Responder a la llamada de Jesús, un reto para los jóvenes

Carta del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Queridos seminaristas y jóvenes, queridos diocesanos:


Quisiera hacer unas reflexiones en voz alta sobre el estado en que nos encontramos a la hora de evaluar la acción vocacional que llevamos a cabo en la diócesis, en unas circunstancias ahora más difíciles debido al estado de pandemia que padecemos. Por esto, comienzo estas líneas aludiendo al hecho bien contundente de cómo el estado de pandemia ha impedido las actividades propias de la campaña del Seminario en 2020 y ya ha afectado de hecho a la nueva campaña que tenemos proyectada en torno a la fiesta de San José. Ante esta situación el Santo Padre cambió el año pasado la tradicional jornada del Seminario, con la esperanza puesta en que la pandemia que arreciaba en marzo pasado hubiera cesado para el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada. Desde entonces hemos padecido la segunda y tercera ola de esta dura enfermedad, y llega de nuevo la fiesta de San José, tradicional día del Seminario en las diócesis españolas, viendo que tenemos que sortear de nuevo la situación de pandemia que no ha cesado. Nuestros movimientos siguen estando limitados por el contagio del virus.
En este año que hemos vivido acosados por el coronavirus, los formadores del Seminario han echado mano de algunas sesiones de videoconferencia para convocar los tradicionales encuentros con los adolescentes y jóvenes que cultivan su vocación en las parroquias, encuentros que este año han sido virtuales incluyendo una hermosa jornada de oración por las vocaciones.
Aun así, valorando positivamente lo conseguido, no es lo mismo movernos en el terreno de lo virtual que encontrarnos personalmente unos con otros, conversar e interactuar, marchar juntos, pararnos y debatir, rezar unidos y adorar el misterio de la presencia del Señor en la custodia. Nuestros seminaristas con el liderazgo de los formadores vienen encontrándose todos los años con los párrocos y los grupos parroquiales de discernimiento y oración de carácter vocacional; y también, visitando los colegios católicos y algunas clases de Religión, para encontrarse con los niños, los adolescentes y los jóvenes que se interesan por la propuesta que no cesamos de hacer a todos ellos. Las preguntas que planteamos a los chavales y a jóvenes tienen el propósito de abrirles a la llamada de Jesús a seguirle para colaborar con él en la salvación del mundo. Les planteamos preguntas así: ¿Te has planteado si también a ti te llama Jesús para trabajar con él en el anuncio del Evangelio? ¿Te gustaría hacer presente a Jesús en la comunidad parroquial y allí donde vayas como sacerdote? Luego les aclaramos que según la palabra del mismo Jesús: quien ha sido llamado para estar con él y actuar en su nombre se encuentra en la situación de quien ha sido llamado no para cualquier cometido apostólico, sino para representar a Jesús mismo en persona. Por medio de la palabra y la acción del llamado para colaborar con él en el ministerio pastoral, es Jesús mismo quien sale al encuentro de cada persona, lo que ocurre gracias a que quien ha sido llamado ha respondido a Jesús que sí, que quiere vivir para amarle y marcharse con él a anunciar el reino de Dios. Responder que sí a Jesús es entrar en el grupo de los amigos más íntimos del Señor y ayudarle a dar a conocer a Dios Padre, anunciar su amor y misericordia por todos los seres humanos y llevar a cuantos reciben el anuncio del Evangelio a la comunión de la Iglesia, donde Jesús está permanentemente presente para seguir salvando a cuantos acuden a él.
A los jóvenes, pues, les acabamos planteando si les gustaría celebrar la Eucaristía para que, por su palabra, que se convierte en la palabra de Jesús, el pan y el vino sean el Cuerpo y la Sangre de nuestro Salvador, que dan la vida divina a quienes los reciben. Preguntamos a los muchachos con capacidad de comprenderlo, si les gustaría llevar la alegría del perdón de Dios a quien se arrepienten de sus pecados y necesita hallar la paz de la conciencia, y están dispuestos a intentar comenzar de nuevo y con ilusión de cambiar su vida; o mejor, dejar a Dios que les cambie la vida. También, sin esquivar la gravedad de lo que se pregunta, si están dispuestos a ver en los enfermos el rostro de Jesús sufriente, y quieren llevar a los ancianos y a las personas impedidas el consuelo de recibir a Jesús en la sagrada Comunión, acompañar a los más pobres y necesitados y, siempre y en todo momento, estar al frente de la comunidad cristiana con el corazón lleno de caridad pastoral.
Los chavales y los jóvenes de primera juventud lo entienden todo bien y saben lo fascinante que es aventurarse por este camino de discipulado, de seguimiento estrecho de del único Buen Pastor. Para seguir a Jesús, algo que los jóvenes perciben pronto es que han de vencer la natural inclinación a no dejar las cosas que tejen la vida de todo el mundo, y ser apartados en cierta medida del común de los compañeros y amigos que tienen. Lo perciben bien y sienten que eso cuesta mucho hacerlo, porque siempre cuesta dejar la ilusión ser un día el profesional que a uno le gustaría ser, encontrar con quién compartir en el matrimonio el amor y la vida, y no renunciar a fundar una familia. Son las grandes cosas de la vida que a quien está naciendo a la maduración de la juventud adulta le llenan la mente y el corazón, cosas a las que hay que añadir la aspiración a ganar dinero y tener un día el bienestar al que un joven puede aspirar, sobre todo si piensa en tener una familia.
