Ordenación de diáconos permanentes

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes

Lecturas bíblicas: Gn 9,8-15. Sal 24,4-9 (R/. «Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad…»). 1Pe 3,18-22. Versículo antes del Evangelio: Mt 4,4 («No sólo de pan vive el hombre…»). Mc 1,12-15.


Queridos hermanos y hermanas:

En la celebración de este primer domingo de Cuaresma, nos concede el Señor misericordioso poder dispensar el sacramento del Orden a estos hermanos nuestros que voy a ordenar como diáconos de la Iglesia, para su ejercicio permanente. Damos gracias a Dios por este don que hace a nuestra Iglesia. La Iglesia confiere a estos dos varones casados, que gozan del consentimiento de sus esposas y familia, el sacramento del Orden para que colaboren con el ministerio del Obispo y de los presbíteros. No son ordenados para el ejercicio del sacerdocio, como el Obispo y los presbíteros. Los diáconos son ordenados para ejercer el ministerio sacerdotal, sino para el servicio en la Iglesia, ya sea en el ejercicio de la sagrada liturgia y en la vida pastoral, ya en las obras sociales y caritativas de la Iglesia .
En la ordenación del diácono sólo el Obispo ordenante impone las manos, ni siquiera otros obispos presentes en la celebración, y tampoco los presbíteros, a los que comúnmente designamos como sacerdotes. El sacramento del Orden que, al igual que el Obispo y los presbíteros, también reciben los diáconos marca para siempre con un sello o carácter indeleble a quien recibe la ordenación. Como dice la exhortación del ritual que introduce la ordenación, los diáconos participan de manera propia de la misión y gracia de Cristo. Es así porque los diáconos prolongan en el tiempo el ministerio del Cristo como «diácono del Padre» y «servidor» de todos en la Iglesia. Los diáconos forman parte de la jerarquía de la Iglesia, no son sacerdotes a medias, sino que reciben un ministerio con propia identidad y misión. Los diáconos están ya presentes en las Iglesias de la edad apostólica al lado de los obispos y los presbíteros, particularmente unidos al ministerio del Obispo de cada Iglesia particular, al que asiste en la celebración de los sagrados misterios y al que acompaña en la acción pastoral y evangelizadora.
El hecho de que el Señor nos conceda hoy contar dos nuevos diáconos para su ejercicio permanente y estable motiva nuestra acción de gracias al Señor; sobre todo, si tenemos en cuenta que, al auxiliar al Obispo y a los presbíteros, los diáconos contribuyen a complementar el ministerio eclesiástico con su participación en la predicación y en la acción litúrgica y pastoral. Estos hermanos nuestros así lo quieren desempeñar, después de haberse preparado durante unos años, haber concluido su formación académica y eclesiástica, en un proceso de afianzamiento de la vocación y profundización en el sentido y alcance de su misión. Aunque no son ordenados para el ejercicio del ministerio sacerdotal, por la ordenación entran en el cuerpo de clérigos y pasan a ser ministros ordenados y como tales miembros del ministerio eclesiástico.
También nuestros seminaristas candidatos a la ordenación han de recibir en su momento el diaconado, pero aquí está la diferencia: ellos serán diáconos “transeúntes”, es decir, por breve tiempo, como receptores de un ministerio que han de ejercer no de forma permanente, sino hasta que sean ordenados presbíteros y puedan por la ordenación ejercer como sacerdotes. A unos y a los otros los encomiendo a la oración de toda la Iglesia diocesana.
Con estas breves observaciones que nos ayudan a mejor comprender la razón de ser del diaconado permanente en la Iglesia, restaurado por el Vaticano II, nos detenemos ahora en las lecturas de este domingo. Conscientes de que el pasado miércoles de ceniza inaugurábamos el tiempo santo de la Cuaresma, se ha de decir en primer lugar que la Cuaresma es un tiempo que orienta la vida cristiana a los sacramentos pascuales, como recita el primero de los prefacios cuaresmales . En particular, la Cuaresma es un tiempo que mira a los sacramentos de la iniciación cristiana y particularmente el bautismo, tan central en la liturgia de la Vigilia pascual del sábado santo. En este tiempo se preparan los catecúmenos para recibir en la Pascua de Resurrección el bautismo, y en este tiempo los bautizados hemos de tomar conciencia de que cuando fuimos bautizados nos obligamos a cumplir las promesas bautismales y hemos de volver a ellas, haciendo nuestro lo que nuestros padres y padrinos hicieron por nosotros con el propósito de hacer de nosotros cristianos. Esta es la razón por la cual la Cuaresma es un tiempo de gracia como un tiempo sacramental, porque en él nos preparamos para renovar las promesas de nuestro bautismo. La Cuaresma es un tiempo para el discernimiento y el examen de nuestra condición de bautizados, un tiempo en consecuencia penitencial, como pecadores que somos, aunque estemos bautizados. No podemos desarrollar nuestra vida cristiana sin el perdón de Dios y sin su gracia, de ahí la importancia de la oración, el primer medio para suplicar la ayuda de Dios y apartarnos del pecado.
La Cuaresma nos exhorta practicar el ayuno y la abstinencia junto con la oración, para de esta manera afirmar el primado de Dios, que es la razón religiosa que da fundamento al ayuno. No ayunamos meramente por higiene, hoy una actitud recurrente en las sociedades ricas y de bienestar. Ni siquiera por mera solidaridad humanitaria, porque el amor a Dios es el que da una fundamentación religiosa al ayuno solidario, que hoy se practica a veces haciendo olvidar la razón religiosa que sostiene el ayuno y la privación de manjares mediante la abstinencia. Es la motivación religiosa, como dice el papa Francisco, la que nos acerca a una búsqueda de la pobreza evangélica que es expresión de nuestra solidaridad con los necesitados. Así dice el Papa: «El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en él su cumplimiento» . Hemos de vivir la caridad fraterna en su hondura religiosa, como hijos del mismo y único padre, que a todos nos hace hermanos. A diferencia de quienes acumulan riqueza mientras aumenta la pobreza de los desposeídos, el ayuno nos ayuda a descubrir en éstos, en los que nada tienen por la injusticia de los hombres, el rostro de Cristo sufriente que reclama ser alimentado y vestido, cuidado y atendido y, en definitiva, de verdad amado.
