Homilía del Domingo de Ramos

homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Bendición de ramos: Mc 11,1-10. Misa: Is 50,4-7. Sal 21,17-20.23-24 (R/. «Díos mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Flp 2,6-11. Versículo: «Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte y una muerte de cruz». Mc 14,1-15,47.


Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia dominical de la palabra de Dios, este domingo de Ramos tiene dos partes muy definidas: la proclamación del evangelio durante la celebración de la bendición de ramos, previa a la procesión y las lecturas propias de la santa Misa en la Pasión del Señor. De estas lecturas destaca la crónica de la pasión de Jesús según san Marcos. En este relato destaca la gran pregunta del creyente atento: ¿por qué el Señor tuvo que padecer la pasión y la cruz para salvarnos del dominio del pecado y de la muerte eterna? Los autores sagrados han respondido dando prioridad al hecho conforme con el designio de redención querido por Dios: que Cristo fue a la pasión y a la cruz obediente al designio de Dios. En este sentido, tal parece ser la respuesta de san Pablo en la carta a los Filipenses que hemos escuchado como segunda lectura, cuyo resumen hemos cantado antes de la lectura de la pasión: Cristo, por nosotros, «actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8).
Este abajamiento de Jesús se manifiesta en su aceptación del doloroso camino del siervo del Señor que profetizó Isaías describiendo la pasión de Cristo en una literalidad que asombra, al profetizar el sufrimiento que padece el siervo del Señor al llevar a cabo su misión. La obediencia del siervo se expresa como apertura del oído a la palabra de Dios, aun cuando acoger la palabra que viene de Dios comprometa la propia existencia y la integridad de la vida, porque la confianza puesta en Dios es firme como para estar fundada en el saber propio de la fe, saber que comunica fortaleza para resistir a los agresores. El siervo ofrece la espalda los golpes de sus enemigos, la mejilla a sus bofetadas, sin ocultar el rostro como si de pedernal se tratara a insultos y salivazos (cf. Is 50,6).
El autor de la carta a los Hebreos escribe como quien ha conocido que se ha de confiar en Dios sin temor, porque Dios es de fiar, como se ha manifestado plenamente en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Es la razón por la cual exhorta a los destinatarios de su escrito epistolar a poner fijos los ojos en Jesús, porque Jesús es autor de la fe consumada: «el que inicia y consuma la fe» (Hb 12,2): aquel a quien el cristiano ha de imitar madurando la fe en el camino arduo del seguimiento. La respuesta de Dios a la fe de Jesús es asimismo señalada tanto por san Pablo como por la carta a los Hebreos. El Apóstol en la carta a los Filipenses continúa diciendo que, por haberse humillado, no reteniendo para sí, como si tratara de un botín, ser igual a la divinidad, sino que se despojó de su rango pasando por uno más, y habiendo padecido la pasión, Dios lo elevó sobre todo y le dio el “Nombre-sobre-todo-nombre”, ante el que ha de doblarse toda rodilla y toda lengua proclamar: «Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9-11). Por su parte el autor de la carta a los Hebreos afirma que Jesús, «por haber padecido la pasión y la muerte, lo vemos ahora coronado de gloria y honor, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos» (Hb 2,9).
Con todo, no se comprendería bien el alcance de estas afirmaciones referidas a la obediencia de Jesús al designio del Padre, si no se afirma al mismo tiempo que esta obediencia de la fe consumada del Señor es la respuesta de amor al amor de Dios por el mundo que se revela en la persona y misión de Jesús. Hemos de tener presente cuanto hemos escuchado en el tiempo santo de la Cuaresma sobre el amor misericordioso de Dios, que fue tan grande y desconcertante para con nosotros que llegó a entregar su Hijo, para que todo el que cree no perezca y para que el mundo se salve por él (cf. Jn 3,16-17), como manifiesta en el evangelista al comentar el diálogo Jesús con Nicodemo, quien por temor a los judíos había ido a entrevistarse con Jesús ya de noche. En el evangelio de san Juan, es el propio Jesús quien declara el significado de su entrega a la muerte. Dice Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas… Por eso me ama mi Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente» (Jn 10,10b-11.17-18).
Jesús se entrega en obediencia al Padre, y lo hace en libertad plena como expresión suprema del amor del pastor por sus ovejas, amor al límite por el cual el Padre lo resucitará de entre los muertos y lo sentará a su derecha. La pasión y muerte de Jesús revelan el amor misericordioso de Dios, pero la confirmación del amor del Padre por su Hijo se manifiesta al que cree en la resurrección de Jesús. Resucitando a Jesús de entre los muertos, el Padre manifiesta cuánto ama al Hijo, y manifiesta qué amor tan grande tiene Dios por el mundo que ha consentido la entrega de su propio Hijo unigénito a la muerte por nosotros.
En la lectura de la pasión según san Marcos que hemos escuchado se nos descubre cómo Jesús va hacia su glorificación por Dios pasando por la pasión y la muerte. Jesús anunció su glorificación cuando contestó al sumo sacerdote no sólo que era, en verdad, el “Hijo de Dios bendito”, sino que Dios mismo así lo manifestaría resucitándolo de entre los muertos. Jesús se identificó con la figura del Hijo del hombre que contempló en visión de revelación el profeta Daniel viniendo sobre las nubes del cielo, y recibiendo de Dios poder, honor, reino y dominio sobre todas las naciones y lenguas, un reino nunca pasará (cf. Dn 7,13-14). San Marcos nos ofrece un relato de la pasión que está iluminado por la fe, y su luz poderosa ilumina el sentido del sufrimiento de Jesús y de su muerte en la cruz.
Si nosotros somos de verdad discípulos de Cristo Jesús, tenemos que afrontar con firme esperanza el sufrimiento y con serenidad la muerte. Hemos de tener conciencia de que el dolor de la humanidad, acosada por tantos males, como la dura pandemia de nuestros días, que tanta muerte genera y tanto sufrimiento, pobreza y crisis social, no serán el velo que cubrirá para siempre nuestra vida; muy por el contrario, Dios levantará este velo que cubre a las naciones a su tiempo y el dolor que será definitivamente vencido.
En la Eucaristía proclamamos la muerte y resurrección de Jesús y, al celebrarla, la participación en los dones que el Espíritu Santo santifica y transforma en el cuerpo y la sangre del Señor fortalecerá nuestra fe en el valor redentor del dolor y la muerte de Cristo, a los que asociamos nuestro dolor y la muerte que a todos nos ha de alcanzar. Contamos con el hecho cierto del ejemplo de Cristo, no podemos sucumbir a una cultura de la muerte y de la resignación, porque en Cristo hemos alcanzado ya la victoria.


S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 28 de marzo de 2021


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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