Sevilla Oficina de Información de los Obispos del Sur de España https://www.odisur.es Sat, 08 May 2021 15:48:01 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Primer saludo del Arzobispo electo de Sevilla, D. José Ángel Saiz Meneses, a los fieles de la archidiócesis https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/63034-primer-saludo-del-arzobispo-electo-de-sevilla-d-josé-ángel-saiz-meneses-a-los-fieles-de-la-archidiócesis.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/63034-primer-saludo-del-arzobispo-electo-de-sevilla-d-josé-ángel-saiz-meneses-a-los-fieles-de-la-archidiócesis.html Primer saludo del Arzobispo electo de Sevilla, D. José Ángel Saiz Meneses, a los fieles de la archidiócesis

Queridos hermanos y hermanas,

La paz del Señor esté con todos vosotros. En estos días de Pascua resuena este saludo del Señor resucitado a sus discípulos. Realmente el Señor ha resucitado y nos colma de gozo, transforma nuestras pobres vidas y las hace entrar en una nueva y definitiva orientación con su amor y misericordia.

Saludo con afecto fraternal al Sr. Arzobispo emérito y Administrador apostólico, D. Juan José Asenjo Pelegrina, así como al Sr. Cardenal Arzobispo emérito, D. Carlos Amigo Vallejo; a los miembros del Colegio de Consultores, del Consejo del Presbiterio, del Cabildo Metropolitano y del Consejo Pastoral Diocesano.

Igualmente quiero hacer llegar mi saludo en este día a los sacerdotes y diáconos que servís esta archidiócesis, a los seminaristas que os formáis en nuestros seminarios, a las monjas de vida contemplativa, a los religiosos y religiosas de vida activa, a los miembros de las sociedades de vida apostólica y de los institutos seculares y a las vírgenes consagradas.

Asimismo, saludo a todo el pueblo fiel que peregrina en esta archidiócesis hispalense, a las familias, a las personas mayores, a los jóvenes y niños, a los que colaboráis en las más diversas tareas pastorales diocesanas, ya sea en la formación y enseñanza, en la preparación de los sacramentos y las celebraciones, o en la intensa acción caritativa y social, así como a los que formáis parte de movimientos, asociaciones, instituciones, hermandades y cofradías. Desde que he tenido conocimiento de mi nombramiento rezo por todos vosotros con el deseo de conoceros pronto e iniciar un camino de fecunda colaboración y sinodalidad.

Quiero hacer llegar al mismo tiempo mi saludo respetuoso a las autoridades civiles, militares, judiciales y universitarias de la Comunidad Autónoma de Andalucía, de la provincia y la ciudad de Sevilla.

Ha querido el Papa Francisco nombrarme pastor para guiar desde el servicio esta archidiócesis de Sevilla a partir de ahora, en continuidad con el ministerio que han realizado mis venerables predecesores, especialmente D. Juan José Asenjo y el Cardenal D. Carlos Amigo y todos los obispos, arzobispos y cardenales que la han servido a lo largo de la historia. Agradezco al Santo Padre Francisco su confianza y desde aquí manifiesto mi adhesión y mi afecto filial a su persona y ministerio.

Vivo este servicio eclesial como una nueva llamada a la misión que encomienda el Señor a sus apóstoles; una llamada que como todo cristiano recibí en el bautismo al apostolado y la santidad, y que se concretó en el camino de la vocación sacerdotal.

Tengo presente vivamente el pasaje evangélico de la llamada a los apóstoles (cf. Lc 5, 1-11). El Papa San Juan Pablo II, que visitó Sevilla en diferentes ocasiones, propuso este pasaje como el paradigma de la acción de la Iglesia ante los retos del nuevo milenio en su carta apostólica Novo Millenio Ineunte. Esas palabras han quedado grabadas en mi corazón sacerdotal y en mi acción pastoral desde entonces, y conforman mi lema episcopal “Duc in altum”, rema mar adentro.

El Señor también nos invita a nosotros a remar mar adentro en medio de unas aguas no siempre fáciles y, en ocasiones, turbulentas, como las que ahora nos están azotando con la pandemia y la crisis sanitaria, económica y social que ha provocado, cuyas consecuencias se convierten para nosotros en un reto al que tenemos que dar respuesta desde la fe, la esperanza y la caridad. Como Pedro y los demás discípulos, somos conscientes de nuestra pequeñez y de nuestras limitaciones, pero no nos resignamos a quedar paralizados por el miedo, sino que nuestra confianza está puesta, más que nunca, en el Señor, que puede realizar pescas milagrosas también en nuestra época, y que nos asegura su presencia hasta el final de los tiempos (Mt 28, 20).

A esta apasionante tarea evangelizadora he dedicado mi vida en la archidiócesis de Toledo como sacerdote cuando la presidía el cardenal D. Marcelo González; en la archidiócesis de Barcelona, junto al cardenal D. Ricardo María Carles, como sacerdote y obispo auxiliar; y hasta ahora, en la diócesis de Terrassa, diócesis de nueva creación, como su primer obispo. Y a partir de ahora, con todos vosotros, trabajando unidos como una Iglesia que sale al encuentro de la persona, en esta nueva evangelización que proclamó San Juan Pablo II, y cuya estela han continuado el papa Benedicto XVI y ahora nuestro papa Francisco, una Iglesia en salida a las periferias existenciales y geográficas del mundo.

Soy consciente de que vengo a una archidiócesis con una rica historia, con grandes frutos de santidad y de servicio a las personas a lo largo de los siglos. Encomiendo especialmente el ministerio que me dispongo a iniciar entre vosotros a las mártires Santa Justa y Santa Rufina, a los obispos San Leandro y San Isidoro, al beato Marcelo Spínola, a San Fernando rey, y a las santas Sor Ángela de la Cruz y Sor María de la Purísima.

Pongo bajo el manto protector de la Virgen de los Reyes, nuestra Patrona, los anhelos pastorales de todos vosotros y el ministerio apostólico que pronto iniciaré. Que ella, nuestra Madre, nos proteja, nos guíe hacia Aquel que es nuestra verdadera Salud, y nos congregue como comunidad de discípulos en esta nueva hora.

Rezo por todos vosotros y me encomiendo a vuestras oraciones. Que Dios os bendiga.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo electo de Sevilla

y administrador apostólico de Terrassa

]]>
no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Sevilla Sat, 17 Apr 2021 12:05:05 +0000
“Padre y hermano, como San José” https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/62471-“padre-y-hermano-como-san-josé”.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/62471-“padre-y-hermano-como-san-josé”.html “Padre y hermano, como San José”

Carta pastoral por el Día del Seminario 2021 del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo


Queridos hermanos y hermanas:


Os saludo en este tiempo santo de la Cuaresma. En la situación que vivimos provocada por la pandemia debemos, como creyentes, caminar al encuentro de Aquel que carga con los sufrimientos de toda la humanidad en el árbol santo de la Cruz, como prueba de su amor hasta el extremo por cada uno de nosotros.

Os escribo con ocasión de la celebración del Día del Seminario, que tradicionalmente se ha celebrado en la solemnidad de san José y que desde hace unos años se traslada al domingo más próximo, este año el 21 de marzo.

El lema elegido esta vez es “Padre y hermano como san José”, y nos brinda la oportunidad de valorar la vocación sacerdotal a imagen de san José. El Seminario es un Nazaret privilegiado destinado a fortalecer y educar el don recibido, en el que se integra la belleza divina de la vocación como manifestación enorme del cuidado de Dios por su Iglesia.

El Papa Francisco ha dedicado este año a san José recordando los 150 años de su declaración como Patrono de la Iglesia universal. Como también enseñara san Juan Pablo II en su exhortación sobre san José, redemptoris custos: “Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia. San José cuidó de la Sagrada Familia en el hogar de Nazaret, ese lugar oculto en el que nuestro Salvador, estando sujeto a José y María, fue «creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). Cada seminario, a semejanza del hogar de Nazaret, quiere ser ese lugar donde se cuide y haga crecer el don de Dios”.

