Sevilla Oficina de Información de los Obispos del Sur de España https://www.odisur.es Fri, 26 Feb 2021 06:31:17 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es El 2021 un año para amar, venerar e imitar a san José https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/61033-el-2021-un-año-para-amar-venerar-e-imitar-a-san-josé.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/61033-el-2021-un-año-para-amar-venerar-e-imitar-a-san-josé.html El 2021 un año para amar, venerar e imitar a san José

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado 8 de diciembre de 2020 el Papa Francisco, por medio de la Carta Apostólica Patris corde, convocaba un año dedicado a san José que durará hasta la solemnidad de la Inmaculada del año 2021 que estamos comenzando. El motivo ha sido el 150 aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia Universal que hizo el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1870.

Como el mismo Papa Francisco declara el objetivo de la Carta Apostólica y del Año de san José es que “crezca el amor a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes, como también su resolución”. En efecto, la misión específica de los santos es la de interceder por nosotros ante Dios, junto a Cristo, el único mediador. Por otra parte, la imitación de las virtudes de los santos nos conduce a todos los seguidores de Cristo a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (Cf. Lumen gentium 42). En este sentido, el elocuente silencio
de la vida de san José “es una prueba concreta de que es posible vivir el Evangelio”.

Ha sido providencial que el Año de san José haya sido convocado cuando la Iglesia ha ido presentando ante nuestros ojos los “Evangelios de la infancia” de Jesús, en los últimos días del Adviento y durante la Navidad. En la Eucaristía diaria hemos podido meditar todos los pasajes de la Sagrada Escritura donde aparece san José, junto a la Inmaculada Virgen María y al Salvador recién nacido.
No son muchos los datos que los relatos bíblicos nos ofrecen, pero son suficientes para que la Iglesia haya entendido quién fue José como esposo de la Virgen, qué tipo de padre fue para Jesús y cuál fue la misión que Dios tenía para él.

En efecto, san José fue llamado por Dios para tomar consigo a María, que estaba encinta por obra del Espíritu Santo, para que Jesús naciera de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David y, de este modo, se cumplieran las antiguas profecías que señalaban que el Mesías pertenecería a la dinastía de David (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 437). Este es el papel central de san José en la historia de la salvación, custodiando los tesoros más preciosos de Dios. Una figura central y una actividad importantísima pero realizada casi en la sombra, sin brillar ni sobresalir. San José nos da ejemplo de santidad en la vida cotidiana de la familia y del trabajo. Esto es lo que ha llevado al Papa a proponer a todos los cristianos en estos meses, en que la pandemia del coronavirus nos está golpeando, como intercesor y modelo a san José, una figura tan extraordinaria y a la vez tan cercana a nosotros. Dice el Papa que hemos podido experimentar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes, corrientemente olvidadas, que están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia, como hizo san José en los años de vida
oculta de Jesús en el humilde hogar de Nazaret: tanto personal sanitario, reponedores de supermercados, limpiadoras, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, sacerdotes, religiosos...; tantos padres, abuelos, docentes...; tantos que rezan e interceden por el bien de todos... A todos san José con su presencia diaria, discreta y su trabajo oculto nos muestra cómo podemos ser seguidores de Jesucristo y avanzar en la santidad a través de los caminos más ordinarios de la vida humana.


Os invito a todos a aprovechar este año para que ahondemos en la excelsa figura de san José, a menudo tan olvidada. En primer lugar, con la meditación profunda de los pasajes bíblicos en que aparece: la Sagrada Escritura siempre está llena de riquezas insondables y Dios habla a nuestra vida y en nuestras circunstancias particulares a través de ella. Por ello, os propongo que estudiéis los espléndidos documentos del Magisterio de la Iglesia en que se ha tratado a san José. Recomiendo particularmente la Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II Redemptoris custos sobre la figura y la misión de san José en la vida de Cristo y de la Iglesia y la Carta Apostólica del Papa Francisco Patris corde a la que venimos refiriéndonos. En estos documentos encontraremos una sólida doctrina sobre san José y una riquísima espiritualidad llena de actualidad.

Junto a la necesaria formación, también os exhorto a aprovechar los bienes espirituales que se han puesto a nuestra disposición este Año de san José con las indulgencias concedidas a través del Decreto de la Penitenciaría Apostólica para la ocasión: la meditación del Padrenuestro y la participación en retiros espirituales con pláticas sobre san José; la realización de obras de misericordia corporales o espirituales a ejemplo de san José; el rezo del Rosario en las familias y entre los novios, teniendo el mismo clima de comunión, amor y oración que había en la Sagrada Familia de la que fue custodio san José; confiar diariamente el trabajo a la protección de san José Obrero e interceder para que todos los que busquen trabajo lo encuentren y el trabajo sea cada vez más digo; rezar la letanía de san José o alguna otra oración al santo Patriarca en favor de la Iglesia perseguida ad intra o ad extra y de todos los cristianos perseguidos; hacer cualquier acto de piedad, debidamente aprobado, en

honor de san José, el 19 de marzo y el 1 de mayo, el 19 de cada mes y cada miércoles, que son los días dedicados a la memoria del Santo en la tradición de la Iglesia.


Por último, quiero pediros con palabras de santa Teresa de Ávila que renovéis vuestra devoción a san José. Decía la santa mística: “Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino”

(Santa Teresa de Ávila, Libro de la vida 6, 8).

