“Te damos gracias, Señor, porque Tú eres fiel”

Homilía en la Misa para festejar el 25 aniversario de la parroquia de Cijuela, el 27 de marzo de 2021.

Muy querida familia;

queridos sacerdotes concelebrantes, Hermes, Eudo (es un gozo que tengamos con nosotros a tres de los sacerdotes del pueblo o que han servido a vuestra comunidad cristiana: Pepe Luis, como le llamáis familiarmente, Mario y José Carlos);

querido señor alcalde (…);

saludo también a los del coro;


La ocasión singular de esta celebración, aunque no coincide con el día exacto que fue hace unos días, son los 25 años de construcción de esta nueva parroquia. Y damos gracias por esos 25 años y por la historia de misericordia, gracia y amor que ha tenido el Señor con nosotros a lo largo de 25 años.

Veinticinco años para Pablo, o para Alfonso, son un mundo. Y tienen ellos razón, porque 25 años vienen a ser dos generaciones casi, y es un cuarto de siglo, y para todos es una parte muy importante de nuestra vida. Yo llevo en Granada menos de 25 años y, sin embargo, me siento miembros de la Iglesia de la familia de Granada, cada vez con más fuerza y con más verdad, porque es un pedazo grande en la vida. Y damos gracias porque el Señor es fiel. En cada Eucaristía lo decimos. Decimos que es algo esencial a nuestra experiencia cristiana el dar gracias. Decimos que es justo, que es necesario, que es nuestro deber pero que es nuestra salvación darTe gracias. Y se dice siempre el motivo: “por Jesucristo, nuestro Señor”.

Os llamo la atención sobre este detalle. Imaginaos que estuviéramos celebrando el funeral de un niño, con lo que eso implica (lo digo porque no se me ocurre circunstancia más dolorosa que esa, más dura). Sin embargo, la Iglesia diría lo mismo: es justo darTe gracias. No por la muerte de este niño, sino por Jesucristo, que nos permite mirar a la muerte de un niño o a cualquier otra circunstancia en la vida, sabiendo que el mal, lo mismo que la muerte, no tiene la última palabra en nuestras vidas. Y eso no sólo lo sabemos, sino que, de alguna manera, lo experimentamos en la vida de la Iglesia, lo pregustamos, lo comprendemos y lo experimentamos verdaderamente. Por lo tanto, se lo debemos a Jesucristo. Por eso, Jesucristo es la clave de nuestra existencia, la clave de nuestro futuro, en el sentido real. Si esperamos para el mundo un futuro humano, no sólo lo tenemos que esperar de Jesucristo (como si Jesucristo con una varita mágica, viniera a arreglar el mundo), sino que de esa humanidad, que brota de generación en generación y que brota en cada uno de nosotros cuando acogemos a Cristo en nuestras vidas, por la Gracia del Señor. A veces, de repente, con la paciencia del Señor de toda una vida y de muchas vidas, la presencia de Jesucristo en medio de nosotros genera una vez y otra vez y otra vez, y renueva nuestra alegría, y renueva las razones para perdonar, y renueva las razones para perdonarnos a nosotros mismos, y renueva las razones para que renazca en nuestro corazón la esperanza y que renazca en nuestro corazón la alegría.

Ese es Jesucristo y por eso Te damos gracias, Señor, porque Tú eres fiel. Las circunstancias cambian y no voy a detenerme en deciros lo difíciles que son las circunstancias. Este año hace casi un mes que estamos en la pandemia y todo lo que está cambiando en nuestra vida. Todas estas circunstancias son particularmente difíciles, y no sólo para la vida laboral, sino también para la vida de las familias y para la vida de los matrimonios. Y eso que vosotros, por el hecho de vivir en una especie de pueblo que es mitad pueblo, mitad ciudad, pero donde estoy seguro de que los niños pueden jugar por las calles, tenéis una situación bastante privilegiada, humanamente hablando. Pero el motivo de nuestra gratitud es que las circunstancias pueden cambiar y han cambiado muchas veces a lo largo de la historia, incluso en nuestra pandemia. Es verdad que eso es una pandemia global y que eso no se ha dado nunca en la historia que conocemos, o se daba a lo largo del tiempo. En el siglo III, sé de una peste que hubo que nació en Etiopía, en el sur de Egipto, pero tardó un siglo en llegar a Cartago y a España, porque se iba extendiendo poco a poco, porque la gente viajaba en mulo o en caballo en el mejor de los casos, y entonces tardó, pero cuando llegó a Roma había días en los que en Roma morían 5.000 personas al día. Quiero decir que la nuestra es la única que la ha tenido todo el mundo a la vez, pero que pestes, pandemias, epidemias, enfermedades contagiosas, cólera, otro tipo de guerras, las ha habido siempre. Y ha habido distintos tipos de Imperios y distintos tipos de gobiernos, y distintos tipos de cultura a lo largo de la historia, y Jesucristo permanece. Como dice un pasaje del Nuevo Testamente: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. Y nosotros Te damos gracias hoy, con un corazón agradecido, por estos 25 años. Pero Te las damos también con la certeza de que Tú permaneces. Y decir que permaneces es decir que permanece Tu amor por nosotros. Ayer, hoy y siempre. Y que ese amor tuyo no acompaña siempre y nos aguarda siempre. Y hasta nuestros difuntos… y es tan duro para nosotros el separarnos de ellos y a veces el separarnos de maneras tan inhumanas como en este mundo de hoy, o en estas circunstancias nos toca separarnos de ellos.

