Granada Oficina de Información de los Obispos del Sur de España https://www.odisur.es Sat, 08 May 2021 01:31:23 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es “Un nuevo sacerdote es un don para la Iglesia y para el mundo entero” https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63252-“un-nuevo-sacerdote-es-un-don-para-la-iglesia-y-para-el-mundo-entero”.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63252-“un-nuevo-sacerdote-es-un-don-para-la-iglesia-y-para-el-mundo-entero”.html “Un nuevo sacerdote es un don para la Iglesia y para el mundo entero”

Homilía en la Eucaristía de Ordenación Sacerdotal de dos nuevos presbíteros, del Seminario “San Cecilio, en el Domingo del Buen Pastor y IV Domingo de Pascua, el 25 de abril de 2021.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa muy amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios, al que todos pertenecemos y nos gloriamos de ser miembros;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

saludo especialmente a los Rectores de los seminarios, pero a todos los que han contribuido también a vuestra formación;

queridos Francisco y Jaime, o Jaime y Francisco;

familiares, padres especialmente, hermanos y amigos todos:


“Yo soy el Buen Pastor”, dice el Señor. Decir que es el Buen Pastor es decir que Él cuida de Su pueblo. Hace verdad las palabras del Salmo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Cuando Jesús dice “Yo soy el Buen Pastor”, está poniéndose en el lugar del Señor; está dando por supuesto su permanencia en el tiempo. También hace verdad la promesa con la que acaba el Evangelio de San Mateo: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Nos han tocado vivir tiempos difíciles, complejos, en cierto sentido muy novedosos. Extraños, convulsos. Probablemente, han sido así casi todos los tiempos, excepto pequeños periodos de una cierta tranquilidad, siempre sometida a prueba, siempre frágil. Pero justo en estos tiempos es más importante el recordar que Jesucristo es “el mismo, ayer, hoy y siempre”. Justo en estos momentos es más importante recordar que el Señor es un pastor fiel que da la vida por los suyos, que ama a su Esposa de tal manera que se entrega por ella para que ella viva y pueda vivir contenta, alegre, feliz, descansando en ese amor fiel que no la abandona jamás.

Y es a la luz de esas afirmaciones de Cristo, es a la luz de ese Hecho que ha marcado indeleblemente la historia humana y que permanece vivo, a la luz a la que se entiende todo el ministerio sacerdotal en el seno de la Iglesia, la sucesión apostólica, el presbiterado y el diaconado, vuestra Ordenación de hoy.

La gente nos felicita hoy, porque es el día del Buen Pastor. Somos pastores en pequeñito, somos zagales, somos elegidos para colaborar en la misión del Buen Pastor, que se sabe pastor porque da la vida por sus ovejas. Que es Señor, porque no tuvo digno de ser retenido el ser igual a Dios, sino que se despojó a Sí mismo de su rango, tomó la condición de esclavo, sometido hasta la muerte y una muerte de cruz, y gracias a eso es Señor de la Creación, Señor de todas las cosas. Y ha dejado sembrado en la Creación Su Espíritu, para que Su Espíritu nos vivifique y nos permita, a los hombres mortales, vivir como hijos de Dios.

Pero a vosotros os ha llamado el Señor con una llamada especial, singular. Él quiere como apropiarse de vuestra humanidad. Os ha puesto en el corazón ese deseo y que ha sido verificado y purificado a lo largo del camino formativo de estos años, de poder actuar en medio de la Iglesia y en medio del mundo “in persona Christi”, incorporando en vuestra humanidad singular, única, con vuestro temperamento, vuestra forma de ser, vuestra historia, vuestras cualidades y vuestros límites, pero con todo lo que sois, encarnar a Cristo en medio de la Iglesia y en medio del mundo.

Algunas de las cosas que el ser humano más necesita, no los cristianos, sino todos, aunque sólo quien tiene fe se da cuenta de ello, es el perdón de los pecados y es el alimentarse con el Cuerpo de Cristo. El Señor lo ha puesto en los manos del ministerio apostólico del que vosotros, a partir de la Ordenación de hoy, vais a participar.

Yo sé que el concepto de Sacramento es un concepto muy extraño para el hombre contemporáneo. Nosotros vemos en las cosas y casi en las personas, simplemente instrumentos de explotación, de negocio, de satisfacer intereses de un tipo o de otro. Y el concepto de Sacramento es totalmente ajeno a ese planteamiento y a esa perspectiva. Es una realidad pequeña, contingente, humana, creada. A veces muy pequeña, en la cual está presente Dios.

Fijaros que eso ya sucede en la Creación, aunque lo hayamos olvidado también los cristianos. Dios está en todas las cosas. En la realidad más pequeña está Dios. Sólo en el pecado y el mal no está. Pero todo aquello que existe, desde las piedras hasta las estrellas, las montañas, las nubes, el agua, los animales, el ser humano ya con una dignidad especial que lo eleva por encima de todas las demás criaturas y le hace partícipe, de algún modo, de la vida divina. “Todo ha sido creado por Él y para Él, y todo tiene en Él su consistencia”, pero el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y tenemos un anhelo de plenitud y de felicidad que nos está constantemente haciendo tender hacia Dios, haciendo tender hacia aquello donde nosotros concebimos que pueda estar el bien, la belleza, la verdad. Dios, en definitiva.

El Señor os ha llamado y ha hecho nacer en vuestro corazón el deseo de ser asumidos por Él de una manera especial. Yo decía que el concepto de Sacramento es un concepto muy extraño al hombre moderno, aunque sin él no se entiende nada de la Creación ni de la vida humana. (…) Y en la Iglesia están los Sacramentos que son todo realidades: el agua, el pan y el vino de la Eucaristía, una palabra que afirma en el nombre de Jesucristo vivo y resucitado y pastor de la Iglesia, que tus pecados han sido perdonados y que te puedes ir en paz, con un amor infinito, que se hace presente en los Sacramentos de la Iglesia, porque todos ellos son signos eficaces del amor de Dios. La Iglesia misma es un signo eficaz del amor de Dios.

En los sacramentos, hay un Sacramento que es personal, o sea, donde la materia pequeña del sacramento no es pan, no es vino, no es agua, no son unas palabras, son unas personas. Y ese Sacramento es el Orden Sacerdotal. Frágiles, débiles, pequeños, pobres, pero escogidos por el Señor para imprimir en vosotros su imagen de una manera tan singular que seáis como una representación viva de Cristo. Lo sois ciertamente cuando perdonáis los pecados. Lo sois cuando confeccionáis la Eucaristía y Cristo viene a nosotros en nuestro altar y se nos da como alimento. Que es eso el centro de la vida de la Iglesia. Esa venida de Cristo a la celebración de la Eucaristía, a entregarse de nuevo, misteriosamente, por la vida del mundo. Y vosotros vais a decir esas palabras que Jesús dijo en la Última Cena y las vais a decir vosotros. Y las vais a decir con vuestro propio “yo” y, en ese momento, vuestro “yo” y el “yo” de Cristo son el mismo yo. Son idénticos. “Tomad, comed, esto es mi cuerpo”, es el Señor quien lo dice, pero en la medida en que esas palabras de Cristo sean también palabras vuestras, vuestra vida resplandecerá y vuestro corazón se llenará de alegría, aunque tengáis que pasar por cualquier tipo de pruebas.

La alegría justamente de la que Jesús habla como plenitud suya en el Evangelio. “Nadie me quita la vida, Yo la doy porque quiero”. Nadie os va a quitar la vida. Vais a sufrir persecuciones como las sufre el pueblo cristiano, como las sufrimos todos y, sin embargo, nadie es el causante de ningún mal y si nosotros vivimos en Cristo. Yo sólo quisiera deciros que eso que se expresa en el momento de la consagración, esa identidad plena entre la identidad de Cristo que ofrece su vida por la vida del mundo y vuestra palabra, que la recuerda, la repite, la rememora y la hace presente de nuevo para este 2021 en el que iniciáis vuestro ministerio sacerdotal, que, en ese momento, sea verdad en toda vuestra vida.

Que vuestras acciones, no sólo las acciones sacramentales. No sólo la organización de una vida parroquial, sino vuestra vida, vuestro tiempo libre, vuestro recreo, vuestras relaciones humanas con todo tipo de personas, que expresen siempre vuestra condición sacerdotal y ese amor del Buen Pastor que está dispuesto a dar la vida por la vida y la alegría, alegría verdadera, de las personas que se acercan a vosotros, y que son la familia de Dios, que el Señor de alguna manera os confía para que cuidéis de ella y para que la queráis como Cristo la quiere. Ojalá sea el Señor capaz de ensanchar vuestros corazones lo más posible, nuestros pequeños corazones, a la medida del Suyo.

Sed siempre conscientes de que sois la presencia personal de Cristo. Sois el único Sacramento al que están vinculados los demás, porque la Eucaristía y el Perdón de los pecados, sobre todo, pero también los demás de una manera o de otra, están, tienen su centro y su culmen en la Eucaristía. Por lo tanto, no sólo en los Sacramentos, sino que toda vuestra vida, vuestras personas son un Sacramento. Son vuestras personas los que lo son. No los gestos que hacéis, no las cosas que hacéis, no las tareas pastorales que organizáis. Vosotros mismos sois el Sacramento de Cristo. En vuestra pequeñez como en mi pequeñez, está el Señor, habita el Señor.

Lo que yo voy a hacer cuando os imponga las manos es transmitiros y haceros partícipes del don que el Señor dejó a los Doce y, a través de la sucesión apostólica ha llegado hasta este pobre pastor -con minúscula-, que no es más que un zagalillo del Señor. Igual que vosotros, pero con una gratitud está vivo y porque el Señor permanece en medio del mundo de las formas en las que Él ha querido permanecer y de esta forma personal que hace posible que encontrarse con Cristo no es comerse el coco, o reflexionar en unos pensamientos que nos dan en una meditación. Encontrarse con Cristo es encontrarse con vosotros.

Uno tiembla cuando cae en la cuenta de ello, pero, al mismo tiempo, uno da gracias y esa dualidad, ese paso de la acción de gracias, de decir “Señor, cómo es posible que cuando yo le digo a una persona ‘tus pecados están perdonados, vete en paz’” sigue siendo igual de verdad que cuando el Señor se lo dijo al paralítico. Y la gente diría, “¿quién puede perdonar los pecados más que Dios?”. Pues, nadie. Y desde luego, yo no. Yo no soy más que un pobre ser humano, pecador también, y compañero de camino de mis hermanos los hombres, pero Dios está presente en nosotros de una manera singular y única por la cual podemos decir eso de nuevo. Es Cristo quien lo dice en nuestras palabras.

Es Cristo quien está presente entre nosotros y eso es motivo de una acción de gracias, no sólo para vosotros, para vuestras familias o para vuestros amigos que os acompañan aquí hoy, sino para toda la Iglesia. Un nuevo sacerdote es un don para la Iglesia y para el mundo entero. Y, al mismo tiempo, con temblor uno pide “Señor, que esta pequeñez nuestra -no que se esconda o la tapemos y no aparezca- se verá, pero hará más patente que quien habita en nosotros, quien vive en nosotros, no somos nosotros ni nuestras cualidades, sino la Gracia sin límite y sin medida; el Espíritu sin medida del que habla también San Juan, que da el Señor”. Y que da el Señor a los hombres y mujeres de nuestra Iglesia y al mundo entero, a través de nuestra pequeñez.

Por lo tanto, una celebración de acción de gracias, porque Cristo está vivo y se hace presente de nuevo en dos nuevos presbíteros. Y una súplica, para que nunca deje nuestras personas de reflejar el amor de Dios revelado en Cristo. Que nunca deje vuestros gestos de ser expresión de ese amor infinito de Dios por su pueblo, que está dispuesto a entregarse en manos de los hombres sencillamente para que triunfe el amor de Dios sobre el pecado y sobre el mal.

Que así sea. Lo pedimos para nosotros, los sacerdotes que estamos aquí. Lo pedimos para todos los sacerdotes de nuestro presbiterio y de la Iglesia. Lo pedimos de una manera especialísima hoy para vosotros que vais a comenzar este precioso ministerio de ser signo vivo de Cristo en medio de la Iglesia y en medio del mundo. Que así sea.

Se lo pedimos a nuestra Madre, la Virgen, que Ella crió al Hijo de Dios, de alguna manera os acompañe y os proteja, no solo en vuestros primeros pasos -toda la vida son los primeros pasos de un sacerdote- en que empezáis, sino toda la vida, y que haga crecer en vosotros, como con el apóstol Juan, el amor a su Hijo, la gratitud a su Hijo, la identificación con su Hijo. Eso, ella, nuestra Madre, la Madre de la Iglesia y la Madre de los sacerdotes, lo sabe hacer, lo puede hacer. Una y otra vez nos confiamos a ella, para que sea así.

Palabras finales:

No he hecho yo ninguna referencia a los padres y a las familias de Alejandro y de Jaime, y no quiero dejar de hacerla.

No quiero dejar de daros las gracias, en el nombre del Señor. Creo que sé lo que significa dar un hijo a Dios, pero quisiera deciros que igual que el sacerdocio no es un regalo que ellos les hacen a Dios, sino que es un regalo que Dios les hace a ellos, el tener un hijo sacerdote es más un regalo que el Señor os hace a vosotros que un regalo que vosotros le hacéis al Señor.

