañe con su amor. Que así sea. Amén.
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