San José, como padre encargado de la educación de su hijo, fue “el primer formador” del Seminario. Un padre amado, un padre en la ternura, en la obediencia y en la acogida; un padre de valentía creativa, un trabajador, siempre en la sombra. Con estas palabras el Papa Francisco describe a san José de una manera tierna y conmovedora en la carta patris corde, que os invito a leer y meditar.

Por ello, aquel que cuidó y forjó las manos y la persona de Jesús es también padre de los seminaristas, de aquellos que han recibido la llamada a configurar su vida con Cristo en el sacerdocio. Así, el sacerdote es llamado a cuidar a cada hombre como un hermano en el que Dios se hace presente. Y el Seminario es un motivo de esperanza, siendo una escuela en la que por medio de la vida diaria aprenden el amor de Dios por cada hombre aquellos que serán los futuros servidores de nuestra Archidiócesis.

Quisiera hacer una llamada concreta a las familias, para que sean escuela en la que puedan los jóvenes escuchar la voz de Dios que sigue llamando. Pienso de un modo particular en aquellos adolescentes que en medio de su crecimiento y maduración descubren de manera incipiente que el Señor les está invitando a seguirlo más de cerca. Para ellos, el Seminario Menor tiene las puertas abiertas como propuesta de formación hacia el ministerio sacerdotal. Desde su creación, ha dado numerosos frutos en tantos jóvenes que hoy son sacerdotes entregados y generosos que a imagen del Buen Pastor y de san José cuidan con misericordia y ternura de todos.

También las parroquias deben ser lugares en los que, por medio de la celebración de los sacramentos, la catequesis, la oración y el acompañamiento a los jóvenes puedan surgir vocaciones al sacerdocio. No hay un encuentro vocacional que haya nacido y crezca sin un encuentro constante con Dios que habla directamente al corazón de cada hombre. “Estar con Él” (Mc 3, 14) es aprender a mirar, ejercitarse en escuchar y en conocer, como piezas fundamentales de la vida de un sacerdote. La acción pastoral del ministerio de los sacerdotes debe estar sostenida en la oración por las vocaciones. En este sentido, nuestro Seminario cuenta con una amplia red de oración en la que los seminaristas elevan oraciones por todos aquellos que necesitan de la intercesión ante Dios, y además son numerosos los grupos de fieles que oran asiduamente por las vocaciones sacerdotales.

Así, el cuidado de las vocaciones a imagen de san José es tarea que encomiendo a todos: familias, sacerdotes y seminaristas, monjas contemplativas y religiosos de nuestra Archidiócesis de Sevilla. Por último, os rogaría que, atendiendo a las necesidades en la formación de nuestros seminaristas, fuerais generosos en la colecta destinada para este fin. Sin duda, son momentos difíciles para todos, pero sólo podemos garantizar una formación seria que cuide las vocaciones sacerdotales si todos nos sentimos implicados en ella.

En la Santísima Virgen del Buen Aire y en san José pongo la intención mayor por las vocaciones sacerdotales, contando con la intercesión de san Leandro y san Isidoro, san Manuel González, santa Ángela de la Cruz y santa Purísima de la Cruz, el beato cardenal Spínola y el venerable Fernando de Contreras. Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

Afmo. en el Señor.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Sun, 21 Mar 2021 10:06:41 +0000
El 2021 un año para amar, venerar e imitar a san José https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/61033-el-2021-un-año-para-amar-venerar-e-imitar-a-san-josé.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/61033-el-2021-un-año-para-amar-venerar-e-imitar-a-san-josé.html El 2021 un año para amar, venerar e imitar a san José

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado 8 de diciembre de 2020 el Papa Francisco, por medio de la Carta Apostólica Patris corde, convocaba un año dedicado a san José que durará hasta la solemnidad de la Inmaculada del año 2021 que estamos comenzando. El motivo ha sido el 150 aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia Universal que hizo el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1870.

Como el mismo Papa Francisco declara el objetivo de la Carta Apostólica y del Año de san José es que “crezca el amor a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes, como también su resolución”. En efecto, la misión específica de los santos es la de interceder por nosotros ante Dios, junto a Cristo, el único mediador. Por otra parte, la imitación de las virtudes de los santos nos conduce a todos los seguidores de Cristo a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (Cf. Lumen gentium 42). En este sentido, el elocuente silencio
de la vida de san José “es una prueba concreta de que es posible vivir el Evangelio”.

Ha sido providencial que el Año de san José haya sido convocado cuando la Iglesia ha ido presentando ante nuestros ojos los “Evangelios de la infancia” de Jesús, en los últimos días del Adviento y durante la Navidad. En la Eucaristía diaria hemos podido meditar todos los pasajes de la Sagrada Escritura donde aparece san José, junto a la Inmaculada Virgen María y al Salvador recién nacido.
No son muchos los datos que los relatos bíblicos nos ofrecen, pero son suficientes para que la Iglesia haya entendido quién fue José como esposo de la Virgen, qué tipo de padre fue para Jesús y cuál fue la misión que Dios tenía para él.

En efecto, san José fue llamado por Dios para tomar consigo a María, que estaba encinta por obra del Espíritu Santo, para que Jesús naciera de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David y, de este modo, se cumplieran las antiguas profecías que señalaban que el Mesías pertenecería a la dinastía de David (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 437). Este es el papel central de san José en la historia de la salvación, custodiando los tesoros más preciosos de Dios. Una figura central y una actividad importantísima pero realizada casi en la sombra, sin brillar ni sobresalir. San José nos da ejemplo de santidad en la vida cotidiana de la familia y del trabajo. Esto es lo que ha llevado al Papa a proponer a todos los cristianos en estos meses, en que la pandemia del coronavirus nos está golpeando, como intercesor y modelo a san José, una figura tan extraordinaria y a la vez tan cercana a nosotros. Dice el Papa que hemos podido experimentar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes, corrientemente olvidadas, que están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia, como hizo san José en los años de vida
oculta de Jesús en el humilde hogar de Nazaret: tanto personal sanitario, reponedores de supermercados, limpiadoras, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, sacerdotes, religiosos...; tantos padres, abuelos, docentes...; tantos que rezan e interceden por el bien de todos... A todos san José con su presencia diaria, discreta y su trabajo oculto nos muestra cómo podemos ser seguidores de Jesucristo y avanzar en la santidad a través de los caminos más ordinarios de la vida humana.


Os invito a todos a aprovechar este año para que ahondemos en la excelsa figura de san José, a menudo tan olvidada. En primer lugar, con la meditación profunda de los pasajes bíblicos en que aparece: la Sagrada Escritura siempre está llena de riquezas insondables y Dios habla a nuestra vida y en nuestras circunstancias particulares a través de ella. Por ello, os propongo que estudiéis los espléndidos documentos del Magisterio de la Iglesia en que se ha tratado a san José. Recomiendo particularmente la Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II Redemptoris custos sobre la figura y la misión de san José en la vida de Cristo y de la Iglesia y la Carta Apostólica del Papa Francisco Patris corde a la que venimos refiriéndonos. En estos documentos encontraremos una sólida doctrina sobre san José y una riquísima espiritualidad llena de actualidad.

Junto a la necesaria formación, también os exhorto a aprovechar los bienes espirituales que se han puesto a nuestra disposición este Año de san José con las indulgencias concedidas a través del Decreto de la Penitenciaría Apostólica para la ocasión: la meditación del Padrenuestro y la participación en retiros espirituales con pláticas sobre san José; la realización de obras de misericordia corporales o espirituales a ejemplo de san José; el rezo del Rosario en las familias y entre los novios, teniendo el mismo clima de comunión, amor y oración que había en la Sagrada Familia de la que fue custodio san José; confiar diariamente el trabajo a la protección de san José Obrero e interceder para que todos los que busquen trabajo lo encuentren y el trabajo sea cada vez más digo; rezar la letanía de san José o alguna otra oración al santo Patriarca en favor de la Iglesia perseguida ad intra o ad extra y de todos los cristianos perseguidos; hacer cualquier acto de piedad, debidamente aprobado, en

honor de san José, el 19 de marzo y el 1 de mayo, el 19 de cada mes y cada miércoles, que son los días dedicados a la memoria del Santo en la tradición de la Iglesia.