Tenéis una misión. El que ellos hayan recibido de alguna vocación, de alguna manera, os hace a vosotros partícipes en cierto modo. No párrocos de las parroquias donde ellos van a estar, ni coadjutores, ni sacristanes ni nada, pero sí que tenéis una misión con respecto a ellos, y vosotros habéis recibido una misión, puesto que la han recibido vuestros hijos. Lo que yo quiero subrayar sobre todo es que, cuando nos damos cosas los seres humanos entre los seres humanos a veces las perdemos. Depende del tipo de cosas. Si lo que damos es alegría, nunca perdemos esa alegría. Si lo que damos es esperanza, nunca perdemos esa esperanza. Pero si lo que damos son objetos, bienes de consumo, realidades de este mundo, las que damos, nos quedamos sin ellas. Cuando le damos a Dios, le demos lo que le demos, nunca perdemos nada. Al revés, Él nos lo devuelve al ciento por uno.

La Eucaristía es eso. Nosotros le ofrecemos pan y vino, y Él nos lo devuelve hecho Su cuerpo y Su sangre. No habéis perdido nada, habéis ganado inmensamente. Y os lo digo a vosotros, pero de paso se lo digo a todos los padres y madres cristianas. Dar un hijo a Dios puede parecer un sacrificio, pero, en realidad, nunca lo es, porque es un regalo que nosotros recibimos del Señor. En todo caso, puesto que yo soy un ser humano igual que vosotros, dejadme daros las gracias por ese don que habéis hecho en nombre de la Iglesia y de la Iglesia de Granada.

Que el Señor os colme en vuestros hijos de bendición, a vosotros y a vuestras familias, de una manera muy especial.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

25 de abril de 2021

S.I Catedral

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Sun, 25 Apr 2021 09:34:27 +0000
“Señor, que Te conozcamos, para que podamos ya ‘pregustar’ aquí de la vida eterna” https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63234-“señor-que-te-conozcamos-para-que-podamos-ya-‘pregustar’-aquí-de-la-vida-eterna”.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63234-“señor-que-te-conozcamos-para-que-podamos-ya-‘pregustar’-aquí-de-la-vida-eterna”.html “Señor, que Te conozcamos, para que podamos ya ‘pregustar’ aquí de la vida eterna”

Homilía en la Misa del martes de la IV semana de Pascua, el 27 de abril de 2021.

En el estribillo del Salmo acabamos de repetir, varias veces, “alabad al Señor todas las naciones”. A nosotros nos parece una frase conocida, tantas veces escuchada, pero es algo que no era tan evidente y fue un problema importante en los primeros años de la Iglesia, en las primeras décadas, durante el siglo I y comienzos del siglo II. Al fin y al cabo, Jesús era un judío y había predicado en el entorno del judaísmo, en Palestina, apenas salió de las fronteras de Palestina, un poco hacía el norte, hacia Tiro y Sidón; y al otro lado del lago de Genesaret, que ya no era Palestina propiamente dicha, donde curó a aquel endemoniado que terminaron los demonios en los cerdos y se tiraron al lago. Pero fuera de eso, Él dijo: “Yo no he sido mas que enviado a las ovejas descarriadas del Pueblo de Israel”. Pero eso constituyó, para algunos de los discípulos de las primeras generaciones de Jesús, como si Jesús hubiera sido una especie de reformador del judaísmo y, sin embargo, los hechos de los apóstoles nos dan testimonio de algo precioso cuando caemos en la cuenta de ello. Y es que el cristianismo no es una doctrina, no es una enseñanza, no es un libro.

Un arabista muy famoso, de los primeros del siglo XXI, en la primera mitad del siglo XX, un inglés, comentaba que la expansión del Islam había extendido la cultura de Arabia Saudita del siglo VII, la había llevado a todas partes. Y en gran medida, eso es verdad, cuando se observa el arte islámico (no lo digo con ningún desprecio para el Islam, lo digo como una característica). Sin embargo, el cristianismo, como lo que anuncia es un Acontecimiento -que Cristo ha resucitado- y ese Acontecimiento afecta a la condición humana, y no sólo la posibilidad, sino que nos ilumina el destino que está más allá de la muerte. Como nuestro destino es Dios, es el Padre, es la vida eterna, ese Acontecimiento es significativo para todos los hombres, de todos los tiempos, de todas las culturas. Y, por lo tanto, puede ser traducido en otras lenguas. Eso se puede expresar, todos vamos a morir, el hombre tiene conciencia desde que empieza a tener uso de razón de que es un ser mortal, es más, esa conciencia marca nuestra experiencia de la vida de alguna manera. El anuncio de que Cristo ha vencido a la muerte no sólo da sentido a sus enseñanzas, a los testimonios de esas enseñanzas que nos transmitieron los apóstoles y los evangelistas, sino que da sentido a nuestra vida y lo podemos expresar desde nuestra propia cultura. Y entonces, el hecho de que el cristianismo, ya en Palestina, en los primeros capítulos de los Hechos se ve que llegó, había griegos, había personas que hablaban griego en los comienzo de la Iglesia en Jerusalén, que era una ciudad un poco como Granada, donde había gente de todas partes (iban judíos, prosélitos, amantes del judaísmo, de todas partes).

Pero luego, en este episodio que nos narran hoy los Hechos de los Apóstoles pone muy de manifiesto que se extendió a Chipre y a Cirene, la región del norte de Palestina, ya limitando con Turquía y en Antioquía que era una gran ciudad, en los límites de lo que hoy es Turquía, y de lo que era Siria, y una gran ciudad. Allí fue donde los llamaron por primera vez a los discípulos “cristianos”. Pero en Antioquía se hablaba arameo, un dialecto distinto del de Palestina; pero se hablaba también griego, la lengua oficial, la lengua probablemente pública, de la vida pública, era el griego.

Yo lo que quiero subrayar es que el cristianismo no son sólo las enseñanzas. La palabra de Jesús es central, pero esa palabra no tendría apenas valor si no pudiéramos anunciar lo que llamamos el “kerigma”, que es el anuncio de que Cristo ha resucitado. Y Su Resurrección ha significado la victoria de Dios, para todos los hombres, sobre el mal y sobre ese signo de la presencia del mal que es la muerte y que tiene a los hombres sometidos durante toda la vida a la esclavitud, a la esclavitud del miedo a la muerte.

Dios mío, damos gracias al Señor porque hemos sido, sin ningún mérito de nuestra parte, por parte de ninguno, dignos de conocer este hecho que cambia la historia humana, la nuestra y la del mundo entero. La nuestra. Y puede cambiar la de todas las naciones sin tener que destruir lo que hay de bueno y de bello en ninguna cultura. Ni siquiera en ninguna tradición religiosa, porque lo que hay de bueno y de bello en ellas de la búsqueda del hombre de Dios puede ser siempre mantenido. Y sólo la luz del Acontecimiento inaudito, y casi inefable, que es la Resurrección del Señor, llena de luz todas esas realidades y todas esas categorías, las potencia y las eleva a una altura que el hombre no podría conseguir por sí mismo.

Que nosotros hayamos sido dignos de escuchar ese mensaje (de ese anuncio, más que mensaje) y de poder vivir según Él es una gracia enorme. Es la gracia de la que hablaba la primera línea del catecismo: “¿Eres cristiano? Sí, soy cristiano por la Gracia de Dios”. Es un privilegio el ser cristiano, un regalo fantástico, un don que nadie hemos merecido. “Mis ovejas -dice Jesús en el Evangelio- escuchan mi voz y yo las conozco. Y ellas me siguen y Yo les doy la vida eterna”.

Señor, nosotros que Te hemos conocido y Tú que nos conoces, haz que escuchemos Tu voz. Y haznos gustar ya la vida eterna, porque la vida eterna no empieza después de la muerte; empieza en cuanto Te conocemos a Ti. Y también eso lo dijiste Tú: “Esta es la vida eterna: que Te conozcan a Ti, Padre, único Dios verdadero, y a quien Tú has enviado, Jesucristo”.

Señor, que Te conozcamos, para que podamos ya “pregustar” aquí de la vida eterna. Y ese “pregusto” nos sostenga en las dificultades y en las fatigas, a veces, tan grandes de esta vida.

Que así sea para todos.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

27 de abril de 2021

Iglesia parroquial Sagrario-Catedral

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 27 Apr 2021 12:21:10 +0000
“Nos falta la luz y la luz proviene de Jesucristo” https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63233-“nos-falta-la-luz-y-la-luz-proviene-de-jesucristo”.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63233-“nos-falta-la-luz-y-la-luz-proviene-de-jesucristo”.html “Nos falta la luz y la luz proviene de Jesucristo”

Homilía en la Misa del lunes de la IV semana de Pascua, el 26 de abril de 2021.

Cuando San Pablo escribe este comienzo de la Carta a los Corintios, acaba de tener, poco antes, la experiencia de su predicación en el Areópago de Atenas, donde, habiendo sido recibido con curiosidad y donde él mismo da una muestra de un conocimiento razonablemente rico de la cultura helenística, citó a uno de los poetas griegos para hablar de Dios y de cómo es la frase de todos conocida de “en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Pero cuando mencionó la resurrección de entre los muertos, aquello para unos griegos o para alguien que conociera la cultura helenista era una cosa no sólo impensable, sino indeseable. ¿Quién quería que resucitasen los muertos? Nadie. ¿Qué viva el alma fuera del cuerpo? Que el cuerpo no es más que una atadura y una cárcel. Pero la resurrección de la carne era escandalosa. Y por eso cuando San Pablo escribe esta carta, poco después, habla de eso, de que la sabiduría del mundo es inútil, y que él anuncia y les habla a los Corintios con una sabiduría diferente, divina, escondida, que no han conocido los príncipes de este mundo.

Para nosotros, lo escandaloso no es la resurrección de los muertos. Nuestra cultura es muy distinta con toda la historia que hay por medio. Para nosotros, lo que es sorprendente es que la fe tenga que decir algo interesante, útil o valioso; que tenga algo que decir, siquiera, sobre la vida humana. Porque para eso los hombres tenemos la razón. Y la razón basta para gestionar la vida y todo.

Es verdad que la realidad de la pandemia y la inestabilidad social de nuestras sociedades, y de nuestra cultura en general, a la que se la llevan entre doscientos o trescientos años, prometiéndole la paz perpetua simplemente con un adecuado uso de la razón, pues eso aparece cada vez más como una mentira radical, que es incapaz de sostener la vida humana. No se ve a los hombres, no somos los hombres hoy más felices. No es que haya habido menos guerras en el último siglo que en los siglos anteriores, al contrario, y hasta en nuestro siglo, en nuestro momento. Ahora mismo, están teniendo lugar genocidios de los que apenas se habla porque estamos todos muy preocupados con los porcentajes del virus, la vacuna, y el que puedan volver las cosas a la normalidad. Si es que lo que había antes era “normalidad”...

En todo caso, nosotros hoy pensamos que al hombre le basta y que la fe es una especia de adorno inútil para aquellos a quienes les gusta el olor a cera, o les gustan las cosas de la Iglesia, pero es una cosa totalmente opcional, innecesaria para la vida. Yo quiero deciros que Jesucristo tiene que ver con la accesibilidad a todo ser humano del uso de la razón. Jesucristo nos ha abierto la razón. A lo mejor, la palabra razón no es la más adecuada porque razón tiene que ver con cálculo. Y los cálculos valen para lo que valen. Se pueden hacer cálculos muy buenos y no tener ninguna inteligencia sobre la vida, sobre el significado de la vida, sobre qué hacemos aquí o para qué estamos aquí. O qué es lo que hace una vida digna de ser vivida o no digna de ser vivida. Y ahí es donde entra la sabiduría divina que Jesucristo hace accesible a los hombres.

Jesucristo no sólo nos ha revelado el Ser de Dios, sin quitar Su condición misteriosa; no sólo nos ha descubierto las profundidades del Ser de Dios, del Dios Trino a la Creación y a todas Sus obras, y al hombre sobre todo, sino que nos ha revelado nuestro propio destino. Y un cristiano que viva su fe con sencillez es sabio. Puede no saber calcular las órbitas de los cometas o de los planetas, de las estrellas, pero tiene una sabiduría para la vida que no proviene de este mundo; que proviene justamente de la experiencia de la Redención de Jesucristo. Y esa sabiduría para la vida es –lo dice el Señor-, por una parte, “sal de la tierra, luz del mundo”. Lo que Dios nos ha comunicado y nos da en Jesucristo nos hace luz para un mundo, que puede tener unos medios que no ha conocido jamás la humanidad para calcular, pero carece por entero de sabiduría, sabiduría sobre cómo conducirse, sabiduría sobre el bien y el mal, el destino y el fin de la vida humana. Sabiduría. Donde somos verdaderamente ignorantes, bárbaros, sin ninguna luz, vivimos a oscuras, a tientas, con un anhelo de ser felices que oculta siempre la búsqueda de Dios, aún en aquellos que se creen que no lo buscan, o que huirían del anuncio de Dios. Siempre estamos buscando, buscando la felicidad, y por lo tanto, buscando a Dios. Pero nos falta la luz y la luz proviene de Jesucristo. Él nos hace “luz del mundo”. Él es la luz del mundo. Nos pide ser luz. La diferencia que nuestra luz y nuestra sal pone es justamente la experiencia de la Redención de Cristo, de la Victoria de Cristo sobre el mal y sobre la muerte; de Su Resurrección, de nuestro destino en el Cielo. Eso cambia la vida entera y eso da una inteligencia, una capacidad de entender la vida, a las personas, las cosas, una capacidad de sufrir también las contrariedades, las dificultades de la vida, o de las personas, de afrontar el mal que hay en nosotros, o el mal que hay en los demás marcado por el perdón, algo que el mundo conoce cada vez menos. Sin perdón, no hay esperanza. No puede haberla.

El Señor con la esperanza del perdón y de la reconciliación nos abre a la oportunidad de una vida más verdadera, más luminosa, infinitamente mejor.

