Almería Oficina de Información de los Obispos del Sur de España https://www.odisur.es Wed, 12 May 2021 12:04:15 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Homilía en la Misa de Consagración del altar de la parroquia de de Nuestra Señora de Agradulce https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63433-homilía-en-la-misa-de-consagración-del-altar-de-la-parroquia-de-de-nuestra-señora-de-agradulce.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63433-homilía-en-la-misa-de-consagración-del-altar-de-la-parroquia-de-de-nuestra-señora-de-agradulce.html Homilía en la Misa de Consagración del altar de la parroquia de de Nuestra Señora de Agradulce

Homilía de Mons. Adolfo González, obispo de Almería

Lecturas bíblicas (Leccionario de Misas rituales: para la Dedicación de un altar en tiempo pascual): Ap 8,3-4. Sal 83,3-5.10-11 (R/. «He aquí la morada de Dios entre los hombres»). Hb 13,8-15. Aleluya: Hb 13,8 («Cristo es el mismo ayer y hoy y siempre»). Evangelio: Jn 4,19-24.


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy es un día de alegría y gozo espiritual para esta comunidad parroquial que no sólo ha visto construida la torre del campanario, sino con ella también el baptisterio, del cual carecía la iglesia parroquial. Después de haber bendecido estas importantes piezas, vamos a consagrar el altar fijo al cual acompaña la pieza de gran importancia como es el ambón para la lectura de la Palabra de Dios.

Esta iglesia fue construida en la segunda mitad de los años setenta del pasado siglo, después de haber sido creada canónicamente la parroquia de su nombre por mi venerado predecesor Mons. Manuel Casares Hervás el 3 de septiembre de 1973. Su construcción fue confiada por el Obispo a D. Fernando Berruezo Sánchez, primer párroco de esta parroquial del Carmen de Aguadulce, quien se sirvió de la vieja capilla del lugar, que en su día había sido filial de la parroquia de Enix y desde los años veinte del pasado siglo había pasado a ser filial de la parroquia de Roquetas. La vieja iglesia acogería la celebración del culto hasta que la nueva parroquia pudiera disponer de un templo adecuado a la población de la misma en los pasados años setenta.
La nueva iglesia parroquial, en la cual nos encontramos, fue dedicada el 19 de septiembre de 1982 por Mons. Casares Hervás. Construida en una arquitectura no usual hasta el momento, con estructura de auditorio, el nuevo templo parroquial prestaría al tiempo albergaba el servicio litúrgico y pastoral, prestaría un servicio simultáneo como auditorio, lo cual explica la disposición del lugar de los fieles en graderío. No se construyó la torre del campanario proyectada desde el principio, ni se contó con altar fijo. Fue la finalidad compartida del edificio la que impidió colocar un altar conforme a la prescripción de los cánones, y se tomó la providencia de utilizar una amplia mesa de madera desmontable a modo de altar provisional, lo que facilitaba su desplazamiento para los actos culturales. En 2019, el arquitecto D. Miguel Nieto Morales, recibía el encargo de proyectar la torre del campanario, dando curso a la plasmación en realidad del anhelo de la comunidad, que contaba con el aliento constante del Obispo diocesano. No hubiera podido realizarse el proyecto sin la generosa colaboración del Excmo. Ayuntamiento de Roquetas de Mar, que ha financiado la obra respondiendo así al deseo de los ciudadanos en su mayoría católicos. Es de agradecer el apoyo prestado por D. Gabriel Amat Ayllón, alcalde de Roquetas de Mar, que consideró que el campanario de una iglesia forma parte de la tradición cultural de un país cuyas raíces cristianas alimentan la cultura que expresa su identidad. Hoy la UNESCO tiene entre otros proyectos la consideración del toque de campanas como patrimonio cultural de los pueblos cristianos que merece ser patrimonio inmaterial de la humanidad.
Damos gracias a Dios, porque nos ha permitido ver levantada la anhelada torre del campanario, para «utilizar campanas de bronce, que inviten al pueblo de Dios a la oración», como reza la oración de bendición, que suplica a Dios: «Haz que tus hijos, al oír su voz, eleven a Ti sus corazones y, compartiendo las alegrías las penas de los hermanos, vayan con prontitud a la iglesia, donde sientan a Cristo presente, escuchen tu palabra y te expongan sus deseos» .
No sólo hemos bendecido la torre del campanario, después de haber bendecido, el 21 de enero del año en curso de 2021, las tres campanas cuyo sonido se expande ya desde el campanario. También hemos bendecido el baptisterio, que como acabamos de decir tampoco había sido construido como tal hasta el presente. Esta bendición ha sido verdaderamente emotiva, porque el baptisterio de una iglesia parroquial contiene la fuente de regeneración bautismal, por cuyas aguas se realiza de forma sacramental y mística la comunión de los cristianos con la muerte y resurrección de Cristo. El bautismo es el sacramento de la fe que nos hace hijos adoptivos de Dios, porque, por el agua y la acción consagratoria del Espíritu Santo, nos abre las puertas de la Iglesia, insertándonos en el cuerpo místico del Señor. Por medio de esta entrada en la comunión eclesial que nos inserta en Cristo, venimos a formar parte de su cuerpo, del cual él mismo es la Cabeza, miembros de un pueblo de reyes, profetas y sacerdotes, que han sido rescatados del pecado y de la muerte eterna mediante la sangre preciosa de Cristo. Así se expresa san Pablo: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,4).
La gran acción sacramental que vamos a realizar es la celebración eucarística, en cuyo desarrollo tiene lugar la dedicación del altar a Dios Nuestro Señor, que adquiere su condición de realidad sagrada por la unción de la piedra del altar con el santo Crisma y la recitación por el Obispo de la oración de consagración. Con este rito sagrado queda habilitado el altar para recibir la celebración de la santísima Eucaristía, mediante la cual adquiere una significación religiosa singular; ya que en verdad el altar es Cristo, es el signo sacramental de su presencia redentora que acontece al hacerse presente sobre él el sacrificio eucarístico del Cuerpo y Sangre del Señor. El altar sobre el que vamos a colocar después de su unción el brasero del incienso, con cuyo perfume suben hasta el cielo las oraciones de los santos, es el lugar del sacrificio espiritual desde el cual el ángel del Señor lleva la ofrenda de las oraciones al trono de Dios, tal como fue contemplado por el vidente del Apocalipsis (Ap 8,3-4). El altar es al mismo tiempo la mesa de comunión que une a los comensales en el mismo pan de vida y en el mismo cáliz de salvación. La Eucaristía es el sacramento que hace la unidad de la Iglesia, como dice el Apóstol: «Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan» (1Cor 10,17); del mismo modo argumenta san Pablo: «El cáliz que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo?» (1Cor 10,16).
Ambas realidades se aúnan en la piedra del altar: es la mesa de la palabra y del banquete eucarístico donde se ofrece a los comensales la Palabra hecha carne como alimento de salvación; y es el ara donde se hace presente el sacrificio de Cristo, en cuya carne y sangre comulgamos. El alimento de estos dones celestial es garantía de vida eterna, por eso recomienda el autor de la carta a los Hebreos no dejarse seducir por doctrinas diversas y extrañas a la predicación apostólica, porque «es mejor fortalecer el corazón con la gracia que con alimento que nada aprovechan a los que siguen ese camino» (Hb 13,9). Añade el autor de la carta que nosotros tenemos un altar del cual no tienen derecho a comer los que no pueden dar culto a Dios en él (v. Hb 13,10). Nuestro culto es espiritual, es el culto que corresponde a los tiempos de la hora presente santificada por la ofrenda espiritual de Cristo, porque «Dios es espíritu, y los que adoran deben adorar en espíritu y en verdad» (Jn 4,24). Jesús realizó la obra redentora en obediencia al Padre y como manifestación suprema del amor de Dios a los hombres, y como tal permanece para siempre. Dios no se complace en el sacrificio de los animales, ni de los frutos de la tierra, sino en la obediencia de la fe consumada en Jesucristo, por lo cual, como dice el autor sagrado: «Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y para siempre» (Hb 13,8).
También hoy abunda la confusión y pululan doctrinas extrañas, se dan intentos de modificar la fe recibida de la tradición apostólica, como he dicho en alguna ocasión. Quienes hemos sido asociados al ministerio de la salvación y al magisterio de Cristo en favor del pueblo de Dios hemos de velar por la fidelidad a la que hemos recibido de los apóstoles. No estamos autorizados a interpretar la Palabra de Dios desfigurando su verdad al pretender acomodarla a la visión del mundo desorientando así a los fieles. No somos dueños de la palabra ni de la fe recibida, sino servidores de la misma. La Eucaristía nos mantiene en la comunión de la cual no podemos separarnos sin errar en la fe y apartarnos de la senda de los Apóstoles.
Pidamos la intercesión de la Santísima Virgen del Carmen y de san José, Patrono y Protector de la Iglesia, para que nos ayudes a pastores y fieles a permanecer en la comunión de los santos, para ser santificados por el único que es sumo y eterno sacerdote y maestro.


Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmen
Aguadulce-Roquetas de Mar
7 de mayo de 2021


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Fri, 07 May 2021 11:49:56 +0000
Homilía del Domingo V de Pascua https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63371-homilía-del-domingo-v-de-pascua.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63371-homilía-del-domingo-v-de-pascua.html Homilía del Domingo V de Pascua

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Hch 9,26-31. Sal 21,26-28.30-32 (R/. «El Señor es mi alabanza en la gran asamblea»). 1Jn 3,18-24. Aleluya: Jn 15,4.5 («Permaneced en mí y yo en vosotros, dice el Señor…»). Jn 15,1-8.

