Portadores de la luz que se identifica con la Verdad y el Amor

Homilía en la Misa del martes de la I semana de Navidad, el 29 de diciembre de 2020.

No voy a comentar este riquísimo Evangelio que se lee dos o tres veces durante el tiempo de Navidad y, sin embargo, sí quiero detenerme en hacer una pequeñísima observación que pueda iluminar y ayudar en la Lectura de este trocito de la Carta Primera de San Juan que hemos leído.

Fijaros que está jugando todo el rato con la verdad y la luz. Quien ama la verdad busca la luz. Y a la vez, la luz nos permite buscar la verdad. La Revelación de Dios no consiste en que Dios nos haya dado unos conocimientos sobre cosas o sobre Él mismo, que no hubiéramos tenido de no ser porque sucede esa Revelación. Lo cual es verdad, pero no es conocimiento sobre cosas. La Revelación del Señor consiste en una luz que nos permite ver las cosas de la vida, las realidades creadas, la historia, nuestra historia personal con una luz diferente. Con una luz que nosotros mismos nos damos cuenta de que es inaccesible a nosotros y que ilumina, sin desentrañarlo, el misterio que somos. Nos damos cuenta de la profundidad de ese misterio que somos cada uno. Misterio de libertad, de inteligencia, de amor. Y nos damos cuenta cómo en el fondo en ese misterio tocamos apenas con la punta de los dedos el Misterio más grande; se revela a esa luz como la fuente de lo que somos. La fuente y la plenitud de lo que somos.

A esa luz también descubrimos que ese Misterio es Amor y eso es lo que descubrimos en la Navidad. Que ese Misterio es Amor y que la luz que ilumina nuestro misterio también es una vocación al Amor. Y así aparece –diríamos- como una especie de triángulo entre el término luz con la Navidad, lo que el Señor ha hecho es sobre todo iluminar la Creación, iluminar nuestras vidas, iluminar la realidad de las cosas, iluminar el sentido de nuestro pasado, de nuestro origen y de nuestro fin, a la luz de un designio que es el que se revela y el que se pone de manifiesto en el Nacimiento del Hijo de Dios.

Y esa luz nos conduce a la verdad de lo que somos. Quien tiene esa luz camina, o se esfuerza por caminar en la verdad. Y quien camina en la verdad vive en la libertad de los hijos de Dios y es capaz de amar. Cuando esa luz dejamos que se oscurezca permitimos que sea minada por la desesperanza o por la desconfianza, o por la infidelidad cuando no seguimos, por así decir, a esa luz, entonces nuestra vida se ensombrece y nos damos cuenta de que todos los esfuerzos humanos por quitar esas sombras son estériles, inútiles, completamente inútiles. Y esa es una razón muy poderosa para decir “si es que con la luz veo mejor”, “es que con Jesucristo veo mejor, entiendo mejor”. No porque lo pueda desentrañar el misterio que soy o el Misterio que es Dios, pero sé que ese Misterio me permite andar, me permite caminar por la vida, me permite amar, me permite vivir con esperanza y con la conciencia de que esa esperanza no nace de mí, porque yo no sería capaz de producirla ni de reproducirla como se hace con las vacunas o los medicamentos, o los problemas matemáticos, que una vez que se tiene la respuesta se pueden reproducir indefinidamente. No, esa esperanza no la podemos reproducir. Sólo cuando acogemos esa luz, que nos es dada, vivimos con esperanza, somos capaces de amar y somos capaces de amar como el Señor nos ama, por lo tanto, también de perdonar. Y nos damos cuenta, entonces, de que ese perdón es parte de esa verdad, y parte de la luz divina que se ha iluminado en nuestras vidas.

Que el Señor nos permita siempre vivir de esa luz y que nos permita también ser luz para otros. No porque seamos cristianos o conozcamos la fe y hayamos hecho cursos y cosas podamos saber cosas que los demás no saben. Pero si somos portadores de esa luz que se identifica con la Verdad y que se identifica con el Amor, ciertamente el mundo está hecho para abrirse a ella. También a veces para perseguirla, pero en general nuestro corazón es cómplice del Evangelio; está hecho para ser cómplice, para recibir un amor infinito. Y eso es lo que hemos encontrado cuando hemos encontrado a Jesucristo en la Iglesia y en nuestra vida.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

29 de diciembre de 2020

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