Que el Señor nos conceda lo que Él pide. Que brille así nuestra luz ante los hombres, para que den gloria a Dios, no para que digan lo buenos que somos, sino, para que den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.

Que así sea.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

26 de abril de 2021

Iglesia parroquial Sagrario-Catedral

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 26 Apr 2021 12:19:54 +0000
“La Iglesia es una Comunión en Cristo” https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63232-“la-iglesia-es-una-comunión-en-cristo”.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63232-“la-iglesia-es-una-comunión-en-cristo”.html “La Iglesia es una Comunión en Cristo”

Homilía en la Misa del martes de la II semana de Pascua, el 13 de abril de 2021.

El Evangelio de hoy continúa el de ayer, para subrayar esa continuidad. Ayer veíamos que el Acontecimiento de Jesucristo lleva al hombre a nacer de nuevo, independientemente de la edad que tenga; a una novedad que se puede comparar a una nueva creación -como dirá San Pablo-, a un nuevo nacimiento. Y cómo ese nacimiento tiene que ver con el Bautismo, aunque los Sacramentos están tan deteriorados en nuestro contexto que no nos damos cuenta ni siquiera casi de lo que significan. Pero hoy, las Lecturas nos subrayan el primer fruto de ese nuevo nacimiento, esa nueva criatura. ¿En qué consiste? En lo primero es en hacer posible la unidad, que, curiosamente, si queréis lo podemos llamar la Comunión (en el Credo se llama la Comunión de los Santos, es la sustancia misma de la vida de la Iglesia). La Iglesia es una Comunión en Cristo, en la que todos somos miembros de Su cuerpo y miembros los unos de los otros, porque todos formamos un solo cuerpo.

Esa unidad es el primer designio de Dios. Es lo que Dios más desea que se produzca entre los hombres y, ciertamente, en aquellos que conocen a Cristo. Es un milagro. Es verdaderamente un nuevo nacimiento, porque, desde que existe la humanidad, el Libro del Génesis pone la primera escena después de la salida del Paraíso en el asesinato de Abel por obra de Caín.

La obra del diablo es siempre dividir. Él dividió al hombre de Dios y del designio bueno de Dios, que era la promesa del árbol de la vida, y él ha dividido a los hombres, a los dos hermanos, cuando no había más que dos hermanos, entre sí. Y la unidad es, por lo tanto, el don más grande de Dios, que no es uniformidad, que no significa que seamos todos iguales. Eso son las fábricas de coches. Los hacen en serie. No significa ser cristianos en serie. Cada uno tiene su riqueza única, su vocación única, su historia única, su relación única con el Señor.

Y sin embargo, la unidad es posible justo porque el milagro está en que, siendo diferentes, nos hace el Espíritu de Dios capaz de salir de nosotros mismos y de amar al otro, no sólo como es, sino según el designio bueno que Dios tiene para cada uno. Ver en el otro siempre el designio de Dios. Ver en los otros siempre el designio de Dios y contribuir el ser instrumento de ese designio que no violenta la libertad, que cuida sencillamente lo que es bueno, lo que es bueno para los otros. Pero una unidad tan grande que Jesús la compara a la unidad que Él tiene con el Padre. “De la misma manera que el Padre está en mí y yo estoy en el Padre, así vosotros”. “Sed uno, para que el mundo crea que Dios me ha enviado”. Esa unidad hay que pedirla, porque es una Gracia de Dios. Hay que pedirla en los matrimonios. El primer milagro de comunión y de unidad se da en el mismo matrimonio. Sin la Presencia de Dios, sin la Gracia de Dios, sin una Gracia de Dios cuidada, como se cuida una bella maceta de flores o un bello huerto, pero que está lleno de la Gracia de Dios, pues, un matrimonio se va al traste. Y puede ser una convivencia útil, una soledad de dos en compañía, con distancias infinitas entre el marido y la esposa, pero no se da la unidad, que siempre es Gracia de Cristo, parte del nuevo renacer.

De hecho, yo creo que, cuando San Pablo dice que, porque Cristo ha resucitado “ya no hay judío ni gentil, ni griego ni bárbaro”, mostrando cómo las divisiones que los hombres hemos creado, las mismas divisiones de las naciones (que la de griego y bárbaro era una división de sentido de nación. Los griegos eran la nación culta. Los bárbaros eran los hijos del desierto, los hijos del campo que no tenían cultura ninguna), ya no hay esa diferencia. Pero dice también: “Ya no hay hombre ni mujer”. Se refiere, fundamentalmente, al matrimonio, aunque, evidentemente, incluye la igualdad de dignidad entre el hombre y la mujer. Y la igualdad de vocación y la igualdad de destino, y la posibilidad, por lo tanto, de hacer siempre un camino juntos como hermanos, como amigos, como esposo y esposa. Pero si el matrimonio, que Dios lo ha ayudado de tantas maneras en la creación mediante el atractivo del hombre hacia la mujer y de la mujer hacia el hombre, la unidad misma es una comunión. Pensad en cualquier otra unidad: la unidad de amigos en la vida, qué difícil es que se mantenga en el tiempo. La unidad entre compañeros de trabajo. La unidad entre personas que se tropiezan… Pensad que el Señor nos pidió incluso amar a los enemigos, porque Él nos ha amado a nosotros cuando nosotros éramos enemigos de Dios, y ha dado Su vida por nosotros, cuando éramos nosotros enemigos de Dios.

Sólo os llamo la atención sobre un detalle y es que, en cada Eucaristía, inmediatamente después de que Cristo está presente entre nosotros en el altar, lo primero que la Iglesia pide es que aquellos que participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo formemos en Cristo un solo Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas. Cada una lo dice con unas palabras, pero la primera petición es la de la unidad.

El primer fruto de que Cristo ha resucitado es nuestro deseo, nuestro anhelo, nuestra búsqueda de esa unidad. Que el Señor quiera concedérnosla a nosotros, en el contexto en el que vivimos, en nuestras familias, en nuestra Iglesia e, idealmente, Le pedimos y deseamos que haya una unidad en el mundo entre todos los hombres, hijos del mismo Dios, criaturas del mismo Padre.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

13 de abril de 2021

Iglesia parroquial Sagrario-Catedral

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 13 Apr 2021 12:18:42 +0000
“La Resurrección de Jesucristo lo ilumina todo en la vida” https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63231-“la-resurrección-de-jesucristo-lo-ilumina-todo-en-la-vida”.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63231-“la-resurrección-de-jesucristo-lo-ilumina-todo-en-la-vida”.html “La Resurrección de Jesucristo lo ilumina todo en la vida”

Homilía en la Eucaristía del II Domingo de Pascua, el 11 de abril de 2021, en la S.I Catedral.

Es verdad: ha resucitado el Señor. No se lo creían, no se lo podían creer. Cuando los hombres hacemos eso que se suele llamar “ciencia ficción”, que nos imaginamos un futuro o una cosa que no ha sucedido en nuestra historia, generalmente lo que hacemos es reproducir, de una manera más o menos exagerada, más o menos histriónica o abultada, ciertas características de nuestra cultura y de nuestro presente. Todas las películas de ciencia ficción, con alguna rarísima excepción, pueden meterse en ese marco y caben perfectamente. Son proyecciones de nuestra cultura. Proyecciones de nuestra manera de pensar. Si pensamos, por ejemplo, que la vida es una cuestión de luchas de poder, pues proyectamos eso también sobre cosas del pasado. Series como “Juegos de Tronos” no son más que una proyección del poder, y de la historia, como una mera lucha de poder que tenemos los hombres del siglo XXI. Lo decía ya C.S. Lewis, autor de las “Crónicas de Narnia” o de “Prelandia”, que trató de escribir algunos libros de ciencia ficción que se salieran del esquema. Pero es inevitable, nosotros tenemos una experiencia de la realidad y del mundo, y la proyectamos en lo que hacemos, en cómo vemos qué sería posible que pasara, o qué desearíamos que pasara, o qué temeríamos que pasara, que todo eso está presente en la ciencia ficción.

Yo el domingo pasado os decía que la Resurrección no era una interpretación, que era un Acontecimiento único en la historia. Y aunque no es ningún argumento a favor o que le vaya a permitir a nadie convertirse (porque no es así como uno entra en la fe, sino de otras formas), sí que respalda un poco la verdad de ese Acontecimiento el hecho de que no respondía para nada a ninguna categoría cultural de su tiempo, ni de los judíos, ni de los griegos, ni del mundo helenístico de nadie: que un hombre pueda vencer a la muerte. Entre los judíos, y entre la mayor parte de la población de aquel tiempo, que era una población muy en contacto con la dureza de la vida y de la realidad (pastores, agricultores), saben perfectamente que todos los seres mueren y que nadie ha vuelto después de la muerte. Es un Acontecimiento único. No hay otro Acontecimiento al que podamos acudir como analogía, o como parecido, al anuncio de la Resurrección de Jesucristo que se parezca a Él sino la Creación.

Los judíos no podían creer. Ellos esperaban la resurrección, pero hacían coincidir la resurrección de todos con el fin del mundo. Y se nota en los Hechos de los Apóstoles que a ellos mismos les costaba, a los mismos apóstoles les costaba –de alguna manera-, pensar que Cristo había resucitado, pero que el fin del mundo había sucedido. Les costaba mucho, no estaba en su manera de pensar. Por lo tanto, aunque lo insinúe o lo diga “Jesucristo Superstar”, no tiene nada que ver con una proyección del pensamiento de los discípulos. Ninguno de ellos esperaba encontrarse con Cristo vivo, vencedor de la muerte. Y los griegos, por supuesto, creían en la inmortalidad del alma, pero pensaban que los cuerpos eran algo tan desechable, miserable… Cuando San Pablo, a quien habían escuchado en el Areópago de Atenas con bastante interés mientras hablaba de Dios como Aquel “en quien vivimos, nos movemos y existimos”, al mencionar la resurrección de la carne no pensaron que eso mereciera la pena tomárselo en serio.

Nada en las categorías del mundo antiguo permitía un anuncio como el que los apóstoles hacen. Y siendo –antes de la Resurrección- unos hombres llenos de miedos y de todas las fragilidades humanas, sin embargo, experimentan el poder de la Resurrección, en sus propias relaciones, en lo que sucede alrededor de ellos. Ese es el espíritu que el Señor les había prometido.

Lo que yo quiero decir hoy es que ese Acontecimiento lo ilumina todo en la vida. Y la Primera Lectura de hoy nos lo hace ver un poco. Los apóstoles y discípulos de aquella primera comunidad vivían teniéndolo todo en común. Nunca, ningún comunismo de los que han dominado el mundo en los últimos siglos ha hablado (porque el comunismo es una cosa y la vida de comunión y de comunidad es otra) han puesto de manifiesto un sentido del compartir, del ser todos uno, del ser todos una sola familia, un solo cuerpo, como viene implícito y nace por así decir de la luz de la Resurrección entre los cristianos.

Yo sé que eso es fácil de vivir cuando son cien personas, quinientas, unos pocos miles. Cuando se vive en un mundo con la historia que tiene nuestro mundo, y su cultura propia, que es una cultura basada en una propiedad privada concebida como señorío absoluto sobre aquello de lo que soy dueño. Señorío absoluto, esa es la diferencia, no como administradores de unos bienes que Dios nos da para que sean útiles a nuestra vida y nosotros compartamos con los hermanos.

Pues, aquello era un fruto de la Resurrección. Yo sé que los frutos de la Resurrección en nuestro mundo deberían expresarse de formas diferentes a como se expresaban en aquel momento. Pero sí que tendrían que cambiar todas las dimensiones de nuestra vida, nuestro modo de vivir el amor y la familia, nuestro modo de vivir el trabajo, la propiedad, la vida económica, nuestro modo de concebir la vida política como un cooperar todos al bien común. Me diréis, “pero eso sí que es ciencia ficción”. Pues sí, sí que es ciencia ficción. Pero también os digo que es la única esperanza para un mundo que, precisamente porque no vive eso, se muere a chorros. Justamente porque no le pide al Señor y no empieza el vivir de otra manera, nos morimos a chorros, inevitablemente, aunque salgamos de la pandemia, aunque un día pueda… Si lo que se va a renovar es la economía que teníamos antes es como curarse de la cocaína con la metadona. No. Volvemos a donde estábamos. Volvemos a donde nos ha conducido donde estamos ahora mismo. Con vacunas y sin vacunas.

Si hay una posibilidad de novedad esa posibilidad de novedad está en acoger a Cristo. De una verdadera novedad, de una verdadera alternativa al mundo en el que vivimos. Y que tenemos que humildemente, pobremente –probablemente, en pequeñas unidades de pueblo, de barrio, de familias en el sentido más amplio-, tratar de construir redes humanas de cooperación mutua donde busquemos el bien de los demás. Donde amemos tanto el amor de los demás que no tengamos miedo a arriesgar nuestra vida por su bien. No porque seas alguien a quien quiero más que los demás, sino porque eres tú, un hijo o hija de Dios, y eso te hace lo suficientemente amable para que puedas ser amada con un amor que se parece –si eres amado por un cristiano- al amor con el que Dios nos ama.

Podéis pensar lo que queráis, pero, o encaminamos nuestras vidas, y las vidas de nuestras pequeñas comunidades (…) en nuestros pequeños grupos, comunidades de relaciones humanas, empezamos a proponer y a vivir de otra manera, con otras categorías que nacen de la Resurrección. Estaremos contribuyendo al nacimiento de esa nueva cultura que el mundo necesita. Que la necesita como el aire para respirar, tanto como el aire para respirar. Porque si no tenemos esa cultura y seguimos con la cultura del poder y de la acumulación, destruiremos también el aire, el agua, tantas cosas.