 

Con mi bendición y afecto.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 08 Jan 2021 13:13:16 +0000
Carta del Arzobispo de Sevilla a toda la Archidiócesis hispalense https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/60784-carta-del-arzobispo-de-sevilla-a-toda-la-archidiócesis-hispalense.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/60784-carta-del-arzobispo-de-sevilla-a-toda-la-archidiócesis-hispalense.html Carta del Arzobispo de Sevilla a toda la Archidiócesis hispalense

El Arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo ha escrito una carta dedicada a los sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados y laicos de la Archidiócesis hispalense sobre su situación vital actual, que a continuación reproducimos íntegramente.

A todos los sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados y laicos de nuestra Archidiócesis

Queridos hermanos y hermanas:

Junto con mi saludo cordial y fraterno, quiero compartir con vosotros mi situación, agravada hace aproximadamente un mes.

Como sabéis, el 26 de junio del año pasado sufrí un grave problema ocular en el ojo izquierdo que me conservó la vista periférica, pero no así la visión central ni los detalles de las cosas. En consecuencia, no puedo leer ni escribir. El pasado 13 de noviembre tuve un problema semejante en el ojo derecho con una hemorragia masiva, infección y dolores enormes, casi insufribles. He sido operado dos veces de éste último ojo sin encontrar de momento una palpable mejoría. Lo más probable es que no lo recupere. Agradezco de corazón el excelente servicio que me están prestando los oftalmólogos, con gran generosidad y entrega.

No os oculto que estoy sufriendo mucho, como nunca sospeché. Todo lo acepto como permitido por nuestro Padre Dios para mi purificación y santificación. Todo lo ofrezco por la Iglesia, por la Diócesis a la que me ha tocado servir, por los sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y laicos. Pido al Señor que mi sufrimiento no sea estéril y que se convierta en fuente de energía sobrenatural para la Iglesia, la Archidiócesis y cada uno de nosotros.

Ahora estoy comprendiendo mejor que nunca el valor altísimo de la cruz, en la que el Señor quiso demostrarnos palpablemente cuanto ama a su Padre Celestial, a la humanidad y a cada uno de nosotros. Ahora estoy entendiendo que no puede haber santidad, ni fidelidad, ni fecundidad apostólica sin amor a la cruz, sin amor al Crucificado y sin nuestra identificación con Él.

Mi oración en esta temporada es la oración del pobre: oración de alabanza, de agradecimiento y de intercesión, con el corazón lleno de nombres, todos vosotros los hermanos que la Iglesia me ha confiado. Puesto que no puedo rezar el Oficio, rezo las cuatro partes del Rosario y siento la compañía y la ternura de la Santísima Virgen, la Buena Madre de los sacerdotes.

Lógicamente mi acción pastoral está muy mermada. Agradezco a los colaboradores más inmediatos: Vicario General, Canciller Secretario y Vicarios Episcopales su ayuda generosa y su suplencia. Yo procuro colaborar con ellos con la oración constante, que es una forma eminente de servir pastoralmente a nuestro pueblo.

Dadas mis circunstancias, he pedido a la Santa Sede que acelere el trámite de mi sustitución. Mientras tanto, debéis seguir en el tajo con la misma entrega e ilusión de siempre. Los obispos pasamos. Sois los sacerdotes los que dais continuidad a la acción pastoral y los que tenéis que mantener enhiesto el pabellón de la fidelidad, la caridad pastoral y la entrega a vuestros fieles.

Rezad ya desde ahora por el nuevo Pastor que la Iglesia pronto nos enviará, para que el Señor le conceda las entrañas, el estilo y el corazón del Buen Pastor que no vino a ser servido sino a servir. Rezad también por mí. Pedid a la Virgen que dulcifique un tanto mis sufrimientos. A todos os envío un abrazo fraterno y mi bendición.

Afmo. en el Señor.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Tue, 22 Dec 2020 15:35:58 +0000
"Aquí estoy, mándame" https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/59465-aquí-estoy-mándame.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/59465-aquí-estoy-mándame.html

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


El Papa Francisco publicó, en la Solemnidad de Pentecostés, el mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2020, en un momento en el que “la enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan” a nosotros y a la misión de la Iglesia. Como lema lleva la cita de Isaías: “Aquí estoy, mándame” (Is 6,8).

Vivimos, a nivel mundial, una situación difícil provocada por la pandemia del COVID-19. Todas las naciones se han visto afectadas. Pero son las del Sur las más pobres y vulnerables. En este contexto, en el que todavía muchos lugares del mundo viven algún tipo de confinamiento, puede resultar paradójico un lema que invita a salir y a ser enviados.

Precisamente es ese el sentido de la misión de la Iglesia: salir de sí misma, cruzar las fronteras y proclamar la Buena Nueva del Evangelio de Jesús en toda la tierra, cumpliendo el propio mandato de Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).

Como Isaías, debemos estar dispuestos a ser enviados a esta misión salvadora y, más aun, en el actual contexto de pandemia. La enfermedad, la desesperanza, la crisis económica exigen, ahora más que nunca, nuestro esfuerzo solidario y misionero.

“¿A quién enviaré?”. Esta llamada de Dios nos interpela a todos, especialmente en la actual crisis mundial. La llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos, a superar nuestras fronteras y miedos, por amor a Dios y al prójimo, se presenta como una oportunidad para servir a los más necesitados e interceder por un mundo mejor. Gracias a nuestra fe, que compartimos en la Iglesia, somos hombres y mujeres renovados, capaces para afrontar la misión a la que estamos llamados.