Concluimos hoy con la misa del domingo V de Pascua la visita pastoral que como vuestro Obispo diocesano he llevado a cabo a lo largo de la semana a esta parroquia de san Pedro Apóstol. He constatado el momento privilegiado que vive la comunidad parroquial, entregada a una renovación profunda de su larga vida centenaria, creada como fue en 1495, pocos años después de la restauración de la cristiandad en Almería en 1489. Esta iglesia parroquial se levantó sobre el solar del convento de los Franciscanos fundado por los Reyes Católicos, y fue construida a partir de 1795 a 1800 según el proyecto del arquitecto José Antonio Munar siguiendo las pautas del arte neoclásico.
La comunidad parroquial es deudora de las generaciones cristianas que le han dado identidad a lo largo de su historia de cinco siglos, y hoy se enfrenta al reto de la nueva evangelización. La comunidad parroquial de San Pedro Apóstol, como todas las que conforman el tejido de la sociedad cristiana de nuestras tierras, tienen por delante la misión de revitalizar la identidad cristiana de una sociedad que en gran medida ya no se alimenta de la savia de sus propias raíces cristianas, al menos en la forma y la intensidad que cabría esperar de su propia historia. Lo venimos repitiendo, porque el laicismo de nuestro tiempo presiona sobre la vida y las costumbres de la civilización cristiana. En ello reside el desafío que se nos plantea a los cristianos como testigos de Cristo y portadores de la Buena Noticia de la salvación que ha acontecido en su muerte y resurrección.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos informa cómo los discípulos del Señor fueron arriesgando su vida, para llevar a cabo la primera evangelización en el contexto social y cultural del Imperio Romano. La adhesión de san Pablo a Cristo, que le salió al encuentro en el camino de Damasco cuando perseguía a la Iglesia, supuso un acontecimiento determinante para la apertura de la misión apostólica ocurrida hasta entonces al mundo helenista. Fue Bernabé el que fue a Tarso a buscar a Pablo para traérselo a Antioquía de Siria, donde habían comenzado a llamar “cristianos” a los numerosos discípulos que Jesús tenía en esta ciudad (cf. Hch 11,25-26). La comunidad de Antioquía era de verdad significativa en aquellos primeros momentos de expansión de la fe en Cristo, y se había formado y enriquecido espiritualmente con maestros y profetas entre los que se vinieron a encontrar el propio Bernabé y el convertido Pablo, después de la persecución desencadenada en Jerusalén tras la muerte de Esteban. Según la tradición apostólica en ella tuvo san Pedro su primera sede, y allí ocurrió la corrección que recibió de san Pablo, por simular que se mantenía apegado a las tradiciones de la ley que los judaizantes querían imponer a todos los cristianos (cf. Gál 2,11-14). Fue también Bernabé el que ayudó a san Pablo a introducirse en la comunidad cristiana de los discípulos en Jerusalén, porque desconfiaban de él como perseguidor que había sido hasta entonces del Camino, nombre que se daba entre los discípulos a la nueva vida inaugurada en Cristo con la predicación del Evangelio. La persecución había dispersado a los discípulos de Jesús y en su huida de Jerusalén fueron anunciando a Jesús y haciendo más discípulos, ahora hablándoles no sólo a los judíos de lo ocurrido con Jesús, sino dirigiéndose también a los griegos y paganos. La noticia de todo ello llegó a oído de los apóstoles en Jerusalén, los cuales enviaron a Bernabé a informarse y consolidar la comunidad (cf. Hch 11, 22).
La nueva evangelización es la tarea que nos mueve y ha de inspirar nuestras acciones, siguiendo el gran magisterio de los últimos papas, desde san Pablo VI al papa Francisco, pasando por san Juan Pablo II y Benedicto XVI. Evangelizar es anunciar a Cristo a aquellos que lo ignoran, y por eso se define en términos de anuncio y predicación, de catequesis y bautismo y de administración de los sacramentos, pero no puede recortarse el contenido pleno de la evangelización. La evangelización tiene como objetivo transformar la realidad mediante la influencia que el Evangelio ejerce «sobre todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad […] La finalidad de la evangelización es, por consiguiente el cambio interior […] convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos» .
Mas, ¿cómo realizar esta evangelización? El evangelio de hoy nos presenta la alegoría de la vid y los sarmientos, que ilustra bien cómo podemos llegar a una comprensión segura de la acción evangelizadora. Sólo podremos anunciar a Cristo si vivimos de él y permanecemos en él. Sólo así nos inspira y alimenta la savia que corre por el tronco de la vida, que es la vida divina que Cristo nos comunica. La sagrada Escritura compara al pueblo elegido con la viña del Señor de la que habla Isaías transmitiendo una queja y lamento de Dios por la esterilidad de su viña, después de cantar una canción de amor por ella, pues el Señor «la cavó y despedregó y la plató de cepa exquisita, construyó en ella una torre de vigilancia y excavó un lagar; y esperó que diese uvas, pero dio agrazones […] ¿Qué más se puede hacer a mi viña que no se lo haya hecho yo?» (Is 5,1-4).
La alegoría nos recuerda que Dios cuida la viña para que produzca el fruto esperado, pero para dar fruto se requiere acoger la palabra de Dios y obrar en consecuencia, aunque exija la disciplina que acompaña la vida cristiana, pues a causa del pecado estamos siempre ante el riesgo de desoir la voz del Señor y dejarnos seducir por el Maligno. En este sentido, la alegoría de la viña en adquiere matices propios en palabras de Jesús, que habla de la necesidad de cortar los sarmientos que se secan, para que la vid dé fruto. La conversión a Cristo y vivir de él requiere desterrar cuanto de pecaminoso amenaza la vida espiritual del cristiano, para dar frutos de vida eterna, evitando el castigo que representa la exclusión de los sarmientos secos, que se agavillan para arrojarlos al fuego. El profeta Ezequiel se sirve de la alegoría de la vid con referencia expresa al leño que se echa al fuego para que lo devore (Ez 15,4). También en el salmo ochenta, que pide la restauración de Israel y suplica al Señor que vuelva a poner la vista en su pueblo, el salmista contempla al pueblo elegido como viña abandonada por su infidelidad a la alianza, y suplica a Dios: «Dios del universo, vuélvete: / mira desde el cielo, fíjate, / ven a visitar tu viña. / Cuida la cepa que tu diestra plantó… La han talado y le han prendido fuego; / con un bramido hazlos perecer» (Sal 80,15-17).
En el evangelio de san Juan que hemos proclamado, Jesús explica a sus discípulos que sólo es posible dar fruto abundante permaneciendo en él: «porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Sólo quien permanece adherido a Jesús fructifica, porque «la gloria de mi Padre —dice Jesús— está en que deis mucho fruto, y seáis discípulos míos» (Jn 15,8). Esta es la clave de toda evangelización, por eso anunciar a Jesucristo es llevar a los hombres al encuentro con Cristo, único salvador. Se entenderá que durante la visita haya insistido en que la catequesis es el instrumento de primera importancia para hacer cristianos, ya que al anuncio sigue la instrucción en la fe que inspira el testimonio y se acredita por las obras, porque la permanencia en Cristo exige coherencia y cumplir los mandamientos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama […] Si alguno me ama, guardará mi palabra… el que no me ama no guarda mis palabras» (Jn 14,21.23).
Por eso hemos de recordar las enseñanzas de san Juan Pablo II, que afirma cómo es preciso subrayar, en primer lugar, que «en el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, “Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”, que ha sufrido y muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para siempre con nosotros. Jesús es “el Camino, la Verdad y la Vida”, y la vida cristiana consiste en seguir a Cristo, en la sequela Christi» , es decir, en el seguimiento de Cristo. El santo papa añade, del mismo modo, que en la catequesis es determinante un enfoque cristocéntrico, porque a través de la catequesis «no se transmite la doctrina de un determinado maestro, sino la enseñanza de Jesucristo, la Verdad que Él comunica o, más exactamente, la Verdad que Él es… lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él» .
Es, entonces, imposible transmitir a Cristo si no se vive de él y si no permanecemos en él acreditando nuestra vida en Cristo mediante las obras y la caridad. La catequesis introduce en el amor a Cristo que incluye el amor a los hombres nuestros hermanos. La primera carta de san Juan, que hemos escuchado como segunda lectura, une la fe en Jesucristo con el amor recíproco entre quienes se saben hermanos en él, pues reitera el evangelista las palabras de Jesús que hemos escuchado: «quien guarda los mandamientos permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 3,24). De ahí que la comunidad parroquial deba afrontar con asidua dedicación la catequesis de la infancia y la juventud, pero también en sus diversas formas la catequesis de adultos mediante la predicación y las conferencias parroquiales de formación; y, cuando sea preciso, mediante el catecumenado de los que vienen a la fe, siguiendo las pautas establecidas por la Iglesia. Todo ello sin perder de vista que la transmisión de la doctrina de la fe no es tanto la transmisión de un cúmulo de verdades como la comunicación del amor misericordioso de Dios revelado en el Misterio vivo de Cristo, cuyo contenido es su muerte y resurrección, contenido de la Eucaristía que la misa dominical —y la misa de cada día— hace presente en el altar . Por eso, la catequesis es mistagógica, que significa: la catequesis nos introduce en la intimidad del misterio de Cristo y no lleva a su experiencia en la oración personal y de la comunidad en la celebración de los sacramentos, mediante los cuales Cristo nos conduce «al amor del Padre en el Espíritu Santo y a hacernos partícipes de la vida de la Trinidad» .
La vida en Cristo inspira una conducta ética que se sigue de los principios del Evangelio y se alimenta de la celebración de la sagrada liturgia y de la oración personal. Para que esta inspiración de la vida alcance todos los ambientes e impregne la cultura, como ya insistía en ello san Pablo VI, afirmando que «el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del reino [de Dios] no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas» . Por esto mismo, se hace necesario revitalizar los diversos apostolados que han de concretar el compromiso evangelizador de la comunidad parroquial; y la diaconía, el servicio permanente a los necesitados y marginados, para que en la caridad de la comunidad cristiana brille la fe que profesamos.
Confío a la Virgen Santísima la necesaria confirmación en la fe y renovación de la vida cristiana de esta comunidad parroquial de san Pedro Apóstol; y en este año jubilar de san José, pedimos su intercesión para que proteja a la Iglesia y suscite las vocaciones que necesitamos para seguir orientando mediante el ministerio pastoral la vida de los cuantos creemos en Cristo.


Iglesia parroquial de San Pedro Apóstol
Almería, 2 de mayo de 2021


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Sun, 02 May 2021 11:36:38 +0000
Visita pastoral con Confirmaciones https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63239-visita-pastoral-con-confirmaciones.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63239-visita-pastoral-con-confirmaciones.html Visita pastoral con Confirmaciones

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Hch 4,8-12. Sal 117,1-9.21-23.26.28-29 (R/. «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular»). 1Jn 3,1-2. Aleluya: Jn10,14 («Yo soy el buen pastor, dice el Señor…»). Jn 10,11-18.