Por último, quiero pediros con palabras de santa Teresa de Ávila que renovéis vuestra devoción a san José. Decía la santa mística: “Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino”

(Santa Teresa de Ávila, Libro de la vida 6, 8).

 

Con mi bendición y afecto.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 08 Jan 2021 13:13:16 +0000
Carta del Arzobispo de Sevilla a toda la Archidiócesis hispalense https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/60784-carta-del-arzobispo-de-sevilla-a-toda-la-archidiócesis-hispalense.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/60784-carta-del-arzobispo-de-sevilla-a-toda-la-archidiócesis-hispalense.html Carta del Arzobispo de Sevilla a toda la Archidiócesis hispalense

El Arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo ha escrito una carta dedicada a los sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados y laicos de la Archidiócesis hispalense sobre su situación vital actual, que a continuación reproducimos íntegramente.

A todos los sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados y laicos de nuestra Archidiócesis

Queridos hermanos y hermanas:

Junto con mi saludo cordial y fraterno, quiero compartir con vosotros mi situación, agravada hace aproximadamente un mes.

Como sabéis, el 26 de junio del año pasado sufrí un grave problema ocular en el ojo izquierdo que me conservó la vista periférica, pero no así la visión central ni los detalles de las cosas. En consecuencia, no puedo leer ni escribir. El pasado 13 de noviembre tuve un problema semejante en el ojo derecho con una hemorragia masiva, infección y dolores enormes, casi insufribles. He sido operado dos veces de éste último ojo sin encontrar de momento una palpable mejoría. Lo más probable es que no lo recupere. Agradezco de corazón el excelente servicio que me están prestando los oftalmólogos, con gran generosidad y entrega.

No os oculto que estoy sufriendo mucho, como nunca sospeché. Todo lo acepto como permitido por nuestro Padre Dios para mi purificación y santificación. Todo lo ofrezco por la Iglesia, por la Diócesis a la que me ha tocado servir, por los sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y laicos. Pido al Señor que mi sufrimiento no sea estéril y que se convierta en fuente de energía sobrenatural para la Iglesia, la Archidiócesis y cada uno de nosotros.

Ahora estoy comprendiendo mejor que nunca el valor altísimo de la cruz, en la que el Señor quiso demostrarnos palpablemente cuanto ama a su Padre Celestial, a la humanidad y a cada uno de nosotros. Ahora estoy entendiendo que no puede haber santidad, ni fidelidad, ni fecundidad apostólica sin amor a la cruz, sin amor al Crucificado y sin nuestra identificación con Él.

Mi oración en esta temporada es la oración del pobre: oración de alabanza, de agradecimiento y de intercesión, con el corazón lleno de nombres, todos vosotros los hermanos que la Iglesia me ha confiado. Puesto que no puedo rezar el Oficio, rezo las cuatro partes del Rosario y siento la compañía y la ternura de la Santísima Virgen, la Buena Madre de los sacerdotes.

Lógicamente mi acción pastoral está muy mermada. Agradezco a los colaboradores más inmediatos: Vicario General, Canciller Secretario y Vicarios Episcopales su ayuda generosa y su suplencia. Yo procuro colaborar con ellos con la oración constante, que es una forma eminente de servir pastoralmente a nuestro pueblo.

Dadas mis circunstancias, he pedido a la Santa Sede que acelere el trámite de mi sustitución. Mientras tanto, debéis seguir en el tajo con la misma entrega e ilusión de siempre. Los obispos pasamos. Sois los sacerdotes los que dais continuidad a la acción pastoral y los que tenéis que mantener enhiesto el pabellón de la fidelidad, la caridad pastoral y la entrega a vuestros fieles.

Rezad ya desde ahora por el nuevo Pastor que la Iglesia pronto nos enviará, para que el Señor le conceda las entrañas, el estilo y el corazón del Buen Pastor que no vino a ser servido sino a servir. Rezad también por mí. Pedid a la Virgen que dulcifique un tanto mis sufrimientos. A todos os envío un abrazo fraterno y mi bendición.

Afmo. en el Señor.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Tue, 22 Dec 2020 15:35:58 +0000
"Aquí estoy, mándame" https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/59465-aquí-estoy-mándame.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/59465-aquí-estoy-mándame.html

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


El Papa Francisco publicó, en la Solemnidad de Pentecostés, el mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2020, en un momento en el que “la enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan” a nosotros y a la misión de la Iglesia. Como lema lleva la cita de Isaías: “Aquí estoy, mándame” (Is 6,8).

Vivimos, a nivel mundial, una situación difícil provocada por la pandemia del COVID-19. Todas las naciones se han visto afectadas. Pero son las del Sur las más pobres y vulnerables. En este contexto, en el que todavía muchos lugares del mundo viven algún tipo de confinamiento, puede resultar paradójico un lema que invita a salir y a ser enviados.

Precisamente es ese el sentido de la misión de la Iglesia: salir de sí misma, cruzar las fronteras y proclamar la Buena Nueva del Evangelio de Jesús en toda la tierra, cumpliendo el propio mandato de Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).

Como Isaías, debemos estar dispuestos a ser enviados a esta misión salvadora y, más aun, en el actual contexto de pandemia. La enfermedad, la desesperanza, la crisis económica exigen, ahora más que nunca, nuestro esfuerzo solidario y misionero.

“¿A quién enviaré?”. Esta llamada de Dios nos interpela a todos, especialmente en la actual crisis mundial. La llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos, a superar nuestras fronteras y miedos, por amor a Dios y al prójimo, se presenta como una oportunidad para servir a los más necesitados e interceder por un mundo mejor. Gracias a nuestra fe, que compartimos en la Iglesia, somos hombres y mujeres renovados, capaces para afrontar la misión a la que estamos llamados.

Por amor a toda la humanidad, sin distinción, Dios Padre envió a su Hijo. Jesús, siempre obediente, es el Misionero del Padre. A su vez, Jesús, crucificado y resucitado para nuestra salvación, anima con su propio Espíritu a la Iglesia y nos envía en misión a todos los pueblos. Esta misión en salida, que debemos realizar, es la respuesta libre y agradecida a la iniciativa amorosa de Dios.

Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en ese amor fraternal que Jesús nos regala. Por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe, se hace pública y consciente la dignidad de todo ser humano que es también hijo de Dios.

La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para toda la humanidad, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía a todos los lugares del mundo para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda sanar nuestro mundo herido y transformarlo en un lugar habitable para todos los hombres y mujeres de cualquier lugar y condición.

La misión no puede pararse nunca. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento provocados por estos tiempos de pandemia nos interpelan a todos y hacen que nuestra misión sea aún más necesaria. Pese a que tenemos la obligación de mantener la distancia física y, en algunos casos, de permanecer en casa, descubrimos que más que nunca necesitamos relaciones sociales sanas y humanizadoras, así como la relación comunitaria con Dios. No debemos desconfiar de los demás, de “los otros”, sino más bien buscar la comunión y el abrazo fraterno, aunque ahora sólo pueda ser “espiritual”. Ante estos retos, nuestra respuesta debe ser la de Isaías: “Aquí estoy, mándame”.

Mediante la oración, la reflexión y la ayuda material podemos participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. Nuestra diócesis ha sido tradicionalmente muy generosa durante el Domund. Pese a los tiempos difíciles que vivimos, no debemos olvidar que otros sufren mucho más debido a carencias materiales y espirituales. Nuestra solidaridad no puede agotarse con los que tenemos más cerca, sino que debe abrirse a todos nuestros hermanos y hermanas del mundo. Cuanto más generosos y solidarios, más plenos, más humanos y más cristianos seremos.