Por amor a toda la humanidad, sin distinción, Dios Padre envió a su Hijo. Jesús, siempre obediente, es el Misionero del Padre. A su vez, Jesús, crucificado y resucitado para nuestra salvación, anima con su propio Espíritu a la Iglesia y nos envía en misión a todos los pueblos. Esta misión en salida, que debemos realizar, es la respuesta libre y agradecida a la iniciativa amorosa de Dios.

Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en ese amor fraternal que Jesús nos regala. Por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe, se hace pública y consciente la dignidad de todo ser humano que es también hijo de Dios.

La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para toda la humanidad, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía a todos los lugares del mundo para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda sanar nuestro mundo herido y transformarlo en un lugar habitable para todos los hombres y mujeres de cualquier lugar y condición.

La misión no puede pararse nunca. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento provocados por estos tiempos de pandemia nos interpelan a todos y hacen que nuestra misión sea aún más necesaria. Pese a que tenemos la obligación de mantener la distancia física y, en algunos casos, de permanecer en casa, descubrimos que más que nunca necesitamos relaciones sociales sanas y humanizadoras, así como la relación comunitaria con Dios. No debemos desconfiar de los demás, de “los otros”, sino más bien buscar la comunión y el abrazo fraterno, aunque ahora sólo pueda ser “espiritual”. Ante estos retos, nuestra respuesta debe ser la de Isaías: “Aquí estoy, mándame”.

Mediante la oración, la reflexión y la ayuda material podemos participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. Nuestra diócesis ha sido tradicionalmente muy generosa durante el Domund. Pese a los tiempos difíciles que vivimos, no debemos olvidar que otros sufren mucho más debido a carencias materiales y espirituales. Nuestra solidaridad no puede agotarse con los que tenemos más cerca, sino que debe abrirse a todos nuestros hermanos y hermanas del mundo. Cuanto más generosos y solidarios, más plenos, más humanos y más cristianos seremos.

Mi recuerdo agradecido a los doscientos misioneros y misioneras de nuestra diócesis que generosamente entregan su vida a la misión, y que son un ejemplo y estímulo para nuestras vidas. Ruego a Dios, a la Santísima Virgen María y a Santa Teresa, patrona de los misioneros, que bendigan el entusiasmo y compromiso de la Delegación diocesana de Misiones y el esfuerzo de los responsables de la pastoral y de la educación católica de nuestra diócesis para que den el mayor fruto posible en beneficio de la misión y susciten auténticas vocaciones misioneras.

Con mi gratitud anticipada para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 16 Oct 2020 11:15:08 +0000
‘Como Jesucristo, obligados a huir’ https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/59043-‘como-jesucristo-obligados-a-huir’.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/59043-‘como-jesucristo-obligados-a-huir’.html ‘Como Jesucristo, obligados a huir’

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


Este domingo celebramos la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado bajo el lema Como Jesucristo, obligados a huir. La Jornada quiere ser una llamada a la oración, reflexión y al compromiso de las comunidades cristianas ante el drama de los desplazados, especialmente los internos, a menudo invisibles, que la crisis mundial provocada por la pandemia de la COVID 19 ha agravado hasta límites insospechados.

En la huida a Egipto, el niño Jesús experimentó, junto con sus padres, la trágica condición de desplazado y refugiado, marcada por el miedo, la incertidumbre, las incomodidades (cf. Mt 2, 13-15.19-23). Desgraciadamente, en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste realidad. Cada día en la prensa nos encontramos con noticias de refugiados que huyen del hambre, de la guerra, de otros peligros graves, en busca de seguridad y de una vida digna para sí mismos y para sus familias. Jesús está presente en cada uno de ellos, obligado, como en tiempos de Herodes, a huir para salvarse.

Los cristianos estamos llamados a reconocer en sus rostros el rostro de Cristo, hambriento, sediento, desnudo, enfermo, forastero y encarcelado (Mt 25, 31-46) para poder amarlos y servirlos como auténticos hermanos. Se trata, sin duda, de un reto pastoral al que estamos llamados a responder con los cuatro verbos que el papa Francisco nos invita contantemente a poner en práctica: acoger, proteger, promover e integrar. Pero, además, con motivo de esta Jornada Mundial nos invita a Conocer para comprender y hacerse prójimo para servir. Actitudes que nos enseña el Señor en el Evangelio.

Él mismo se identifica con la debilidad y el sufrimiento de los forasteros y emigrantes. Como Jesucristo, obligados a huir, Jesús fue emigrante, haciéndose así solidario de los sufrimientos y angustias de todos los emigrantes. En el último día, en el momento crucial del juicio, el criterio último de discriminación será nuestros sentimientos de amor, servicio y acogida a los que han debido dejar su casa y su familia. Y es que Jesús se identifica misteriosamente con nuestros hermanos más pobres; de manera que cualquier gesto de amor, de acogida, de ayuda o de servicio, lo mismo que cualquier gesto de desprecio o rechazo contra nuestros hermanos no es como si se lo hiciéramos al Señor, es que se lo hacemos al Señor mismo.

En consecuencia, por fidelidad al Señor, los cristianos tenemos la obligación de considerar el fenómeno de la inmigración desde una visión iluminada por la fe, abierta y humanitaria. Los inmigrantes tienen derecho a buscar aquí honradamente los medios de vida. Y nosotros, que también fuimos emigrantes, tenemos obligación de ayudarles, acogerles y tratarles de acuerdo con su dignidad de personas, hijos de Dios y hermanos nuestros. Abrámosles, pues, las puertas y salgamos a su encuentro.

