“El camino que el Señor nos abre en nuestra vocación”

Homilía en la Misa del VI día del Septenario al Santísimo Cristo de la Salud, en Santa Fe, el 18 de marzo de 2021.

Muy querida familia;

Celebramos esta noche en el marco del Septenario en honor del Santísimo Cristo de la Salud la festividad de San José.

San José es, después de la Virgen, la persona más importante en la historia de nuestra Salvación. Y por tanto, es una fiesta alegre y gozosa. Y contemplar la figura de San José abre muchas perspectivas para nuestra vida. No en vano es Patrono de la Iglesia, es decir, de todo el pueblo cristiano. Fue Patrono de aquella familia que era como la primera semilla del pueblo cristiano. Y fue custodio del Misterio de Jesús y de María. Y es custodio del Misterio de Dios en nosotros, en nuestras vidas.

Sin embargo, tengo que confesaros que hoy la alegría por celebrar San José está un pelín empañada y tengo una tristeza grande con el Congreso de los diputados. Esta mañana ha dado un paso para que se apruebe definitivamente, ya sin que haya cambios, una ley de la eutanasia o del suicidio asistido. Y eso es una desgracia para nuestra nación, es una desgracia para una sociedad, es un fracaso. Es como las guerras: las guerras son un fracaso de la humanidad. Pues, una ley de este tipo, como la ley del aborto, la ley que despenaliza o permite el aborto hasta casi minutos antes de nacer del bebé, son fracasos de nuestra humanidad. A uno le da pena, porque uno quiere a esta humanidad, uno quiere a las personas. Y quieres a todas.

No hace mucho, recibía yo a una chiquilla que no tenía ni veinte años, que había pasado por un aborto y que llevaba consigo un sufrimiento enorme. El sufrimiento que va a causar la eutanasia va a ser también enorme. Y son heridas que luego cuesta mucho amor curar, porque son heridas fruto del desamor. Como estamos hechos para el bien, para la belleza y para la verdad, si la herida es muy grande, sólo mucho amor puede curarlas.

Yo había dicho una vez que cuando una mujer había abortado el sufrimiento que le quedaba normalmente era tan grande que era necesario besar sus pies. Alguien se acordó de aquella frase. Yo la dije en la Catedral hace años, y fue por lo que me trajeron a esa chica. Entonces, yo, cuando terminamos la conversación, estaba delante la mujer mayor que la acompañaba, le dije “ya que has venido, por eso déjame besarte los pies; que sepas que tu hijo te ha perdonado. Dios te ha perdonado y lo que necesitas es una ayuda grande para que tú te perdones a ti misma, que será lo más difícil, pero cuentas con la Iglesia que está contigo, igual que el Señor no te deja”.

Pues, familias en las que se favorezca –diríamos- el tema del suicidio asistido, que es, en realidad, lo que es la eutanasia, con la excusa de la muerte digna, con una excusa horrible, sobre todo que es la de la autonomía y la libertad absoluta del ser humano, pero que es un argumento falso... Esa libertad no la tenemos para muchas otras cosas, ¿libertad absoluta para hacer lo que quiera?, ¿en lo que quiera?, si estamos rodeados de leyes y de normas, y de reglamentos por todas partes. Muchos de ellos son necesarios, pero nos recortan nuestra libertad, de algún modo. La idea de una libertad absoluta, tan absoluta que uno puede disponer de su propia vida, es una idea que formuló de manera muy fuerte ya por primera vez un filósofo alemán del siglo VIII, Kant. Lo que no se suele decir es que la idea de una libertad absoluta en el individuo, en la persona, tiene que ir acompañado de un estado totalitario que tiene poder absoluto también sobre las vidas y las muertes de las personas. Y, sin querer, favoreciendo esa libertad absoluta que nos hace a nosotros, o que nos hace vernos que somos dueños de nuestra vida, al final por una especie de efecto “boomerang” o “efecto rebote”, estamos favoreciendo ese estado totalitario que controla absolutamente, controla el uso de las palabras, el significado de las palabras, lo que significa un matrimonio, lo que significa la familia, lo que significan las cosas, lo que significa nuestra vida, lo que se puede decir y lo que no se puede decir.