Sabemos que quien nos aguarda del otro lado de donde nosotros ya no podemos acompañarles son los brazos abiertos de Cristo que nos presiden siempre. Siempre nos presiden. Y esos brazos abiertos de Cristo expresan Su amor, ese amor del que Él habló la víspera de su muerte: Y no hay mayor amor que el de dar la vida por aquellos a los que uno ama. Y no se detuvo ante la muerte de ese amor Suyo que, como don del Espíritu Santo, permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Es lo que nos aguardan cuando nuestros familiares ya no nos pueden acariciar ni sujetar la mano, y nos espera a todos con los brazos abiertos. Y ese es el motivo verdaderamente de una alegría profunda, que es perfectamente compatible con dolor, con ansiedad, con miedo, porque somos criaturas humanas. Al Señor tampoco le agradaba la Pasión, fue a ella con una decisión muy grande. Dijo: “Nadie me quita la vida, Yo la doy porque quiero”. Pero eso no le quitaba la resistencia de su organismo y de su cuerpo humano al dolor. Entonces, en medio de todo eso, nosotros estamos alegres porque sabemos que tu amor es fiel, que tu amor es infinito y fiel, y que tu amor no nos deja a nadie, nunca jamás. Y que no necesitamos conquistarlo. Si merece la pena vivir bien, no es porque tengamos necesidad de conquistarte y convencerte de que somos buenos para que nos quieras. Eso es lo que hacen a veces los adolescentes o los novios cuando están empezando a salir: presentar la cara más bonita para ver si el otro me quiere. Pero con el Señor no tenemos que hacer eso. Nos quiere y nos quiere a todos con un amor infinito. Y podemos coger de ese amor todo el que necesitemos y no nos quitamos nada a nadie. Por eso la envidia está tan fuera de lugar con el Señor, porque hay para todos, todo lo que necesitemos. Eso es lo que permanece en la historia, esa es la fuente de esperanza verdadera en la Historia.

Sé que si miramos en estos 25 años, también en esta historia pequeña, soy consciente de que, en esos 25 años, ha habido dolor, descarrilamiento en el camino y de dificultades y de tropiezos. Claro. Pero no damos gracias por eso, ni detenemos en eso nuestra mirada. Damos gracias porque el Señor es fiel y permanece con nosotros, y no nos abandonará jamás. Ese es el motivo y a lo largo de la historia de la Iglesia, en estos 20 siglos, fijaros cuántos descarrilamientos y algunos de ellos muy gordos, y sin embargo Dios es fiel, y estamos en el año 2021.

Dentro de un ratito vosotros recibiréis al Señor y recibir al Señor tiene la misma intensidad, es el mismo regalo, es el mismo don que en la Última Cena o en la mañana de Pascua. Es Cristo quien viene a nosotros. Celebrábamos hace dos días la Encarnación, que es el día del aniversario de la Iglesia, verdaderamente. Igual que la Virgen recibió al Hijo de Dios, al Verbo de Dios en sus entrañas, nosotros lo recibimos en nuestro cuerpo, verdaderamente, y es Su misma vida divina la que quiere vivir en nosotros y sostenernos en nuestro camino por la vida. Cristo no ha venido para que hagamos unos ritos y cumplamos con una serie de cosas exteriores. Cristo ha venido para que podamos vivir la vida contentos. Y lo dijo él, si es que hay cosas del Evangelio a las que no les hemos prestado atención: “Yo he venido para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”. No me cansaré de repetirlo. Cristo ha dado Su sangre para que tú y yo, y cada uno de nosotros, podamos vivir contentos. Vivir contentos nuestra humanidad. Vivir contentos las circunstancias de nuestra vida, la historia de nuestra familia, las circunstancias de nuestro trabajo. Afrontarlas con la certeza de que siempre nuestra humanidad puede ponerse por encima de las circunstancias y abrazarlas, y trascenderlas de algún modo. Y las circunstancias más duras o más difíciles pueden transformarse en circunstancias de salvación, en lugar de la Presencia salvadora del poder salvador de Cristo.