Leía yo hace pocos días que el agua de beber, al menos en el mundo desarrollado, cuesta ya más que los combustibles fósiles. Dios hizo el agua para que todos bebiéramos. Si seguimos con el ritmo de contaminación con el que seguimos, dentro de poco nos venderían botellas de aire para poder respirar, y cada uno tendría que llevar su botella de aire para seguir respirando y seguir contribuyendo a eso que se llama “el desarrollo de la economía”. Dios nos ampare.

Mis queridos hermanos, sólo quiero deciros que el Acontecimiento de la Resurrección cambia la vida. Y que si nos decimos cristianos y queremos acoger a Jesucristo, tenemos que pedirLe que realmente nuestra vida cambie; que nuestras categorías cambien. Empezando por el amor, porque hasta la concepción del amor humano, el amor entre un hombre y una mujer, el amor familiar de la vida de familia, todo está afectado. Si Cristo ha vencido a la muerte, Su enseñanza es verdadera, sus mandamientos son nuestra vida, no son capricho (…), eso es una imagen de Dios pagana, terrible, tan poco concorde con el Dios de la revelación. Los mandamientos de Dios que se reducen a dos: “Amar a Dios con todas tus fuerzas” y “Amaros unos a otros como Dios nos ama” (o lo más parecido posible a como Dios nos ama).

Eso es la única esperanza para este mundo en el que estamos. La verdadera esperanza de lo que nosotros podemos ofrecer: anunciar, más que con nuestras palabras, con un modo de vivir sencillo, humilde. No tenemos que tener la pretensión de cambiar el mundo. Con que el Señor nos conceda la gracia de que podamos cambiar cuatro, cinco metros cuadrados alrededor nuestro, quince, veinte, cien, lo que podamos, a donde llegue nuestro afecto, nuestras manos, nuestra mirada, nuestras relaciones humanas. Y eso significa que cambie nuestro corazón y, entonces, también nosotros habremos metido los dedos en las llagas de Jesús, porque habremos comprobado que Cristo está vivo. Porque esa vida humana, esa forma de vida humana no la construimos nosotros a base de propósitos o de fuerza de voluntad, de empeños, como nos empeñamos en ser un número uno en nuestro curso o cosas así. No. Nos damos cuenta de que ese tipo de amor, de novedad en la vida, no es una invención nuestra, no es algo que nosotros con nuestro ingenio hemos fabricado. Es algo que recibimos como un don, como una gracia. Y entonces, también nosotros caeremos y diremos “Señor mío y Dios mío”.

La Resurrección de Jesucristo lo ilumina todo en la vida, todas las dimensiones, todos los gestos humanos. No hay gestos humanos que no tengan que ver con que Cristo ha resucitado. No hay acción, no hay nada que quede fuera del alcance de la luz de Jesucristo.

Y al mismo tiempo, que Cristo haya resucitado y que creamos en la Resurrección de Jesucristo nos descubre que tenemos que tener nuestra esperanza puesta en las cosas de arriba. El único que no nos va a fallar es Jesucristo. Todo lo demás nos va a fallar. Que nuestra juventud pasará, que los regímenes políticos pasan, se acaban, mueren, que la historia, en ese sentido, no es muy diferente nunca. Que nosotros mismos tenemos un espacio de vida limitad. Un día moriremos con pandemia o sin pandemia. Que somos seres mortales y que sólo gracias a Jesucristo cada uno de nuestros gestos tiene conexión con la eternidad, tiene conexión con el Cielo. Está traspasado por la luz de Cielo, por la vida de Dios. Tiene un significado eterno que proviene de Dios.

Y por lo tanto, nuestras vidas tienen un valor claro, eterno. Y tienen una trascendencia, porque permanecen para siempre. Nuestro destino no es el olvido del sepulcro, de la tumba o del tanatorio, o de las cenizas. Nuestro destino eres Tú, Señor. “Señor mío, Dios mío”. El Señor dijo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. También nosotros vemos, no nos engañemos. Es verdad que no hemos metido la mano, físicamente, en las llagas del Señor, pero es verdad que podemos ver qué queda del mundo, cuando ese mundo es un mundo sin Dios. Qué queda de la vida humana y de la vida humana, cuando el mundo es un mundo sin Dios. Y qué crea, al contrario, cómo se llena la vida, cuando nosotros acogemos a Cristo de una manera que nosotros no somos capaces de llenarla, ni de darnos esa alegría, ni de cumplir los anhelos profundos de nuestro corazón.

Vamos a profesar nuestra fe y a pedirLe humildemente al Señor que participemos de esa dicha de quienes creen, habiendo visto lo que nos es posible ver, que son los frutos de la Resurrección de Cristo.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

11 de abril de 2021

S.I Catedral (Granada)

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Sun, 11 Apr 2021 11:48:28 +0000
“Mostrad que Cristo cumple nuestra humanidad” https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63206-“mostrad-que-cristo-cumple-nuestra-humanidad”.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63206-“mostrad-que-cristo-cumple-nuestra-humanidad”.html “Mostrad que Cristo cumple nuestra humanidad”

Homilía en la Misa de la Vigilia Pascual, celebrada el 3 de abril de 2021, en la S.I Catedral.

Ha resucitado el Señor. Y eso es el Acontecimiento más grande de toda la historia humana. El centro de la historia. Y el centro del universo, también. Hemos estado leyendo unos trocitos de una historia muy larga que dura desde Abraham hasta la Resurrección de Jesús, casi dos mil años. Esa historia era necesaria para que pudiéramos entender la Resurrección de Jesús. Era necesario que nos diésemos cuenta que Dios había hecho unas promesas y que esas promesas las cumple. Que Dios había liberado a un pueblo entero -aunque era muy pequeño- del poder y de la esclavitud del Imperio más poderoso que había en la tierra en aquel momento que era el Imperio Egipcio. Que Dios amaba a los hombres como el más enamorado de los esposos puede amar a Su esposa. Hasta tal punto, que nunca la iba a dejar abandonada, sino que la iba a vestir de fiesta y de gozo para siempre. Y que a pesar de todas las infidelidades del pueblo de Israel, el Señor iba a ser fiel a su alianza. Y haría una Alianza nueva que se extendería no sólo al pueblo de Israel, sino a todos los pueblos. Toda esa historia, con la Ley, la Alianza con Abraham, la Alianza con Sinaí, los profetas, fue necesaria para que pudiéramos entender la Encarnación del Hijo de Dios. La consumación de esa Encarnación que celebrábamos ayer en Su muerte, donde Él, al igual que se sacrificó el Cordero para que se protegieran las casas de los israelitas, ha sacrificado Su vida para ponerla entre nosotros, pecadores, y la justicia de Dios.

Y hoy el Hijo de Dios resucita, victorioso, del sepulcro. Y se cumple toda esa historia. De hecho, se cumple la historia entera de la humanidad. De hecho, y eso lo decía la Primera Lectura, la Resurrección de Cristo sólo tiene un paralelo y es la Creación. La Resurrección de Cristo es una nueva Creación. La victoria del Hijo de Dios sobre la muerte abre un mundo nuevo. Abre para nosotros el destino de la vida humana que es Dios mismo, el Cielo. Como dirán algunos de los Padres de la Iglesia, Él ha puesto Su cruz como un puente por encima del abismo entre esta tierra de pecado y la morada de Dios, para que nosotros podamos caminar por ese puente. Es una nueva creación del hombre y del mundo porque el significado del mundo pasa por la vida de los hombres. Y cuando los hombres vivimos al margen de Dios, también destruimos el mundo, también maltratamos el mundo, también hacemos daño a la creación.

El hecho de la Resurrección de Cristo y su significado, la verdad es que no depende de que nosotros queramos acogerlo o no queramos acogerlo; si no lo acogemos, nosotros seguiremos viviendo en la noche y en la oscuridad, o a tientas, o en la niebla, sin la luz que brota de la mañana de Pascua. Cuando la acogemos, la nueva creación se hace transparente, se hace visible a nosotros, empieza en nuestro propio corazón. Porque cuando acogemos la Resurrección de Cristo se cambia todo en nosotros. Cambia la mente, cambia el corazón, cambian las manos y lo que hacemos con nuestras manos. Cambia la humanidad. Somos hombres nuevos.

Yo quiero subrayar un poco esa novedad, esa nueva creación. La Resurrección de Cristo, acogida y vivida en el pueblo nuevo que ha surgido de la mañana de Pascua, en la Iglesia, transforma y enriquece, y renueva la mente y la razón. Ensancha nuestro conocimiento, ensancha nuestra razón. No porque aprendamos más cosas, acerca de más cosas. No porque sepamos más acerca de los átomos o de los animales, o aprendamos más reglas matemáticas. No, eso no ensancha nada. Ensancha nuestra razón porque ensancha nuestro conocimiento de para qué es la vida y qué es la vida, quiénes somos nosotros, quién es Dios y quiénes somos nosotros para Dios, y quiénes somos nosotros los unos para los otros cuando hemos conocido al Dios que es Amor y que se ha revelado como el Dios verdadero en la victoria de Cristo sobre la muerte. Ensancha nuestra razón y eso es parte de la nueva Creación. Ensancha nuestra libertad porque, en lugar de ser una cosa que corre de un lado para otro, sin objeto, sin meta, sin más meta que no tener ningún obstáculo, esa es la libertad del mundo, de los paganos, la de quien no conoce a Cristo… La libertad de quien conoce a Cristo es la libertad de darse, de amar como somos amados. La libertad de entregarse a uno mismo por el bien de los otros. De ofrecerse, de darse, de tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús, que siendo igual a Dios, no consideró ni siquiera eso algo digno de ser retenido, sino que se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo. Y eso es lo que hizo en la Última Cena: hacerse esclavo nuestro. Eso es lo que hizo en la Pasión: ponerse Él. Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo. Ponerse en el lugar nuestro marcando con Su sangre nuestras vidas, nuestras puertas, para que esa marca apartase de nosotros la justicia y la ira de Dios.

Acoger la Resurrección de Cristo significa encontrar la libertad verdadera. “Para ser libres nos ha libertado Cristo”, decía San Pablo. Pero, repito, esa libertad no es la del mundo que consiste en una libertad loca, como un tiovivo que no hace más que dar vueltas sobre sí misma. Es la libertad que nos permite amar, es la libertad indispensable para amar y para dar la vida a ejemplo del Dios que nos ha amado hasta el extremo. Y cambia nuestro afecto, que es lo que nos atrae de la belleza de las cosas. Para que nos atraiga la Belleza de Dios y la belleza verdadera, la belleza de unas relaciones nuevas. La belleza de unos modos de vida nuevos, donde el sentido de la vida no es acumular, sino justamente construir el bien común. Acoger a Cristo y ser una nueva criatura en Cristo significa, por lo tanto, una razón transfigurada, una libertad renovada y verdadera. Y un afecto que no es posesivo, sino un afecto que es un amor que refleja el Amor con que Dios nos ama. Y eso se traduce en todas las dimensiones de la vida.

No me voy a quedar sin decir cuatro ámbitos que abarcan toda la vida y que están todos muy relacionados entre sí, lo mismo que la razón está relacionada con la libertad, y la libertad relacionada con el amor y el afecto. Pero hay cuatro ámbitos que componen la vida entera y los cuatro se renuevan cuando uno acoge a Cristo.

Uno es el trabajo. No existe vida humana sin trabajo. Pero el trabajo nuestro no tiene como fundamento sólo el dominar la tierra. Nuestro trabajo tiene un fundamento mucho más serio en lo que hicieron Jesús y María para que pudiera crecer el Hijo de Dios que había asumido nuestra carne. Por lo tanto, nuestro trabajo es un servicio a Dios y un servicio a la Presencia de Dios en el mundo. Pero eso debe poderse reconocer en las cosas que hacemos, en nuestro modo de trabajar. No somos “chapuceros”. Un hombre nuevo no puede ser “chapucero” en su trabajo porque su trabajo está sirviendo a la Presencia de Cristo en el mundo. La chapuza es el que no tiene más ideal que los que tienen los perros, o los gatos, los animales, salir, escapar, comer, reproducirse, morir… pero nosotros hemos conocido la Resurrección de Cristo, hemos conocido el cambio de significado que tiene la Creación porque Cristo ha resucitado. De la misma manera, y de eso somos los cristianos mucho más conscientes en general, se cambia el sentido del matrimonio y la familia. Y es otra dimensión de la vida humana sin la cual no hay vida humana.

Pero cambia también las concepciones de la vida económica. Somos muy poco conscientes de eso y nos escandaliza cuando el Magisterio de la Iglesia lleva más de cien años insistiéndonos. Cuánto escándalo causó la primera Encíclica social de León XIII sobre el salario justo de los obreros a finales del siglo XIX. La Iglesia no ha parado de insistir en que la vida económica tiene que tener claves diferentes a las que tiene. Vivimos en un mundo que ha hecho del vicio, de la avaricia una virtud, la única virtud social. La Resurrección de Cristo acogida en la Iglesia tiene que significar nuestra vida comercial, económica, y que tenemos que ser instrumentos de una economía nueva, de un modo nuevo de entender la economía, que, a lo mejor, vivimos en el seno de nuestras comunidades o en el seno de nuestras familias. Pero no somos conscientes de que el mundo entero o encuentra un modo de hacer una economía que sea económica, de hacer del mundo un hogar, y no simplemente de lucha por los bienes de consumo…

Y por último, hay otra dimensión. Las cuatro son esenciales a la vida humana y se influyen mutuamente. No salva la familia quien sólo quiere salvar a la familia. Tiene que haber una comunidad humana que respalde esa familia. No salva el sentido del trabajo quien sólo se ocupa de su propio trabajo, o del entorno de su familia. Las cuatro dimensiones son necesarias. Las cuatro están implicadas unas con otras: el trabajo, la familia. Los intercambios humanos, esa es la economía, que debería ser la “ley del hogar”, si el mundo fuera una familia y un hogar.