Veréis, no me escandaliza lo más mínimo la aprobación de esta mañana. Soy muy consciente de que hace mucho tiempo que nuestra cultura oficial, por razones que no son para explicar aquí, muy complejas, pero nuestra cultura oficial no es cristiana, la cultura del mundo en el que vivimos, este mundo global. Ayer, yo hablaba de cómo comenzar una cultura nueva y claro que hay que comenzarla. Y comienza y está comenzando constantemente. Si yo os dijera en qué país del mundo crece más la fe casi no os lo creeríais: Vietnam. Un país donde la Iglesia estaba prácticamente prohibida, y sin embargo hace dos o tres años bautismos de adultos hubo ciento treinta tantos mil, en un año. Quiero decir, que no es que yo tenga ningún pesimismo con respecto al futuro de la fe, no. Estoy lleno de esperanza y sé que como la fe es lo que hace posible una humanidad verdadera y plena, siempre tiene futuro. Ha pasado por muchos momentos de dificultades. No me escandaliza: un país que no vive en una cultura cristiana no puede producir leyes cristianas, tampoco me sorprende en ese sentido. Me da tristeza. Me da tristeza, porque las personas, supone una sociedad de gente muy sola. Es verdad que la soledad no puede sentir el deseo de morir, no, ni el sufrimiento. Pero si uno es bien querido… No se trata de preservar la vida a toda costa cuando ya no hay ninguna esperanza de vida. Se trata de vivir con paz, pero acompañando. Hay mil formas que si no fuéramos una sociedad, sobre todo en las grandes ciudades…, pero si no fuéramos una sociedad construida sobre individuos solos, sobre personas solas, no habría lugar ni siquiera a plantearse la discusión.

San Juan Pablo II en el primer escrito que él hizo decía que el estupor, el asombro, el afecto profundo a la persona humana se llama Evangelio, se llama también cristianismo. Veréis, eso es lo que el Señor nos da. Eso es lo que el culto al Señor de la Salud nos puede dar: el culto a Jesucristo. Es justamente el afecto a nuestra humanidad, es la expresión del amor sin límites de Dios a nuestra humanidad que hace florecer (no os he dicho otra cosa en estos siete días), el amor del Señor por nosotros lo que hace en nosotros es florecer el amor de unos por otros. Y hacernos conscientes de que toda la tarea que tenemos que hacer en la vida es aprender a querernos y eso no es sencillo. Necesitamos la Gracia de Dios, la ayuda del Señor, el ejemplo, la Palabra de Cristo, la compañía de la Iglesia, que es esa familia de hermanos nacida del costado abierto de Cristo en la cruz.

Repito, no me produce ni escándalo, ni me sorprende el que nuestra sociedad produzca leyes como la ley de la eutanasia. Es una estímulo para que nosotros vivamos con más verdad y con más sencillez lo que estamos llamados a vivir, porque lo que estamos llamados a vivir, lo que el Señor nos da la oportunidad de vivir, es tan bello, es tan bonito, es tan profundamente humano, tan exquisitamente humano que hace nacer un pueblo, que, en el Antiguo Testamento, diría “un pueblo que es como un árbol al borde del río”, o como “una buena cosecha” que la gente cuando pasa da gracias por ella, o la bendice.

Y sin embargo, lejos de Dios nos secamos, nos morimos. Esta sociedad, esa cultura con las premisas con las que trabaja es una sociedad condenada a muerte. Una sociedad que agoniza culturalmente hablando, a pesar de todos sus conocimientos científicos. Pero la ciencia no genera por sí misma una humanidad bonita. Los conocimientos científicos no generan una humanidad bonita. La humanidad bonita nace de un corazón agradecido, contento. Ese corazón agradecido y contento sólo nace de la Misericordia y de la Gracia de Dios.