Los inmigrantes deben tener la posibilidad de encontrar en nuestras parroquias su hogar, pues en la Iglesia nadie es extranjero. Son muchos los campos en los que podemos ayudarles y servirles y es grande la riqueza y dinamismo que pueden aportar a nuestras celebraciones litúrgicas, a la catequesis, el apostolado y la acción social, como he podido comprobar con gozo en mis visitas a las parroquias.

Nuestra Iglesia diocesana, acompaña a los inmigrantes que necesitan asesoramiento para poner en regla su documentación, aprender nuestra lengua, encontrar alojamiento, poder trabajar, reunirse con sus compatriotas y amigos, denunciar los abusos de que son objeto y defender sus derechos. Pero no podemos socorrerles sólo con medios materiales. También ellos necesitan a Jesucristo, único salvador y redentor, pues como nos dijera la Beata Teresa de Calcuta no hay mayor pobreza que no conocer ni amar a Jesucristo.

Pido al Señor que sostenga con su gracia el compromiso fraterno de los voluntarios de la Delegación de Migraciones, así como el de los trabajadores y voluntarios de Cáritas, al mismo tiempo que rezo por todos los inmigrantes de nuestra Archidiócesis, para que el Señor les conforte en la lejanía de su patria y de sus seres queridos y sientan el calor de nuestra familia diocesana y de nuestras comunidades parroquiales.

Para ellos y sus familias y para todos los miembros de nuestra Iglesia particular, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Mon, 28 Sep 2020 12:17:13 +0000
"Nos apremia el amor de Cristo" https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58621-nos-apremia-el-amor-de-cristo.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58621-nos-apremia-el-amor-de-cristo.html

Carta pastoral de inicio de curso de D. Juan José Asenjo Pelegrina

Queridos hermanos y hermanas:


Comenzamos el curso pastoral 2020-2021 padeciendo todavía las consecuencias de la crisis provocada por el COVID-19, donde hemos vivido unas tristísimas circunstancias: millares de muertos solos en los hospitales, sin la compañía de sus seres más queridos, centenares de miles de enfermos, la angustia de los médicos y del personal sanitario que se han desvivido por atender a todos, al igual que los demás servidores públicos. A raíz de la pandemia muchas personas que vivían al día han visto cómo el confinamiento ha obligado a parar su actividad y, por tanto, a prescindir de su principal y única fuente de ingresos, teniendo que acudir por primera vez a organizaciones como Cáritas, para afrontar con urgencia sus necesidades básicas. Muchas de estas personas, que están viviendo unos momentos de verdadera incertidumbre y desazón, son pequeños empresarios que se han visto obligados a cerrar el negocio familiar, muchos son empleados que ahora forman parte de un expediente de suspensión o extinción de sus contratos de trabajo, son empleadas del hogar, o padres de familia que se dedican a la venta ambulante… con trabajos precarios, contratos temporales, pertenecientes al sector terciario o dedicados a la economía sumergida. Por ello, todos debemos comprometernos con el Centro diocesano de empleo, con el trabajo que viene realizando la Fundación Cardenal Spínola de Lucha contra el paro y la Acción conjunta contra el paro de Cáritas Diocesana, Pastoral Obrera y otras instituciones diocesanas.

Asimismo, tanto Cáritas Diocesana como la Delegación Diocesana de Migraciones han detectado a un grupo de personas y familias migrantes que han visto agravada su situación debido a su irregularidad administrativa ya que, al igual que otras personas, han visto anuladas todas sus posibilidades de obtener sus recursos e ingresos. Sin embargo, éstas no han podido acceder a ningún tipo de ayuda oficial para dar respuesta a sus necesidades básicas de la vida diaria, lo que les hace aún más vulnerables.

Ante esta realidad y bajo el lema “Hermano migrante, no estás solo”, la Delegación Diocesana de Migraciones de la Archidiócesis de Sevilla y Cáritas han iniciado un trabajo en red que pretende cubrir las necesidades más básicas y orientar a este sector de la población que ha quedado absolutamente desprotegido. Os animo a reflexionar sobre esta situación mediante el documento que se aporta dentro de las Orientaciones Pastorales de este curso que vamos a iniciar.

En esta coyuntura henchida de desesperanza, teniendo como base la dimensión social del Evangelio, la opción por los pobres de nuestro Plan Diocesano de Pastoral y las acciones concretas que se proponen, debemos ser hombres y mujeres de esperanza, sembradores de esperanza, confiando en Jesucristo, para penetrarnos del amor a Dios y a los hermanos y así sintonizar con los sentimientos de Cristo que nos envía para poner en práctica su Evangelio.

Los Evangelios nos presentan a Jesús, el enviado del Padre, el Hijo único de Dios, como el servidor, como aquel que no ha venido a ser servido sino a servir (cf. Lc 22, 27). A lo largo de su vida, en su relación con los pobres, con los enfermos, con los marginados y los pecadores, Jesús se nos muestra como el hombre que vive para los demás, cumpliendo su discurso programático en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido, me ha enviado para anunciar la buena noticia a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Él encarna perfectamente la figura del siervo de Yahvé, que profetizara Isaías y cuyo oráculo se apropia en Nazaret. Algunos comentaristas piensan que Jesús en las palabras “Hoy se cumple esta Escritura en mí” (Lc 4,21), no piensa únicamente en su persona, ni limita el cumplimiento de la Escritura al tiempo de su propia existencia histórica. La mirada de Jesús es más dilatada: abarca el tiempo de la Iglesia. El Señor piensa también en nosotros los cristianos, sus seguidores, que a lo largo de la historia deberemos cumplir este Evangelio, esta buena noticia, al servicio de los pobres, los rotos por mil heridas físicas o morales, los enfermos, los presos, los mendigos y transeúntes, los inmigrantes o los que sufren por cualquier causa.