Es verdad, son aspiraciones fundamentales para cualquier joven serio y alejado de la marginación en que la falta de trabajo coloca a multitud de jóvenes, tentados por mil escapismos o la droga y la pornografía, atrapados en las redes sociales y la desconfianza ante una sociedad que no resuelve con generosidad el estado de los jóvenes sin salida.
Hay además otras cosas que el seguimiento de Jesús pide a un joven que siente la llamada vocacional: como renunciar a la libertad de hacer lo que uno quiera en cada momento, dar marcha atrás si le parece que se ha equivocado en lo que está haciendo, algo con lo que el que cree tener vocación y muchas dudas no deja de considerar desalentador. Se pregunta en búsqueda de respuesta: ¿no podría mantener esta libertad sin otra disciplina que el placer, el deseo o la voluntad de hacer o dejar de hacer según los gustos propios y las compensaciones inmediatas? ¿Por qué la vocación me pide tanto como poner a disposición de Jesús todo lo que uno es y tiene, entregándole el corazón y renunciando a otro amor que no sea el de Jesús que le llama y le pide su entera persona?
Renunciar asusta a cualquier joven, hoy inclinado a lo fragmentario y líquido, no dispuesto a entrar por un camino sin retorno; contrario a elegir cerrándose en la elección otras posibilidades, atándose a lo que ahora ha elegido sin sentir que ha perdido la libertad de mañana por haberlo hecho para siempre. ¿Acaso no son conciliables unas y otras cosas con la vocación? ¿Es que el joven llamado a seguir a Jesús tiene que sacrificar incluso los gustos hasta en el porte externo, las aficiones y los espacios lúdicos que cada cual puede tener?
Claro que pueden ser conciliables muchas cosas, pero otras no lo son. Hay situaciones personales en las que muchas de las cosas aludidas, a las que en principio un muchacho tiene que saber prescindir de ellas cuando elige el seguimiento de Jesús. Es cierto que pueden ser medios de evangelización, porque el anuncio del Evangelio y el liderazgo en la Iglesia se potencian muchas veces según los dones naturales de cada cual y hasta por sus gustos y habilidades, pero éstos pueden ser asimismo obstáculos al ejercicio del ministerio pastoral, espacios personales que impiden que los demás puedan llegar al Señor. El amor a Jesús que se exige al que tiene vocación o es radicalmente entero don de sí mismo, o bloquea el acceso que él tiene que abrir a los demás para que lleguen a Jesús.
La palabra de Jesús es inquietante y desestabilizadora: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí… El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,37.39). Sí, la palabra de Jesús entristeció al joven rico que buscaba saber qué le faltaba, después de haber cumplido los mandamientos desde su infancia, cuando Jesús le respondió. «Una cosa te falta: vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» (Mc 10,21). No podemos ocultárselo a los muchachos cuya vocación cultivamos y deseamos se fortalezca con el tiempo, y madure después en el Seminario hasta llegar a la meta.
Con esto no hemos ver todo en la perspectiva de la renuncia, porque los jóvenes son generosos y capaces de riesgo y su esperanzadora proyección al futuro les hace idóneos para el seguimiento del Señor. Por eso, nuestro deseo es que esta pandemia cese pronto, para que el equipo responsable de las vocaciones sacerdotales pueda verse con los grupos de muchachos de las parroquias que están en contacto con los seminaristas. Entre ellos, los hay que forman parte de los grupos vocacionales y otros ya han dado los primeros pasos para entrar en el Seminario como “pre-seminaristas” o seminaristas menores externos, que tantean los signos vocacionales que tienen, clarificando con ello su conciencia. Estos últimos tienen su programa de encuentros y convivencias en el mismo edificio del Seminario Menor, donde comienzan su discernimiento y formación. Distinto es el caso de los jóvenes que dejan su trabajo o sus estudios ya iniciados en la Universidad y entrar en el Seminario para cursar en el «Centro de Estudios Eclesiásticos» Filosofía y Teología, y comenzar la marcha hacia el fortalecimiento de la vocación y su preparación humana y espiritual, intelectual y pastoral como candidatos a las sagradas Órdenes. Para estos últimos se ha introducido un curso introductorio, adaptable a su situación personal.
Son, pues, situaciones diversas y todas ellas contempladas con cuidado, para que la llamada de Dios a seguir el camino del ministerio pastoral con Jesús al servicio de la comunidad eclesial y la evangelización de nuestra sociedad. Jóvenes en situaciones distintas tienen cabida siempre en nuestro Seminario, si reúnen los signos y las características que pide la vocación al ministerio pastoral de la Iglesia.
Ahora, cuando se cumplen los ciento cincuenta años de la declaración de san José como Patrón y Protector de la Iglesia le pedimos que proteja las vocaciones de nuestros días, pues a él se las confía la Iglesia, la familia de los hijos de Dios. Le pedimos a san José, esposo de la Virgen María, que interceda con ella por las vocaciones, porque él fue elegido por Dios para ser custodio fiel de la Sagrada Familia, en la que Jesús creció en sabiduría y en gracia para llevar a cabo la misión que el Padre le había confiado.

Quiera el Señor acompañar el camino de nuestros seminaristas hacia la meta del ministerio sacerdotal, y abrir el corazón de los muchachos y jóvenes a la llamada de Jesús para que podamos acogerlos como nuevos seminaristas.

Os bendice de corazón


Almería, 19 de marzo de 2021
Solemnidad de San José

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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