La figura de San José representa una figura casi en las antípodas de las cosas de las que estábamos hablando ahora mismo. Su misión ha sido cuidar de un Misterio grande. El episodio que hemos leído ha sido interpretado muchas veces en otra dirección, y de otra manera. Las dudas de San José no tenían que ver con de dónde venía el Niño que estaba en el seno de la Virgen, pero lo hemos interpretado tantas veces así que hasta ponemos mal las comas, y traducimos mal el texto. Pero el texto original, griego, teniendo en cuenta además el sustrato de que es un texto que proviene del arameo, que es la lengua que hablaba Jesús, San José sabe la razón por la que él quiere retirarse: es porque le parece que es un Misterio muy grande, y que él no pinta nada. Y no queriendo dejar que María fuese difamada, que lo iba a ser, de otra manera, y eso diréis “bueno, pero eso no es lo que hemos oído” (…). No queriendo dejar que se la difamase, que María fuera difamada decidió repudiarla en secreto. Es decir, como no tener ningún tipo de relación con ella, aunque… y sin embargo, el Ángel lo que le dice es “no temas, aunque el Hijo sea de María es del Espíritu Santo, tienes una misión ahí”. Lo que le da es su misión. Y, ¿cuál es su misión?: cuidar de ese Misterio. De la misma manera que la maternidad de cualquier mujer es, después de que Cristo ha nacido, una reproducción en nuestra creación y en nuestra historia del Misterio de la Navidad. La figura de cualquier padre es de alguna manera una reproducción en la historia, en nuestra condición de criaturas pecadoras, del Misterio de la Sagrada Familia.

La misión de un varón es siempre la misión de custodiar, de defender, de ayudar a que crezca y viva ese Misterio grande que es la madre y el hijo. La madre da su vida, normalmente, en el misterio de la maternidad. Y el padre da la suya y encuentra su propia dignidad, grandeza, y su propio motivo de orgullo en el sentido bueno de la palabra, justamente en la custodia de ese misterio que es la esposa y el hijo.

Es algo muy profundo. Como es algo muy profundo el misterio del matrimonio; como es algo muy profundo el Misterio de la Encarnación del cual el matrimonio, y la familia, la maternidad, la paternidad, son verdaderamente signos, reflejos, y caminos para ir hacia Dios.

En la figura de San José hay toda una teología del trabajo humano. El trabajo de San José fue necesario para que el Hijo de Dios pudiera vivir como hombre. Si Él no hubiera trabajado, María no hubiera podido mantener a Su Hijo. En nuestro mundo es diferente, porque muchas mujeres trabajan, las mujeres aportan un sueldo (bueno, somos un mundo de más esclavos que el mundo de la antigüedad, en el sentido de que hoy tiene que trabajar todo el mundo en la familia, para pagar la hipoteca, las deudas del coche, hay que trabajar todos). Pero, la grandeza de un hombre está en poder sentirse la columna en la que puede reposar su mujer, su mujer y sus hijos. En ser el apoyo. Y San José ha sido el apoyo de María y su trabajo. Y esa es la teología del trabajo. No es que haya que trabajar sólo por lo que dice el Génesis: “Cultivad la tierra y sometedla y que os sirvan de alimentos”. No es esa la razón más profunda del trabajo. La razón es que, para que Cristo se encarne, el trabajo del esposo es necesario; para que Cristo pueda vivir, para que un niño pueda crecer bien, ese es el fondo último de la paternidad.

Sí, pero San José no era el padre de Jesús. Hay otra enseñanza para los padres y las madres: tampoco los hijos son nuestros. En un sentido muy profundo. Qué malo cuando los padres se creen que son los dueños de sus hijos y no los servidores, que un misterio grande que es la vida humana, tal y como se ilumina desde el Misterio de la Encarnación. Servir a ese Misterio cada uno a su manera: la madre como madre, el esposo como padre. Verdaderamente, es lo más bello y lo más grande. Y en eso se cumple nuestra vida y se cumple nuestra vocación al amor que, para vivir eso, lo mismo en la maternidad, en la paternidad, es necesaria la Gracia del Señor, necesitamos a Jesucristo, necesitamos la Compañía de Cristo en los Sacramentos de la Iglesia, en Su Palabra, en una Presencia más cotidiana cuando vienen las crisis, las dificultades, claro que sí. Pero es posible vivirlo de una manera bella y gozosa desde que el Hijo de Dios se ha hecho hombre. La figura de San José es una figura preciosa en ese sentido. Él cuida, custodia, protege. Recordáis el día que yo hablaba un poco del amor en el matrimonio y decía que el padre tiene que cortar el cordón umbilical a los hijos de la madre, porque, si no, los hijos no crecían bien. Luego, las chicas no encuentran hombres con los que casarse, porque se casan con hombres que no han madurado y que, en cuanto hay un peligro, se asustan y van a que su mujer los saque del susto en lugar de ser ellos los que sostienen firmemente a la familia con su fortaleza. En ocasiones, física.