Pero nosotros estamos en el mundo para convertir este mundo de luchas de poder en un hogar. Para hacer aproximar este mundo de luchas de poder en un hogar. Y no existe vida humana también sin una cierta autoridad, sin una cierta “polis”. Pueden ser las tribus, pueden ser los imperios, las naciones, los pueblos, las asociaciones de familias, los gremios, tantas formas. Pero hay una vida social, una vida política que también puede ser humana, que también tiene que ser transformada por quienes han conocido la Resurrección. Porque es el hombre el que se transforma y no existe el hombre sin estos cuatro ámbitos o dimensiones en los que vivimos.

Celebrar la Resurrección, querer acoger la Resurrección significa dejar transformar, ensanchar nuestra razón, nuestra libertad y nuestra capacidad de amar, y dejar que esa transformación que se opera en la fe, en la esperanza y en el amor, reverbere constantemente en estas cuatro realidades: el trabajo, la familia, la vida económica y la vida social. No seremos mundo nuevo, no seremos germen de un mundo nuevo mientras no seamos conscientes de que la Resurrección de Cristo afecta absolutamente a todo. No tenemos que ser genios que podamos inventarnos una nueva economía, pero si dejamos que la fuerza de la Gracia, el poder transformador de Cristo toque nuestro corazón, irán sucediendo cosas, pequeñas, unas más pequeñas, otras más grandes, otras medianas, y alrededor nuestro irá surgiendo un mundo diferente.

El Papa insiste muchísimo últimamente en la vocación de los cristianos a promover la fraternidad universal. Claro que sí. Y toda la crisis que estamos viviendo, económica, y la inestabilidad que vive el mundo entero a consecuencia de la pandemia -y no sólo de la pandemia, sino también de los modos de vida a los que nos habíamos acostumbrados-, o que habíamos creado antes de la pandemia, requieren una humanidad nueva.

Lleváis las túnicas blancas, lleváis muchos años pidiéndoLe al Señor esa humanidad nueva y queriendo vivirla en muchos aspectos. Yo sólo quiero recordar que el Acontecimiento de la Resurrección no es una rutina que llega cada año en torno a la primera luna de primavera, cuando celebramos la Pascua, sino que es verdaderamente la posibilidad de una nueva creación. Me refiero también a los más jóvenes. Acoger la Resurrección de Cristo supone una relación nueva, en vuestras relaciones humanas, en vuestras relaciones de noviazgo, amistades, en la forma de emplear el tiempo, de estudiar, de divertiros. Mostrad que Cristo cumple nuestra humanidad. Sed portadores de esa verdadera revolución que ha iniciado la mañana de Pascua y que se complementará con la mañana de Pentecostés. La única revolución posible. La única que es no para destruir nada, sino para construir un mundo según el designio de Dios. Y los construye Dios, pero Dios quiere construirlo con nosotros, en nosotros, a través de nosotros.

Yo os decía, el Papa cuando habla de la cuarta dimensión -la dimensión de la “polis”- insiste tantísimo en la fraternidad universal. Y la razón es que, ahora mismo, en el mundo en el que estamos, no hay más que dos caminos: o una cultura de la gratuidad o una cultura de la avaricia. Y la cultura de la avaricia es una cultura de la guerra de todos contra todos. Pues, lo mismo, en el ámbito de las relaciones humanas y de las relaciones políticas: o un mundo de hermanos, o un mundo de enemigos. Nosotros, que hemos conocido la Resurrección de Jesucristo, queremos contribuir a un mundo de hermanos, hasta dar la sangre y la vida por aquellos que nos odian. Como el Señor lo ha hecho con nosotros. La prueba -lo ha repetido la Iglesia en la Liturgia de las Horas esta semana muchas veces- de que Dios nos ama es que siendo nosotros pecadores, Jesucristo ha muerto por nosotros. No porque éramos buenos, dignos; no porque habíamos conseguido convencer a Dios de que nos quisiera, sino, siendo todavía pecadores, Él nos dice: “Amaos como Yo os amo, como Yo os he amado”, “sed instrumentos del amor infinito de Cristo, en medio de un mundo”, manchado por el odio, por las luchas de poder, por la avaricia, destruido en la raíz misma de su esperanza por esa avaricia que parece ocuparlo todo y que se convierte –digo de vicio- en la virtud social por excelencia.

Si realmente creemos que la Resurrección de Cristo es el centro de la historia y que Jesucristo es el centro del cosmos y de la historia -como dijo ya San Juan Pablo II-, nosotros somos el germen de un mundo nuevo. Y ese mundo nuevo tiene que mostrarse. No son los ritos, o en los momentos de la liturgia. Tiene que mostrarse en todas las dimensiones de la vida humana. Y esa novedad no es un sacrificio. Es lo que nos hace ser lo que somos, lo que nos permite vivir nuestra vocación humana, porque Cristo ha venido para que nosotros podamos ser hombres según el Espíritu de Dios, hombres que reflejan en sus vidas concretas la imagen y la semejanza de Dios con la que hemos sido creados, y la vida eterna para la que hemos sido creados y que es nuestro destino. Y que esa vida eterna ya ha empezado aquí, porque hemos conocido a Cristo Resucitado, nuestro Redentor y Redentor de todos los hombres. También de los que no le conocen.

Mi queridos hermanos, vamos a introducir en la vida de este pueblo, redimido por Cristo a unos cuantos hermanos nuestros. Que esto sea ocasión para nosotros de recordar que no es una Pascua más, justo porque las circunstancias de la historia en las que el Señor nos ha puesto no son tampoco las circunstancias de todos los años y de toda la vida, no para que nos quejemos, sino para que descubramos en este momento de la historia el designio de Dios sobre nosotros. Y ese designio es el que sabemos desde el primer momento: empieza una humanidad nueva, hay una nueva Creación. “Ya no hay judío ni gentil, ni griego ni bárbaro, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús”.

Que el Señor nos conceda vivir esto con una alegría desbordante y comunicarlo apasionadamente en todas partes. Porque el corazón humano está hecho para el Evangelio, para Jesucristo, para vivir en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Que seamos portadores y signos de esa libertad donde estemos, donde los hombres nos vean, donde nos encuentren. Encontrarse con nosotros tiene que ser poder encontrarse con Cristo que vive en nosotros; que nos ha comunicado Su Espíritu, Su vida, que nos ha hecho hijos de Dios. Tienen los hombres que poder ver en nosotros que somos hijos de Dios. Tienen que ver al Padre, igual que decía Jesús: “Quien me ha visto a Mi, ha visto al Padre”. Quien nos ha visto a nosotros, quien nos ve a nosotros tiene que poder reconocer el corazón de Dios, porque Su Espíritu está en nosotros y porque somos Sus hijos.

Vamos, pues, a proceder al Bautismo y a celebrar la Eucaristía, donde el Señor Se nos da de nuevo, siembra de nuevo la vida divina en nuestra pobre humanidad, siembra la vida de Cristo Resucitado en nosotros. ¡Que florezca esa vida! En todos, en los que habéis terminado el Camino y en los que habéis empezado a caminar, pero todos estamos destinados al Cielo, a Jesucristo, a vivir para siempre como hijos de Dios.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

3 de abril de 2021

S.I Catedral de Granada

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Sat, 03 Apr 2021 11:27:40 +0000
Nacer de nuevo https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63100-nacer-de-nuevo.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63100-nacer-de-nuevo.html Nacer de nuevo

Homilía en la Misa del lunes de la II semana de Pascua, el 12 de abril de 2021.

Qué fuerte es este Evangelio y cómo nos pone ante el verdadero significado o la profundidad del significado de celebrar la Resurrección de Jesucristo. Sin él, el pecado y la muerte han sido vencidos. Es el comienzo de una nueva Creación. Es un nuevo comienzo de todo. Yo sé que eso choca con nuestra -y cuando digo “nuestra”, me incluyo a mí mismo- concepción de la vida cristiana, que viene a ser como un suplemento de fuerza, de energía para vivir las cosas importantes, que es la vida cotidiana, nuestra vida, nuestros proyectos, nuestros planes, nuestras ideas acerca de las cosas, de las personas, de las relaciones humanas.

Y acogemos con gusto la Gracia de Dios, porque viene en muchos sentidos a reforzar nuestra manera de vivir y a darnos consuelo y energía extra que necesitamos, porque la vida es muy cansada y porque la vida tiene muchas fatigas y contratiempos, y luego porque nos da ciertamente la esperanza de la vida eterna. Pero aquí el Señor dice algo muy tremendo: que hay que nacer de nuevo. Es decir, que es una vida completamente nueva. Que ser cristiano es como un nuevo nacimiento. Eso, evidentemente, no está en nuestras manos. Eso es fruto del Espíritu que, como dice el Señor, “el que ha nacido del Espíritu y del agua”, es decir, del don del Espíritu que se realiza en el Bautismo, pero que se hace consciente luego en la vida mediante los signos que podemos percibir en ella, de cómo la vida de la Iglesia fecunda la vida humana y la hace nueva y grande, y hermosa... pues, uno comprende que sí, que es posible nacer de nuevo. Que no sólo es posible, sino que es necesario nacer de nuevo.

Es necesario tener una mirada nueva, un corazón nuevo, unos sentimientos nuevos, conformados a los de Cristo Jesús, una alegría nueva de cuál es el significado de qué es lo que es importante en la vida y qué es lo que realmente la hace rica, y no como un premio para nuestras buenas obras después de la muerte, sino ya en el momento presente, que es lo que la llena, porque Cristo está en nosotros, está en la realidad misma. Es la realidad misma la que ha sido transformada por la Resurrección de Jesucristo, por el triunfo de Cristo. Es todo una nueva Creación. Como decía San Pablo, “ya no hay judío, ni gentil, no hay griego, ni bárbaro, no hay esclavo, ni libre, no hay hombre, ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús”. Esa es la nueva Creación.

En la oración de la Misa yo sé que no basta. Uno lo dice y, media hora después, las cosas nos absorben de tal manera que Dios vuelve a ser un elemento, no digo marginal, pero no el centro de nuestra vida. En la oración de la Misa de hoy, hemos pedido ser imagen de aquel que es nuestro nuevo Padre. Cuando se habla de nuestro Padre Jesús, en un sentido es muy verdadero, porque Jesús, con el don de su vida y con el don de su Espíritu, nos ha engendrado a una vida nueva. En ese sentido, es perfectamente legítimo hablar de nuestro Padre Jesús, que comparaba con nuestro padre terrenal, que no se refiere a nuestro padre o al padre de ninguno de nosotros; se refiere a nuestro padre Adán. A que nos conformemos a la imagen de Cristo. Pero ser Cristo es algo que no está en nuestra mano. Es un don del Espíritu. Si ni siquiera podemos decir “Jesús es el Señor” sin el don del Espíritu Santo, cuánto menos no sólo tomar conciencia, sino ser verdaderamente presencia de Cristo en medio del mundo, en medio del mundo que cada uno nos toca vivir, que luego es un trocito de mundo muy pequeño, normalmente. Pero ser ahí verdaderamente la presencia, la ternura, las manos, la voz, la mirada, los sentimientos, el corazón mismo de Jesús.

Que el Señor nos conceda ese don. Él viene a nosotros en la Eucaristía. Se lo pedimos. Se lo pedimos humildemente, con la certeza de que es una oración que, cuando la hacemos con sinceridad, el Señor escucha siempre.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

12 de abril de 2021

Iglesia parroquial Sagrario-Catedral

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 12 Apr 2021 09:14:57 +0000
“Que el Señor haga renacer en nosotros la vida nueva de la Pascua” https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63067-“que-el-señor-haga-renacer-en-nosotros-la-vida-nueva-de-la-pascua”.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63067-“que-el-señor-haga-renacer-en-nosotros-la-vida-nueva-de-la-pascua”.html “Que el Señor haga renacer en nosotros la vida nueva de la Pascua”

Homilía en la celebración de la Pasión del Señor (Oficios) del Viernes Santo, el 2 de abril de 2021.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios; muy querido Sr. Nuncio, que nos hace el honor de acompañarnos y de presidir nuestras celebraciones, tanto ayer como hoy;

queridos sacerdotes concelebrantes;

amigos todos:


Lo que acabamos de oír no necesita tanta glosa, ni comentario, ni palabras que empobrezcan lo que la sobriedad y la esencialidad de este relato comunica. Es el centro de la historia humana, y el centro de la Creación, porque en el Gólgota Dios ha cumplido su designio de unirse a la creatura humana. Y a través de ella, al cosmos entero. Con un amor que no somos nosotros capaces ni de representarnos ni de imaginar. Cuántas veces dice el Evangelio que acabamos de escuchar, en el relato de la Pasión de San Juan: “Está cumplido para que se cumpla la Escritura”. Viendo que ya estaba todo cumplido. Se ha cumplido el designio de Dios. El designio de Dios al crear el mundo, al crear a nuestros padres, al crearnos a nosotros, a cada uno de nosotros. Porque la Voluntad y el designio de Dios es, justamente, unirse a nosotros, de tal manera que nosotros, creaturas hechas a imagen y semejanza de Dios, podamos participar de la vida divina. Y el Hijo de Dios, que se encarnó en el seno de la Virgen, ha consumado hoy eso que Él ayer decía en Sus propias palabras: “Es una Alianza nueva y eterna”.