Mi recuerdo agradecido a los doscientos misioneros y misioneras de nuestra diócesis que generosamente entregan su vida a la misión, y que son un ejemplo y estímulo para nuestras vidas. Ruego a Dios, a la Santísima Virgen María y a Santa Teresa, patrona de los misioneros, que bendigan el entusiasmo y compromiso de la Delegación diocesana de Misiones y el esfuerzo de los responsables de la pastoral y de la educación católica de nuestra diócesis para que den el mayor fruto posible en beneficio de la misión y susciten auténticas vocaciones misioneras.

Con mi gratitud anticipada para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 16 Oct 2020 11:15:08 +0000
‘Como Jesucristo, obligados a huir’ https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/59043-‘como-jesucristo-obligados-a-huir’.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/59043-‘como-jesucristo-obligados-a-huir’.html ‘Como Jesucristo, obligados a huir’

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


Este domingo celebramos la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado bajo el lema Como Jesucristo, obligados a huir. La Jornada quiere ser una llamada a la oración, reflexión y al compromiso de las comunidades cristianas ante el drama de los desplazados, especialmente los internos, a menudo invisibles, que la crisis mundial provocada por la pandemia de la COVID 19 ha agravado hasta límites insospechados.

En la huida a Egipto, el niño Jesús experimentó, junto con sus padres, la trágica condición de desplazado y refugiado, marcada por el miedo, la incertidumbre, las incomodidades (cf. Mt 2, 13-15.19-23). Desgraciadamente, en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste realidad. Cada día en la prensa nos encontramos con noticias de refugiados que huyen del hambre, de la guerra, de otros peligros graves, en busca de seguridad y de una vida digna para sí mismos y para sus familias. Jesús está presente en cada uno de ellos, obligado, como en tiempos de Herodes, a huir para salvarse.

Los cristianos estamos llamados a reconocer en sus rostros el rostro de Cristo, hambriento, sediento, desnudo, enfermo, forastero y encarcelado (Mt 25, 31-46) para poder amarlos y servirlos como auténticos hermanos. Se trata, sin duda, de un reto pastoral al que estamos llamados a responder con los cuatro verbos que el papa Francisco nos invita contantemente a poner en práctica: acoger, proteger, promover e integrar. Pero, además, con motivo de esta Jornada Mundial nos invita a Conocer para comprender y hacerse prójimo para servir. Actitudes que nos enseña el Señor en el Evangelio.

Él mismo se identifica con la debilidad y el sufrimiento de los forasteros y emigrantes. Como Jesucristo, obligados a huir, Jesús fue emigrante, haciéndose así solidario de los sufrimientos y angustias de todos los emigrantes. En el último día, en el momento crucial del juicio, el criterio último de discriminación será nuestros sentimientos de amor, servicio y acogida a los que han debido dejar su casa y su familia. Y es que Jesús se identifica misteriosamente con nuestros hermanos más pobres; de manera que cualquier gesto de amor, de acogida, de ayuda o de servicio, lo mismo que cualquier gesto de desprecio o rechazo contra nuestros hermanos no es como si se lo hiciéramos al Señor, es que se lo hacemos al Señor mismo.

En consecuencia, por fidelidad al Señor, los cristianos tenemos la obligación de considerar el fenómeno de la inmigración desde una visión iluminada por la fe, abierta y humanitaria. Los inmigrantes tienen derecho a buscar aquí honradamente los medios de vida. Y nosotros, que también fuimos emigrantes, tenemos obligación de ayudarles, acogerles y tratarles de acuerdo con su dignidad de personas, hijos de Dios y hermanos nuestros. Abrámosles, pues, las puertas y salgamos a su encuentro.

Los inmigrantes deben tener la posibilidad de encontrar en nuestras parroquias su hogar, pues en la Iglesia nadie es extranjero. Son muchos los campos en los que podemos ayudarles y servirles y es grande la riqueza y dinamismo que pueden aportar a nuestras celebraciones litúrgicas, a la catequesis, el apostolado y la acción social, como he podido comprobar con gozo en mis visitas a las parroquias.

Nuestra Iglesia diocesana, acompaña a los inmigrantes que necesitan asesoramiento para poner en regla su documentación, aprender nuestra lengua, encontrar alojamiento, poder trabajar, reunirse con sus compatriotas y amigos, denunciar los abusos de que son objeto y defender sus derechos. Pero no podemos socorrerles sólo con medios materiales. También ellos necesitan a Jesucristo, único salvador y redentor, pues como nos dijera la Beata Teresa de Calcuta no hay mayor pobreza que no conocer ni amar a Jesucristo.

Pido al Señor que sostenga con su gracia el compromiso fraterno de los voluntarios de la Delegación de Migraciones, así como el de los trabajadores y voluntarios de Cáritas, al mismo tiempo que rezo por todos los inmigrantes de nuestra Archidiócesis, para que el Señor les conforte en la lejanía de su patria y de sus seres queridos y sientan el calor de nuestra familia diocesana y de nuestras comunidades parroquiales.

Para ellos y sus familias y para todos los miembros de nuestra Iglesia particular, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Mon, 28 Sep 2020 12:17:13 +0000
"Nos apremia el amor de Cristo" https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58621-nos-apremia-el-amor-de-cristo.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58621-nos-apremia-el-amor-de-cristo.html

Carta pastoral de inicio de curso de D. Juan José Asenjo Pelegrina

Queridos hermanos y hermanas:


Comenzamos el curso pastoral 2020-2021 padeciendo todavía las consecuencias de la crisis provocada por el COVID-19, donde hemos vivido unas tristísimas circunstancias: millares de muertos solos en los hospitales, sin la compañía de sus seres más queridos, centenares de miles de enfermos, la angustia de los médicos y del personal sanitario que se han desvivido por atender a todos, al igual que los demás servidores públicos. A raíz de la pandemia muchas personas que vivían al día han visto cómo el confinamiento ha obligado a parar su actividad y, por tanto, a prescindir de su principal y única fuente de ingresos, teniendo que acudir por primera vez a organizaciones como Cáritas, para afrontar con urgencia sus necesidades básicas. Muchas de estas personas, que están viviendo unos momentos de verdadera incertidumbre y desazón, son pequeños empresarios que se han visto obligados a cerrar el negocio familiar, muchos son empleados que ahora forman parte de un expediente de suspensión o extinción de sus contratos de trabajo, son empleadas del hogar, o padres de familia que se dedican a la venta ambulante… con trabajos precarios, contratos temporales, pertenecientes al sector terciario o dedicados a la economía sumergida. Por ello, todos debemos comprometernos con el Centro diocesano de empleo, con el trabajo que viene realizando la Fundación Cardenal Spínola de Lucha contra el paro y la Acción conjunta contra el paro de Cáritas Diocesana, Pastoral Obrera y otras instituciones diocesanas.

Asimismo, tanto Cáritas Diocesana como la Delegación Diocesana de Migraciones han detectado a un grupo de personas y familias migrantes que han visto agravada su situación debido a su irregularidad administrativa ya que, al igual que otras personas, han visto anuladas todas sus posibilidades de obtener sus recursos e ingresos. Sin embargo, éstas no han podido acceder a ningún tipo de ayuda oficial para dar respuesta a sus necesidades básicas de la vida diaria, lo que les hace aún más vulnerables.

Ante esta realidad y bajo el lema “Hermano migrante, no estás solo”, la Delegación Diocesana de Migraciones de la Archidiócesis de Sevilla y Cáritas han iniciado un trabajo en red que pretende cubrir las necesidades más básicas y orientar a este sector de la población que ha quedado absolutamente desprotegido. Os animo a reflexionar sobre esta situación mediante el documento que se aporta dentro de las Orientaciones Pastorales de este curso que vamos a iniciar.

En esta coyuntura henchida de desesperanza, teniendo como base la dimensión social del Evangelio, la opción por los pobres de nuestro Plan Diocesano de Pastoral y las acciones concretas que se proponen, debemos ser hombres y mujeres de esperanza, sembradores de esperanza, confiando en Jesucristo, para penetrarnos del amor a Dios y a los hermanos y así sintonizar con los sentimientos de Cristo que nos envía para poner en práctica su Evangelio.

