Permitidme que en medio de los calores estivales me haga, os haga, nos hagamos esta pregunta. La respuesta es sencilla: no lo es. Sin embargo, muchas personas no lo distinguen o no quieren verlo, incluso, los mismos sacerdotes, a veces nos comportamos como si fuera una profesión normal.
Si miramos a las personas trabajadoras que nos rodean nos damos cuenta que viven un ritmo de vida muy reglado: trabajo desde tal hora hasta otra, desde un día hasta el otro, un mes de vacaciones y si no puedo disfrutar todo el mes enseguida dicen “me deben tantos días”. Eso sí, están contando los días para que llegue la jubilación, y si pueden, la adelantan meses o años. Y del sueldo no digamos, siempre quejándose porque no perciben todo lo que quisieran. Naturalmente no hay que generalizar porque siempre hay excepciones, pero el común de los mortales respira de esa forma.
El sacerdocio es, y debe ser, una vocación que no se mide por los parámetros normales de cualquier trabajador. Veamos.
El sacerdote no tiene un horario de trabajo, debe estar disponible las 24 horas del día.
El sacerdote, aunque suele tener un día libre (el que puede), debe celebrar la Eucaristía cada día.
El Sacerdote tiene derecho a un mes de vacaciones, pero son muchos los que descansan una semana o quince días, pero de lunes a viernes, que el sábado y domingo hay que celebrar las misas dominicales y demás sacramentos.
El Sacerdote puede jubilarse a los 65 años, pero después de esa fecha sigue “trabajando” con normalidad hasta los 75 años. Y después de esa fecha sigue si la salud lo permite hasta el final. Hay meritísimos sacerdotes que con 80, 85, 90 años siguen al pie de obra. Podrían jubilarse, pero siempre siguen siendo sacerdotes.
En cuanto al sueldo, el que quiera ser rico que no se “meta a cura”.
Los sacerdotes tenemos un peligro, otro más. Y es que podemos cambiar nuestra vocación por un funcionariado, o sea, que nos podemos hacer funcionarios de lo sagrado y entonces todo cambia: tenemos horas de trabajo y fuera de ellas no podemos ser molestados, pretendemos hacer “guardias” los fines de semana para poder descansar como cualquier trabajador cuando nos toque, no perdemos ni un día de vacaciones porque nadie nos lo reconoce ni nos las “pagan”, estamos siempre protestando porque siempre queremos más paga, más dinero, más…
No todos los sacerdotes son iguales, ni mucho menos. No podemos catalogar a unos por lo que hacen otros. Estamos de una clase y de otra, los lectores se darán cuanta que es así.
Lo que sí debemos tener claro es que el sacerdote vocacionado es una persona alegre, que está dispuesta a servir a sus feligreses y a la Iglesia, que busca la manera de acercar al pueblo a Dios y Dios al pueblo, que los problemas son menos y que es capaz de superarlos.
Y aunque el sacerdote es una persona vocacionada no es un “bicho raro” es como tú: le gusta divertirse sanamente, salir con los amigos-as, tomarse una cerveza, hacer deporte, leer un buen libro, participar en foros… El sacerdote es una persona que siente, que vive, que sufre, que se alegra, que necesita tener amigos. En resumidas cuentas: es una persona.
Que tengáis buen verano.
Manuel Millán
Párroco de El Sagrario, de Baza.


















