Domingo IV de Cuaresma

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: 2Cr 36,14-16.19-23. Sal 136,1-6 (R/. «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti»). Ef 2,4-10. Versículo: Jn 3,16 («Gloria y honor a ti, Señor Jesús»). Jn 3,14-21.


Queridos hermanos y hermanas:


Estamos en el Domingo IV de Cuaresma, tradicionalmente conocido como domingo de la alegría (en latín: domingo de “Laetare”), porque la antífona de entrada, que acabamos de cantar, recoge aquel pasaje profético de Isaías que es promesa de alegría por la restauración que Dios realizará de Jerusalén. Jerusalén es contemplada por el profeta como humanidad nueva, humanidad redimida por el Señor. La absoluta novedad de esta humanidad que llegará en los tiempos mesiánicos no es resultado de un proceso, sino creación de Dios como lo fue la primera humanidad creada en Adán: «Mirad: voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra: de las cosas pasadas no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento» (Is 65,17). Dios invita por el profeta a regocijarse por la nueva creación inseparable de la creación de la nueva Jerusalén: «Yo creo Jerusalén “alegría”» (v. 65,18b). En esta nueva creación se habrán superado todas las contradicciones: «El lobo y el cordero pacerán juntos… No harán daño ni estrago por todo mi monte santo —dice el Señor» (Is 65, 25).
En el Nuevo Testamento, el vidente del Apocalipsis describe a Jerusalén como novia que desciende del cielo engalanada para el Esposo que es el Cristo, en una visión en que reconocen cumplidas las palabras proféticas. El cielo nuevo y la tierra nueva prometidos son creación divina y son contemplados por el vidente simbólicamente realizados en la ciudad santa de «Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios» (Ap 21,11).
Esta alegría a la que da cauce el oráculo del profeta es la alegría que acompaña el triunfo de Dios, porque Dios perdona los pecados y cancela el dolor y los sufrimientos de la humanidad pecadora. Lo que fue arrasado por causa del pecado es reconstruido y su proyección llega hasta los confines de la tierra, porque Dios lleva la salvación a todas las naciones, que vendrán a congregarse en Jerusalén. La alegría que acompaña la creación de la nueva Jerusalén alcanzará a todos los pueblos. La profecía de Isaías nos hace evocar la visión de Jerusalén por el salmista que contempla el monte Sión como la cima de las naciones: «Se dirá de Sión: “Uno por uno, todos han nacido en ella… El Señor escribirá en el registro de los pueblos: “Este ha nacido allí” Y cantarán mientras danzan: “Todas mis fuentes están en ti”» (Sal 87/86, 5a.6).
David conquistó Jerusalén y se propuso levantar el templo del Señor, que sólo Dios permitió que lo levantara su hijo Salomón. La degradación moral y la idolatría terminaron por provocar la catástrofe del pueblo elegido que terminaría en el destierro tras la conquista de Jerusalén por Asiria y el destierro de Babilonia, el derribo de sus murallas y la destrucción del templo de Salomón. Lo hemos escuchado en la primera de las lecturas de este domingo: «todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades… y mancharon la Casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén» (2Cr 36,14), y llegó el castigo inexorable, la ruina de la nación, que habría de durar setenta años con la amarga experiencia del destierro. Lo enemigos incendiaron Jerusalén, destruyeron el templo y derribaron las murallas de la ciudad, y la gloria del Señor abandonó la morada del templo hasta su restauración. La reconstrucción sólo comenzará con el retorno gracias al edicto de Ciro, rey de los persas, conquistador de los pueblos asirio y babilonio, que habían llevado a Israel a la cautividad. El libro de las Crónicas dice que Ciro no sólo devolvería a los judíos a su tierra, sino que se siente comisionado por Dios para que se le construya un templo en Jerusalén. Si el profeta Isaías había criticado con dureza el culto vacío que había de conducir a los israelitas al destierro, ahora el Señor amparaba la restauración de un culto purificado exhortando a la reconstrucción del templo.