Los Evangelios nos presentan a Jesús, el enviado del Padre, el Hijo único de Dios, como el servidor, como aquel que no ha venido a ser servido sino a servir (cf. Lc 22, 27). A lo largo de su vida, en su relación con los pobres, con los enfermos, con los marginados y los pecadores, Jesús se nos muestra como el hombre que vive para los demás, cumpliendo su discurso programático en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido, me ha enviado para anunciar la buena noticia a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Él encarna perfectamente la figura del siervo de Yahvé, que profetizara Isaías y cuyo oráculo se apropia en Nazaret. Algunos comentaristas piensan que Jesús en las palabras “Hoy se cumple esta Escritura en mí” (Lc 4,21), no piensa únicamente en su persona, ni limita el cumplimiento de la Escritura al tiempo de su propia existencia histórica. La mirada de Jesús es más dilatada: abarca el tiempo de la Iglesia. El Señor piensa también en nosotros los cristianos, sus seguidores, que a lo largo de la historia deberemos cumplir este Evangelio, esta buena noticia, al servicio de los pobres, los rotos por mil heridas físicas o morales, los enfermos, los presos, los mendigos y transeúntes, los inmigrantes o los que sufren por cualquier causa.

Sobre estos presupuestos evangélicos se asienta la “eclesiología del servicio” del Concilio Vaticano II, que en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual nos dice: “No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no juzgar, para servir y no para ser servido” (GS, 3). Así como la noción de “koinonía” (comunión) expresa en el Concilio Vaticano II la naturaleza más profunda del ser y del misterio de la Iglesia, la misión, el quehacer y el lugar de la Iglesia en el mundo son descritos con el término diakonía, que define a la Iglesia como servidora de la humanidad. Este debe ser el estilo de los ministros de la Iglesia y también de los laicos, que están llamados a continuar el ministerio del Señor de servir a los hermanos.

Por lo tanto, todos estamos llamados a optar de manera preferente por los pobres y a comprometernos en favor de la justicia, pues el ejercicio de la caridad en nuestras comunidades cristianas es tarea de toda la Archidiócesis, de toda la parroquia, también de los grupos de liturgia o catequesis, de los movimientos, de los grupos de apostolado seglar, de las hermandades y cofradías o de aquellos que se reúnen para la lectio divina, aunque por razones prácticas u organizativas, la dirección y la responsabilidad la lleven unos grupos más o menos especializados, es decir, los grupos de Cáritas. En el conjunto de la actividad de la Iglesia la caridad es un eje transversal, que debe impregnar toda la pastoral. Necesitamos, pues, durante este curso pastoral, descubrir y potenciar esa transversalidad de la caridad, la diakonía y el servicio a los pobres.

Tampoco los grupos que trabajan en el campo social y caritativo pueden desvincularse del resto de la actividad pastoral de la Iglesia. La misión de Jesús en la tierra es llevar a cabo la salvación de los hombres. Jesús viene al mundo a revelar y realizar el plan salvador del Padre. Viene a traernos la salvación; viene para que todos tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10). La Iglesia participa de la misma misión de Jesús. Y esa misión la ejerce por tres caminos, que no son paralelos ni independientes, sino que están llamados a encontrarse porque se implican mutuamente. La Iglesia cumple la misión de Jesús proclamando la Palabra y testimoniando cuanto cree y espera (martyría), celebrando los sacramentos (leitourgía) y ejerciendo la caridad (diakonía). Estas tres acciones son inseparables.

De lo dicho se deduce que el compromiso a favor del desarrollo y la justicia, y el servicio a los pobres debe brotar del amor salvador de Cristo, celebrado en la liturgia y experimentado cada día en el encuentro cálido con el Señor en la oración y en la participación en los sacramentos. Sólo así amaremos a los pobres como Dios los ama, con el mismo amor de Jesús. En las cercanías del Señor descubriremos la misteriosa identificación de Jesús con nuestros hermanos más pobres y alimentaremos las raíces de nuestro compromiso solidario. Sin la comunión profunda con el Señor, como elemento fundante y transformador, sin nuestra inserción real en la vida trinitaria, fuente de la unidad de la Iglesia y manantial del amor más auténtico, no podrá subsistir por mucho tiempo nuestra apuesta de servicio a los hermanos. Es más, nuestros mejores compromisos de fraternidad terminarán agotándose por falta de raíces, pues sólo los santos y los amigos de Dios han amado hasta el final. Esto quiere decir que quienes trabajan en nuestras instituciones caritativas a favor de los pobres tienen que ser primero orantes, hombres y mujeres de vida interior. Hablando de los colaboradores de la Iglesia en el servicio de la caridad, el Papa Benedicto XVI dice en la encíclica Deus caritas est que “han de ser personas movidas ante todo por el amor a Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo. El criterio inspirador de su actuación debería ser lo que se dice en la Segunda carta a los Corintios: ´Nos apremia el amor de Cristo' (5,14)” (n. 33).

Así pues, no olvidemos la misteriosa identificación de Jesús con sus predilectos, los pobres. Cuando servimos a los necesitados, servimos al Señor. Cuando vemos y tocamos a los pobres y enfermos estamos tocando la carne de Cristo, tomando sobre nosotros el dolor de los que sufren. Así lo encarecía el venerable Miguel Mañara a sus hermanos de la Santa Caridad de Sevilla al pedirles que asistieran a los enfermos desde la cercanía y la inmediatez corporal, lavando, curando y besando sus llagas. La razón no es otra que la identificación misteriosa del Señor con los pobres y enfermos: “debajo de aquellos trapos –escribe Mañara– está Cristo pobre, su Dios y Señor”. Por eso, el Señor, que se identifica misteriosamente con los más humildes de nuestros hermanos, nos juzgará por nuestros sentimientos de amor eficaz a los hambrientos, sedientos, enfermos, desnudos, presos, forasteros y transeúntes (cf. Mt 25, 34-46).

En este sentido, me parece muy importante que, tanto la Cáritas Diocesana como las Cáritas Parroquiales y las demás instituciones socio-caritativas, tengan a lo largo del año algunos encuentros de los voluntarios e, incluso, de los técnicos, en forma de retiros, animados por los responsables de cada institución, destinados a rezar juntos y a vigorizar los fundamentos sobrenaturales del compromiso en favor de los pobres. Tales encuentros podrían tener lugar especialmente en los tiempos fuertes del año litúrgico. Tampoco sería perder el tiempo si, de tanto en tanto, se organizara alguna charla sobre Doctrina Social de la Iglesia, pues en el sector pastoral de la diakonía de la caridad no basta la formación en las estrategias de la cooperación o en las técnicas para responder con prontitud en casos de emergencias, sino que es también necesaria la formación doctrinal y espiritual.

Ahora bien, debemos ser conscientes que el camino de nuestras instituciones socio-caritativas en esta hora no está exento de riesgos. Conocerlos es un presupuesto previo para precaverlos o para confrontarse con ellos y superarlos.

El primer riesgo es caminar sin referencias eclesiales. Es un peligro que acecha hoy a muchos cristianos, grupos e instituciones, el peligro de caminar por libre, de vivir un cristianismo anónimo, sin referencias eclesiales o institucionales. Entonces nuestro servicio deja de ser una acción que revela el rostro misericordioso de Dios y las entrañas maternales de la Iglesia, perdiendo el marchamo de acción evangelizadora.

Necesitamos, pues, cuidar los engranajes entre la acción caritativa y social con el resto de las acciones eclesiales y con el conjunto de la comunidad. Cuando las instituciones caritativas y sociales de la Iglesia se consideran a sí mismas, o los demás las consideran, como un “aparte” respecto a las demás dimensiones de la pastoral de la Iglesia o del conjunto de la comunidad, se produce, si no de forma refleja y consciente, sí al menos de modo inconsciente, una “lógica de reidentificación”, que busca que la institución se acredite por sí misma y no por ser de la Iglesia, acentuando el hacer, un hacer autónomo, y descuidando el ser, las buenas esencias de la institución, las bases doctrinales que la definen y la mística que la alienta. Dichas instituciones quedan así fuera del conjunto de la pastoral y de la actividad evangelizadora de la Iglesia, aunque nominalmente sigan permaneciendo en su seno.