Sobre estos presupuestos evangélicos se asienta la “eclesiología del servicio” del Concilio Vaticano II, que en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual nos dice: “No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no juzgar, para servir y no para ser servido” (GS, 3). Así como la noción de “koinonía” (comunión) expresa en el Concilio Vaticano II la naturaleza más profunda del ser y del misterio de la Iglesia, la misión, el quehacer y el lugar de la Iglesia en el mundo son descritos con el término diakonía, que define a la Iglesia como servidora de la humanidad. Este debe ser el estilo de los ministros de la Iglesia y también de los laicos, que están llamados a continuar el ministerio del Señor de servir a los hermanos.

Por lo tanto, todos estamos llamados a optar de manera preferente por los pobres y a comprometernos en favor de la justicia, pues el ejercicio de la caridad en nuestras comunidades cristianas es tarea de toda la Archidiócesis, de toda la parroquia, también de los grupos de liturgia o catequesis, de los movimientos, de los grupos de apostolado seglar, de las hermandades y cofradías o de aquellos que se reúnen para la lectio divina, aunque por razones prácticas u organizativas, la dirección y la responsabilidad la lleven unos grupos más o menos especializados, es decir, los grupos de Cáritas. En el conjunto de la actividad de la Iglesia la caridad es un eje transversal, que debe impregnar toda la pastoral. Necesitamos, pues, durante este curso pastoral, descubrir y potenciar esa transversalidad de la caridad, la diakonía y el servicio a los pobres.

Tampoco los grupos que trabajan en el campo social y caritativo pueden desvincularse del resto de la actividad pastoral de la Iglesia. La misión de Jesús en la tierra es llevar a cabo la salvación de los hombres. Jesús viene al mundo a revelar y realizar el plan salvador del Padre. Viene a traernos la salvación; viene para que todos tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10). La Iglesia participa de la misma misión de Jesús. Y esa misión la ejerce por tres caminos, que no son paralelos ni independientes, sino que están llamados a encontrarse porque se implican mutuamente. La Iglesia cumple la misión de Jesús proclamando la Palabra y testimoniando cuanto cree y espera (martyría), celebrando los sacramentos (leitourgía) y ejerciendo la caridad (diakonía). Estas tres acciones son inseparables.

De lo dicho se deduce que el compromiso a favor del desarrollo y la justicia, y el servicio a los pobres debe brotar del amor salvador de Cristo, celebrado en la liturgia y experimentado cada día en el encuentro cálido con el Señor en la oración y en la participación en los sacramentos. Sólo así amaremos a los pobres como Dios los ama, con el mismo amor de Jesús. En las cercanías del Señor descubriremos la misteriosa identificación de Jesús con nuestros hermanos más pobres y alimentaremos las raíces de nuestro compromiso solidario. Sin la comunión profunda con el Señor, como elemento fundante y transformador, sin nuestra inserción real en la vida trinitaria, fuente de la unidad de la Iglesia y manantial del amor más auténtico, no podrá subsistir por mucho tiempo nuestra apuesta de servicio a los hermanos. Es más, nuestros mejores compromisos de fraternidad terminarán agotándose por falta de raíces, pues sólo los santos y los amigos de Dios han amado hasta el final. Esto quiere decir que quienes trabajan en nuestras instituciones caritativas a favor de los pobres tienen que ser primero orantes, hombres y mujeres de vida interior. Hablando de los colaboradores de la Iglesia en el servicio de la caridad, el Papa Benedicto XVI dice en la encíclica Deus caritas est que “han de ser personas movidas ante todo por el amor a Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo. El criterio inspirador de su actuación debería ser lo que se dice en la Segunda carta a los Corintios: ´Nos apremia el amor de Cristo' (5,14)” (n. 33).

Así pues, no olvidemos la misteriosa identificación de Jesús con sus predilectos, los pobres. Cuando servimos a los necesitados, servimos al Señor. Cuando vemos y tocamos a los pobres y enfermos estamos tocando la carne de Cristo, tomando sobre nosotros el dolor de los que sufren. Así lo encarecía el venerable Miguel Mañara a sus hermanos de la Santa Caridad de Sevilla al pedirles que asistieran a los enfermos desde la cercanía y la inmediatez corporal, lavando, curando y besando sus llagas. La razón no es otra que la identificación misteriosa del Señor con los pobres y enfermos: “debajo de aquellos trapos –escribe Mañara– está Cristo pobre, su Dios y Señor”. Por eso, el Señor, que se identifica misteriosamente con los más humildes de nuestros hermanos, nos juzgará por nuestros sentimientos de amor eficaz a los hambrientos, sedientos, enfermos, desnudos, presos, forasteros y transeúntes (cf. Mt 25, 34-46).