Damos gracias. Es curioso que la oración del cristiano central se llama Eucaristía y la Tradición cristiana ha dicho siempre que la Eucaristía es como la fuente de donde brota siempre la vida de la Iglesia y donde la vida de la Iglesia alcanza su plenitud. Eucaristía significa “acción de gracias” y un cristiano es, desde el punto de vista humano, psicológico, un hombre agradecido. Sé que mis padres han tenido defectos y sé que mi familia tiene defectos, y sé que yo tengo defectos, y no espero no tenerlos. No pongo mi esperanza en no tenerlos. Pongo mi esperanza donde sé que mi esperanza es roca firme y es que Dios es fiel.

Que Tú, Señor, has mostrado mil veces tu fidelidad y tu capacidad de regenerarnos por dentro y empezar de nuevo un mundo nuevo. El Papa Francisco ha insistido muchas veces en que estamos en un cambio de tiempo, de cultura. La verdad es que eso lo viene diciendo la Iglesia desde el Concilio, desde los años 60, que hay una cultura nueva. Cada Papa lo ha dicho en su lenguaje, con su estilo particular, y la pandemia pone muy evidente la brutalidad, si queréis, o la rudeza de ese cambio cultural. Pero no le tenemos miedo a ese cambio cultural. Caerán muchas cosas que a lo mejor son secundarias (esperemos que no caiga nada esencial en nuestra humanidad), pero si bebemos del amor infinito de Cristo, si bebemos de esas fuentes que alimentan y cuidan y nutren ese amor que son los sacramentos, que es nuestra vida de comunidad en torno a la Eucaristía, tendremos la respuesta para vivir, para mostrar la belleza de una humanidad que nace del costado abierto de Cristo.

Vamos a celebrar la Semana Santa y ojalá pudiéramos tener las procesiones, pero no es lo esencial. Lo esencial es sumergirse en ese amor infinito del Señor, y eso sin procesiones también lo podemos hacer. Y dejar que ese amor infinito del Señor transforme nuestro corazón pobre y pequeño, y lo haga florecer y lo haga resplandecer de belleza, porque un pueblo que vive de ese amor es un pueblo bello. La obra de arte más grande es nuestra vida, son nuestras relaciones. Esa es la verdadera obra de arte. Esa es por la que uno da gracias y lo que uno desea transmitir a quienes no conocen al Señor o a las generaciones más jóvenes. La belleza de un modo de ser hombre y mujer, de un modo de vivir, de un modo de estar juntos, de un modo de querernos y de tratarnos que sólo tiene su fuente en que el Señor está en medio de nosotros y Su misericordia no nos abandona jamás.

Que el Señor nos conceda vivir esa gracia y hoy, que Le damos gracias por estos 25 años, que dentro de otros 25 años los que hoy son pequeños puedan dar gracias y anunciar a otros que sigue siendo posible vivir una vida humana bella, y que construimos esa vida humana bella sobre esa roca que es el amor infinito de Dios, que se nos da en Jesucristo.

Que así sea para cada una de nuestras familias. Que así sea para cada una de nuestras vidas. Que así sea para cada uno. Esa es mi súplica junto a vosotros, en esta Eucaristía.

Palabras finales de D. Javier:

Dios mío, me habéis recibido con mucha alegría en la puerta cuando he llegado y nos hemos saludado por primera vez. Hemos compartido lo más grande, que es el Cuerpo de Cristo y vive en nosotros, y nos hace a todos miembros de su cuerpo y a los unos miembros de los otros. Nos une con una fuerza que, cuando la descubrimos, es más fuerte que los lazos de la carne y de la familia , y de eso sois también testigos por los sacerdotes que tenéis, que alguna mujer ha dicho “yo le he adoptado y él se ha dejado adoptar”. Han encontrado en vosotros una familia tan importante en sus vidas, estoy seguro, como la familia de la carne.

Y muchas veces nosotros tenemos la experiencia que la familia de la fe tiene más fuerza. Cristo es más fuerte que ninguna pertenencia humana. Y, cuando esas pertenencias humanas existen y son bellas, las fortalece, las sostiene y las engrandece. Pero que no tenéis que darme las gracias. Yo estoy feliz de estar con vosotros.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

27 de marzo de 2021

Parroquia de Cijuela (Granada)

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