La Cuaresma es un tiempo penitencial y, como tal, era en la Iglesia antigua el tiempo en el que los pecadores públicos comenzaban su camino penitencial, un camino que tenían que recorrer como penitentes sin poder participar de los sacramentos, hasta que en una próxima Cuaresma alcanzaran la reconciliación con Dios y regresar a la comunión de la Iglesia.
La lectura del Génesis no presenta hoy la historia de Noe con el que Dios hizo alianza después del diluvio, un pacto prometiendo no volver a destruir la tierra. Es un pacto que comienza jalonando la historia de la salvación, que será seguido por otros pactos de Dios con su pueblo hasta Cristo, en cuya sangre Dios estableció la alianza nueva y eterna, después de haber conducido la historia de amor con su pueblo Israel mediante los pactos de Abrahán, Moisés, Josué, David y finalmente Esdras. Todos estos pactos vienen después de la prevaricación de Israel y del pecado del pueblo, que rompe así la alianza con Dios, que es clemente y compasivo y siempre perdona a su pueblo.
La alianza definitiva llegará con Jesús, el Hijo de Dios, que por su encarnación unió en sí mismo lo humano y lo divino. Verdadero Dios como Hijo de Dios, y verdadero hombre como hijo de María. Es esta condición humana de Jesucristo la que nos es propuesta hoy como ejemplo de fidelidad a Dios en la victoria del Señor sobre el diablo, que acude a tentarle y sale derrotado. En todo igual que nosotros menos en el pecado, el evangelista nos presenta a Jesús «empujado al desierto por el Espíritu» (Mc 1,12), donde «se quedó cuarenta días, dejándose tentar por Satanás» (v. 1,13). Una narración escueta en la que Jesús deja que le tiente Satanás como tienta a todos los seres humanos, manifestando así el evangelista la realidad humana del Señor; y es así que, si no se hubiera dejado tentar no manifestaría su propia condición divina y humana, por eso es presentado por algunos Padres de la antigüedad cristiana como verdadero modelo para el cristiano, aunque haya sido ya bautizado, porque siempre estamos ante la posibilidad real de la tentación. El bautismo cambia nuestra condición, porque siendo pecadores venimos a ser justos, revestidos con la justicia de Cristo, pero pervive en nosotros la inclinación al pecado.
La narración del evangelista san Mateo es más explícita que la de san Marcos, y ofrece una narración que da cuenta de cómo llegó la tentación a Jesús, y la razón de ser del diálogo que el diablo entabla con Jesús para tentarle. Dice el evangelio de san Mateo: «Y después de un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al final sintió hambre» (Mt 4,2). Si el ayuno hacía mella en Jesús, podía tener remedio por ser Hijo de Dios: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3); pero Jesús rechaza la sinuosa propuesta del demonio respondiendo que el hombre no vive sólo de pan, sino de la palabra de Dios (Mt 4,4; cf. Dt 8,3).
El relato de san Marcos dice que Jesús estaba en el desierto entre los animales del campo y que los ángeles que le servían (cf. Mc 1,13). Hay en ello una evocación de la paz del hombre con los animales, salvados del diluvio en el arca de Noé por mandato de Dios. Esta observación del evangelista san Marcos parece evocar el paraíso y la reconciliación final del hombre y de la creación entera con Dios en Jesucristo, en quien Dios ha reconciliado lo humano y lo divino, como afirma san Pablo: «Por tanto el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo; y todo proviene de Dios que nos reconcilio consigo por Cristo (…) Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo…» (2Cor 5,17.19).
En Jesús será pacificada toda la creación como fruto de la redención y la irrupción del tiempo mesiánico, porque él ha venido a traer la paz al mundo que anunciaron los ángeles en su nacimiento (cf. Lc 2,14). Mientras Adán quebró la paz que existía en el paraíso del hombre con los animales, Jesús es el nuevo Adán que vive en paz con los animales del campo y, por su condición divina, es asistido por los ángeles. El evangelista nos transmite una importante enseñanza: Jesús es sostenido por el mundo angélico, por Dios Padre, de cuya naturaleza divina participa como Hijo.
La segunda lectura, un fragmento de la primera carta de san Pedro, presenta la obra redentora de Cristo como trueque o intercambio de destinos: Jesús es el inocente que carga con los pecados de los culpables, que «como era hombre, lo mataron; pero como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida» (1Pe 3,18), pues era el Hijo de Dios que poseía el Espíritu que le unía con el Padre desde toda la eternidad. Murió en la carne, pero fue vivificado en el espíritu.
Cuando Jesús regrese del desierto y comience su vida pública lo hará anunciando la irrupción, la llegada cercana del reino de Dios que pide la conversión. El camino cuaresmal se abre ante nosotros como camino de conversión mediante los medios de vivificación que Dios nos ofrece en este tiempo santo: la oración, el ayuno y la caridad de la limosna. Es un camino de penitencia que exige de nosotros una conversión a Dios en Cristo que nos llevará al gozo pascual, mediante la renovación de las promesas bautismales y la participación en los sacramentos.

[Sigue a continuación algunos párrafos de la exhortación ritual del Obispo]


S. A. I. C. de la Encarnación
21 de febrero de 2021


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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