Los judíos que habían leído a Jeremías sabían lo que eso quería decir, pero también nosotros, aunque no seamos expertos en el Antiguo Testamento. Entendemos lo que significa una “Alianza nueva” porque nadie podríamos imaginarnos a Dios, o nadie podríamos imaginarnos –mejor- la grandeza de Dios en un hecho como el que acabamos de proclamar. Y, sin embargo, es esta humillación suprema de Dios, es este querer compartir la condición humana, y beber el cáliz de la condición humana hasta el fondo, hasta que el último gesto de Jesús en su ministerio mortal, en su ministerio terreno, haya sido beber un poco de vinagre para saciar su sed. Él, que le había dicho a la samaritana: “Yo tengo un agua que quien bebe de ella no vuelve nunca a tener sed”. Diciéndole así que Él era el portador de la vida eterna. Pues, el portador de la vida eterna nos ama hasta tal punto que quiere darse por entero a nosotros y de una forma especialmente humillante, especialmente dolorosa y cruel. Para que ningún hombre pueda decir jamás, en su miseria, o en su dolor, en su angustias, “Dios no está conmigo”, “Dios no puede entender por lo que yo estoy pasando”, “Dios no puede entender este dolor”, “Dios no puede sentir la soledad, la angustia o la ansiedad que yo tengo”. Él ha querido beber hasta el fondo la condición humana, sembrándose a Sí en nuestra historia, en nuestra humanidad, en nuestra tierra. Para que en esa tierra el grano de trigo muerto pueda hacer florecer una espiga de alabanza. Millones de espigas de alabanza que brotan del amor infinito de Dios entregado en Cristo. Todo está cumplido.

En estos días leíamos un texto en la Liturgia de las Horas que se ha repetido muchas veces: “La prueba de que Dios nos ama es que siendo nosotros todavía pecadores –(es decir, no por nuestros méritos, no porque nosotros lo hayamos merecido, no porque nosotros hayamos ganado con nuestro esfuerzo el amor de Dios, sino siendo pecadores, siendo blasfemos, siendo egoístas, siendo mezquinos, siendo avariciosos, lujuriosos, siendo nosotros, viviendo de espaldas a Dios de tantas maneras)-, el Señor no se ha echado para atrás”. El Señor no se ha rendido. No se ha dejado rendir por el mal, sino que ha derrochado Su amor hasta el extremo. No hay amor mayor que el de dar la vida por aquellos a los que uno ama. En ese abrazo de Cristo en la cruz, quiero decir que estábamos cada uno de nosotros; que no es un gesto que Jesús hace una vez y agota su significado en el momento en que lo hace y pertenece al pasado, y entonces nosotros ahora lo recordamos y lo recordamos con piedad, con ternura, con veneración. No. Es un gesto que por ser Dios quien lo hace, por ser el Hijo de Dios quien lo hace, abraza a la humanidad entera y a la Creación entera.

Yo sé que en nuestro tiempo, especialmente en este tiempo de tanta inestabilidad, de la pandemia, de tantas dificultades también en la vida personal, en la vida de las familias, en los trabajos, en todas las cosas, en las relaciones humanas en general, con tanta multiplicación de la violencia (de una forma o de otra), nos parece que el poder del mal es tremendo. Nos asusta ese poder del mal. Yo no sería sacerdote de Jesucristo si no quisiera anunciaros, con todas mis pobres fuerzas, que el poder del mal no es nada al lado del poder del amor con el que Dios nos ama a cada uno. Y nos ama a todos.

Si no, estaríamos confesando que nuestro verdadero Dios es el mal. No. El mal lo ha vencido Cristo y lo ha vencido en la cruz. Lo ha vencido de la manera que el mal jamás se imaginaría que podría ser vencido. Porque cuando nosotros nos imaginamos el poder, nos lo imaginamos siempre con grandes manifestaciones de poder. La demostración de poder que tienen los tres sinópticos en la palabra de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, al comienzo del Salmo. “Todo está cumplido”. Y dice el Evangelista San Juan: “Entregó Su espíritu”. Efectivamente. En ese momento, es una manera humana de decir “murió”. Entregó Su aliento, sólo que el aliento del Hijo de Dios es la vida divina, y a partir de ese momento el aliento de Dios está suelto por la tierra, para que si Le abrimos nuestros corazón, Él pueda darse a nosotros, y hacer nacer en nosotros la vida grande y bella de los hijos de Dios, el mundo nuevo, la Creación nueva, que nace de la mañana de Pascua. Pero que nace también del Gólgota, donde el Hijo de Dios se ha entregado por entero. Le quedaba una misión por hacer: anunciar a los muertos que la muerte había sido vencida. Su unión con nuestra naturaleza, con nuestra condición humana ha sido una unión hasta la muerte. El descenso a los infiernos que proclamamos en el Credo no quiere decir que Dios ha bajado a lo que los cristianos llamamos “el infierno” o ha ido. No. Era el lugar de los muertos. Y Cristo va al lugar de los muertos y rescata. Cuántas veces ese icono de Cristo rescatando a Adán y Eva, rescatando a la humanidad con el poder salvador de Su amor.

Mis queridos hermanos, la única actitud posible cuando uno se asoma a esta realidad grande que es la Revelación suprema de Dios -repito, Dios se revela como grande, no a la manera de los poderes del mundo, con sus símbolos de poder, sino precisamente en Su capacidad de darSe por entero. En su capacidad de entregarSe, donde se revela precisamente como amor. No como alguien que tiene sentimientos de amor, sino como el Amor, con mayúscula. Y ese Amor es el comienzo de nuestra vida y la única esperanza del mundo. Y la única esperanza, también, para nosotros. Acoger ese Amor, adorar ese Amor es lo que vamos a hacer ahora adorando la cruz. Adorar ese Amor. Y dejar que ese Amor cale, por así decir, en nuestra tierra y produzca semilla. Es el sembrador quien Se ha sembrado en nosotros. Y produzca fruto esa semilla al treinta, al sesenta, al ciento por uno, para Gloria de Dios, y para vida nuestra, y para alegría nuestra. No lo olvidéis, Jesús dijo “Yo he venido para que Mi alegría esté en vosotros y para que vuestra alegría llegue a plenitud”.

Que el Señor, abriendo nuestro corazón al poder salvador de Su amor revelado en la Pasión y en la Muerte de Cristo, haga renacer en nosotros la vida nueva de la Pascua, la nueva Creación. Esa nueva primavera que es, justamente, como recuerda la vigilia pascual, un nuevo comienzo de la Creación y de la historia. Un nuevo comienzo en nuestras vidas. Una alegría que sacia nuestra sed de plenitud y que salta hasta la vida eterna.

Que así sea.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

2 de abril de 2021

S.I Catedral de Granada

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 02 Apr 2021 08:32:46 +0000
“Te damos gracias, Señor, porque Tú eres fiel” https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63054-“te-damos-gracias-señor-porque-tú-eres-fiel”.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63054-“te-damos-gracias-señor-porque-tú-eres-fiel”.html “Te damos gracias, Señor, porque Tú eres fiel”

Homilía en la Misa para festejar el 25 aniversario de la parroquia de Cijuela, el 27 de marzo de 2021.

Muy querida familia;

queridos sacerdotes concelebrantes, Hermes, Eudo (es un gozo que tengamos con nosotros a tres de los sacerdotes del pueblo o que han servido a vuestra comunidad cristiana: Pepe Luis, como le llamáis familiarmente, Mario y José Carlos);

querido señor alcalde (…);

saludo también a los del coro;


La ocasión singular de esta celebración, aunque no coincide con el día exacto que fue hace unos días, son los 25 años de construcción de esta nueva parroquia. Y damos gracias por esos 25 años y por la historia de misericordia, gracia y amor que ha tenido el Señor con nosotros a lo largo de 25 años.

Veinticinco años para Pablo, o para Alfonso, son un mundo. Y tienen ellos razón, porque 25 años vienen a ser dos generaciones casi, y es un cuarto de siglo, y para todos es una parte muy importante de nuestra vida. Yo llevo en Granada menos de 25 años y, sin embargo, me siento miembros de la Iglesia de la familia de Granada, cada vez con más fuerza y con más verdad, porque es un pedazo grande en la vida. Y damos gracias porque el Señor es fiel. En cada Eucaristía lo decimos. Decimos que es algo esencial a nuestra experiencia cristiana el dar gracias. Decimos que es justo, que es necesario, que es nuestro deber pero que es nuestra salvación darTe gracias. Y se dice siempre el motivo: “por Jesucristo, nuestro Señor”.

Os llamo la atención sobre este detalle. Imaginaos que estuviéramos celebrando el funeral de un niño, con lo que eso implica (lo digo porque no se me ocurre circunstancia más dolorosa que esa, más dura). Sin embargo, la Iglesia diría lo mismo: es justo darTe gracias. No por la muerte de este niño, sino por Jesucristo, que nos permite mirar a la muerte de un niño o a cualquier otra circunstancia en la vida, sabiendo que el mal, lo mismo que la muerte, no tiene la última palabra en nuestras vidas. Y eso no sólo lo sabemos, sino que, de alguna manera, lo experimentamos en la vida de la Iglesia, lo pregustamos, lo comprendemos y lo experimentamos verdaderamente. Por lo tanto, se lo debemos a Jesucristo. Por eso, Jesucristo es la clave de nuestra existencia, la clave de nuestro futuro, en el sentido real. Si esperamos para el mundo un futuro humano, no sólo lo tenemos que esperar de Jesucristo (como si Jesucristo con una varita mágica, viniera a arreglar el mundo), sino que de esa humanidad, que brota de generación en generación y que brota en cada uno de nosotros cuando acogemos a Cristo en nuestras vidas, por la Gracia del Señor. A veces, de repente, con la paciencia del Señor de toda una vida y de muchas vidas, la presencia de Jesucristo en medio de nosotros genera una vez y otra vez y otra vez, y renueva nuestra alegría, y renueva las razones para perdonar, y renueva las razones para perdonarnos a nosotros mismos, y renueva las razones para que renazca en nuestro corazón la esperanza y que renazca en nuestro corazón la alegría.

Ese es Jesucristo y por eso Te damos gracias, Señor, porque Tú eres fiel. Las circunstancias cambian y no voy a detenerme en deciros lo difíciles que son las circunstancias. Este año hace casi un mes que estamos en la pandemia y todo lo que está cambiando en nuestra vida. Todas estas circunstancias son particularmente difíciles, y no sólo para la vida laboral, sino también para la vida de las familias y para la vida de los matrimonios. Y eso que vosotros, por el hecho de vivir en una especie de pueblo que es mitad pueblo, mitad ciudad, pero donde estoy seguro de que los niños pueden jugar por las calles, tenéis una situación bastante privilegiada, humanamente hablando. Pero el motivo de nuestra gratitud es que las circunstancias pueden cambiar y han cambiado muchas veces a lo largo de la historia, incluso en nuestra pandemia. Es verdad que eso es una pandemia global y que eso no se ha dado nunca en la historia que conocemos, o se daba a lo largo del tiempo. En el siglo III, sé de una peste que hubo que nació en Etiopía, en el sur de Egipto, pero tardó un siglo en llegar a Cartago y a España, porque se iba extendiendo poco a poco, porque la gente viajaba en mulo o en caballo en el mejor de los casos, y entonces tardó, pero cuando llegó a Roma había días en los que en Roma morían 5.000 personas al día. Quiero decir que la nuestra es la única que la ha tenido todo el mundo a la vez, pero que pestes, pandemias, epidemias, enfermedades contagiosas, cólera, otro tipo de guerras, las ha habido siempre. Y ha habido distintos tipos de Imperios y distintos tipos de gobiernos, y distintos tipos de cultura a lo largo de la historia, y Jesucristo permanece. Como dice un pasaje del Nuevo Testamente: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. Y nosotros Te damos gracias hoy, con un corazón agradecido, por estos 25 años. Pero Te las damos también con la certeza de que Tú permaneces. Y decir que permaneces es decir que permanece Tu amor por nosotros. Ayer, hoy y siempre. Y que ese amor tuyo no acompaña siempre y nos aguarda siempre. Y hasta nuestros difuntos… y es tan duro para nosotros el separarnos de ellos y a veces el separarnos de maneras tan inhumanas como en este mundo de hoy, o en estas circunstancias nos toca separarnos de ellos.

Sabemos que quien nos aguarda del otro lado de donde nosotros ya no podemos acompañarles son los brazos abiertos de Cristo que nos presiden siempre. Siempre nos presiden. Y esos brazos abiertos de Cristo expresan Su amor, ese amor del que Él habló la víspera de su muerte: Y no hay mayor amor que el de dar la vida por aquellos a los que uno ama. Y no se detuvo ante la muerte de ese amor Suyo que, como don del Espíritu Santo, permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Es lo que nos aguardan cuando nuestros familiares ya no nos pueden acariciar ni sujetar la mano, y nos espera a todos con los brazos abiertos. Y ese es el motivo verdaderamente de una alegría profunda, que es perfectamente compatible con dolor, con ansiedad, con miedo, porque somos criaturas humanas. Al Señor tampoco le agradaba la Pasión, fue a ella con una decisión muy grande. Dijo: “Nadie me quita la vida, Yo la doy porque quiero”. Pero eso no le quitaba la resistencia de su organismo y de su cuerpo humano al dolor. Entonces, en medio de todo eso, nosotros estamos alegres porque sabemos que tu amor es fiel, que tu amor es infinito y fiel, y que tu amor no nos deja a nadie, nunca jamás. Y que no necesitamos conquistarlo. Si merece la pena vivir bien, no es porque tengamos necesidad de conquistarte y convencerte de que somos buenos para que nos quieras. Eso es lo que hacen a veces los adolescentes o los novios cuando están empezando a salir: presentar la cara más bonita para ver si el otro me quiere. Pero con el Señor no tenemos que hacer eso. Nos quiere y nos quiere a todos con un amor infinito. Y podemos coger de ese amor todo el que necesitemos y no nos quitamos nada a nadie. Por eso la envidia está tan fuera de lugar con el Señor, porque hay para todos, todo lo que necesitemos. Eso es lo que permanece en la historia, esa es la fuente de esperanza verdadera en la Historia.