Queridos hermanos y hermanas:

Tradicionalmente el domingo IV de Pascua es domingo “del buen Pastor”. El evangelio que hemos proclamado recoge un pasaje de la parábola del buen Pastor, en la que Jesús se declara buen pastor que da su vida por las ovejas en oposición al asalariado (cf. Jn 10,11-12a). Jesús pone su pastoreo, mediante el cual da la vida por sus ovejas, en contraste con lo que hacen los dirigentes religiosos de Israel, que no dudan en aprovecharse de las ovejas sin poner su propia vida en juego por ellas. Entre el buen pastor y sus ovejas hay una relación tan estrecha que se reconocen mutuamente: el pastor las conoce y ellas le conocen a él, conocen su voz y acuden a él cuando las llama, mientras que huyen de la voz los extraños porque no conocen su voz y al escucharla se espantan.
Después de compararse con la puerta por la que entran las ovejas en el aprisco, donde encuentran pasto en abundancia y protección, Jesús opone la figura del buen pastor a la del asalariado, que huye cuando viene el lobo y no defiende a las ovejas. Cuando define a sus adversarios, Jesús dice de ellos que «son ladrones y salteadores; pero las ovejas no los escucharon» (v. Jn 10,8b). La crítica alcanza no sólo a la persona de los adversarios, sino al que estos tienen, que no resulta relevante para sus oyentes, los cuales no quieren escuchar el discurso de unos jefes religiosos que no muestran verdadero interés por ellos. Por el contrario, cuando escuchan a Jesús, reconocen asombrados por su doctrina que Jesús «les habla como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mc 1,22). Los oyentes de Jesús comentan con admiración por él que quien hablaba con la autoridad de Jesús sólo puede venirle de Dios. Cuando los guardias que debían prenderle y llevarle a los sumos sacerdotes, tal como estos querían, al ver que volvieron sin él, les preguntaron por qué no lo habían cogido, a lo que respondieron: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46).
La crítica al discurso de los fariseos y letrados es inseparable de la crítica que Jesús hace de ellos como “ladrones” y “salteadores”, porque aclara Jesús: «el ladrón no viene más que a robar, matar y destruir» (v. 10,10a), mientras que Jesús ha venido para que las ovejas «tengan vida y la tengan en abundancia» (v. 10,10b). No censura Jesús a los gobernantes como estamento social, porque la sociedad necesita el orden y la justicia que le dan cohesión y equilibrio, y la autoridad —dirá Jesús al prefecto romano Poncio Pilato, cuando le interrogue— “viene de arriba” (Jn 19,11a). La autoridad es un ministerio, un servicio al bien común. Jesús censura a los gobernantes que se sustraen al servicio público que se les ha confiado y viven a costa de aquellos a quienes han de servir aprovechándose de ellos, y denuncia su falta de compromiso vital con aquellos a quienes debían servir, pero de los que sólo se aprovechan y esquilman. Refiriéndose a los maestros religiosos y jefes de la comunidad de fe, Jesús lamenta que no guíen ni orienten a sus fieles con un magisterio fiel a la palabra de Dios, mientras insisten en preceptos humanos que ellos mismos no cumplen (cf. Mt 23,3-4).
Se percibe en la parábola del buen pastor que relata Jesús el eco de la dura crítica del profeta Ezequiel a los malos pastores de Israel, que se han aprovechado de la leche y la lana, y han sacrificado las ovejas más pingües. Son malos pastores, porque no han apacentado el rebaño y han dejado que «las ovejas se han dispersado por falta de pastor, y se han convertido en presa de todas las fieras del campo» (Ez 34,5). En contraposición Jesús, se entrega por amor a sus ovejas “hasta el extremo” (cf. Jn 13,1), dando su vida por ellas.
El libro de los Hechos de los Apóstoles que venimos escuchando en este tiempo de Pascua recoge hoy un fragmento del discurso pronunciado por Pedro ante el sanedrín, que el día anterior había mandado prender a Pedro y Juan, y ponerlos bajo custodia hasta el día siguiente. En este fragmento Pedro dice sin temor alguno ante el sanedrín que había condenado a Jesús a la muerte en la cruz, pero Dios lo había resucitado, y que en nombre de este Jesús habían curado al paralítico que se presentaba sano ante el sanedrín a los ojos de todos. Pedro concluye afirmando que Jesús «es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,11-12).
Jesús no fue víctima de la cruz de manera fortuita ni tampoco se resistió frente a la muerte, sino que la aceptó como designio de Dios Padre, que le conoce y le ama como él conoce y ama al Padre y se entrega a su designio de muerte por amor, con plena libertad como pastor bueno que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15). Por eso Jesús declara, rompiendo todo equívoco sobre el significado de su muerte: «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre» (Jn 10, 18). A diferencia del asalariado, que sólo por dinero se hace cargo del rebaño sin mayor responsabilidad, porque no le importan nada las ovejas, Jesús las ama hasta entregarles la vida.
Con su entrega por nosotros, Jesús nos ha hecho hijos de Dios su Padre, una realidad que el mundo ignora, porque no conoce a Jesús, dice la primera carta de san Juan, que también hemos escuchado como segunda lectura de la misa de este cuarto domingo de Pascua. El mundo puede conocer a Jesús como personaje de la historia, pero no le conoce como aquel en cuyo nombre somos salvados y hechos hijos de Dios. Darle a conocer como el redentor del hombre en quien Dios nos ha salvado es misión del pastor de almas, puesto al frente de la comunidad de los discípulos de Jesús para que todos se salven por el que dio la vida por ellos.
En este domingo la Iglesia celebra la Jornada de oración por las vocaciones y con atención a las vocaciones nativas. El lema de esta jornada plantea a los jóvenes la pregunta: “¿Para quién soy yo?”. Es una pregunta que el Papa Francisco plantea en su Exhortación posterior al sínodo sobre los jóvenes prolonga y resume con sugerente intención los interrogantes de los Ejercicios espirituales de san Ignacio: ¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? (o ¿cuál es mi destino?). Como digo en la carta a los jóvenes y a los diocesanos que he escrito para esta jornada de las vocaciones, la pregunta afecta a todos y cada uno, y se formula sobre el fondo del evangelio de hoy, porque el sacerdote está puesto por Cristo como buen pastor de las almas para prolongar en la comunidad cristiana la orientación a Dios de la vida de todos y cada uno de los discípulos de Jesús, es decir, de los miembros de la Iglesia. En la misma medida en que cada uno responda a esta pregunta sabiendo que esta orientación a Dios incluye asimismo la orientación a los hombres sus hermanos, en esa misma medida podrá orientar su vida como entrega por los demás en cualquiera de las vocaciones humanas. Por esto, la Iglesia le plantea esta pregunta especialmente a los jóvenes pidiéndole que se la planteen con radicalidad: que piensen si Jesús no los llama a un seguimiento fiel, dejando que el Espíritu Santo desarrolle en su interior un dinamismo espiritual que los lleve a elegir una de las vocaciones de especial consagración.
Son muchas y diversas las vocaciones de especial consagración, y así a los jóvenes varones Jesús puede llamarlos al ministerio pastoral. Para escuchar la llamada de Jesús tienen que hacer el silencio en su corazón donde resuena la voz de Jesús: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mc 1,17). También llama a los jóvenes de ambos sexos a la vida consagrada en alguna de sus muchas formas, contemplativas y apostólicas o activas. Todas son formas de entrega a Dios y a los hombres que se concretan en la vida religiosa que adoptan hombres y mujeres para siempre. Naturalmente, la mayoría de los jóvenes están llamados a la vocación al matrimonio cristiano, como Dios lo instituyó desde el principio, como una vida de amor definitivo de un hombre y una mujer que se unen ante Dios hasta hacer presente en sus vidas el amor de Cristo por la Iglesia. El Papa nos recuerda en su exhortación que todas las vocaciones son un regalo de Dios que transforma la vida humana, llenándola de felicidad y la alegría contagiosa del amor.
Queridos jóvenes que hoy recibís el don del Espíritu Santo que da plenitud a vuestro bautismo y completa en vosotros la iniciación cristiana que, por voluntad de vuestros padres y padrinos, iniciasteis de infantes: la Iglesia de Jesús necesita pastores buenos, sacerdotes que lleven a los demás a Dios y estén al servicio de la santificación de todo el pueblo de Dios. La Iglesia necesita sacerdotes y misioneros, religiosos y religiosas, pero también laicos o seglares que sean testigos de Jesús, para que todos aunando esfuerzos e ilusión, colaboren con los Obispos, sucesores de los Apóstoles, en la común misión apostólica de mantener la fe que tenemos en Cristo, y juntos podamos transmitir a los que han dejado de practicar y a los que todavía no forman parte de la Iglesia porque no han oído hablar de Jesús, la esperanza de la salvación. Como he dicho en la carta a los jóvenes y dirigiéndome en especial a vosotros que hoy recibís el Espíritu Santo, no esquivéis la pregunta de esta campaña: “¿Para quién soy yo?”. Tened muy presente lo que dice el Papa Francisco: «Cuando el Señor suscita una vocación no sólo piensa en lo que eres, sino en todo lo que junto a Él y a los demás podrás llegar a ser»
Le pido a la Virgen María que no abandonéis su escuela, que ella os enseñe a decir que sí al Señor como lo hizo ella, para que seas cristianos que se comprenden a sí mismos como testigos y amigos fuertes de Dios y de Cristo, por la fuerza poderosa del Espíritu Santo que os se da en plenitud.


Almería, a 25 de abril de 2021


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Thu, 29 Apr 2021 11:47:49 +0000
"Somos para Dios y para los demás". La vocación hace la felicidad de quien la conoce y la siente https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63175-somos-para-dios-y-para-los-demás-la-vocación-hace-la-felicidad-de-quien-la-conoce-y-la-siente.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63175-somos-para-dios-y-para-los-demás-la-vocación-hace-la-felicidad-de-quien-la-conoce-y-la-siente.html

Carta pastoral del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Queridos jóvenes y diocesanos todos:

 

