
La hermandad adopta como titular una efigie de Cristo vivo, lo que despierta especial fervor entre los penitentes, ya que hasta entonces la veneración pública se había centrado casi exclusivamente en representaciones de Cristo crucificado o yacente

La Cofradía y Hermandad de Jesús Nazareno y Santa Cruz de Jerusalén de Montilla hunde sus raíces en una fecha imprecisa en torno a 1590, tal como confirman documentos de la época. En su primera década de existencia, la cofradía se va estructurando internamente: adquiere sus primeras insignias y enseres, y define su vida religiosa y comunitaria mediante un acuerdo con los frailes ermitaños de San Agustín, fijando allí su lugar de culto, así como los derechos y deberes recíprocos con la comunidad agustina. Fruto de ese proceso organizativo, la corporación redacta y ordena sus primeras constituciones y reglas, que quedan aprobadas el 5 de junio de 1598, rubricadas por el provisor y vicario general Andrés de Rueda Rico.
Desde muy pronto, la cofradía recibe una gran acogida popular en Montilla. Su impronta es singular porque se presenta como la primera corporación pasionista local cuya penitencia principal no es la flagelación, sino la imitación del propio titular: los hermanos realizan estación de penitencia portando una cruz a cuestas, a semejanza de Jesús Nazareno, en la mañana del Viernes Santo hacia el templo mayor, la Parroquial de Santiago. A ello se suma una novedad decisiva en la devoción: la hermandad adopta como titular una efigie de Cristo vivo, lo que despierta especial fervor entre los penitentes, ya que hasta entonces la veneración pública se había centrado casi exclusivamente en representaciones de Cristo crucificado (Vera Cruz) o yacente (Santo Sepulcro).
La fuerza institucional y espiritual que alcanza la cofradía en sus primeras décadas conduce a un paso relevante: la solicitud a la Santa Sede de confirmación pontificia de sus constituciones y reglas. Según el historiador Lucas Jurado de Aguilar, dicha confirmación se concede el 25 de octubre de 1621, mediante bula del papa Gregorio XV, en la que se otorgan indulgencias y gracias, y se prevé que los nuevos hermanos deban realizar información de limpieza, requisito que se habría observado durante muchos años.
Durante la segunda mitad del siglo XVII, la cofradía emprende una reorganización jurídica que la adapta a una dinámica común en el ámbito local: la estructuración en hermandades con encargos concretos. Este proceso no es exclusivo de la corporación nazarena, sino que también lo siguen otras entidades cofrades de la localidad. En términos prácticos, esta reorganización implica que determinados grupos de hermanos asumen una función específica dentro del cortejo procesional del Viernes Santo, responsabilizándose de la organización y de los gastos necesarios para sostener esa parte del culto externo. El compromiso se formaliza ante escribano público, detallando derechos y deberes; dicho documento funciona como un equivalente a un reglamento interno, complementando las reglas generales de la cofradía, que actúan como estatuto marco.
En este marco, destaca la escritura aceptada el 29 de marzo de 1668 por el hermano mayor Antonio Ruiz Lorenzo, mediante la cual se reconoce una hermandad integrada por setenta y ocho cofrades. El núcleo del compromiso se centra en asegurar la salida procesional del paso de Jesús Nazareno: los miembros se obligan a salir “por vía de hermandad” de forma constante, y a que sus descendientes continúen esa responsabilidad. Entre las obligaciones concretas figura aportar sesenta hachas para alumbrar la imagen, asociadas al hecho de llevar el paso sobre los hombros y sostener el palio.
La escritura desarrolla con detalle el funcionamiento interno y la disciplina: los cofrades y sus sucesores han de sacar siempre la imagen, portar las varas del palio y garantizar la dotación de cera, además del personal necesario en túnica. Se organiza el servicio en cinco cuadrillas, cada una con su cabo, y se fijan los puestos que ocupa cada miembro, determinándose por suerte anual. También se establecen derechos “post mortem”: si un hermano muere, los hijos u ocupantes de su lugar deben aportar una cantidad para sufragar misas por el alma del difunto en la capilla y por los religiosos del convento. Y se determinan sanciones para la falta injustificada a la procesión: el hermano ausente ha de pagar media libra de cera, sin perjuicio de su parte proporcional de la cera consumida por las hachas.
Además de los compromisos estrictamente procesionales, el documento incorpora un elemento clave: la obligación de organizar y financiar, “para siempre jamás”, una fiesta anual en el día de la Ascensión, celebrada en el convento y en la capilla de Jesús, con la limosna correspondiente a los religiosos. Finalmente, la escritura se remite a la autoridad diocesana para su aprobación definitiva, lo que refuerza el carácter oficial y estable de la hermandad.
Años después, el 19 de septiembre de 1683, los llamados “hermanos de cera” reforman el capítulo segundo de sus constituciones ante el hermano mayor Pedro José Guerrero, reconociendo la estrechez económica del momento. El apartado revisado se refería a las cuotas destinadas a sufragar misas por los hermanos difuntos, cuyo cumplimiento se había vuelto más oneroso. La reforma acuerda relajar ese compromiso y celebrar las misas que permita el peculio reunido por limosnas, en fechas cercanas a Todos los Santos, evidenciando una adaptación realista a la situación material de los cofrades sin abandonar la finalidad espiritual.