Sé que si miramos en estos 25 años, también en esta historia pequeña, soy consciente de que, en esos 25 años, ha habido dolor, descarrilamiento en el camino y de dificultades y de tropiezos. Claro. Pero no damos gracias por eso, ni detenemos en eso nuestra mirada. Damos gracias porque el Señor es fiel y permanece con nosotros, y no nos abandonará jamás. Ese es el motivo y a lo largo de la historia de la Iglesia, en estos 20 siglos, fijaros cuántos descarrilamientos y algunos de ellos muy gordos, y sin embargo Dios es fiel, y estamos en el año 2021.

Dentro de un ratito vosotros recibiréis al Señor y recibir al Señor tiene la misma intensidad, es el mismo regalo, es el mismo don que en la Última Cena o en la mañana de Pascua. Es Cristo quien viene a nosotros. Celebrábamos hace dos días la Encarnación, que es el día del aniversario de la Iglesia, verdaderamente. Igual que la Virgen recibió al Hijo de Dios, al Verbo de Dios en sus entrañas, nosotros lo recibimos en nuestro cuerpo, verdaderamente, y es Su misma vida divina la que quiere vivir en nosotros y sostenernos en nuestro camino por la vida. Cristo no ha venido para que hagamos unos ritos y cumplamos con una serie de cosas exteriores. Cristo ha venido para que podamos vivir la vida contentos. Y lo dijo él, si es que hay cosas del Evangelio a las que no les hemos prestado atención: “Yo he venido para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”. No me cansaré de repetirlo. Cristo ha dado Su sangre para que tú y yo, y cada uno de nosotros, podamos vivir contentos. Vivir contentos nuestra humanidad. Vivir contentos las circunstancias de nuestra vida, la historia de nuestra familia, las circunstancias de nuestro trabajo. Afrontarlas con la certeza de que siempre nuestra humanidad puede ponerse por encima de las circunstancias y abrazarlas, y trascenderlas de algún modo. Y las circunstancias más duras o más difíciles pueden transformarse en circunstancias de salvación, en lugar de la Presencia salvadora del poder salvador de Cristo.

Damos gracias. Es curioso que la oración del cristiano central se llama Eucaristía y la Tradición cristiana ha dicho siempre que la Eucaristía es como la fuente de donde brota siempre la vida de la Iglesia y donde la vida de la Iglesia alcanza su plenitud. Eucaristía significa “acción de gracias” y un cristiano es, desde el punto de vista humano, psicológico, un hombre agradecido. Sé que mis padres han tenido defectos y sé que mi familia tiene defectos, y sé que yo tengo defectos, y no espero no tenerlos. No pongo mi esperanza en no tenerlos. Pongo mi esperanza donde sé que mi esperanza es roca firme y es que Dios es fiel.

Que Tú, Señor, has mostrado mil veces tu fidelidad y tu capacidad de regenerarnos por dentro y empezar de nuevo un mundo nuevo. El Papa Francisco ha insistido muchas veces en que estamos en un cambio de tiempo, de cultura. La verdad es que eso lo viene diciendo la Iglesia desde el Concilio, desde los años 60, que hay una cultura nueva. Cada Papa lo ha dicho en su lenguaje, con su estilo particular, y la pandemia pone muy evidente la brutalidad, si queréis, o la rudeza de ese cambio cultural. Pero no le tenemos miedo a ese cambio cultural. Caerán muchas cosas que a lo mejor son secundarias (esperemos que no caiga nada esencial en nuestra humanidad), pero si bebemos del amor infinito de Cristo, si bebemos de esas fuentes que alimentan y cuidan y nutren ese amor que son los sacramentos, que es nuestra vida de comunidad en torno a la Eucaristía, tendremos la respuesta para vivir, para mostrar la belleza de una humanidad que nace del costado abierto de Cristo.

Vamos a celebrar la Semana Santa y ojalá pudiéramos tener las procesiones, pero no es lo esencial. Lo esencial es sumergirse en ese amor infinito del Señor, y eso sin procesiones también lo podemos hacer. Y dejar que ese amor infinito del Señor transforme nuestro corazón pobre y pequeño, y lo haga florecer y lo haga resplandecer de belleza, porque un pueblo que vive de ese amor es un pueblo bello. La obra de arte más grande es nuestra vida, son nuestras relaciones. Esa es la verdadera obra de arte. Esa es por la que uno da gracias y lo que uno desea transmitir a quienes no conocen al Señor o a las generaciones más jóvenes. La belleza de un modo de ser hombre y mujer, de un modo de vivir, de un modo de estar juntos, de un modo de querernos y de tratarnos que sólo tiene su fuente en que el Señor está en medio de nosotros y Su misericordia no nos abandona jamás.

Que el Señor nos conceda vivir esa gracia y hoy, que Le damos gracias por estos 25 años, que dentro de otros 25 años los que hoy son pequeños puedan dar gracias y anunciar a otros que sigue siendo posible vivir una vida humana bella, y que construimos esa vida humana bella sobre esa roca que es el amor infinito de Dios, que se nos da en Jesucristo.

Que así sea para cada una de nuestras familias. Que así sea para cada una de nuestras vidas. Que así sea para cada uno. Esa es mi súplica junto a vosotros, en esta Eucaristía.

Palabras finales de D. Javier:

Dios mío, me habéis recibido con mucha alegría en la puerta cuando he llegado y nos hemos saludado por primera vez. Hemos compartido lo más grande, que es el Cuerpo de Cristo y vive en nosotros, y nos hace a todos miembros de su cuerpo y a los unos miembros de los otros. Nos une con una fuerza que, cuando la descubrimos, es más fuerte que los lazos de la carne y de la familia , y de eso sois también testigos por los sacerdotes que tenéis, que alguna mujer ha dicho “yo le he adoptado y él se ha dejado adoptar”. Han encontrado en vosotros una familia tan importante en sus vidas, estoy seguro, como la familia de la carne.

Y muchas veces nosotros tenemos la experiencia que la familia de la fe tiene más fuerza. Cristo es más fuerte que ninguna pertenencia humana. Y, cuando esas pertenencias humanas existen y son bellas, las fortalece, las sostiene y las engrandece. Pero que no tenéis que darme las gracias. Yo estoy feliz de estar con vosotros.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

27 de marzo de 2021

Parroquia de Cijuela (Granada)

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Sat, 27 Mar 2021 12:21:57 +0000
“Cristo es la clave de lo humano” https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63053-“cristo-es-la-clave-de-lo-humano”.html https://www.odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/63053-“cristo-es-la-clave-de-lo-humano”.html “Cristo es la clave de lo humano”

Homilía en la Eucaristía por la vida, en la Jornada por la vida, el 25 de marzo de 2021.

Muy queridos hermanos y amigos;

muy querida familia (porque lo somos. Eso es la Iglesia y si no es eso, no es nada);


Celebramos dos cosas grandes esta tarde y una de ellas es tan grande, que yo diría que es la más grande de la historia: la Encarnación del Hijo de Dios. Es verdad que eso lo celebramos con toda solemnidad en Navidad, el 25 de diciembre. Y el 25 de marzo, es el momento de la Encarnación. Pero el hecho de la Encarnación del Verbo es realmente el culmen y el centro de la historia humana. Es el desposorio del Señor con su Esposa amada, que es la humanidad, para que nazca una humanidad nueva que rompa la dinámica del poder, del pecado y de la muerte. Que nazca de Su amor una forma nueva de vivir la vida humana.

Celebramos también esta tarde el V aniversario de la Carta apostólica postsinodal “Amoris Laetitia”, en la que el Santo Padre habla de la familia y del amor esponsal, y de la alegría y de la belleza del amor esponsal.

Yo no voy a entrar en los detalles del contenido de la encíclica, que seguramente algunos de vosotros conocéis estupendamente y otros a lo mejor no tanto, pero también la tenéis presente, y siempre, además, hay posibilidad de volver a ella y saborearla. Yo quiero mostrar que esa encíclica es el paso más reciente del Magisterio de la Iglesia en una dirección que el Magisterio tiene tomada decisivamente, decididamente desde el Concilio Vaticano II, y que es absolutamente imprescindible para recuperar, en su frescura y en su sencillez original, la fe cristiana. La fe que nace del hecho de la Encarnación, la fe que tiene su fuente y su centro justamente en la Encarnación del Hijo de Dios.

¿De dónde venimos? Pues, venimos -y lo dijeron así tanto el Concilio Vaticano II como el Papa san Pablo VI muchas veces, y lo repitió muchas veces también san Juan Pablo II- de una separación radical, profunda, de un abismo de separación entre lo humano y lo divino; entre lo natural y lo sobrenatural, por decirlo en un término un pelín más técnico, porque, a lo mejor, la palabra “sobrenatural” hoy la reservamos para ciertas cosas de ciencia ficción, en ciertas películas de anime. Pero la palabra “natural” todos la usamos de la misma manera que se viene usando desde el siglo XIV, cuando esa separación se inicia y se fue progresivamente agrandando hasta el XIX y el XX.

Es una separación agotada, es una separación, en el fondo, herética; es decir, que impide vivir el centro de la fe cristiana, aunque guardemos muchas cosas de las rutinas y costumbres cristianas. ¿Por qué? Porque lo sobrenatural queda así puesto fuera de la Creación, fuera de lo real, en definitiva. Dios es concebido como alguien que está fuera de la Creación. La imagen favorita de Dios en el siglo XVII y XVIII es la imagen del Dios “arquitecto”. Hoy, ese Dios no resiste la crítica y no resistió las críticas del siglo XIX que dieron lugar a todas las ideologías del XX que conocemos, tan destructivas de lo humano. Ese Dios no resiste, por ejemplo, a una pregunta que ya hizo un filósofo en el siglo XVII o finales: “El mal existe en el mundo. Entonces, no caben más que dos conclusiones: o que Dios no es Todopoderoso y no puede arreglarlo, o que Dios no es bueno y no quiere arreglarlo”. Ese tipo de objeción sólo tiene lugar sobre un supuesto: el que Dios sea un ser que está fuera de la Creación, ¡y eso coincide tan poco con la fe cristiana! Yo recuerdo el Catecismo que yo estudié de niño (y soy un anciano), en buena o gran medida, y había una pregunta en él que se había repetido en esos catecismos: “¿Dónde está Dios?”. Y la respuesta era: “En el cielo, en la tierra y en todas partes”. Eso significa que Dios no está fuera de la Creación en la conciencia cristiana, sino que la Creación entera es una participación del Ser de Dios. La pregunta que ha surgido muchas veces, por ejemplo, en la pandemia: “¿Dónde está Dios?”. En las UCI. Benditos capellanes que han podido llevar al Señor a los hospitales, pero Dios estaba en el agonizante.

Como Dios está en los restos del difunto, de manera diferente. Dios está en todo, porque Dios no está fuera de nada. Y el mal acontece, por así decir, en el seno de Dios. Es verdad que cuando nosotros empezamos a pensar en Dios, un poco de esta manera, se nos hace más difícil concebirlo como un ser personal, espontáneamente. Si lo pensamos así, pensamos como que Dios es una especie de fuerza o de energía. Pero esa es la pobreza de nuestro pensamiento. Porque la Creación es personal. Nosotros somos personas y somos capaces de amar y, como personas, somos seres únicos. Entonces, Dios está también en nuestra persona, Dios es también la fuente y la plenitud de nuestro ser persona a imagen y semejanza de Dios. Y estamos hechos para el amor, como personas, precisamente. Y ese estar hechos para el amor también tiene su origen y su plenitud en el Dios que es Amor. No sólo que tiene sentimientos de amor y de misericordia, sino que es el Amor. Lo cual también significa que todo amor verdadero es como una participación en el Ser de Dios. No hay cosa más poliédrica, más rica y más fecunda en todos los sentidos que el amor. Probablemente, el amor no se repite nunca, porque cada persona es única. Pero, además, es que está el amor fraternal, el amor de compañerismo, el amor de los hermanos, el amor de los padres a los hijos, de los hijos a los padres, la amistad y el amor esponsal, esa forma única y especialísima de amor, que está también inscrito en el corazón del hombre y de la mujer.

Venimos de un mundo en el que, durante varios siglos, la cultura se ha ido construyendo sobre la hipótesis de una separación entre lo que es natural y lo que es sobrenatural, que es lo de “las cosas de Dios”. A esa misma separación coincide la separación que hacemos entre lo religioso como un cuadradito dentro de los muchos cajoncitos que tiene la vida. Luego está el cajoncito del arte, el cajoncito de la ciencia, el cajoncito de la diversión, el cajoncito de la comida, de la economía… y uno es el de lo religioso. ¡Pues, no! También eso es una concepción que está lejos de la Tradición cristiana. Lo religioso es el fondo, y no hay nada humano, verdaderamente humano, que podamos mirarlo sin censurar nada, es decir, de una manera verdaderamente libre, y que no lleguemos a tocar el Misterio, a tropezarnos con el Misterio. Y si hay algo que es así. es el amor –repito- en todas sus formas, y sobre todo en esa forma misteriosa sobre todas y grande sobre todas que es el amor esponsal.