En la línea de lo que acabo de decir, existe otro riesgo que también puede acechar a nuestras instituciones de caridad, la hiperactividad, es decir, el afán por hacer muchas cosas, de ser muy eficaces a costa de lo que sea, primando la cantidad sobre la calidad. Nace así la macro-organización dominada por la burocratización, por la “lógica organizativa y burocrática” que tiende a constituirse en un fin en sí misma, olvidando el estilo específicamente cristiano y convirtiendo nuestras instituciones socio-caritativas y las diputaciones de caridad de las hermandades y cofradías en una especie de organización o agencia de “servicios sociales”, perdiendo toda referencia a Dios, del que nuestro servicio a los pobres es manifestación, expresión o epifanía. Domina entonces la frialdad organizativa, más que la capacidad de hacerse cercano y solidario con el que sufre. Dios quiera que en nuestras Cáritas Diocesana, en nuestras Cáritas parroquiales y demás instituciones de caridad de nuestra Archidiócesis la tecnificación de las acciones no ahoguen la cercanía de la escucha, el calor de la acogida, el acompañamiento personal y la capacidad para conmovernos ante el dolor, el sufrimiento y las carencias de nuestros hermanos, siendo expresión del amor a Dios, que toma cuerpo en la caridad ejercida por nosotros los cristianos.

Otros riegos son la falta de criterios a la hora de seleccionar a los técnicos, que siempre deberían ser personas “de casa”, con un claro perfil cristiano y eclesial y una identificación comprometida con lo que nuestras instituciones de caridad significan.

Un riesgo más es descuidar la formación de los voluntarios, que en la acción caritativa y social de la Iglesia han jugado, juegan y jugarán un papel insustituible. Sin ellos, el ejercicio organizado de la caridad en la vida de la Iglesia sería simplemente imposible. Reconocida esta realidad, es muy importante acompañar y formar a los voluntarios, que deben ser personas convertidas, o al menos abiertas a la posibilidad de que el servicio caritativo que prestan, cambie y convierta sus vidas.

Un nuevo riesgo es el acogimiento creciente de nuestras instituciones de caridad a las subvenciones y otras ayudas públicas, a las que instituciones sociales y de caridad ciertamente tienen derecho. Las subvenciones de la administración estatal, autonómica, provincial o local no se pueden ni deben “demonizar”. Pero también aquí se necesita mesura. La obsesión por la subvención puede acarrear una disminución notable de la “comunicación cristiana de bienes”. Al no faltarnos el dinero público, nos preocupamos menos de estimular el sacrificio y la generosidad de los fieles y desvirtuamos la verdadera naturaleza de nuestras instituciones de caridad, cuyo fin es, entre otros, facilitar a los fieles el ejercicio de la caridad organizada y compartir sus bienes con los necesitados.

Nos queda un último riesgo: mimetizarnos con las demás ONGs, presentarnos como una ONG más, no vaya a ser que por la condición eclesial se vean mermadas las subvenciones en el marco de un Estado aconfesional. La verdad es que Cáritas civilmente es una ONG, y justamente una de las más prestigiosas, eficaces y austeras en sus gastos de organización. Pero Cáritas eclesialmente es algo más, mucho más. La impronta propia que configura la identidad de nuestras instituciones de caridad desde dentro es

“el amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Esta identidad, civilmente invisible e imperceptible para quien no tiene fe es, sin embargo, el alma del ejercicio de la caridad. Tal identidad deberá hacerse también socialmente visible todos los días en un tipo de obrar que sea tan novedoso y original que revele perceptiblemente la genuina identidad de Cáritas, dando desde ella razón de nuestra fe y de nuestra esperanza.

En los doce años que llevo sirviendo a la Archidiócesis de Sevilla, he recordado muchas veces a los sacerdotes la importancia de la Cáritas Parroquial y he manifestado de palabra y por escrito que una parroquia sin Cáritas carece de algo esencial. En todo caso es una parroquia incompleta e imperfecta. Si los soportes de la estructura parroquial son en primer lugar la celebración de los divinos misterios (liturgia); en segundo lugar, el anuncio de Jesucristo, el apostolado y el testimonio; y en tercer lugar, el ejercicio de la caridad con los pobres, la falta de cualquiera de ellos hace que la parroquia esté manca o coja, en todo caso defectuosa. Es tarea del Obispo y de su Delegado para este sector trabajar para que no haya ni una sola parroquia en la Archidiócesis sin Cáritas.

Termino ya deseando que este curso pastoral que iniciamos sea fecundo en frutos al servicio de nuestros hermanos más pobres; que profundicemos en la verdadera identidad de nuestras instituciones de caridad; que nos persuadamos de la necesidad y de la importancia de las bases sobrenaturales de nuestro compromiso social y caritativo; que estéis siempre convencidos de que, detrás de los pobres a los que servís, está el Señor y que nunca perdáis la inquietud interior de ser en todo padres, madres y hermanos de tantos huérfanos de amor, de tantos pródigos que sufren como consecuencia de tantas heridas físicas o morales. Y todo ello con el amor de Cristo, nuestro Maestro, visibilizando el amor maternal de la Iglesia, que debe cuidar y amar especialmente a los últimos, tal como nos lo enseñó el Señor.

Deseando que nuestras Cáritas, nuestras instituciones socio-caritativas, nuestras parroquias, en las obras sociales y caritativas de los religiosos y religiosas y en las hermandades y cofradías surjan muchas iniciativas creativas en este curso pastoral en favor de los pobres, os encomiendo a la poderosa intercesión de la Santísima Virgen en el título de los Reyes, patrona de la Archidiócesis de Sevilla. Que ella nos ayude en esta crisis inesperada, para la que no estábamos preparados, e interceda ante su Hijo para que podamos superarla. Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. A ti acudimos, en ti buscamos refugio.

Sevilla, 1 de septiembre de 2020


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 03 Sep 2020 12:15:37 +0000
‘Santiago Apóstol, amigo y testigo de Cristo’ https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58240-‘santiago-apóstol-amigo-y-testigo-de-cristo’.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58240-‘santiago-apóstol-amigo-y-testigo-de-cristo’.html ‘Santiago Apóstol, amigo y testigo de Cristo’

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


El sábado 25 de julio celebramos la fiesta de Santiago Apóstol, el amigo del Señor, el hijo de Zebedeo, llamado a primera hora por el Señor en el mar de Galilea, con su hermano Juan, con Pedro y Andrés, para hacerlos "pescadores de hombres". Junto con Pedro y Juan forma parte del grupo de los íntimos de Jesús, testigos de tres acontecimientos fundamentales de la vida del Señor, la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor y la agonía en Getsemaní.

Los Evangelios dan testimonio de la vehemencia de los hijos de Zebedeo, que piden a Jesús que haga llover fuego sobre los que lo rechazan, ganándose así el apelativo de "hijos del trueno". Dan testimonio también de su ambición, pues, con la ayuda de su madre, piden al Maestro ocupar los primeros puestos en su reino. Pero al mismo tiempo nos hablan de su generosidad y valentía al mostrarse dispuestos a beber hasta el fondo el cáliz del Señor, algo que en el caso de Santiago se cumple en el año 44 en que, según nos atestiguan los Hechos de los Apóstoles, "Herodes Agripa dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan", convirtiéndose así en el primero entre los Apóstoles en dar su vida por Jesús.