Este domingo la Iglesia celebra la «Jornada mundial de oración por las vocaciones» y también, acumulada por razón de tema, la «Jornada de vocaciones nativas». El lema de estas jornadas está marcado por la invitación del Papa Francisco a que todos, pero especialmente los jóvenes hemos de hacernos la pregunta: “¿Para quién soy yo?” .
Se trata de una variación de las preguntas fundamentales que san Ignacio plantea en los Ejercicios: ¿Quién soy? (o ¿cuál es mi identidad?), ¿de dónde vengo? (o, ¿cuál es mi origen?), ¿a dónde voy? (o ¿cuál es mi destino?). El sacerdote como buen pastor está puesto por Cristo para prolongar en la comunidad cristiana la orientación a Dios de la vida de todos y cada uno de los discípulos de Jesús, es decir, de los miembros de la Iglesia. Así, pues, el sacerdote ha de cumplir con la siempre difícil y, al mismo tiempo, sugestiva tarea del acompañamiento que corresponde al guía y pastor, para que cada cual responda a estas preguntas.
Se trata de responderlas sabiendo que en la medida en que la orientación a Dios incluye también la orientación a los hombres sus hermanos, en esa misma medida el que responde a la pregunta “¿para quién soy yo?”, en la que se recapitulan los tres mencionados interrogantes sobre uno mismo, podrá orientar su vida como entrega por los demás en cualquiera de las vocaciones humanas, sin dejar de ser uno mismo por ser para Dios. Esto es así, ciertamente. Ahora bien, si un joven quiere responder a esta pregunta de forma radical es porque se siente capaz, aunque le dé vértigo, de entregarse a las vocaciones de especial consagración. Un joven responde con radicalidad a la pregunta planteada cuando se orienta al ministerio pastoral, que Cristo ha colocado ante los varones, para que prolonguen en la Iglesia la presencia sacramental del Esposo de la Iglesia que es el mismo Cristo. Del mismo modo, un joven responde de forma radical a la pregunta planteada cuando opta por la vida en religión, consciente de que es Jesús quien ha colocado ante los jóvenes de ambos sexos la vida consagrada como forma de entrega a Dios y a los hombres, atrayéndolos a los distintos apostolados que viven los religiosos y religiosas, por medio de los cuales se entregan en favor de los hombres. Las personas de vida consagrada, hombres y mujeres, hacen suya una vida de consagración, vivida en la contemplación o en la actividad apostólica.
Necesitamos estas vocaciones que hoy escasean, al menos de forma tangible y desconsoladora, como lo estamos viendo y sintiendo en los países de antigua tradición cristiana hoy fuertemente secularizados. Según las estadísticas estamos perdiendo 10.000 monjas al año en el mundo, si bien aumentan en África y Asia, aunque bajan en Europa América y Oceanía. Yo me resisto a pensar que esta pérdida responda fundamentalmente a que el camino de las religiosas esté siguiendo la evolución del papel de la mujer en la sociedad occidental. En esta crisis están en juego otros elementos, y no son menores el alejamiento de las familias de la Iglesia, porque los padres ya no pueden transmitir una fe de la que carecen o han puesto entre paréntesis. ¿Qué chica va a dejarse ganar por la vocación de especial consagración, si ya no se vive la condición cristiana de la vida familiar? ¿Cómo va a surgir y crecer en el seno de la familia la vivencia del valor moral de la donación como papel de la mujer promotora y cobijo de la vida, una vocación al servicio de los enfermos, los pobres y desheredados cuando, en realidad es el poder lo que se ambiciona? Una sociedad enemiga de la natalidad amparada por una cultura de la muerte no da como resultado la promoción a cualquier precio de la vida, sin más garantías que el amor por la vida en sí misma como valor determinante de cualquier forma de vivirla. Por eso, si se plantea la promoción social de la mujer y su «empoderamiento» como alternativa al don y carisma femenino de la donación, en realidad no sea ha superado una antropología unisex, que suprime de hecho la diferencia entre el varón y la mujer.
Hoy oramos por las vocaciones de especial consagración a Dios, que incluye el servicio a los hombres, y presentamos estas vocaciones a los jóvenes como formas ricas y variadas de entrega a Dios y los demás. Mediante las variadas formas de las vocaciones de especial consagración, el cristiano llega a encontrarse a sí mismo y halla la alegría de vivir por entero para los demás viviendo para Dios. Dirigiéndose a los jóvenes el Papa dice que las vocaciones son un regalo que, si Dios quiere dártelo, te lo dará transformándote en una persona útil para los demás, algo que te alegrará en lo más íntimo y te entusiasmará más que ninguna otra cosa en el mundo, porque te lo dará «justo a tu medida, a la medida de tu vida entera» . Mirad cómo une el Papa la generosidad de dar la vida con la felicidad de vivirla en la alegría de la fe.
La mayoría de los jóvenes está llamada a vivir el regalo de la vocación universal a la santidad en el matrimonio cristiano, que les hará felices, pero Dios pide a todos los jóvenes disposición y generosa apertura de mente y corazón: para discernir si Dios llama a algunos jóvenes a una vida de radical consagración a Dios, siguiendo de cerca la vida apostólica de Jesús al servicio del reino de Dios y salvación de los hombres. La Iglesia de Jesús necesita pastores buenos que lleven a Dios a los hombres sus hermanos. La Iglesia necesita misioneros que lleven el anuncio del Evangelio y la caridad de Cristo a los que no lo conocen, y por eso necesita, de ellos para fortalecer las vocaciones nativas de las jóvenes Iglesias en desarrollo. Necesita, por esto mismo, junto con los pastores, también religiosos y religiosas, y personas de vida consagrada de diversos carismas y dones, para que el amor de Dios por nosotros atraiga a las gentes de pueblos y naciones a la comunión del aprisco del rebaño del Señor a los que están fuera de la Iglesia o se han alejado de ella. No esquivéis, queridos jóvenes, la pregunta “¿para quién soy yo?”, ni el proceso de discernimiento que requiere responderla acompañados por vuestros párrocos y formadores. Pensad, mis amigos jóvenes, en estas palabras del Papa: «El regalo de la vocación será sin duda un regalo exigente… algo que te estimulará y te hará crecer y optar para que ese regalo madure y se convierta en un don para los demás. Cuando el Señor suscita una vocación no sólo piensa en lo que eres, sino en todo lo que junto a Él y a los demás podrás llegar a ser» .


Almería, a 265 de abril de 2021


+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 26 Apr 2021 11:37:11 +0000
Domingo III de Pascua https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63051-domingo-iii-de-pascua.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/63051-domingo-iii-de-pascua.html Domingo III de Pascua

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Hch 3,13-15.17-19. Sal 4,2-4-7-9 (R/. «Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro»). 1Jn 2,1-5a. Aleluya: Lc 24,32 («Señor, Jesús, explícanos las Escrituras…»). Lc 24,35-48.


Queridos hermanos y hermanas:


El pasado domingo el evangelio según san Juan nos presentaba el relato de las apariciones de Jesús a sus discípulos en el cenáculo. La primera vez aconteció en el atardecer del mismo día de la resurrección y no estaba Tomás, a quien le costaba creer que el Señor después de su pasión hubiera podido resucitar y manifestarse a los discípulos. La segunda vez ya estaba Tomás y el Señor le mostró las llagas de manos y pies y la llaga del costado, invitándole a palpar la realidad material de sus heridas. Hoy el evangelio es de san Lucas y ofrece un relato de la aparición de Jesús a los discípulos, a los que muestra su cuerpo con las señales de la crucifixión, como en el evangelio de san Juan del pasado domingo. Anterior a estas narraciones de san Juan y de san Lucas, san Pablo da cuenta de la aparición de Jesús a los Doce, suponiendo que ya había sido sustituido Judas, que desesperado por haber traicionado a Jesús se ahorcó. El libro de los Hechos da cuenta de la sustitución de Judas por san Matías, elegido como testigo de la historia de Jesús desde el bautismo por Juan Bautista en el Jordán, y testigo de su resurrección (cf. Hch 1,22.26).
El evangelio de san Marcos habla también de una aparición de Jesús a los Once, recogida de la tradición anterior al relato de san Pablo (cf. 1Cor 15,5), con toda seguridad este relato forma parte de la tradición cristiana surgida de la experiencia que los apóstoles tuvieron de Cristo resucitado , y a esta primitiva tradición se remite san Pablo.
El evangelio de san Lucas que acabamos de proclamar viene inmediatamente detrás de la aparición de Jesús a dos discípulos que caminaban de Jerusalén a Emaús (Lc 24,13-34). El evangelio de san Marcos se refiere también al encuentro de estos dos discípulos con Jesús cuando iban de camino, uno de los cuales se llamaba Cleofás (v. 24,18). Después de la experiencia de Emaús corrieron a decírselo a los apóstoles y tampoco les creyeron, como no habían creído a las santa mujeres (cf. Mc16,12-13) cuando fueron a contarles que habían encontrado el sepulcro vacío. Se explica así que, según el evangelio de Marcos, Jesús «les echara en cara su incredulidad y dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16,14). Un reproche que Jesús hace a los caminantes de Emaús, a los que les dice: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!» (Lc 24,25).
Es lo mismo que les dice a los Once: «¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo» (Lc 24,39a). Y, aquí como en el reproche a Tomás, hay una afirmación del carácter corpóreo del Señor resucitado, que nos disuade de creer que se trata una ilusión o fantasía. Sin que podamos afirmar cuál es la naturaleza del cuerpo resucitado y glorioso de Cristo, la experiencia apostólica de la resurrección nos permite afirmar que es, sin embargo, plenamente real y al tiempo diferente, como explica san pablo: «se siembra corrupción, resucita incorrupción… se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual» (1Cor 15,42.44). La narración de san Lucas insiste en el realismo: Jesús les dice: «Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que tengo yo» (v. 24,39); y como no acababan de creerlo les pregunta si tienen algo qué comer, le ofrecen un pez asado y él lo come delante de ellos. Enseguida les instruye en el significado que tiene el padecimiento de la pasión y la cruz, cómo todo estaba anunciado en las Escrituras, tal como él lo había predicho «mientras estaba con vosotros» (Lc 24,44). De esta manera el Resucitado les está indicando que ahora está ya fuera del ámbito histórico de relación física, fuera del espacio y del tiempo en el que convivió con ellos. Jesús ha entrado en un orden diferente al de nuestra existencia terrena. Es lo que sucedió con los caminantes de Emaús: le reconocen al partir el pan, afirmación que pone de manifiesto cómo en la comunidad apostólica la “fracción del pan” es la Eucaristía, presencia del Señor. Cuando le reconocen él ya no está en la posada de Emaús, por eso comienzan a comprender preguntándose si no ardía su corazón cuando les hablaba por el camino y les explicaba el contenido de las Escrituras.
La experiencia de las apariciones de Jesús deja constancia de cómo Jesús les hizo comprender la realidad de su nueva vida como resucitado, que sin embargo no podía separarse de la experiencia física y afectiva que habían tenido de él, la experiencia que habían tenido de su humanidad durante la vida terrena de Jesús. Comer con ellos era experimentar su amor y su enseñanza, llegar a su persona y entrar en el misterio de Dios mediante la experiencia de Jesús. El pez asado que le ofrecen a Jesús, en este relato de san Lucas, para que lo coma, les recuerda lo que habían vivido con él y experimentado. Es un relato parecido al de san Juan sobre la pesca milagrosa de los apóstoles después de una noche sin traer pescado. Cuando le reconocieron, «nada más saltar a tierra, «ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan» (Jn 21,9).
Como los discípulos, que no acaban de creer lo que ven y están asustados y acobardados ante la hostilidad que experimentaron tras la muerte de Jesús, también a nosotros nos cuesta creer. Nuestro tiempo es un tiempo descreído y, a pesar de ello, alejados del evangelio de Cristo los hombres de hoy, de nuestra sociedad tecnológicamente avanzada, no dejan de asustarse; y están atrapados en miedos que no saben resolver las ciencias de la mente, miedos que no logran controlar. Son síntomas de estos miedos, las depresiones, la angustia existencial y la incertidumbre ante el futuro. Estas y otras situaciones semejantes hoy se pretende remediarlas mediante seguridades imposibles, y vivimos entre reclamos de múltiples prevenciones de distinto género para paliar el miedo al desamparo económico y social, a la pérdida del puesto de trabajo; para enfrentar las enfermedades mortales, los contagios incurables, para prevenir los accidentes, y, para superar el temor ante la oscuridad de la muerte. En estas situaciones el hombre es tentado por el Maligno para que conjure sus miedos con amuletos, cartas, adivinanzas, fetichismos y prácticas pseudorreligiosas que crecen en una sociedad como la nuestra que ha renunciado a sus raíces cristianas.
Las apariciones de Jesús abren nuestra vida al futuro de la resurrección prometida a cuantos creen en él. Jesús nos dice: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,25-26). Por la fe en la resurrección podemos afrontar las situaciones de dolor, enfermedad y muerte, de fracaso moral y desesperación, porque Dios nos ha salvado en Cristo, nuestros pecados han sido perdonados en la muerte propiciatoria de Cristo. Así lo dice la primera carta de san Juan: «Si alguno peca tenemos uno que boga ante el Padre: a Jesucristo, el Justo» (1Jn 2,1). Ciertamente, la historia de la pasión y muerte de Jesús es el mayor efecto de nuestros pecados, pero en esa pasión y muerte Dios nos ha reconciliado. Pedro no hurta la verdad de lo sucedido, como vemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida…» (Hch 3,14.15). Dios lo resucitó y nos mostró el significado de su muerte conforme a las Escrituras: Jesús «es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1Jn 2,2). El amor de Dios se ha manifestado así en la muerte de Jesús por nosotros, y en ella hemos sido perdonados y salvados.
Por la fe en la muerte y resurrección de Cristo alcanzaremos la salvación, porque mediante la fe obtenemos el perdón y la filiación divina. Como a los discípulos, Jesús nos reprocha con amor misericordioso nuestra falta de fe. Pide de nosotros una fe eficaz, que se acredita en las obras, como pone de relieve la primera carta de san Juan: No basta decir que conocemos a Jesús y que le confesamos como nuestro Salvador, es preciso que cumplamos los mandamientos, para no ser mentirosos: «Quien dice “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos es un mentirosos y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, en él, ciertamente, el amor de Dios ha llegado a su plenitud» (1Jn 2,4-5).
Cuando Jesús se aparece a los Once y a los demás discípulos que estaban con ellos, para que la escena tenga pleno sentido cabe supone que estaban a la mesa, porque le ofrecen algo de lo que estaban comiendo, y de hecho Jesús comió con sus discípulos después de resucitar de entre los muertos (cf. Hch 1,4). La mesa es el ámbito de la relación amorosa por excelencia y nos ofrece la experiencia que nos hace hermanos y nos convierte a todos en comensales iguales. La eficacia de una fe que obra por la caridad es la que incorpora a la mesa a cuantos no tienen fe atrayéndolos a Cristo, igual que incorpora por la caridad a lo que no tienen qué comer. Santiago pide mostrar la fe con las obras, porque «una fe sin obras está muerta por dentro» (cf. Sant 2,17). Son las obras fruto de la fe eficaz las que manifiestan la autenticidad del testimonio cristiano. Es mediante las obras como damos testimonio de que creemos en verdad en Cristo resucitado vivo y presente en su Iglesia.