Otra consecuencia negativa de esa separación entre lo natural y lo sobrenatural, entre Dios y la Creación, entre lo divino y lo humano, lo religioso y lo demás, porque son todas análogas, porque forman parte del mismo esquema, es que lo natural es perfectamente dominable por la razón. Lo natural es perfectamente medible. En definitiva, eso era lo que Descartes llamaba la “resistencia”, pero tiene muchas otras formas. Lo natural es algo que la razón puede contemplar y dominar. La naturaleza está ahí para que la dominemos. Esa es otra gran mentira: no dominamos nada si lo miramos con suficiente profundidad.

O, lo que dominamos, es lo menos interesante de la vida y de la realidad. Podemos medir la distancia entre las estrellas. Podemos reconstruir, si queréis, el minuto siguiente al Big Bang. Podemos reconstruir los ecos que produce, pero, después del comienzo de la explosión, lo que no podemos es situarnos fuera del mundo para contemplar la explosión. No podemos. Y eso quiere decir que nos topamos con un momento de misterio que no es medible, incluso, en las realidades físicas. A lo grande, en el cosmos, y a lo pequeño, en el átomo. Hay un momento en el que nos topamos, las cosas son así. ¿Pero, por qué son así? Lo humano, ciertamente, cuando pensamos que es medible, cuando pensamos que el amor humano o el matrimonio es un fenómeno meramente natural, porque, ¿qué pasa con todo lo que es meramente natural? Que pensamos que lo podemos medir. Y si lo podemos medir, depende del ingeniero que lo mida, que coloque lo descolocado. Entonces, creamos protocolos y procedimientos, dando por supuesto que todo es medible. Dando por supuesto que todo es medible, creamos protocolos y procedimientos para la educación. No funciona. Perdonadme, no funciona.

Si el matrimonio fuera una realidad meramente natural. Y los creamos en los gabinetes psicológicos. Que con eso no estoy queriendo decir que todas esas cosas no sirvan, pero cuando decimos que el matrimonio es una realidad natural, en realidad estamos diciendo que es una realidad que podemos gestionar nosotros. Y yo creo que bastaría tener los ojos medianamente abiertos. No hace falta ni ser muy inteligentes ni tener un genio de la filosofía o del pensamiento, para darse cuenta de que el matrimonio no es una cosa meramente natural, y que funciona si aprendemos bien a que funcione, y si aprendemos a gestionar bien los protocolos que funcione. Estamos más que equivocados, por haber pensado que es una cosa meramente natural. Una de las cosas que pone de manifiesto la barbarie y la confusión intelectual en la que vivimos. Pero, por pensar que es una cosa meramente natural, el resultado es que los matrimonios se rompen.

Hace muchos años, antes de que yo llegara a Granada, figuraba esa encuesta de que en España se rompía un matrimonio cada 3 minutos. Entonces, hace ocho años. El Magisterio de la Iglesia viene rompiendo con esa Tradición, viene alejándose de esa Tradición, desde el Concilio. Cuando el Papa Juan Pablo II dijo que una frase del Concilio era “Jesucristo, el Verbo de Dios encarnado, al revelarnos a Dios Padre y a Su designio de amor, revela el hombre al hombre mismo y le descubre la sublimidad de su vocación”, estaba descubriendo que sólo a la luz de Cristo se ilumina el Misterio que somos. Que hay cosas que están en la vida que son medibles, claro que sí. Pero, las relacione mismas, no. Son misteriosas, como yo soy misterioso para mí mismo. Por eso el hombre no puede vivir sin amor y el amor es misterioso. El amor esponsal, el más misterioso de todos. Decía, “porque el hombre no puede vivir sin amor, porque la vida se le hace oscura, difícil de digerir, difícil de sobrellevarse. Se le termina haciendo un peso cuando vive sin amor”. Y de eso tenemos también las pruebas todos los días. Es necesario acercarse a Cristo, que revela el hombre al hombre mismo y le descubre la sublimidad de su vocación.

Cuando el Papa escribe la “Amoris Laetitia” y entra en el Misterio del amor humano y en la belleza de ese Misterio, está recuperando una Tradición cristiana olvidada y perniciosa. Pernicioso el que lo hayamos olvidado. Cristo es la clave de lo humano. Es la clave de la amistad, es la clave del trabajo, es la clave de todo lo que somos. Y una de nuestro ser es que somos hijos. “Dios Padre, de quien proviene toda familia en el cielo y en la tierra”. Somos hijos, todos somos hijos, de la misma manera que todos somos hombre o mujer, y todos tenemos una vocación esponsal. Y diréis, “pero usted lo está diciendo y usted no tiene mujer ni hijos”. ¡Estáis equivocados! Tengo un anillo más gordo de la mayoría de vuestros padres. Hay aquí muchas personas que no tienen hijos biológicos y se llaman “padres”, y yo tengo muchas personas que me llaman “padre”, y yo acojo el nombre, porque sé que es parte de mi misión, y cuando a veces alguien me quiere gastar bromas, digo “¡que estoy más casado que cualquier padre de familia y tengo más hijos que la mayoría!”. Lo mismo que un padre de familia, exactamente igual, y amo a mi mujer, que es la Iglesia que Dios me ha confiado, con toda la pobreza de mi amor pero con todo el amor de que soy capaz. ¡Y lo mismo sucede con las chicas consagradas! ¿Se consagran porque les gusta la enseñanza, el atender a ancianos? No, se consagran como esposas de Cristo y, al consagrarse de ese mismo, muestran que Cristo es capaz de arrebatar, que Cristo está vivo.

Por eso necesitamos todos su testimonio, también los matrimonios. Porque ponen de manifiesto que Cristo es capaz de arrebatar el corazón de una mujer, de la misma manera (y estamos celebrando el Año de San José) que la paternidad del sacerdote o la falta de paternidad en los sacerdotes tiene mucho que ver con la ausencia de los padres en la familia. La ausencia de la figura del padre en la familia. Son cosas relacionadas porque el mundo cristiano y el mundo-mundo, está intrínsecamente relacionados y no se pueden separar. Todos somos hijos y sólo siendo hijos se aprende a ser padre. Todos somos hombre o mujer y todos hemos nacido con una vocación esponsal. Y todo eso es parte de nuestra vocación al amor, sin el cual no realizamos la plenitud de nuestra vida y de nuestro ser imagen de Dios, que es un Dios que es Amor. Y porque es Amor crea al mundo. Y porque es Amor, asume nuestra condición humana en la Encarnación. Es un Dios paradójico, pero es que el amor es así. Es un Dios que es capaz de salir de Sí mismo sin salir de Sí mismo. Por lo que os decía antes: Dios no está fuera del mundo, ¡en ningún momento!

Un Padre de la Iglesia, de comienzos del siglo IV, en unas nanas que la Virgen le canta a Su Hijo Jesús en su regazo, le decía: “Primero, le llamaba descarado, porque se tiraba a todos lo que pasaba, y la Virgen a Jesús le dice: ‘Es que te tiras a todo el que está cerca’”. Y dice: “¿Es eso que eres un descarado o es ese Tu amor por los hombres?, y no haces distinciones entre los ricos y los pobres, entre los puros y los impuros, a todos te tiras”. Y le dice también: “¿Es que Tú tienes ganas de llegar a todas partes? ¡Aunque ya estás en todas antes de salir!”. ¡Me parece precioso! Cristo quiere, porque es la revelación misma del amor del Padre, el Padre que le ha entregado toda Su vida y se la ha entregado al Hijo. Y el Padre y el Hijo, y el Espíritu Santo que une a los dos en un amor personal, pleno, infinito, rebosa en la Creación y rebosa de nuevo en la Encarnación, para llegar a cada uno de nosotros en nuestra pobreza, en nuestra pequeñez, en nuestra miseria también.

Yo doy gracias porque el Magisterio de la Iglesia haya tomado ese camino desde el Concilio y el último punto de ese Magisterio en relación con la familia, porque vuelve a poner de manifiesto la necesidad de Cristo para vivir en plenitud, lo que determina más el sufrimiento y el gozo humano, las dos cosas. Porque no hay gozo sin amor, pero tampoco hay amor sin sufrimiento. Los lugares de amor son siempre lugares de cruz al mismo tiempo. Lugares de entrega y la entrega supone un salir de uno mismo, y ese salir de uno mismo siempre comporta la paradoja que constituye el amor y que tiene su primer modelo en el Señor. ”El que quiera guardar su vida, la perderá y el que la pierda en cambio –(el que la derroche, la dé)- es el que la encuentra”. Y Dios no ha enseñado nunca nada, en Jesucristo, que no haya hecho Él antes. No tuvo en algo en ser retenido el ser igual a Dios. ¡Qué fuerte! Nosotros retenemos cosas mucho más pequeñas, que no valen nada, y nos apegamos a ellas y no consentimos que nadie nos las toque, nos las quite. Nos parecemos mucho a Gollum, de “El Señor de los Anillos”: “Mi tesoro”. Y cuanto más pequeñitos nos hacemos, más pobres y más miserables.

Dios Se da y, al darSe, se revela como verdaderamente grande. Esa es la gran paradoja. “Tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús -dice San Pablo-, que no se apegó como algo digno de ser retenido el ser igual a Dios, sino que se despojó de Sí mismo y Se vació de Sí mismo tomando la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. Y se entregó hasta la muerte y una muerte de cruz. Y por eso es Señor de toda la Creación, para que toda lengua proclame “Jesucristo es Señor”, para Gloria de Dios Padre.

Dios es paradójico y el amor es una paradoja: Pero la paradoja consiste justamente en que sólo cuando salimos de nosotros mismos, sólo cuando amamos, sólo cuando nos damos, somos plenamente lo que somos y sólo en darse está la alegría. Una alegría que ensancha el corazón. La alegría y la libertad verdadera. No el libre albedrío que tenemos, que nos es dado por el hecho de nacer, sino esa libertad que dices “he aquí un hombre libre”. Un hombre libre es el que es capaz de darse, como se ha dado el Señor. “Nadie me quita la vida, Yo la doy porque quiero”. Cristo te ama porque quiera amarte, aunque nosotros mismos no somos capaces de amarnos. Pero Él nos ama porque quiere, libremente. Libremente se entrega por nosotros. Libremente permanece junto a nosotros. Lo hizo una vez en el centro de la Historia, en la Encarnación, y desde entonces, misteriosamente, no deja de hacerlo.

Estamos celebrando la Eucaristía. En la Eucaristía, de una manera misteriosa, pero no menos real que en la Casa de Nazaret, el Señor viene a cada uno de nosotros. Él es el Emmanuel, el Dios con nosotros, fue ese nombre que el mismo ángel le dio, que le daba el profeta y que Él prometió, como las últimas palabras que conserva el Evangelio de San Mateo: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Y hoy se nos da a nosotros como se dio a la Virgen, para hacer de nosotros criaturas nuevas, que vivimos las realidades de nuestra vida cotidiana como nuevas.

Me he dejado una cosa sin decir, no quiero no decirla: que si esa separación brutal entre lo natural y lo sobrenatural, entre Dios y la Creación, ha sacado a Dios del misterio del matrimonio, sacó a Dios haciendo del matrimonio una cosa natural, simplemente para ser tratada por psicólogos y psiquiatras, y sociólogos o especialistas de terapias de pareja, pues todo lo demás; si eso, que es lo más íntimo a la persona humana, ha quedado arrancado del poder salvador de Cristo, todo lo demás también. Por eso, la economía no tiene nada que ver con Cristo ni con lo cristiano, ni con lo religioso. Por eso, la política. La Iglesia hemos dejado de ser un pueblo. Hemos dejado de serlo, porque eso de ser un pueblo parece una cosa política y la política no tiene que ver con Dios. Y sin embargo, sólo podremos renacer como seres humanos, salir de la cultura de la muerte y de la destrucción, si retornamos a Cristo y si, desde Cristo, empezamos a dejar que se reconstruya una humanidad entera. Y el Papa ha empezado por el matrimonio y la familia. También ha hablado de la economía, también ha hablado y habla de la necesidad de una nueva economía, y habla de la necesidad de reconstruir los pueblos, y de sostener los pueblos o lo que queda de ellos, en el mundo del capitalismo global, con todo descaro y con toda libertad. Pero todo eso tiene que ver con ese Dios separado de la vida, que forma el ADN de nuestra cultura de la que participamos todos nosotros, en el que todos hemos sido y somos educados constantemente.

Vamos a dar gracias al Señor por su Encarnación y porque su Encarnación ilumina lo más grande de nuestra vida que es nuestra vocación al amor, en todas sus formas. E ilumina todas las dimensiones de la vida. Vamos a pedirLe humildemente que Él nos enseñe a ser un puntito de luz en medio de la noche, de esa novedad de una humanidad gozosa, plena de gratitud y de alegría, que nace del costado abierto de Cristo.

Celebramos la Encarnación y estamos a las puertas de la Semana Santa. Son las dos caras de la misma moneda. El Señor se hizo hombre y se entregó a su Esposa, a la humanidad, hasta la muerte y hasta ser objeto de burla y de escarnio, y una muerte de las más crueles que el hombre ha inventado, solamente para mostrar que Su amor no se detiene ante nada, ni se para ante nada, ni nada hace que desaparezca, o nada es más fuerte que el amor con el que somos amados. Y nada es nada.

Vamos a pedirLe que florezca en nuestro corazón, de tal manera que podamos ser un poquito de luz en medio de tanta noche. Luz nueva y fresca. La luz de la mañana de Pascua.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

25 de marzo de 2021

Parroquia Santos mártires Justo y Pastor (Granada)

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