En este sentido, me parece muy importante que, tanto la Cáritas Diocesana como las Cáritas Parroquiales y las demás instituciones socio-caritativas, tengan a lo largo del año algunos encuentros de los voluntarios e, incluso, de los técnicos, en forma de retiros, animados por los responsables de cada institución, destinados a rezar juntos y a vigorizar los fundamentos sobrenaturales del compromiso en favor de los pobres. Tales encuentros podrían tener lugar especialmente en los tiempos fuertes del año litúrgico. Tampoco sería perder el tiempo si, de tanto en tanto, se organizara alguna charla sobre Doctrina Social de la Iglesia, pues en el sector pastoral de la diakonía de la caridad no basta la formación en las estrategias de la cooperación o en las técnicas para responder con prontitud en casos de emergencias, sino que es también necesaria la formación doctrinal y espiritual.

Ahora bien, debemos ser conscientes que el camino de nuestras instituciones socio-caritativas en esta hora no está exento de riesgos. Conocerlos es un presupuesto previo para precaverlos o para confrontarse con ellos y superarlos.

El primer riesgo es caminar sin referencias eclesiales. Es un peligro que acecha hoy a muchos cristianos, grupos e instituciones, el peligro de caminar por libre, de vivir un cristianismo anónimo, sin referencias eclesiales o institucionales. Entonces nuestro servicio deja de ser una acción que revela el rostro misericordioso de Dios y las entrañas maternales de la Iglesia, perdiendo el marchamo de acción evangelizadora.

Necesitamos, pues, cuidar los engranajes entre la acción caritativa y social con el resto de las acciones eclesiales y con el conjunto de la comunidad. Cuando las instituciones caritativas y sociales de la Iglesia se consideran a sí mismas, o los demás las consideran, como un “aparte” respecto a las demás dimensiones de la pastoral de la Iglesia o del conjunto de la comunidad, se produce, si no de forma refleja y consciente, sí al menos de modo inconsciente, una “lógica de reidentificación”, que busca que la institución se acredite por sí misma y no por ser de la Iglesia, acentuando el hacer, un hacer autónomo, y descuidando el ser, las buenas esencias de la institución, las bases doctrinales que la definen y la mística que la alienta. Dichas instituciones quedan así fuera del conjunto de la pastoral y de la actividad evangelizadora de la Iglesia, aunque nominalmente sigan permaneciendo en su seno.

En la línea de lo que acabo de decir, existe otro riesgo que también puede acechar a nuestras instituciones de caridad, la hiperactividad, es decir, el afán por hacer muchas cosas, de ser muy eficaces a costa de lo que sea, primando la cantidad sobre la calidad. Nace así la macro-organización dominada por la burocratización, por la “lógica organizativa y burocrática” que tiende a constituirse en un fin en sí misma, olvidando el estilo específicamente cristiano y convirtiendo nuestras instituciones socio-caritativas y las diputaciones de caridad de las hermandades y cofradías en una especie de organización o agencia de “servicios sociales”, perdiendo toda referencia a Dios, del que nuestro servicio a los pobres es manifestación, expresión o epifanía. Domina entonces la frialdad organizativa, más que la capacidad de hacerse cercano y solidario con el que sufre. Dios quiera que en nuestras Cáritas Diocesana, en nuestras Cáritas parroquiales y demás instituciones de caridad de nuestra Archidiócesis la tecnificación de las acciones no ahoguen la cercanía de la escucha, el calor de la acogida, el acompañamiento personal y la capacidad para conmovernos ante el dolor, el sufrimiento y las carencias de nuestros hermanos, siendo expresión del amor a Dios, que toma cuerpo en la caridad ejercida por nosotros los cristianos.

Otros riegos son la falta de criterios a la hora de seleccionar a los técnicos, que siempre deberían ser personas “de casa”, con un claro perfil cristiano y eclesial y una identificación comprometida con lo que nuestras instituciones de caridad significan.

Un riesgo más es descuidar la formación de los voluntarios, que en la acción caritativa y social de la Iglesia han jugado, juegan y jugarán un papel insustituible. Sin ellos, el ejercicio organizado de la caridad en la vida de la Iglesia sería simplemente imposible. Reconocida esta realidad, es muy importante acompañar y formar a los voluntarios, que deben ser personas convertidas, o al menos abiertas a la posibilidad de que el servicio caritativo que prestan, cambie y convierta sus vidas.

Un nuevo riesgo es el acogimiento creciente de nuestras instituciones de caridad a las subvenciones y otras ayudas públicas, a las que instituciones sociales y de caridad ciertamente tienen derecho. Las subvenciones de la administración estatal, autonómica, provincial o local no se pueden ni deben “demonizar”. Pero también aquí se necesita mesura. La obsesión por la subvención puede acarrear una disminución notable de la “comunicación cristiana de bienes”. Al no faltarnos el dinero público, nos preocupamos menos de estimular el sacrificio y la generosidad de los fieles y desvirtuamos la verdadera naturaleza de nuestras instituciones de caridad, cuyo fin es, entre otros, facilitar a los fieles el ejercicio de la caridad organizada y compartir sus bienes con los necesitados.

Nos queda un último riesgo: mimetizarnos con las demás ONGs, presentarnos como una ONG más, no vaya a ser que por la condición eclesial se vean mermadas las subvenciones en el marco de un Estado aconfesional. La verdad es que Cáritas civilmente es una ONG, y justamente una de las más prestigiosas, eficaces y austeras en sus gastos de organización. Pero Cáritas eclesialmente es algo más, mucho más. La impronta propia que configura la identidad de nuestras instituciones de caridad desde dentro es

“el amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Esta identidad, civilmente invisible e imperceptible para quien no tiene fe es, sin embargo, el alma del ejercicio de la caridad. Tal identidad deberá hacerse también socialmente visible todos los días en un tipo de obrar que sea tan novedoso y original que revele perceptiblemente la genuina identidad de Cáritas, dando desde ella razón de nuestra fe y de nuestra esperanza.