Almería, a 18 de abril de 2021


+Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 19 Apr 2021 12:16:42 +0000
Homilía del Domingo de Resurrección https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62774-homilía-del-domingo-de-resurrección.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62774-homilía-del-domingo-de-resurrección.html Homilía del Domingo de Resurrección

Homilía del obispo de Almeria, Mons, Adolfo González, el Domingo de Resurrección

Lecturas bíblicas: Hch 10,34a.37-43. Sal 117,1-216ab-17.22-23 (R/. «Este es el día en que actuó el Señor…»). Col 3,1-4. Versículo: 1Cor 5,7b-8a («Ha sido inmolada nuestra víctima pascual»). Jn 20,1-9.


Queridos hermanos y hermanas:

Con la vigilia pascual llegábamos en anochecer del Sábado Santo a la meta litúrgica del Triduo pascual: celebrar la resurrección gloriosa del Señor. El contenido del anuncio apostólico (kérygma) lo encontramos formulado en la primera carta a los corintios, donde san Pablo dice que ha transmitido a los cristianos de sus comunidades lo mismo que él ha recibido, aquel anuncio que es anterior a él: «que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1Cor 15,3-4).
La vigilia pascual fue anoche la gran celebración de la luz, símbolo de Cristo resucitado que ilumina las tinieblas del mundo. El cirio pascual entró procesionalmente en la Catedral disipando la oscuridad y poco después el pregón pascual anunciaba la gran noticia de la resurrección, invitando a la alabanza al Dios de vivos que ha devuelto a la vida al pastor de nuestras almas, Cristo Jesús. Después de la extensa liturgia de la Palabra, con las lecturas bíblicas que recorrían la historia de nuestra salvación, la liturgia bautismal adquirió una fuerza esplendorosa con la introducción de siete catecúmenos adultos en la Iglesia que, después de dos años de preparación en la travesía del catecumenado, recibían los sacramentos de la iniciación cristiana del Bautismo y Confirmación, para acercarse después a la mesa de la Eucaristía.
En la misa de la vigilia, después del bautismo de los catecúmenos los cristianos que formábamos parte de la asamblea litúrgica renovamos las promesas bautismales. Así lo han de hacer todos los cristianos que al menos en Pascua después de recibir el perdón de los pecados en el sacramento de la Penitencia, reciben la sagrada Comunión en la celebración de la misa pascual o en algún domingo de Pascua. He de recordar lo que dije en la misa crismal, en la que fueron bendecidos los santos óleos y consagrado el santo Crisma: no hay vida cristiana sin sacramentos, porque por medio de ellos nos llega la vida divina que es la savia que alimenta el cuerpo místico del Señor, en el cual los sarmientos se nutren esa savia que viene de la vid que es Cristo.
Los sacramentos fundados por Cristo, que es su autor, han alcanzado su fijación definitiva por la acción del Espíritu Santo en la Iglesia. El Espíritu es el gran don de la Pascua, fruto del árbol de la cruz, de donde brotaron el agua y la sangre del bautismo y de la Eucaristía, como veíamos en la misa crismal. Los creyentes en Cristo llegan al bautismo por la confesión de la fe en Cristo, y la fe es la respuesta del que cree al anuncio del Evangelio, como hemos visto en la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Hallándose Pedro en Cesarea Marítima fue invitado por el centurión romano Cornelio a su casa, sintiéndose Pedro movido por el Espíritu Santo a otorgar el bautismo a esta familia de paganos para ser integrados en la Iglesia. En casa de Cornelio, Pedro da cuenta de lo que había sucedido con Jesús después de que Juan iniciara el bautismo de penitencia. El apóstol primado relató cómo Dios había ungido «con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38), de todo lo cual los apóstoles eran testigos. Pedro les dijo cómo Jesús fue muerto por los judíos y colgado del madero de la cruz, para anunciar con gran fuerza que a ese Jesús Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos elegidos, a los apóstoles, que comieron y bebieron con él después de resucitar de entre los muertos (v. 10,39 y 40). El Resucitado les encargó «predicar al pueblo, dando testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos» (v. 10,42). Todo lo cual sucedió conforme había sido predicho por los profetas.
El bautismo en el nombre de Jesús es mandato de Jesús resucitado, que envió a los apóstoles anunciar la Buena Noticia de la redención en su muerte y resurrección, para que el que crea y sea bautizado se salve (Mt 28,20; cf. Mc 16,16). La evangelización tiene como propósito dar a conocer a Cristo y su obra redentora, conforme al designio de Dios, para que la respuesta de la fe en el que cree conduzca al bautismo. El mensaje tiene un alcance universal, como Pedro lo pone de manifiesto en casa del centurión romano Cornelio, no sin temor y escrúpulo por parte de los cristianos judíos apegados a las tradiciones de Moisés. Esta situación de duda y desavenencia entre cristianos judaizantes y cristianos de la gentilidad motivarán el primer concilio de la historia, la asamblea apostólica de Jerusalén. El gran argumento de san Pedro es que la apertura de la salvación a todos los pueblos gentiles es designio de Dios que otorga el Espíritu Santo sin distinciones a cuantos acogen el anuncio del Evangelio y se convierten a Cristo. Por ello les recordaba a todos las palabras proféticas de Juan Bautista, que había anunciado el bautismo de Jesús como “bautismo con el Espíritu Santo”, sacando la conclusión de que, si acogen a Cristo, «también a los gentiles les ha dado Dios la conversión que lleva a la vida» (Hch 11,18).
La predicación apostólica tiene su causa y fundamento en el sepulcro vacío, que contemplaron los apóstoles, y las apariciones de Jesús resucitado. Son estos hechos los que le dan origen a la predicación del Evangelio. El evangelio de san Juan que hemos proclamado se centra en el sepulcro vacío, noticia que los expertos en el Nuevo Testamento dicen que procede de la tradición oral de Jerusalén, lugar de la pasión, muerte y sepultura de Jesús. María Magdalena encuentra vacío el sepulcro y corre asustada a comunicar a los apóstoles lo sucedido: la piedra del sepulcro está corrida y el sepulcro vacío. Pedro y el discípulo a quien tanto quería Jesús salieron corriendo para comprobarlo. Vieron las vendas por el suelo y el sudario enrollado en un sitio aparte. Al discípulo amado se le abrieron los ojos y recordó que así lo había prometido el Señor: «vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús tenía que resucitar de entre los muertos» (Jn 20,b.9).
Jesús se aparecerá a Pedro y a los apóstoles, según lo transmiten la primera carta de san Pablo a los corintios, que dice que el Resucitado se apareció también «a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron»; para añadir: «Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, que soy como un aborto» (1Cor 15,6-8). El evangelio de san Juan se apareció a María Magdalena, que con las demás santas mujeres habían acudido al sepulcro y lo habían encontrado vacío, entre ellas Juana, mujer de Cusa, y María la de Santiago. San Lucas dice en su evangelio que ellas entraron en el sepulcro, vieron a dos hombres de resplandecientes vestiduras que les hicieron recordar que Jesús lo había que sería entregado a manos de pecadores y sería crucificado, pero que al tercer día resucitaría (cf. Lc 24,8).
La resurrección es el hecho trascendente que mueve e impulsa el movimiento cristiano, con el riesgo para los mensajeros de lo ocurrido de poner en juego la vida por anunciar que Jesús vive para siempre, una vez cumplida su pasión y muerte para perdón de los pecados de todos. En este hecho que cambió la historia de la humanidad, tienen su origen tanto la vida en Cristo que comienzan sus discípulos, a él adheridos y por él dispuestos a morir, como la misión del anuncio universal de la salvación.
Con estas reflexiones que nos sugieren los textos sagrados sobre la resurrección y el anuncio, la vida en Cristo, que dimana de la fe en la resurrección, tiene que llevarnos a un desprendimiento del espíritu del mundo que representa constante tentación y llamada. A ello nos mueve la carta a los Colosenses, donde san Pablo nos exhorta a ser consecuentes y vivir adheridos a Cristo y a las realidades celestiales a las que nos conduce su llamada al seguimiento y al ejemplo: «Ya que [por la fe en el Evangelio y el bautismo] habéis resucitado con Cristo… aspirad a los bienes de arriba y no a los de la tierra» (Col 3,2).
Sólo adheridos a Cristo resucitado, señor de vivos y muertos, podremos dar testimonio de él y llevar adelante la misión de anunciarle al mundo. Por eso, como hemos suplicado de Dios en la Cuaresma, sin dejar de buscar cuanto nos es necesario para la vida de aquí abajo y atender los bienes necesarios de la tierra, que son nuestro sustento y bienestar, aspiremos a los bienes imperecederos de nuestra conversión a Cristo y salvación en él, y busquemos el alimento de la palabra de Dios.

Almería, a 4 de abril de 2021


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Sun, 04 Apr 2021 08:50:00 +0000
Homilía de la conmemoración de la muerte del Señor https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62773-homilía-de-la-conmemoración-de-la-muerte-del-señor.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62773-homilía-de-la-conmemoración-de-la-muerte-del-señor.html Homilía de la conmemoración de la muerte del Señor

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Is 52,13-53,12. Sal 30, 2 y 6.12-13.15-17.25 (R/. «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu»). Hb 4,14-16; 5,7-9. Versículo: Flp 2,8-9 («Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte…»). Jn 18,1-19.42.