Unos años antes de la muerte martirial de Santiago en Jerusalén, según una piadosa tradición conservada en los pueblos de España, el Apóstol vino a la Península como primer heraldo del Evangelio. Él y sus discípulos implantaron en nuestra patria las primeras comunidades cristianas. Así se explica la temprana cristianización de España y el número abundante de mártires, santos, escritores, monasterios y santuarios que surgen en nuestra tierra a partir del siglo III. La tradición compostelana nos dice que poco después de su martirio, los discípulos de Santiago trajeron su cuerpo a la Península, sepultándolo en Compostela. Aquí comenzó su culto, interrumpido por la invasión musulmana, hasta que liberadas estas tierras del dominio musulmán, su sepulcro es descubierto en el siglo IX. Comienza entonces el torrente de las peregrinaciones, desde España y desde el continente europeo. El Camino a Compostela se convierte en camino de gracia y salvación para millones de peregrinos, en camino de cultura y alambique en el que se destila la cristiandad medieval y se conforma el alma de Europa.

La celebración de la fiesta del Apóstol evangelizador y patrón de España es una invitación bien explícita a dar gracias a Dios por ser cristianos, por el don gratuito de la fe en Jesucristo que nos llegó por el trabajo misionero de Santiago. Es una invitación a hacerla viva y operante. Es también una invitación elocuente a renovar nuestro compromiso apostólico y evangelizador, a asumir generosamente la misión que Jesús transmite a los discípulos, la misma que él recibiera del Padre: ir al mundo entero y anunciar la Buena Noticia, que Él empezó a proclamar en Galilea, y que el Apóstol Santiago traerá a nuestra Patria, enseñando lo que él ha visto y oído, lo que ha palpado y tocado con sus manos (1 Jn 1,1), en su convivencia inolvidable con el Hijo de Dios.

También nosotros somos destinatarios de este mandato. Como a los Apóstoles, Jesús nos transmite su misión: anunciar y enseñar lo que nosotros hemos aprendido, divulgar lo que a nosotros nos ha acontecido, que Él nos ha devuelto la luz, la vida y la esperanza. Como los Apóstoles de Jesús después de Pentecostés, hemos de salir a los caminos, hemos de acercarnos a este mundo nuestro, fascinante y atormentado al mismo tiempo, en progreso constante y simultáneamente lleno de heridas, tan diversas y tan dolientes. En esta hora de la historia, magnífica y dramática al mismo tiempo, hemos de ser testigos de la alegría cristiana, de la paz, la reconciliación, la esperanza y el amor que nacen de la Buena Noticia del amor de Dios por la humanidad. Hay demasiado dolor e infelicidad en nuestro mundo como para que los cristianos creamos que ya está todo dicho y todo hecho. Jesús y su Evangelio siguen siendo un tema pendiente en el corazón de los hombres de hoy, y a nosotros se nos ha confiado su anuncio desde las plazas y las azoteas del nuevo milenio, en el que más que nunca estamos emplazados a anunciar a Jesucristo como fuente de sentido, como manantial de paz y de esperanza y como nuestra única posible plenitud.

Santiago Apóstol, amigo del Señor y testigo de Cristo hasta el derramamiento de su sangre, nos invita a todos a ser testigos de Jesucristo y a dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza con nuestra palabra explícita, sin miedo, sin vergüenza y sin complejos y, sobre todo, con el testimonio elocuente y atractivo de nuestra vida intachable, que muestre a Jesucristo como único Salvador y único camino para el hombre.


Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 23 Jul 2020 11:47:26 +0000
Decreto sobre medidas tras el estado de alarma en Sevilla https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58172-decreto-sobre-medidas-tras-el-estado-de-alarma-en-sevilla.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58172-decreto-sobre-medidas-tras-el-estado-de-alarma-en-sevilla.html Decreto sobre medidas tras el estado de alarma en Sevilla

Decreto de Mons. Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla,

Pasado un tiempo prudencial desde el levantamiento del estado de alarma, y con ello las limitaciones a la movilidad de los fieles, como instrumento legal para combatir más eficazmente la emergencia sanitaria provocada por la pandemia del COVID-19 en España, atendiendo a la recomendación de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, reunida los días 6 y 7 de julio del presente año, y tras consultar a la Consejería de Salud y Familias de la Junta de Andalucía, autoridad civil competente para el ámbito de nuestra comunidad autónoma, en virtud de mi potestad ordinaria, vengo en decidir y decido promulgar las siguientes normas para la Archidiócesis de Sevilla, por medio del presente


DECRETO

1- Declarar el cese de la dispensa de la asistencia a la celebración dominical y demás fiestas de precepto (cf. c. 1247 CIC), concedida en los decretos 1041/20 y 1140/20, recordando que cuando concurran causas graves, este precepto no obliga, aunque se recomienda vivamente que en esos casos estas personas dediquen un tiempo oportuno a la oración personal o en familia (cf. c. 1248§2 CIC).


2- El párroco, o responsable del templo, establecerá medidas concretas para el mantenimiento de la distancia interpersonal determinada por las disposiciones civiles pertinentes, indicándose a la entrada del templo el aforo máximo permitido, siendo obligatorio el uso de mascarilla cuando corresponda según las citadas disposiciones civiles. Asimismo, se ofrecerá gel hidroalcohólico o algún desinfectante general a la entrada y salida, colocando dispensadores en un lugar visible, y se seguirán las medidas generales de limpieza y desinfección de los lugares de culto y objetos sagrados.

Las pilas de agua bendita, así como las pilas bautismales, a no ser que éstas permanezcan tapadas o cerradas, estarán vacías, utilizándose para la administración del bautismo un recipiente al que no retorne el agua utilizada. Asimismo, se evitará el contacto físico con las imágenes sagradas hasta tanto así lo aconseje la situación sanitaria.


3- En el transcurso de la celebración eucarística, se tendrán en cuenta estas consideraciones:

- Se limitará a lo indispensable el número de acólitos, lectores y demás ministros del altar, especialmente en aquellos lugares en los que el espacio del presbiterio sea reducido. Estas personas deberán desinfectarse las manos oportunamente antes de desempeñar su tarea en el altar.
- El cáliz, la patena y los copones, estarán cubiertos con la “palia” durante la plegaria eucarística.
- El saludo de la paz, cuando no se omita, se sustituirá por un gesto evitando el contacto directo.
- El diálogo individual antes de la Comunión (“El Cuerpo de Cristo”. “Amén”), se pronunciará de forma colectiva después de la respuesta “Señor no soy digno…”, distribuyéndose la Eucaristía en silencio.
- Antes de iniciar la distribución de la Sagrada Comunión, y al término de la misma, todos los ministros desinfectarán sus manos oportunamente.
- En el caso de que el sacerdote fuera mayor, o que así lo requieran otras circunstancias a juicio del celebrante, este designará ministros extraordinarios de la Eucaristía para distribuir la Sagrada Comunión.
- Se exhorta vivamente a los fieles, hasta tanto desaparezcan los riesgos extraordinarios para la salud de todos, a recibir, con la debida reverencia, la Sagrada Comunión en la mano.


4- La celebración de otros sacramentos, sacramentales y actos de culto, especialmente aquellos que ordinariamente congregan a un elevado número de fieles, se programará de modo que puedan respetarse las normas generales de protección y seguridad ya expuestas, insistiendo en la necesidad e importancia de cumplir con diligencia dichas normas.

En el caso de celebraciones corpore insepulto, el aforo máximo permitido deberá ajustarse a la normativa específica en vigor emitida por la autoridad civil competente.


5- Uso de espacios exteriores de los edificios y actos religiosos en la vía pública. Deberá solicitarse aprobación de la autoridad municipal competente, siguiéndose las medidas organizativas y de protección que dicha autoridad determine. Cuando se pretenda la celebración de actos religiosos en la vía pública, además, se requerirá previamente el consentimiento del Vicario Episcopal de Zona y, en caso de que se trate de cultos externos extraordinarios de hermandades y cofradías, u otras asociaciones de fieles, del Delegado Episcopal para los Asuntos Jurídicos de las Hermandades y Cofradías.


6- Por lo que respecta a otras actividades en locales pastorales (reuniones, encuentros o catequesis, atención de oficina parroquial), se adoptarán las medidas necesarias para garantizar el cumplimiento de las normas de distancia e higiene anteriormente expuestas, así como el debido control para evitar aglomeraciones, con el fin de prevenir los riesgos de contagio.