Yo creo que es una fiesta preciosa para pedir por los padres de familia. Todos sabéis que el Papa ha escrito una Carta sobre San José. Es tan sencilla. Es un camino precioso, pero quisiera yo que los padres de familia os dierais cuenta de la profundidad que tiene vuestro trabajo, que no es simplemente trabajar para llevar dinero a casa y llegar a final de mes. Hay una profundidad. Cada niño que nace, cada ser humano, todos hemos sido niños, hemos sido creados para llegar a la talla de Cristo, lo dice San Pablo: “Que crezca en nosotros la imagen de Cristo hasta llegar a su plenitud”. Y eso no se hace sin el servicio de un padre. Y ese es el sentido más profundo del trabajo de un padre. Que cuando el lunes tiene que coger el coche e irse al trabajo que pueda darse cuenta de que no está haciendo simplemente igual que las hormigas llevan comida al hormiguero. Todos tenemos, hombres y mujeres, una misión y una vocación preciosa que tiene que ver con Dios y con nuestro destino que es Dios. Cuando somos conscientes de ello es que la vida cambia, la vida se ilumina, también aprendemos a ser y estar en la sombra cuando hay que estarlo. También eso pone en su justo lugar la relación del padre y de la madre, del esposo y de la esposa, que no es una cuestión de quién manda. Nunca. Eso, me lo habéis oído decir muchas veces: donde no hay amor, entra en juego el poder cuando uno discute.

(…)

La casa la lleva la mujer, pero necesita el apoyo del hombre. Necesita que el hombre pueda ser la columna en la que ella pueda estar tranquilo (cuando digo la casa digo todas las cosas de la vida). Pero necesita saber que el hombre la sostiene, que el hombre la apoya, es lo único que necesita casi. Eso, y lo del cordón umbilical, que es más una fuente de conflictos, pero que ponen a prueba el amor del hombre por sus hijos, y los hijos de su mujer.

Vamos a pedir hoy por las familias, por los padres que tienen una misión. Esa misión es insustituible. Los niños necesitan para crecer bien una madre y un padre. Una madre que quiera como madre, y un padre que sepa querer como padre. No se intercambian esos papeles, os lo aseguro. La madre que se pone a hacer de padre no educa a los niños bien. Yo sé que hay muchas madres que por necesidad tienen que hacerlo, porque no está el padre, se ha roto el matrimonio, por mil razones. Pero no funciona. Alguna madre en esas circunstancias, y me di cuenta después, muchos años después me lo agradeció, le dije “no trates de hacer de padre de tu niña, enséñale que igual que si hubiera nacido con un defecto físico, o un problema, o le faltase una manita, pues le falta algo, entonces ella se ocupará de buscarlo. Si tú tratas de hacer de madre y de padre, vas a confundirla”. Ella se quedó con aquella “copla” y muchos años después me llamó para darme las gracias por aquel consejo. “Tú sé todo lo buena madre que puedas ser para tu hija y si tienes un abuelo, una figura cerca que pueda ser una figura masculina”…, un niño necesita las dos figuras, del padre y de la madre. Y son distintas, no cumplen el mismo papel.

El papel de San José no es el de protagonista. La protagonista es la Virgen, pero sin San José, el Hijo de Dios no hubiera podido crecer. Y no hubiera sido educado: el padre educa. Educa de otra manera, no educa enseñando muchas cosas a lo mejor, educa estando presente. Siendo referencia. Y siendo referencia también para la madre.

Es tan hermoso y tan grande el camino que el Señor nos abre en nuestra vocación. No podemos más que pedirLe al Señor, hoy, día de San José, Patrono de la Iglesia. La Iglesia está hecha de familias. Te pedimos por todas las familias y aquí, celebrando el Septenario del Cristo de la Salud, por intercesión de Tu Hijo, que se ofreció por nosotros, Te pedimos por las familias de la parroquia de Santa Fe, por las familias de las personas que se unen a esta celebración a través de la televisión. Por todos. Para que podamos vivir a la medida de nuestra vocación, gozosamente, agradecidos. Y con Tu ayuda, poder culminar nuestros días con esa gratitud gozosa de saber que Tú nos has acompañado y nos acompañarás siempre hasta la vida eterna.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

18 de marzo de 2021

Ermita del Ermita del Cristo de la Salud, en Santa Fe
VI día del Septenario al Cristo de la Salud, en Santa Fe

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