Queridos hermanos y hermanas:


La conmemoración de la muerte del Señor llena de conmoción y humilde recogimiento al pueblo fiel. La cruz del Redentor del mundo va a quedar vacía para convertirse en signo de su victoria, una vez que se cierre la sepultura apresurada del Crucificado. Exhausto, sin fuerzas Jesús ha llegado a hasta el final y ha podido exclamar exánime: «Está cumplido», antes de inclinar la cabeza y entregar el espíritu (cf. Jn 19,30). Su sepultura sería del todo precipitada, según la crónica evangélica de san Juan, porque aquella tarde era la de “Preparación” o “parasceve” para la celebración de la pascua judía, y urgía sepultar el cadáver de Jesús. José de Arimatea, discípulo clandestino de Jesús y hombre significado socialmente como senador y miembro del sanedrín judío, hizo algo inusitado pidiendo autorización a Pilato para llevarse el cadáver del Maestro y, con la colaboración de Nicodemo, amigo de Jesús, que compró cien libras de aromas, una mixtura de mirra y áloe para ungir el cuerpo, el Señor fue depositado en un sepulcro nuevo, en el huerto que había junto a las canteras del Calvario donde le habían crucificado, sellaron la entrada del sepulcro y se fueron porque el sábado se les echaba encima.
Cerrado el sepulcro volvemos hoy nuestros ojos a la cruz, patíbulo del Redentor y signo de su victoria, para esperar la resurrección sumidos en la meditación de lo ocurrido y en su sentido trascendente. La tortura aplicada a Jesús nos conmueve y nos preguntamos por su sentido. ¿Por qué hubo de subir Jesús a la cruz y ser colgado del madero destinado a los criminales y malditos? Isaías había profetizado los sufrimientos del siervo del Señor, describiéndolos de forma tan detallada que es imposible no ver en el enigma del siervo de Dios, de su persona herida y cruelmente maltratada por los hombres la imagen viva de Cristo Jesús: «porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano; así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito» (Is 52,14-15).
¿Cuál es el sentido de esta violencia cruel ejercida sobre el siervo de Dios? Isaías responde que el siervo fue «traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53,5). Sufrió nuestro merecido castigo en lugar nuestro y su muerte es una muerte vicaria, padecida en lugar de los pecadores. Jesús fue sometido a la tortura y maltratado por nuestra causa, «molido por nuestras culpas…herido por los pecados de mi pueblo» (v. 53,5.8).
Esta visión de la pasión y muerte de Cristo interpela nuestra conciencia de pecadores y ha de suscitar en nosotros un profundo arrepentimiento y anhelo de una vida nueva, al tiempo que un hondo agradecimiento a la misericordia y justicia de Dios. La pasión del Señor cambia nuestro corazón de piedra en corazón de carne, como profetizó Jeremías exhortando a ver en este cambio el resultado de la intervención divina en nosotros, la obra del Espíritu en el interior del hombre, para trasladarle del dominio del viejo Adán al reino del Hijo amado de Dios, porque con su pasión Jesús se ha presentado ante Dios para que nosotros podamos acudir al trono de la gracia (cf. Hb 4,16).
Jesús ha ejercido en su inmolación cruenta sobre el altar de la cruz, al tiempo de que victima perfecta, pues fue «como cordero llevado al matadero» (Is 53,7), también como “sumo sacerdote de los bienes futuros”, entrando en el santuario del cielo por su muerte y resurrección, llevando consigo «no la sangre de machos cabríos, ni de novillos, sino su propia sangre, consiguiendo nuestra liberación definitiva» (Hb 9,11-12). Es así —dice san Pedro— como «habéis sido rescatados… no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto ni mancha, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros» (1Pe 1,18-20).
Cargado con todas las miserias y pecados de los hombres, habiendo padecido la pasión y la muerte por nuestra causa, Jesús entró en los cielos como «gran sumo sacerdote capaz de compadecerse de todas nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4,15). Tal es el fin último de la cruz y muerte de Cristo: nuestro rescate y redención, nuestra liberación del pecado, origen de todo mal y de la muerte eterna. Murió, para que no muramos nosotros para siempre, y para ello tuvo una humanidad como la nuestra, un cuerpo y un alma como nosotros, que le hizo receptor de gozos y sufrimientos, capaz de padecer. Avanzando más en la razón última del sufrimiento y muerte del Señor, llegamos al amor con que Dios nos ha amado como causa y razón que explica la muerte redentora de Jesucristo nuestro Señor.
Nuestro pensamiento se llena en sentida meditación con los grandes sufrimientos del mundo: el dolor y padecimientos de los que cargan con las pesadas cruces de la pobreza y la enfermedad, el dolor y sufrimiento de las víctimas del crimen y del terror, el sometimiento de quienes ven sojuzgada su libertad y se ven convertidos en mercancía de utilidad y placer de los que manipulan, venden y compran la vida humana, la impotencia y el dolor de cuantos ven reprimidos sus sentimientos religiosos, los perseguidos por causa del nombre de Cristo y las heridas infligidas por el desamor y el desprecio, la calumnia y la mentira presentadas como verdad de los fuertes y de cuantos conculcan los derechos de los seres humanos. En el origen de estas lacras que manchan la humanidad está el pecado, derrotado y vencido en la cruz del Crucificado Señor de la gloria, al que esta tarde elevamos el cantico de alabanza prolongando los ecos de las laudes matutinas de este viernes santo, porque Jesucristo nos amó y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre podemos recitar con hondo agradecimiento al que nos arrancó de la muerte:


«Tu cruz adoramos, Señor,
y tu santa resurrección alabamos y glorificamos;
por el madero ha venido la alegría al mundo entero».


S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 2 de abril de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Fri, 02 Apr 2021 08:45:02 +0000
En la Cena del Señor https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62755-en-la-cena-del-señor.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62755-en-la-cena-del-señor.html En la Cena del Señor

Homilía de la Misa «en la Cena del Señor» de D. Adolfo González Montes, Obispo de Almería

Lecturas bíblicas: Ex 12,1-8.11-14 Sal 115,12-13.15-16bc.17-18 R/. «El cáliz que bendecimos es la comunión en la sangre de Cristo»). 1Cor 11,23-26. Versículo: Jn 13,34. («Os doy un mandamiento nuevo»). Jn 13,1-15.

Queridos hermanos y hermanas:

         Con la misa en la «Cena del Señor» comienza la celebración del Triduo pascual de la muerte y resurrección del Señor, acontecimientos por los que fuimos salvados. Dios, amigo y amador de todos los vivientes, pero sobre todo de la humanidad, en la que dejó su propia imagen, quiso rescatar por amor a los que había creado por amor. Es necesario prestar atención a lo que acabamos de escuchar en la lectura del evangelio de san Juan: «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). El amor de Jesús no tiene límites porque es llevado al extremo: la entrega de la propia vida por los que ama.

En la última cena Jesús anticipa sacramentalmente el sacrificio del viernes santo, al que voluntariamente se ofrece por todos los hombres como les dirá a sus discípulos al entregarles el cáliz en la cena: «Bebed de ella todos, porque esta es mi sangre de la lianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,27.28). El derramamiento de la sangre de Jesús en la pasión y la cruz sustituye de manera definitiva los sacrificios de la antigua alianza y el sacrificio del cordero pascual judío, cena pascual de los hebreos liberados por Dios de la esclavitud egipcia. El acontecimiento de la liberación transformó una fiesta que tuvo su origen en el pastoreo nómada de las tribus hebreas, desde la época de los patriarcas.

La fiesta de la Pascua adquirió un significado liberador con la salida de Egipto que, como hemos escuchado en el pasaje del Éxodo, quedaría fijada para el 14 de Nisán, el primer mes del año judío, para perpetua memoria de la liberación de Egipto y la partida en libertad hacia la tierra prometida. Dice el libro del Éxodo: «Este será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor, de generación en generación» (Ex 12,14). La celebración daría lugar a la comida ritual de la pascua judía y a la fiesta de los ácimos. Es la fiesta de la antigua Alianza que será definitivamente superada por la alianza en la sangre de Jesús.

         El testimonio de san Pablo recoge en la primera carta a los Corintios la celebración de la Eucaristía, en la que desembocará la celebración pascual que Jesús quiso celebrar por última vez con sus discípulos antes de padecer. Esta narración de la institución de la Eucaristía es sin duda la más antigua del nuevo Testamento, a la que se añaden los relatos de los evangelios sinópticos, sustancialmente idénticos. La Eucaristía es comprendida en estos testimonios apostólicos como memorial del sacrificio de Cristo, que él anticipó en la última cena de forma sacramental, instituyendo este sacramento admirable del amor de Cristo por nosotros, y que mandó celebrar a sus discípulos hasta su venida en gloria: «Haced esto en memoria mía» (1Cor 11,24.25; Lc 22,19). Jesús instituye la Eucaristía y con este mandato ordena a la Iglesia su repetición a lo largo de los tiempos hasta que el vuelva, como dice san Pablo ofreciendo el significado salvífico de la muerte de Jesús: «Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1Cor 11,26).

         San Juan Pablo II afirman que la Iglesia vive de la Eucaristía, porque en ella se encierra el núcleo mismo del misterio de la Iglesia, porque en ella se experimenta con una intensidad especial e inigualable la presencia de Cristo en la Iglesia, conforme a su esperanzadora promesa: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20)[1]. Y como la Eucaristía ha de permanecer en la Iglesia hasta el final de los tiempos, así el ministerio sacerdotal que fue instituido con la Eucaristía es inseparable de ella. La comunidad no es la que hace la Eucaristía, sino que ésta le es dada a la comunidad eclesial como un don de Cristo a su Iglesia, lo cual se produce por la acción del Espíritu santo del Padre y del Hijo. La institución del ministerio sacerdotal ocurre en el mandato de Cristo, por ello el sacerdote actúa «in persona Christi», en la persona de Cristo, que quiere decir «en la identificación específica, sacramental con el “sumo y eterno Sacerdote”, que es verdadero autor del sacrificio eucarístico»; y así añade en el mismo lugar el santo papa Juan Pablo II: «El ministerio de los sacerdotes… manifiesta que la Eucaristía celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la última Cena»[2].

         No deberíamos olvidar estas afirmaciones fundamentales sobre la doctrina eucarística, porque la crisis de fe en la Eucaristía refleja y acusa al mismo tiempo la crisis de la fe en la Iglesia. Cuánto se ha de agradecer a Dios el ministerio de los sacerdotes, aunque sean hombres pecadores o, precisamente por ello, para compadecerse de los pecadores. La Eucaristía manifiesta el misterio de la misericordia de Dios que quiere incorporarnos a la vida divina que nos llega a los fieles cristianos por la comida y la bebida del cuerpo y sangre de Cristo Redentor, un alimento de vida eterna irreductible a los demás géneros de comida.