El domingo pasado veíamos la purificación del templo por Jesús, expulsando a los mercaderes que negociaban en el templo y volcando las mesas de los cambistas. El gesto profético de Jesús expulsando a los vendedores y cambistas del templo apuntaba a una doble orientación: por un lado, la purificación era proféticamente un anuncio de la sustitución del templo de la alianza antigua por un templo nuevo y distinto: el cuerpo, la humanidad de Jesucristo como lugar donde Dios mora; y por otro lado, la llamada a ver en la inminente entrega de Jesús a la muerte, por él anunciada, el mayor signo del amor de Dios perdonando por su sacrificio los pecados del pueblo que no podían perdonar los sacrificios de la antigua ley. La obra redentora de Cristo purifica con su sangre la humanidad que es recreada por Dios y hecha nueva por el perdón de los pecados.
El evangelio nos muestra como por la entrega del Hijo de Dios al mundo se manifiesta el amor de Dios a los hombres, que san Pablo asegura están camino de la resurrección, si permanecen en Cristo y viven la vida nueva de quienes han sido salvados por pura gracia de Dios. San Pablo se expresa así en la carta a los Efesios, que contempla a la humanidad como humanidad creada en Cristo Jesús, y en él también redimida y salvada. La carta da cuenta de cómo Dios ha llevado a cabo la obra de la regeneración de los pecadores en Cristo: «Dios rico en misericordia, por el amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo… nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado con él en el cielo…Y esto no viene de vosotros: es un don de Dios» (Ef 2,4-6.9). Es el don de la nueva creación que se consumará con la resurrección de la carne, como dice la carta a los Efesios: El Señor que nos ha redimido y por su gracia nos ha salvado, es él quien «nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado con él en el cielo» (v. 2,6). En Cristo resucitado Dios ha realizado la nueva creación. Nuestra suerte está echada al resucitar a Cristo de entre los muertos y sentarlo a su derecha en el cielo.
El Apocalipsis simboliza en la nueva Jerusalén, la humanidad redimida y salvada por el misterio pascual de Cristo, por su muerte y resurrección, cuya celebración es la meta de la Pascua. Esta humanidad nueva ella misma es templo y morada de Dios, porque ya no necesitarán más del templo ni de la otra luz que no sea la que irradia el Cordero inmaculado que nos ha redimido. Este Cordero inmolado, que tiene las señales de haber sido sacrificado, es contemplado como la lámpara que ilumina a las naciones; de suerte que «la ciudad ya no necesita ni de sol ni de luna que la alumbre, pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero» (Ap 21,23). Es el motivo profundo de la alegría a la que nos invita este “domingo de la alegría”, que suaviza así la dureza de la conversión y las obras de penitencia que contribuyen a disciplinar la vida del cristiano, para que sea una vida verdaderamente vivida en Cristo Jesús.
La Cuaresma nos ha de ayudar a dejarnos iluminar por la luz de Cristo, conscientes de que resistir a la luz es preferencia por las tinieblas, opción de cuantos son malos de mente y corazón, de cuantos detestan la luz porque la luz deja ver que las obras que realizan son malas. La fe en Cristo nos salva y se traduce en obras de luz, en obras hecha conforme a la mente y la voluntad de Dios, fruto de una verdadera conversión a la palabra de Dios y de un seguimiento constante y renovado de los mandamientos. Hemos de prolongar durante la semana la meditación de la palabra de Dios que la Cuaresma va desgranando para nuestra salvación. Si acogemos la palabra de vida que llega a nosotros en Cristo, nos veremos vivificados en el espíritu y no sucumbiremos al espíritu del mundo. Nos sostiene en nuestra lucha contra el pecado la acción constante del Espíritu Santo en nosotros que nos atrae a Cristo, que se nos ofrece como alimento de vida eterna, pues fue entregado por nosotros para que tengamos vida. El hombre ha de vivir de la palabra de Dios, y esa palabra de vida se hace para nosotros eucaristía.


S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 14 de marzo de 2021


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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