Homilía de la conmemoración de la muerte del Señor

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Is 52,13-53,12. Sal 30, 2 y 6.12-13.15-17.25 (R/. «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu»). Hb 4,14-16; 5,7-9. Versículo: Flp 2,8-9 («Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte…»). Jn 18,1-19.42.


Queridos hermanos y hermanas:


La conmemoración de la muerte del Señor llena de conmoción y humilde recogimiento al pueblo fiel. La cruz del Redentor del mundo va a quedar vacía para convertirse en signo de su victoria, una vez que se cierre la sepultura apresurada del Crucificado. Exhausto, sin fuerzas Jesús ha llegado a hasta el final y ha podido exclamar exánime: «Está cumplido», antes de inclinar la cabeza y entregar el espíritu (cf. Jn 19,30). Su sepultura sería del todo precipitada, según la crónica evangélica de san Juan, porque aquella tarde era la de “Preparación” o “parasceve” para la celebración de la pascua judía, y urgía sepultar el cadáver de Jesús. José de Arimatea, discípulo clandestino de Jesús y hombre significado socialmente como senador y miembro del sanedrín judío, hizo algo inusitado pidiendo autorización a Pilato para llevarse el cadáver del Maestro y, con la colaboración de Nicodemo, amigo de Jesús, que compró cien libras de aromas, una mixtura de mirra y áloe para ungir el cuerpo, el Señor fue depositado en un sepulcro nuevo, en el huerto que había junto a las canteras del Calvario donde le habían crucificado, sellaron la entrada del sepulcro y se fueron porque el sábado se les echaba encima.
Cerrado el sepulcro volvemos hoy nuestros ojos a la cruz, patíbulo del Redentor y signo de su victoria, para esperar la resurrección sumidos en la meditación de lo ocurrido y en su sentido trascendente. La tortura aplicada a Jesús nos conmueve y nos preguntamos por su sentido. ¿Por qué hubo de subir Jesús a la cruz y ser colgado del madero destinado a los criminales y malditos? Isaías había profetizado los sufrimientos del siervo del Señor, describiéndolos de forma tan detallada que es imposible no ver en el enigma del siervo de Dios, de su persona herida y cruelmente maltratada por los hombres la imagen viva de Cristo Jesús: «porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano; así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito» (Is 52,14-15).
¿Cuál es el sentido de esta violencia cruel ejercida sobre el siervo de Dios? Isaías responde que el siervo fue «traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53,5). Sufrió nuestro merecido castigo en lugar nuestro y su muerte es una muerte vicaria, padecida en lugar de los pecadores. Jesús fue sometido a la tortura y maltratado por nuestra causa, «molido por nuestras culpas…herido por los pecados de mi pueblo» (v. 53,5.8).
Esta visión de la pasión y muerte de Cristo interpela nuestra conciencia de pecadores y ha de suscitar en nosotros un profundo arrepentimiento y anhelo de una vida nueva, al tiempo que un hondo agradecimiento a la misericordia y justicia de Dios. La pasión del Señor cambia nuestro corazón de piedra en corazón de carne, como profetizó Jeremías exhortando a ver en este cambio el resultado de la intervención divina en nosotros, la obra del Espíritu en el interior del hombre, para trasladarle del dominio del viejo Adán al reino del Hijo amado de Dios, porque con su pasión Jesús se ha presentado ante Dios para que nosotros podamos acudir al trono de la gracia (cf. Hb 4,16).
Jesús ha ejercido en su inmolación cruenta sobre el altar de la cruz, al tiempo de que victima perfecta, pues fue «como cordero llevado al matadero» (Is 53,7), también como “sumo sacerdote de los bienes futuros”, entrando en el santuario del cielo por su muerte y resurrección, llevando consigo «no la sangre de machos cabríos, ni de novillos, sino su propia sangre, consiguiendo nuestra liberación definitiva» (Hb 9,11-12). Es así —dice san Pedro— como «habéis sido rescatados… no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto ni mancha, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros» (1Pe 1,18-20).
Cargado con todas las miserias y pecados de los hombres, habiendo padecido la pasión y la muerte por nuestra causa, Jesús entró en los cielos como «gran sumo sacerdote capaz de compadecerse de todas nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4,15). Tal es el fin último de la cruz y muerte de Cristo: nuestro rescate y redención, nuestra liberación del pecado, origen de todo mal y de la muerte eterna. Murió, para que no muramos nosotros para siempre, y para ello tuvo una humanidad como la nuestra, un cuerpo y un alma como nosotros, que le hizo receptor de gozos y sufrimientos, capaz de padecer. Avanzando más en la razón última del sufrimiento y muerte del Señor, llegamos al amor con que Dios nos ha amado como causa y razón que explica la muerte redentora de Jesucristo nuestro Señor.
Nuestro pensamiento se llena en sentida meditación con los grandes sufrimientos del mundo: el dolor y padecimientos de los que cargan con las pesadas cruces de la pobreza y la enfermedad, el dolor y sufrimiento de las víctimas del crimen y del terror, el sometimiento de quienes ven sojuzgada su libertad y se ven convertidos en mercancía de utilidad y placer de los que manipulan, venden y compran la vida humana, la impotencia y el dolor de cuantos ven reprimidos sus sentimientos religiosos, los perseguidos por causa del nombre de Cristo y las heridas infligidas por el desamor y el desprecio, la calumnia y la mentira presentadas como verdad de los fuertes y de cuantos conculcan los derechos de los seres humanos. En el origen de estas lacras que manchan la humanidad está el pecado, derrotado y vencido en la cruz del Crucificado Señor de la gloria, al que esta tarde elevamos el cantico de alabanza prolongando los ecos de las laudes matutinas de este viernes santo, porque Jesucristo nos amó y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre podemos recitar con hondo agradecimiento al que nos arrancó de la muerte:


«Tu cruz adoramos, Señor,
y tu santa resurrección alabamos y glorificamos;
por el madero ha venido la alegría al mundo entero».


S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 2 de abril de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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