Tal como el papa Benedicto XVI expone en su magisterio sobre el sacramento del altar, en la Eucaristía tenemos un misterio que hemos de creer, lo más importante. La crisis de fe en el misterio de la Eucaristía es coincidente con una sociedad que ha perdido la fe en la Iglesia y se mantiene alejada de la práctica religiosa, pero por eso mismo hemos de anunciar al mundo este misterio de amor que es la Eucaristía, porque en ella es Jesús convertido en comida el que nos dice que nos invita a alimentarnos con su cuerpo para que él more en nosotros y nosotros vivamos de él. Es el mismo Señor el que nos dice: «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed… Si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 35.51). Esta manducación sucede en la sagrada asamblea, para la cual la Eucaristía es un misterio/sacramento que se ha de celebrar, proclamando su muerte y anunciando su resurrección. La Eucaristía es misterio del cual hemos de vivir, porque ha sido instituida por Jesucristo para alimentar nuestra espiritualidad cristiana de comunión de todos los bautizados en Cristo, porque la Eucaristía nos asocia al sacrificio de Cristo por nosotros al tiempo que nosotros por la misericordia de Dios, presentamos nuestros cuerpos «como hostia viva, santa, agradable a Dios» (cf. Rm 12,1).

De este modo, secundamos la exhortación de san Pablo a ejercer un “culto razonable”, ofreciendo a Dios por medio de Cristo nuestra vida en la celebración eucarística por manos del sacerdote. La celebración eucarística nos une a Cristo como miembros de su cuerpo por la comunión en su cuerpo y sangre, para ser transformados en una sola cosa con él, por los efectos de la presencia de Cristo que viene a morar en nosotros. Sucede de esta suerte que, como dice Benedicto XVI, cuando recibimos este alimento de vida eterna, «no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; “nos atrae hacia sí”»[3]. Es así como la Eucaristía es sacramento de la unidad del cuerpo con la cabeza, que es Cristo mismo. Por eso, en verdad, en la exhortación de san Pablo a ofrecer nuestro cuerpo como hostia agradable a Dios unidos a Cristo, «se ve la imagen del nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia»[4]. La Eucaristía es sacramento de la unidad de la Iglesia que integra a cada fiel en la comunión eclesial, despertando la conciencia de cada fiel de su pertenencia al cuerpo de Cristo que es la Iglesia[5].

El evangelio de san Juan coloca el lavatorio de los pies donde está la institución de e la Eucaristía en los evangelios sinópticos. El gran discurso sobre el pan de vida tiene un alcance eucarístico de honda significación en el evangelio de san Juan. El pan de vida es Jesús mismo, palabra encarnada de Dios, de la que se ha de alimentar el hombre y no sólo del pan material. Este amplio discurso supone la institución eucarística y proyecta su luz sobre el lavatorio de los pies. Jesús actúa de ministro de la caridad, en la cual se proyecta el don divino de la Eucaristía, extendiendo la mesa eucarística a los necesitados. Frente al egoísmo que rige el mundo de las apetencias y el dominio, que hace del prójimo instrumento del cual servirse, Jesús asume un cometido que en el mundo antiguo correspondía realizar a los esclavos que tenían las personas pudientes. Lavar los pies de los caminantes era tarea de siervos y Jesús lo asume para sí siendo maestro y señor. Jesús les dice, al terminar el lavatorio: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,15).

El Señor nos llama al seguimiento de su ejemplo, porque sólo en el servicio a los hermanos llegaremos a configurarnos con él y seremos reconocidos como sus discípulos. Una configuración de la vida propia con la de Jesús que ha de ser entrega incondicional a los demás, si bien cada uno en su circunstancia y situación, pero éstas no deben servir para sustraerse al servicio como cauce cotidiano de la caridad, que se extiende a la comunión de bienes dando participación de los mismos a los pobres y a los que más lo necesitan.

Hoy nos sumimos en la adoración del misterio de la Eucaristía, verdadero sacramento de nuestra fe, proclamando la muerte y resurrección de Jesús como lugar donde el mundo puede alcanzar salvación; y abandonando los egoísmos y la soberbia de la vida, para dar paso al servicio y a la caridad cristiana a la que ningún sufrimiento ni necesidad les son ajenos. Al celebrar ahora el sacrificio eucarístico nos unimos a Jesús para ser transformados en su amor y poder ofrecer nuestro amor a cuantos lo esperan de nosotros.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 1 de abril de 2021

                        X Adolfo González Montes

                                 Obispo de Almería

           

 


[1] Cf. Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia [EE] (2003), n. 1.

[2] EE, n. 29.

[3] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis [SC] (22 febero 2007), n. 70a.

[4] SC, n. 70b.

[5] SC, n. 68.

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Sat, 03 Apr 2021 09:48:38 +0000
En la Misa Crismal https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62746-en-la-misa-crismal.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62746-en-la-misa-crismal.html En la Misa Crismal

Homilía de D. Adolfo González Montes, obispo de Almería, en la Misa Crismal

Homilía de la Misa Crismal

Lecturas bíblicas: Is 61,1-3a.8b-9. Sal 88,21-22.25.27 (R/. «Cantaré eternamente las misericordias del Señor»). Ap 1,5-8. Versículo: Is 61,1 («El Espíritu del Señor está sobre mí…»). Lc 4,16-21.

Queridos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, y fieles laicos.

Hermanos y hermanas:

         La misa crismal nos congrega un año más en una situación que sigue siendo de riesgo para la salud, por la prolongación de la pandemia que nos aflige y limita nuestros movimientos y relaciones humanas. Aún así, al congregarnos en torno a la palabra de Dios y la Eucaristía no puede impedir que en nuestra asamblea se manifieste sacramentalmente la unidad de la Iglesia, que la Eucaristía realiza en forma plena. En ella se manifiesta la realidad social de la Iglesia, que acontece la relación de Cristo con cuantos formamos parte de la comunión eclesial. Esta relación es la que resulta de ser Cristo cabeza de su cuerpo místico y se da mediante la comunicación del Espíritu con el cual Cristo Jesús ha sido ungido por el Padre de la cual nos hace partícipes.

El anuncio y figura de esta unción la hemos escuchado en Isaías, que habla de la vocación profética del siervo del Señor sellada por la unción del Espíritu que Dios ha derramado sobre él, para capacitarle como depositario de la misión que le confía. El profeta ha sido agraciado con el Espíritu para llevar adelante la misión de «dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad» (Is 61,1). El Trito-Isaías tiene una perspectiva amplia y generosa ante sí, viendo cercana la hora en que el judaísmo religioso admita a los prosélitos, cuando a los extranjeros —dice el oráculo profético— sean incorporados a la asamblea de los elegidos: «yo los atraeré a mi monte santo del Señor y les alegraré en mi Casa de oración… Porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7). Cuando Jesús purifique el templo de Jerusalén se referirá a él como «casa de mi Padre» (Jn 2,16) y con esta calificación del templo que Isaías llama «casa de oración» (Mt 21,13), lugar de santificación y de gracia donde todas las naciones se encontrarán con Dios.

         Este lugar construido de piedras por los hombres dará paso a la alusión de Jesús al templo de su cuerpo, verdadera edificación de Dios y morada del Espíritu, donde «Dios tuvo a bien hacer residir toda la plenitud [de la divinidad]» (Col 1,19), edificio de su humanidad al que Jesús se refirió en respuesta a los responsables y guardas del templo que le interrogaron por el significado de su actuación. Un cuerpo que se extiende en los que dan realidad social de la Iglesia, pues «el Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los creyentes como en un templo (cf. 1Cor 3,16; 6,19)»[1]. En él como templo del Nuevo Testamento, se dispensan los sacramentos de la salvación, que purifican con el agua de la salud y sellan con el crisma de la salvación a aquellos a quienes les comunican el Espíritu derramado sobre Jesús, pues por la participación en él, como afirma el Vaticano II, «sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, son constituidos por Cristo místicamente en su cuerpo»[2]. El concilio continúa afirmando cómo en este cuerpo la vida de Cristo «se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa, pero real»[3].

         Como hemos escuchado en el evangelio de san Lucas, es de Cristo de quien procede la comunicación del Espíritu Santo a los creyentes, por medio del cual llegan a los creyentes los efectos de la redención. El evangelio de san Lucas nos muestra a Jesús en la sinagoga de Nazaret afirmando hallarse ungido por el Espíritu y haber sido enviado por el Padre a la misión de sanación anunciada por el profeta Isaías. El fragmento del Apocalipsis que hemos escuchado en esta liturgia de la palabra subraya el alcance universal de la redención de Cristo que nos llega por los sacramentos, don del que «nos ha amado y ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino de sacerdotes de Dios su Padre» (Ap 1,1,6): aquel a quien, por su sacrificio, el vidente del Apocalipsis tributa la gloria y el poder que el Padre le ha entregado al Redentor por los siglos. En la visión el que nos ha limpiado y purificado en su sangre aparece victorioso y lleno de gloria elevado sobre las nubes, porque en él se cumple la profecía de Daniel sobre el Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo, colocado a la diestra del Poder como depositario del juicio divino y plenipotenciario de Dios (cf. Dn 7,13). Nadie podrá esquivar su visión «coronado de gloria y honor, por haber padecido la muerte» (Hb 2,9); y habiendo sido atravesado por la lanza del soldado, lo verán los mismos que traspasaron su costado (Jn 19,34.37; cf. Za12,10).

El evangelio de san Juan agrega que de su costado brotó sangre y agua (v. 19,34), y esto sucedió para que los redimidos y congregados en la Iglesia vean en el agua y la sangre que brotaron del costado de Cristo los sacramentos que hacen de la Iglesia[4] pueblo de los bautizados y asamblea eucarística, porque todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para ser un solo cuerpo (cf. 1Cor 12,13). La fe sacramental de la Iglesia, siguiendo las enseñanzas de san Pablo, confiesa que el sagrado rito del bautismo nos identifica con la muerte y resurrección de Cristo: de suerte que «si hemos sido injertados en él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante» (Rm 6,5).

Los santos padres vieron en el agua que brotó del costado del Crucificado el torrente de la regeneración bautismal, igual que vieron en la sangre el vino místico del racimo de uva que madura en los sarmientos de la vid que es Cristo. Una alegoría sostenida por la lectura simbólica de la Escritura, que alcanza también singular belleza en algunos textos patrísticos que ven el Cristo, roca sobre la que se asienta la Iglesia, aquella otra roca de la que brotó el agua en el desierto golpeada por Moisés; y del mismo modo, del cuerpo golpeado del Salvador brotó el agua de bautismal y la bebida de la sangre eucarística, de suerte que todos[5]. Por eso comenta san Juan Crisóstomo que «no accidentalmente brotaron tales arroyos del costado del Señor, sino porque la Iglesia había sido fundada sobre ambos [sacramentos]»[6].