7- Las Hermandades y Cofradías, y demás asociaciones de fieles, cuando, de acuerdo con el párroco o director espiritual, prevean razonablemente que no van a poder cumplirse, sin grave incomodidad para los hermanos y otros fieles, las limitaciones de aforo y concentración de personas establecidas por las autoridades civiles para el momento de su celebración, en virtud de lo previsto en el c. 87§1 CIC, quedan dispensadas de la celebración de los cultos, y otros actos de piedad o devoción establecidos en sus Reglas o Estatutos -o que hubieran sido autorizados con anterioridad al 14 de marzo pasado. No obstante, con el consentimiento del párroco y en su caso del director espiritual, se permite el traslado de aquellos cultos internos contemplados en las Reglas aprobadas por la autoridad eclesiástica a otra fecha más oportuna dentro del año en curso.

En caso de disparidad de criterio, acúdase a la Delegación Episcopal para los Asuntos Jurídicos de las Hermandades y Cofradías, que -con el asesoramiento de la Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías- determinará cuanto proceda al respecto. Por lo que se refiere a los Cabildos Generales de Hermanos, procesos electorales y otros actos jurídicos competencia de la citada Delegación Episcopal, aténganse a lo dispuesto para cada caso por el Sr. Delegado Episcopal.


8- A partir de la entrada en vigor de este Decreto, quedan sin efecto todas aquellas disposiciones emitidas para la Archidiócesis de Sevilla sobre esta materia, después del 13 de marzo de 2020, que no estén contempladas en este decreto, que podrá modificarse o prolongar su vigencia en función de las limitaciones establecidas por las normas que emita la autoridad civil competente.

Que la Stma. Virgen Ntra. Sra. de los Reyes continúe presentando ante su Hijo, Ntro. Señor Jesucristo, las oraciones y súplicas de todos los fieles de nuestra Archidiócesis de Sevilla.

Este decreto entrará en vigor en el día de su fecha y se promulgará mediante su publicación en la página web de la Archidiócesis de Sevilla, quedando sin efecto las medidas excepcionales determinadas en este decreto (arts. 2-7) cuando las condiciones sanitarias y las normas civiles pertinentes lo permitan.


Dado en Sevilla, a diecisiete de julio de dos mil veinte, festividad de las Santas Justa y Rufina.


+Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla
Doy fe

Isacio Siguero Muñoz
Secretario General y Canciller
Prot. nº 1632/20

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 17 Jul 2020 12:22:27 +0000
Unidos ante la crisis https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58076-unidos-ante-la-crisis.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58076-unidos-ante-la-crisis.html Unidos ante la crisis

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

La crisis en la que estamos inmersos como consecuencia de la pandemia de COVID-19
nos hace rememorar aquella otra crisis económica de hace no pocos años. Muchos
hermanos nuestros aún no se han recuperado de esta última coyuntura y esta tiene una
perspectiva más pavorosa.

Hemos vivido unas tristísimas circunstancias: millares de muertos solos en los hospitales,
sin la compañía de sus seres queridos, centenares de miles de enfermos, la angustia de los
médicos y del personal sanitario que se han desvivido por atender a todos, lo mismo que
los demás servidores públicos. Desde las dos últimas guerras mundiales, la humanidad
no había sufrido una tragedia semejante. Por ello, os invito a todos a levantar los brazos
intercediendo por nuestro pueblo y por toda la humanidad, pues como nos dice San Pablo
en su carta a los Hebreos, “no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de
nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el
pecado. Por eso, acudamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia
y encontrar gracia para el tiempo oportuno” (4,15-16).

Vuelve a urgir trabajar por la implantación de una sociedad más humana. El primer paso
es redescubrir la ley natural, concreción de la ley eterna para la criatura racional. Hemos
de redescubrir además la relacionalidad como elemento constitutivo de la propia
existencia. El hombre es el único ser de la creación capaz de dar una acogida
incondicionada y un amor infinito a sus semejantes, un ser llamado a vivir en relación, un
ser para los demás, que debe considerar al otro como alguien de su propia familia, como
alguien que le pertenece.

Urge, pues, que todos favorezcamos el rearme moral de la sociedad y que la Iglesia, las
instituciones del Estado, de la sociedad civil y la escuela luchen por fortalecer la
conciencia de que todos formamos parte de una única realidad, fomentando los valores
de la fraternidad, la acogida, la solidaridad, la preocupación por los otros, especialmente
por los pobres, poniéndonos de su parte y en su lugar, apeándonos, como el Buen
Samaritano, de nuestra cabalgadura para arrodillarnos ante el empobrecido y el que sufre,
para curarle y vendarle tantas heridas. Hay que favorecer también el principio de legalidad
y la ejemplaridad de las instituciones y representantes públicos.

Mucho puede hacer en este campo la familia y la escuela, educando a los niños en la
fraternidad, en la experiencia de la generosidad y el descubrimiento del prójimo. Mucho
puede hacer la Iglesia anunciando el Evangelio de la paz, la justicia y la fraternidad,
recordando que todos los hombres somos hermanos, hijos del mismo Padre, salvados por
la misma sangre redentora de Cristo. Mucho pueden hacer y están haciendo las
instituciones de la Iglesia, socorriendo a los pobres en sus necesidades primarias, desde
las Cáritas diocesanas y parroquiales, desde las obras sociales de los religiosos, desde
otras instituciones de matriz cristiana, y desde la acción social de nuestras hermandades.
Mucho está haciendo la Iglesia acogiendo fraternalmente a quienes emigran de sus países
a causa de la pobreza o la violencia, y reclamando a las administraciones públicas que
desarrollen sistemas de plena integración en el tejido social, de modo que los autóctonos
y los que llegan de fuera sientan el lugar donde residen como la casa común.

Para nadie es un secreto que en nuestros barrios sevillanos y en nuestros pueblos hay
mucho sufrimiento y dolor como consecuencia del paro, todo agravado por esta crisis
sanitaria en la que nos encontramos. Sigue siendo tristísima la situación de más de la
mitad de nuestra juventud, sin horizontes y sin futuro. En esta coyuntura henchida de
desesperanza, es preciso reforzar la solidaridad. Es una exigencia de caridad y justicia
que en los momentos difíciles quienes tienen más se ocupen de los que viven en
condiciones de pobreza. Las instituciones deben asegurar el apoyo especial a los parados,
a las familias, especialmente a las numerosas, a los jóvenes, los más castigados por la
falta de trabajo. A los ciudadanos les corresponde cumplir honradamente las leyes por un
elemental sentido de la justicia distributiva. Por ello, reitero que es injustificable el fraude
fiscal, la evasión de capitales, la corrupción y el enriquecimiento ilícito.

Por último, en esta hora es más urgente que nunca recordar la necesaria ejemplaridad de
los responsables de las administraciones públicas, que han de ser especialmente
transparentes y escrupulosos en la gestión de los recursos. El descuido del bien común, la
corrupción y la apropiación de lo que es de todos escandaliza a las personas de bien,
especialmente a los que han perdido su trabajo o su modus vivendi, desacredita a la clase
política, salpica a los políticos honrados, produce desánimo y hastío en la sociedad y
disminuye las defensas éticas en una sociedad ya de por sí debilitada en el campo de los
valores morales.

Estos meses hemos comprobado cómo las circunstancias vividas han suscitado en nuestro
pueblo los sentimientos más nobles de compasión, cercanía, solidaridad y ayuda
generosa, sintiéndonos un pueblo unido por la fraternidad humana y cristiana. Se dice, y
es verdad, que ha aflorado lo mejor de nosotros como pueblo. Nos esperan, sin embargo,
tiempos muy duros una vez que desparezca la epidemia con una sociedad hundida y
deprimida. En esta hora, los cristianos debemos ser hombres y mujeres de esperanza,
sembradores de esperanza, confiando en las promesas de Dios y en su amor, pues no se
ha olvidado de nosotros.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Mon, 13 Jul 2020 11:02:09 +0000