En los doce años que llevo sirviendo a la Archidiócesis de Sevilla, he recordado muchas veces a los sacerdotes la importancia de la Cáritas Parroquial y he manifestado de palabra y por escrito que una parroquia sin Cáritas carece de algo esencial. En todo caso es una parroquia incompleta e imperfecta. Si los soportes de la estructura parroquial son en primer lugar la celebración de los divinos misterios (liturgia); en segundo lugar, el anuncio de Jesucristo, el apostolado y el testimonio; y en tercer lugar, el ejercicio de la caridad con los pobres, la falta de cualquiera de ellos hace que la parroquia esté manca o coja, en todo caso defectuosa. Es tarea del Obispo y de su Delegado para este sector trabajar para que no haya ni una sola parroquia en la Archidiócesis sin Cáritas.

Termino ya deseando que este curso pastoral que iniciamos sea fecundo en frutos al servicio de nuestros hermanos más pobres; que profundicemos en la verdadera identidad de nuestras instituciones de caridad; que nos persuadamos de la necesidad y de la importancia de las bases sobrenaturales de nuestro compromiso social y caritativo; que estéis siempre convencidos de que, detrás de los pobres a los que servís, está el Señor y que nunca perdáis la inquietud interior de ser en todo padres, madres y hermanos de tantos huérfanos de amor, de tantos pródigos que sufren como consecuencia de tantas heridas físicas o morales. Y todo ello con el amor de Cristo, nuestro Maestro, visibilizando el amor maternal de la Iglesia, que debe cuidar y amar especialmente a los últimos, tal como nos lo enseñó el Señor.

Deseando que nuestras Cáritas, nuestras instituciones socio-caritativas, nuestras parroquias, en las obras sociales y caritativas de los religiosos y religiosas y en las hermandades y cofradías surjan muchas iniciativas creativas en este curso pastoral en favor de los pobres, os encomiendo a la poderosa intercesión de la Santísima Virgen en el título de los Reyes, patrona de la Archidiócesis de Sevilla. Que ella nos ayude en esta crisis inesperada, para la que no estábamos preparados, e interceda ante su Hijo para que podamos superarla. Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. A ti acudimos, en ti buscamos refugio.

Sevilla, 1 de septiembre de 2020


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 03 Sep 2020 12:15:37 +0000
‘Santiago Apóstol, amigo y testigo de Cristo’ https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58240-‘santiago-apóstol-amigo-y-testigo-de-cristo’.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58240-‘santiago-apóstol-amigo-y-testigo-de-cristo’.html ‘Santiago Apóstol, amigo y testigo de Cristo’

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


El sábado 25 de julio celebramos la fiesta de Santiago Apóstol, el amigo del Señor, el hijo de Zebedeo, llamado a primera hora por el Señor en el mar de Galilea, con su hermano Juan, con Pedro y Andrés, para hacerlos "pescadores de hombres". Junto con Pedro y Juan forma parte del grupo de los íntimos de Jesús, testigos de tres acontecimientos fundamentales de la vida del Señor, la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor y la agonía en Getsemaní.

Los Evangelios dan testimonio de la vehemencia de los hijos de Zebedeo, que piden a Jesús que haga llover fuego sobre los que lo rechazan, ganándose así el apelativo de "hijos del trueno". Dan testimonio también de su ambición, pues, con la ayuda de su madre, piden al Maestro ocupar los primeros puestos en su reino. Pero al mismo tiempo nos hablan de su generosidad y valentía al mostrarse dispuestos a beber hasta el fondo el cáliz del Señor, algo que en el caso de Santiago se cumple en el año 44 en que, según nos atestiguan los Hechos de los Apóstoles, "Herodes Agripa dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan", convirtiéndose así en el primero entre los Apóstoles en dar su vida por Jesús.

Unos años antes de la muerte martirial de Santiago en Jerusalén, según una piadosa tradición conservada en los pueblos de España, el Apóstol vino a la Península como primer heraldo del Evangelio. Él y sus discípulos implantaron en nuestra patria las primeras comunidades cristianas. Así se explica la temprana cristianización de España y el número abundante de mártires, santos, escritores, monasterios y santuarios que surgen en nuestra tierra a partir del siglo III. La tradición compostelana nos dice que poco después de su martirio, los discípulos de Santiago trajeron su cuerpo a la Península, sepultándolo en Compostela. Aquí comenzó su culto, interrumpido por la invasión musulmana, hasta que liberadas estas tierras del dominio musulmán, su sepulcro es descubierto en el siglo IX. Comienza entonces el torrente de las peregrinaciones, desde España y desde el continente europeo. El Camino a Compostela se convierte en camino de gracia y salvación para millones de peregrinos, en camino de cultura y alambique en el que se destila la cristiandad medieval y se conforma el alma de Europa.