Queridos hermanos sacerdotes, a nosotros no nos está permitido violentar con nuestra rutina y nuestra desidia la realidad santa de los sacramentos, que no podemos determinar a gusto propio, porque son propiedad de Cristo que los ha confiado a la Iglesia; por esto mismo, la ley litúrgica y la ley canónica están puestas al servicio de la identidad sobrenatural de los sacramentos y de su preservación, garantía de la santidad y verdad de los sacramentos. La Iglesia confiesa y protege la verdad y santidad de los sacramentos contra la manipulación y la utilización ideológica de quienes los violentan, para acomodar su comprensión a la cultura dominante, que pretende usarlos a discreción.

Del mismo modo que la ley canónica está en la Iglesia para sostener su identidad apostólica y su unidad. No es la Iglesia la que crea los sacramentos, sino la que los recibe de Cristo y del Espíritu que en ella mora y vivifica el cuerpo eclesial, confirmando y robusteciendo la gracia bautismal mediante la crismación de los bautizados. No es necesario ponderar el simbolismo bíblico de la unción bautismal, porque en ella actúa el mismo Espíritu que ungió a Cristo, de cuya unción son hechos partícipes los que son marcados con el santo crisma. Esta unción sacramental consagra al pueblo sacerdotal de los bautizados, y de manera análoga la unción con los santos óleos deja sentir los efectos de la acción del Espíritu fortaleciendo a los catecúmenos, aliviando a los enfermos y perdonando a los pecadores que han de transitar por la muerte con Cristo a la vida eterna.

Al consagrar hoy en nuevo crisma y bendecir los óleos, deberíamos reparar una vez más en el alcance de las dos tradiciones de la Iglesia, que en Oriente destaca la unidad de la iniciación cristiana y en Occidente «la comunión del bautizado con su obispo, garante y servidor de la unidad de su Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad y, por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos de la Iglesia de Cristo»[7]. Siendo el Obispo quien hace la colación de la Eucaristía, es ministro de la unidad de la Iglesia para la cual se confecciona el sacrificio eucarístico, y es el Obispo quien la manda celebrar a los presbíteros, razón teológica por la cual el nombre del Obispo es mencionado dentro del canon de la Misa.

Nuestras catequesis adolecen de falta, grave a veces, de instrucción mistagógica, de introducción sacramental, responsabilidad primera de los sacerdotes en lo que a ellos compete, auxiliados por los diáconos, los catequistas y los demás colaboradores religiosos y laicos del ministerio sacerdotal.

No hay vida cristiana sin sacramentos y esta verdad fundamental excluye contentarse cada vez más, acosados por la pandemia, con un cristianismo meramente digital. La evangelización no alcanza su objetivo y la meta histórica que Cristo quiso, si no conducidos al evangelizando a los sacramentos. Somos un cuerpo social y sacramental, la Iglesia no es una entelequia, sino un cuerpo articulado y jerárquicamente constituido por Cristo y el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, porque como quiso el concilio, la Iglesia es ecclesia de Trinitate, por lo cual, conforme a la expresión trinitaria de san Cipriano, «aparece como el pueblo unido “por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”»[8]. La encarnación del Verbo de Dios como acontecimiento trinitario nos ha de ayudar a comprender que la unidad de la Iglesia descansa en su misma identidad sacramental, que alcanza en la celebración eucarística su expresión cumbre. No hay Iglesia sin sacramentos, a cuyo servicio Cristo ha instituido el ministerio sacerdotal que garantice su celebración y dé articulación y unidad al cuerpo eclesial del cual el mismo Cristo es la Cabeza.

Que esta celebración sacramental nos ayude a todos a mantenernos en la unidad sacramental de la Iglesia, pero muy en particular a los sacerdotes, ministros de la unidad y comunión eclesial confiada por Cristo al ministerio del Obispo. Que la Virgen Madre de Dios interceda por nosotros porque es madre de la cabeza y lo es, por voluntad de Cristo, de su cuerpo que es la Iglesia.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 31 de marzo de 2021

Miércoles Santo

                                    X Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería


[1] Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium [LG], n. 4.

[2] LG, n. 7a.

[3] LG, n. 7b.

[4] Cf. LG, n. 3.

[5] Orígenes, Homilías sobre el Éxodo 11,2.

[6] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de san Juan 85,3.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1292.

[8] LG, n. 4.

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Fri, 02 Apr 2021 05:39:12 +0000
Homilía del Domingo de Ramos https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62688-homilía-del-domingo-de-ramos.html https://www.odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/62688-homilía-del-domingo-de-ramos.html Homilía del Domingo de Ramos

homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Bendición de ramos: Mc 11,1-10. Misa: Is 50,4-7. Sal 21,17-20.23-24 (R/. «Díos mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Flp 2,6-11. Versículo: «Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte y una muerte de cruz». Mc 14,1-15,47.


Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia dominical de la palabra de Dios, este domingo de Ramos tiene dos partes muy definidas: la proclamación del evangelio durante la celebración de la bendición de ramos, previa a la procesión y las lecturas propias de la santa Misa en la Pasión del Señor. De estas lecturas destaca la crónica de la pasión de Jesús según san Marcos. En este relato destaca la gran pregunta del creyente atento: ¿por qué el Señor tuvo que padecer la pasión y la cruz para salvarnos del dominio del pecado y de la muerte eterna? Los autores sagrados han respondido dando prioridad al hecho conforme con el designio de redención querido por Dios: que Cristo fue a la pasión y a la cruz obediente al designio de Dios. En este sentido, tal parece ser la respuesta de san Pablo en la carta a los Filipenses que hemos escuchado como segunda lectura, cuyo resumen hemos cantado antes de la lectura de la pasión: Cristo, por nosotros, «actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8).
Este abajamiento de Jesús se manifiesta en su aceptación del doloroso camino del siervo del Señor que profetizó Isaías describiendo la pasión de Cristo en una literalidad que asombra, al profetizar el sufrimiento que padece el siervo del Señor al llevar a cabo su misión. La obediencia del siervo se expresa como apertura del oído a la palabra de Dios, aun cuando acoger la palabra que viene de Dios comprometa la propia existencia y la integridad de la vida, porque la confianza puesta en Dios es firme como para estar fundada en el saber propio de la fe, saber que comunica fortaleza para resistir a los agresores. El siervo ofrece la espalda los golpes de sus enemigos, la mejilla a sus bofetadas, sin ocultar el rostro como si de pedernal se tratara a insultos y salivazos (cf. Is 50,6).
El autor de la carta a los Hebreos escribe como quien ha conocido que se ha de confiar en Dios sin temor, porque Dios es de fiar, como se ha manifestado plenamente en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Es la razón por la cual exhorta a los destinatarios de su escrito epistolar a poner fijos los ojos en Jesús, porque Jesús es autor de la fe consumada: «el que inicia y consuma la fe» (Hb 12,2): aquel a quien el cristiano ha de imitar madurando la fe en el camino arduo del seguimiento. La respuesta de Dios a la fe de Jesús es asimismo señalada tanto por san Pablo como por la carta a los Hebreos. El Apóstol en la carta a los Filipenses continúa diciendo que, por haberse humillado, no reteniendo para sí, como si tratara de un botín, ser igual a la divinidad, sino que se despojó de su rango pasando por uno más, y habiendo padecido la pasión, Dios lo elevó sobre todo y le dio el “Nombre-sobre-todo-nombre”, ante el que ha de doblarse toda rodilla y toda lengua proclamar: «Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9-11). Por su parte el autor de la carta a los Hebreos afirma que Jesús, «por haber padecido la pasión y la muerte, lo vemos ahora coronado de gloria y honor, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos» (Hb 2,9).
Con todo, no se comprendería bien el alcance de estas afirmaciones referidas a la obediencia de Jesús al designio del Padre, si no se afirma al mismo tiempo que esta obediencia de la fe consumada del Señor es la respuesta de amor al amor de Dios por el mundo que se revela en la persona y misión de Jesús. Hemos de tener presente cuanto hemos escuchado en el tiempo santo de la Cuaresma sobre el amor misericordioso de Dios, que fue tan grande y desconcertante para con nosotros que llegó a entregar su Hijo, para que todo el que cree no perezca y para que el mundo se salve por él (cf. Jn 3,16-17), como manifiesta en el evangelista al comentar el diálogo Jesús con Nicodemo, quien por temor a los judíos había ido a entrevistarse con Jesús ya de noche. En el evangelio de san Juan, es el propio Jesús quien declara el significado de su entrega a la muerte. Dice Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas… Por eso me ama mi Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente» (Jn 10,10b-11.17-18).
Jesús se entrega en obediencia al Padre, y lo hace en libertad plena como expresión suprema del amor del pastor por sus ovejas, amor al límite por el cual el Padre lo resucitará de entre los muertos y lo sentará a su derecha. La pasión y muerte de Jesús revelan el amor misericordioso de Dios, pero la confirmación del amor del Padre por su Hijo se manifiesta al que cree en la resurrección de Jesús. Resucitando a Jesús de entre los muertos, el Padre manifiesta cuánto ama al Hijo, y manifiesta qué amor tan grande tiene Dios por el mundo que ha consentido la entrega de su propio Hijo unigénito a la muerte por nosotros.
En la lectura de la pasión según san Marcos que hemos escuchado se nos descubre cómo Jesús va hacia su glorificación por Dios pasando por la pasión y la muerte. Jesús anunció su glorificación cuando contestó al sumo sacerdote no sólo que era, en verdad, el “Hijo de Dios bendito”, sino que Dios mismo así lo manifestaría resucitándolo de entre los muertos. Jesús se identificó con la figura del Hijo del hombre que contempló en visión de revelación el profeta Daniel viniendo sobre las nubes del cielo, y recibiendo de Dios poder, honor, reino y dominio sobre todas las naciones y lenguas, un reino nunca pasará (cf. Dn 7,13-14). San Marcos nos ofrece un relato de la pasión que está iluminado por la fe, y su luz poderosa ilumina el sentido del sufrimiento de Jesús y de su muerte en la cruz.
Si nosotros somos de verdad discípulos de Cristo Jesús, tenemos que afrontar con firme esperanza el sufrimiento y con serenidad la muerte. Hemos de tener conciencia de que el dolor de la humanidad, acosada por tantos males, como la dura pandemia de nuestros días, que tanta muerte genera y tanto sufrimiento, pobreza y crisis social, no serán el velo que cubrirá para siempre nuestra vida; muy por el contrario, Dios levantará este velo que cubre a las naciones a su tiempo y el dolor que será definitivamente vencido.
En la Eucaristía proclamamos la muerte y resurrección de Jesús y, al celebrarla, la participación en los dones que el Espíritu Santo santifica y transforma en el cuerpo y la sangre del Señor fortalecerá nuestra fe en el valor redentor del dolor y la muerte de Cristo, a los que asociamos nuestro dolor y la muerte que a todos nos ha de alcanzar. Contamos con el hecho cierto del ejemplo de Cristo, no podemos sucumbir a una cultura de la muerte y de la resignación, porque en Cristo hemos alcanzado ya la victoria.


S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 28 de marzo de 2021


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Sun, 28 Mar 2021 13:38:02 +0000