“Jesucristo es el mismo ayer hoy y siempre”

Homilía en la Misa del viernes de la IV semana del Tiempo Ordinario, el 5 de febrero de 2021.

Mis queridos hermanos y amigos;

El Evangelio de hoy pone de manifiesto lo que a veces circunstancias mínimas, pequeñas, accidentales totalmente, cómo desencadenan acontecimientos que son de una grandeza enorme.

El hecho de que la hija de Herodías bailase muy bien, sencillamente hizo que el hombre a quien Jesús llamó “el más grande de los nacidos de mujer”, fuera decapitado. Justamente son esos rasgos pequeños, mínimos a veces de la historia humana, los que más se escapan a nuestro control. Es muy claro que en este caso Herodes no tenía el control de lo que había dicho, de las consecuencias de lo que había dicho, y eso terminó en el martirio de Juan el Bautista. Pero no, aparte de subrayar este hecho, de que cosas muy accidentales en la consideración de que nosotros solemos hacer de la importancia de las cosas del mundo -algunos científicos lo llamarían hoy el “efecto mariposa”, que una mariposa vuele en Nueva York y pueda tener como consecuencia un tsunami en el Pacífico. Podemos reconocer esos hechos pequeñísimos: un comentario hecho en un matrimonio y que diez, quince años después, aquella herida que estaba ahí sale a la luz y genera una verdadera tormenta en la vida del matrimonio. ¡Tantas cosas! Lo que quiero subrayar sobre todo es que esas cosas pequeñas son las que más se escapan a nuestro control, porque no son nunca fruto de nuestros planes o de nuestros cálculos, sino que suceden y las consecuencias, una vez que han sucedido, tampoco están en nuestra mano el controlarlas.

Por eso, el punto de esperanza verdadero, el único punto de esperanza no falso, no engañoso, no mentiroso que yo conozco es la frase final de la lectura de la Carta a los Hebreos que hemos leído: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. Esas circunstancias se nos escapan, esas y otras muchas. No somos dueños del tiempo ni del espacio, ni de las circunstancias que nos ha tocado vivir. Sólo Jesucristo es la roca firme de nuestras vidas. “El hombre que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece a un hombre que edificó su casa sobre roca”. Fuera de esa roca, todo es arena y la arena es movediza por definición. “Jesucristo es el mismo ayer hoy y siempre”. Es casi como la conclusión final de la Carta a los Hebreos, esa Carta escrita a unos sacerdotes judíos, para que no se desanimen por la pobreza del culto cristiano, cuando tenían que celebrar la Eucaristía probablemente en las casas y medio escondidos, siendo perseguidos por los sanedrines de las comunidades judías locales, o por el sanedrín de Jerusalén. Les habían confiscado los bienes y se sentían con nostalgia de la grandeza y del boato y de todo aquello que habían tenido cuando eran sacerdotes en el templo de Jerusalén, o cuando otros del mismo linaje eran sacerdotes que daban culto en el templo de Jerusalén. Y en ese final de la Carta, el autor de la Carta dice: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”, y a eso tenemos que volver una y otra vez.

“Jesucristo es el mismo ayer hoy y siempre”. Es el único nombre que se nos ha dado bajo el Cielo por el que podamos ser salvos. Y ser salvos es ser salvos, no a lo mejor de esta enfermedad, o no de esta dificultad en las circunstancias mías de la vida, laborales, o de las dificultades de los hijo, sino ser salvos radicalmente. En el sentido de que, el final de nuestra historia, termina bien porque el amor de Dios es infinito y no se va a dejar vencer por el mal. Luego, junto a eso, el autor señala unas cuantas cosas que son todas importantes. “Acordaros de los presos como si vosotros estuvieses presos. Acordaros de los que son maltratados como si lo sufrierais en vuestra propia carne”. Todo eso tiene como supuesto eso que os he dicho tantas veces: que ser cristianos no es tener unas ideas, es formar parte de un pueblo. ¿Quién sufre en esa familia nuestra, en ese pueblo nuestro, que no suframos nosotros con él? ¿Quién es herido, quién es víctima? ¿Quién tiene cualquier tipo de herida o sufrimiento que no sea una herida mía, nuestra, de cada uno? Es verdad que en nuestra vida conocemos a unas pocas personas y no a millones, y somos millones. Pero el Señor no nos pidió que amáramos a los millones, sino a los prójimos, a los que tenemos cerca, a los que están junto a nosotros.

La primera cosa que pide en esas exhortaciones es “conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad”. Ella, algunos sin saberlo, hospedaron a ángeles. Se refiere a Abrahán que recibió a aquella visita cuando pareció que Dios no cumplía Su promesa que le prometió el nacimiento de Isaac. Y son los tres ángeles que todos conocéis del icono de la Trinidad de Rublev. “Recibió a Dios”, en definitiva, “hospedando a otros, hospedando a unos desconocidos, hospedó a Dios”. Y la hospitalidad parece por supuesto una virtud que en las culturas tradicionales era muy frecuente: tener posibilidades de ejercerla. Hoy parece que, como todo tiene que tener su empresa dedicada a ello, no es algo que nos corresponda. Hoy en nuestra sociedad ha desaparecido casi la posibilidad de ejercer la hospitalidad, el dar posada, y sin embargo la hospitalidad es un aspecto central del cristianismo. Y un aspecto central del amor cristiano. Hoy lo traduciríamos, porque se puede ejercer de muchas maneras, en la acogida. Un corazón que acoge, un corazón que está abierto para acoger, y eso sí que lo necesitamos muchísimo en nuestro mundo. Y sí que tenemos miles de ocasiones o cientos, todos los días, para acoger al que sufre, al que tiene necesidad de contarnos algo, al que pide ayuda, al que no la pide pero nos damos cuenta de que la necesita. ¿Por qué es esencial la hospitalidad como forma cristiana de amor? Porque nosotros hemos sido acogidos, en primer lugar, por Dios. Hemos sido acogidos en el Ser, porque nada, ningún derecho teníamos a ser y Dios nos ha acogido en el Ser y en la vida, llamándonos a ese Ser que es ya participación de Su vida y de Su Presencia.

Si lo que Dios ha hecho, ante todo, es acogernos, y luego en la misericordia, en el perdón de los pecados, en la llamada a participar de la filiación divina, en todo lo que somos que nos lo ha dado el Señor y en todo lo que esperamos de Sus promesas. Si nosotros hemos sido acogidos, la única actitud de un corazón noble es acoger, vivir acogiendo, vivir para acoger.

La fraternidad humana de la que habla tanto el Papa y que ayer se celebró el día de la fraternidad humana, renovando ese acuerdo o ese compromiso de trabajar por la fraternidad que había firmado con el imán de Abu Dabi. Esa insistencia en la fraternidad es la insistencia en la hospitalidad a acoger al extraño, al diferente, al que no es de los nuestros. Sólo eso puede orientar el mundo hacia el bien. Sólo eso puede hacer un mundo más humano. Ese mundo que todos deseamos y en el que todos podríamos dar gracias por vivir en él con más facilidad que las damos a veces cuando esa hospitalidad ha sido marginada o expulsada de nuestra vida personal o de nuestra vida social.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

Iglesia parroquial Sagrario-Catedral

5 de febrero de 2021

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