Homilía del domingo III de Cuaresma

Lecturas bíblicas: Ex 20,1-17. Sal 18,8-11 (R/. «Señor, tú tienes palabras de vida eterna»). 1Cor 1,22.25). Versículo: Jn 3,15 («Gloria y honor a Ti, Señor Jesús»). Jn 2,13-25.

Queridos hermanos y hermanas:


El domingo pasado veíamos en la transfiguración del Señor en el monte la revelación de la divinidad de Jesús a sus discípulos: una manifestación con la que Jesús fortalece la fe de los apóstoles para sean capaces de afrontar la pasión y la muerte del Señor, que ellos no entienden. Este domingo el evangelio de san Juan nos acerca al significado profundo de la purificación del templo que Jesús lleva a cabo, expulsando del templo a vendedores que proveen las víctimas para los sacrificios, que requerían la inmolación de reses mayores y menores.
Los profetas habían anunciado la purificación de Israel para los tiempos mesiánicos. Encontramos este anuncio en diversas versiones de los libros proféticos, como sucede con el mensaje de Isaías llamando a la observancia de la ley y los mandamientos, imposible de separar de los sacrificios cultuales. La llamada del profeta a la purificación del culto no va dirigida contra el culto en sí mismo, sino contra su vaciamiento de contenido, y su purificación reclama fidelidad a los mandamientos de la ley y a la alianza: «No me traigáis inútiles ofrendas, son para mí como incienso execrable. Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien. Buscad la justicia, socorred al oprimido…» (Is16-17a). El profeta realiza una llamada imperativa a la autenticidad del culto, que exige la transformación de la vida mediante el retorno al cumplimiento de los mandamientos, que traerá consigo el perdón de los pecados (Is 1,18-20). También Jeremías llama a escuchar la voz del Señor y cumplir los mandamientos como condición de un culto agradable a Dios (cf. Jr 7,21-23).
El Decálogo que hemos escuchado en la lectura del libro del Éxodo concluye los acontecimientos del Sinaí y su alcance se concreta en los capítulos del Código de la Alianza, que sigue a continuación y recoge la legislación que Israel ha de aplicar para según la mente de Dios. En este decálogo se resume la legislación mosaica, que viene precedida de una promesa que invita a los israelitas como pueblo elegido a la fidelidad al Señor: «Ahora si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra» (Éx 19,5). Su Israel guarda los preceptos del Señor será el pueblo de Dios: «un reino de sacerdotes y una nación santa» (v 19,6).
Cuando Jeremías llama a la purificación del culto, denuncia justamente la violación de la alianza entre Dios y su pueblo, y censura con fuerza el apartamiento de los mandamientos, diciendo de Israel por mandato de Dios: «Esta es la nación que no ha escuchado la voz del Señor su Dios, ni ha querido aprender. Ha perecido la lealtad, ha desaparecido de su boca» (v. 7,28). El eco de esta llamada de los profetas a la purificación del culto resuena en la predicación de Jesús, que invocando la justicia de la ley pide dejar la ofrenda ante el altar, si uno recuerda que su prójimo tiene algo en su contra, para buscar primero la reconciliación con el hermano y, sólo luego, acudir de nuevo a presentar la ofrenda (cf. Mt 5,23).
La purificación del templo que realiza Jesús al expulsar a los mercaderes del templo y volcar las mesas de los cambistas, esparciendo las monedas por el suelo, fue probablemente un gesto de carácter profético, con el que Jesús llamaba a la pureza de la práctica religiosa y condenaba la corrupción que se había instalado en el corazón de la fe judía como era el templo de Jerusalén. Con esta acción profética de Jesús entraba en el templo como había sido profetizado por Malaquías, uniendo la acción purificadora a la autoridad de su palabra. Se trata de una acción que encajaba en la expectativa en la que vivía el pueblo elegido esperando la llegada de los tiempos mesiánicos, una acción que revela que Jesús tiene la autoridad propia del que ha sido enviado por Dios para realizar la purificación prometida para los tiempos mesiánicos. Movido por el «celo de la casa de Dios» (Sal 69,10), Jesús ejecuta el gesto de purificación con el que se va a cerrar para siempre el templo de Jerusalén, para dar paso a un nuevo templo. Malaquías describe el día de la venida del Señor a su templo, «el día del Señor», como día terrible que los hombres no podrán resistir: «Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Pues es como fuego de fundidor y lejía de lavandero» (Ml 3,2). Este pasaje de Malaquías lo hemos escuchado ya en la fiesta de la presentación de Jesús en el templo.
El alcance de la acción purificadora de Jesús fue percibido por los jefes religiosos de Israel, que preguntaron a Jesús por sus credenciales, para que mostrara los signos de su autoridad, pero Jesús responderá, aludiendo a su pasión, muerte y resurrección: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Ni los judíos ni los apóstoles entendieron lo que Jesús decía. Sólo «cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús» (Jn 2,22). Jesús hablaba del templo de su cuerpo, donde Dios reside para siempre, porque en Jesús habita la plenitud de la divinidad, ya que «en él quiso Dios que residiera toda la plenitud» (Col 1,19), porque la humanidad de Cristo es lugar capital de la presencia de Dios, que llena toda la creación, porque Dios ha querido que «todo tenga a Cristo por cabeza» (Ef 1,10). Jesús se manifiesta en su misterio pascual como el lugar de encuentro del hombre con Dios.
Jesús muerto y resucitado es el “signo de Jonás” que Dios ofrece a su pueblo y a la humanidad (cf. Lc 11,29-30). Cristo resucitado vive en su Iglesia, que es su cuerpo (cf. Col 1,18), y por medio del Espíritu en cada uno de sus miembros bautizados en él (cf. Rm 8,19-11) . En la vida de cada cristiano y en la Iglesia como signo de la presencia de Cristo en el mundo es donde él ha querido prolongar la obra redentora y de salvación. Por eso para los cristianos hemos de anunciar a Cristo con palabras y obras, porque sólo en Cristo hay salvación, sin temor a presentara Cristo crucificado como aquel en quien Dios nos ha reconciliado, porque el Señor crucificado es fuerza de Dios y sabiduría de Dios frente al alejamiento de Dios del mundo, que sin él no puede tener vida.
Quiero terminar refiriéndome a la Jornada de Hispanoamérica que este año se celebra con el lema «Con María, unidos en la tribulación». Desde 1959 se viene celebrando esta jornada para apoyar y orar por la colaboración de nuestras diócesis de España con las diócesis de Hispanoamérica. Se cuentan por miles los sacerdotes, religiosos y religiosas y no pocos laicos han partido de España para cooperar en el anuncio del Evangelio en aquellas Iglesias hermanas, muchos han vuelto y otros permanecen. Hoy también nosotros recibimos la ayuda de tantos sacerdotes hispanoamericanos que vienen a apoyar la acción evangelizadora y pastoral en España. En este tiempo difícil de tribulación no sólo a causa de la pandemia, sino también de egoísmos y divisiones, falta de compromiso religioso y de espíritu misionero, es necesario recordar que la Iglesia es por su propia naturaleza misionera, porque así la ha querido Cristo. Apoyemos con nuestra oración a cuantos sacerdotes, religiosos y laicos han empeñado sus vidas en esta obra misionera de cooperación con Hispanoamérica, y pidamos a María, estrella de la evangelización que nos ayude a mantener este empeño de amor fraterno.


S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, 7 de marzo de 2021


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

Panel de Noticias

Videoteca

 

Noticias relacionadas