Aunque el titular principal es Jesús con la cruz a cuestas, el texto subraya la relevancia de la cotitular mariana, llamada “Nuestra Señora Madre de Jesús”, cuya imagen fue renovada en 1623 por encargo al artista Pedro Freila de Guevara, que la realiza en su taller de Córdoba. Esta presencia mariana, lejos de ser secundaria, alcanza gran veneración y impulsa dinámicas organizativas paralelas.
De forma semejante a los devotos del Nazareno, los seguidores de la Virgen Dolorosa se estructuran en hermandades. El 1 de marzo de 1671, cincuenta y ocho hermanos se reúnen en el convento de San Agustín, a la puerta de la capilla de Jesús Nazareno, siendo recibidos por el hermano mayor Pedro Albornoz. Allí se comprometen formalmente a fundar una hermandad para el paso de Nuestra Señora que sale en la procesión de Jesús Nazareno en la mañana del Viernes Santo. En esa reunión redactan once capítulos de reglas, nombran como hermano mayor de la Dolorosa a Bartolomé Sánchez Raigón y designan ocho cabos para cuadrillas; además, asumen la obligación de portar el paso de María Magdalena.
Posteriormente, el 26 de marzo de 1690, se congregan ciento veintiún hermanos devotos de la Dolorosa Nazarena junto al mayordomo de la cofradía, el Licenciado Pedro de Toro Flores, con el fin de dar forma jurídica, mediante escritura pública, a una “hermandad de cera” vinculada a la procesión del Viernes Santo. El texto notarial explica que hasta entonces no existía una escritura que obligase formalmente a sacar hachas ni a pagar determinados renuevos, y que el único sostén era la devoción; por ello se busca estabilidad y firmeza, comprometiéndose a sacar cada año cien hachas de cera para alumbrar el paso de la Virgen y regulando derechos de admisión para hermanos y descendientes, bajo la aceptación del mayordomo.
Según la tradición recogida por el historiador local Francisco de Borja Lorenzo, el 13 de mayo de 1694 esta hermandad instituye cultos propios a la imagen de la Dolorosa, fijándolos en la festividad mariana del Patrocinio de Nuestra Señora, el segundo domingo de noviembre, con sermón y música, consolidando así su identidad devocional más allá del culto procesional.
Todo este impulso devocional e institucional queda reflejado en una gran realización material: la construcción de una nueva capilla en el convento agustino, favorecida por el patrocinio de los marqueses de Priego y duques de Feria. Para levantarla, en 1677 se procede a rebajar la capilla anterior, de reducidas dimensiones, sobre la que se edifica la nueva. La capilla resultante se concluye e inaugura solemnemente en los primeros días de 1689, en torno a la festividad de la Epifanía del Señor. Para celebrarlo, la Casa Ducal y la Cofradía organizan una Octava especialmente solemne, predicada por notables oradores de la diócesis, cuyos panegíricos se imprimen, al igual que coplas compuestas para la ocasión.
La capilla presenta una traza barroca de planta de cruz latina y fue levantada, diseñada y decorada con ricas yeserías por el maestro sevillano Pedro de Borja (vinculado también a obras destacadas en Sevilla), bajo el patrocinio de Francisco Bernabé Fernández de Córdoba, precursor de la obra y figura nobiliaria de relieve. Terminada la estructura, la cofradía asume la tarea de ornamentación, que se desarrolla especialmente a comienzos del siglo XVIII. El retablo mayor se atribuye a Cristóbal de Guadix, artista montillano afincado en Sevilla y discípulo de Pedro Roldán, tallado entre 1702 y 1703. Los retablos laterales, dedicados a la Virgen Dolorosa y a San Juan, se realizan en Montilla por Gaspar Lorenzo de los Cobos; uno de ellos se contrata el 17 de julio de 1707, con condiciones precisas sobre medidas, plazos y precio. Más tarde se ejecutan también marcos para lienzos del Apostolado, cuyas pinturas se adquieren en Sevilla, y se indica que la capilla estaría completamente adornada hacia 1718.
En paralelo, el texto explica que, además de la protección del marquesado, entre 1675 y 1730 la cofradía recibe donaciones testamentarias y herencias que permiten sostener proyectos de gran coste: decoración de la capilla, posterior construcción del camarín adosado, embellecimiento de imágenes titulares y, además, ampliación de rentas anuales mediante censos y arrendamientos de fincas rústicas y urbanas legadas por devotos. Se apunta que este ámbito financiero aún requiere estudio específico, pero se remarca que sin esos donativos habría sido imposible materializar una obra tan relevante como la capilla nazarena, restaurada y devuelta al culto en tiempos recientes, interpretándose como recuperación de un espacio central (“sanctum sanctorum”) de la religiosidad popular montillana.
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