La celebración de la fiesta del Apóstol evangelizador y patrón de España es una invitación bien explícita a dar gracias a Dios por ser cristianos, por el don gratuito de la fe en Jesucristo que nos llegó por el trabajo misionero de Santiago. Es una invitación a hacerla viva y operante. Es también una invitación elocuente a renovar nuestro compromiso apostólico y evangelizador, a asumir generosamente la misión que Jesús transmite a los discípulos, la misma que él recibiera del Padre: ir al mundo entero y anunciar la Buena Noticia, que Él empezó a proclamar en Galilea, y que el Apóstol Santiago traerá a nuestra Patria, enseñando lo que él ha visto y oído, lo que ha palpado y tocado con sus manos (1 Jn 1,1), en su convivencia inolvidable con el Hijo de Dios.

También nosotros somos destinatarios de este mandato. Como a los Apóstoles, Jesús nos transmite su misión: anunciar y enseñar lo que nosotros hemos aprendido, divulgar lo que a nosotros nos ha acontecido, que Él nos ha devuelto la luz, la vida y la esperanza. Como los Apóstoles de Jesús después de Pentecostés, hemos de salir a los caminos, hemos de acercarnos a este mundo nuestro, fascinante y atormentado al mismo tiempo, en progreso constante y simultáneamente lleno de heridas, tan diversas y tan dolientes. En esta hora de la historia, magnífica y dramática al mismo tiempo, hemos de ser testigos de la alegría cristiana, de la paz, la reconciliación, la esperanza y el amor que nacen de la Buena Noticia del amor de Dios por la humanidad. Hay demasiado dolor e infelicidad en nuestro mundo como para que los cristianos creamos que ya está todo dicho y todo hecho. Jesús y su Evangelio siguen siendo un tema pendiente en el corazón de los hombres de hoy, y a nosotros se nos ha confiado su anuncio desde las plazas y las azoteas del nuevo milenio, en el que más que nunca estamos emplazados a anunciar a Jesucristo como fuente de sentido, como manantial de paz y de esperanza y como nuestra única posible plenitud.

Santiago Apóstol, amigo del Señor y testigo de Cristo hasta el derramamiento de su sangre, nos invita a todos a ser testigos de Jesucristo y a dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza con nuestra palabra explícita, sin miedo, sin vergüenza y sin complejos y, sobre todo, con el testimonio elocuente y atractivo de nuestra vida intachable, que muestre a Jesucristo como único Salvador y único camino para el hombre.


Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 23 Jul 2020 11:47:26 +0000
Decreto sobre medidas tras el estado de alarma en Sevilla https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58172-decreto-sobre-medidas-tras-el-estado-de-alarma-en-sevilla.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58172-decreto-sobre-medidas-tras-el-estado-de-alarma-en-sevilla.html Decreto sobre medidas tras el estado de alarma en Sevilla

Decreto de Mons. Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla,

Pasado un tiempo prudencial desde el levantamiento del estado de alarma, y con ello las limitaciones a la movilidad de los fieles, como instrumento legal para combatir más eficazmente la emergencia sanitaria provocada por la pandemia del COVID-19 en España, atendiendo a la recomendación de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, reunida los días 6 y 7 de julio del presente año, y tras consultar a la Consejería de Salud y Familias de la Junta de Andalucía, autoridad civil competente para el ámbito de nuestra comunidad autónoma, en virtud de mi potestad ordinaria, vengo en decidir y decido promulgar las siguientes normas para la Archidiócesis de Sevilla, por medio del presente


DECRETO

1- Declarar el cese de la dispensa de la asistencia a la celebración dominical y demás fiestas de precepto (cf. c. 1247 CIC), concedida en los decretos 1041/20 y 1140/20, recordando que cuando concurran causas graves, este precepto no obliga, aunque se recomienda vivamente que en esos casos estas personas dediquen un tiempo oportuno a la oración personal o en familia (cf. c. 1248§2 CIC).


2- El párroco, o responsable del templo, establecerá medidas concretas para el mantenimiento de la distancia interpersonal determinada por las disposiciones civiles pertinentes, indicándose a la entrada del templo el aforo máximo permitido, siendo obligatorio el uso de mascarilla cuando corresponda según las citadas disposiciones civiles. Asimismo, se ofrecerá gel hidroalcohólico o algún desinfectante general a la entrada y salida, colocando dispensadores en un lugar visible, y se seguirán las medidas generales de limpieza y desinfección de los lugares de culto y objetos sagrados.

Las pilas de agua bendita, así como las pilas bautismales, a no ser que éstas permanezcan tapadas o cerradas, estarán vacías, utilizándose para la administración del bautismo un recipiente al que no retorne el agua utilizada. Asimismo, se evitará el contacto físico con las imágenes sagradas hasta tanto así lo aconseje la situación sanitaria.


3- En el transcurso de la celebración eucarística, se tendrán en cuenta estas consideraciones:

- Se limitará a lo indispensable el número de acólitos, lectores y demás ministros del altar, especialmente en aquellos lugares en los que el espacio del presbiterio sea reducido. Estas personas deberán desinfectarse las manos oportunamente antes de desempeñar su tarea en el altar.
- El cáliz, la patena y los copones, estarán cubiertos con la “palia” durante la plegaria eucarística.
- El saludo de la paz, cuando no se omita, se sustituirá por un gesto evitando el contacto directo.
- El diálogo individual antes de la Comunión (“El Cuerpo de Cristo”. “Amén”), se pronunciará de forma colectiva después de la respuesta “Señor no soy digno…”, distribuyéndose la Eucaristía en silencio.
- Antes de iniciar la distribución de la Sagrada Comunión, y al término de la misma, todos los ministros desinfectarán sus manos oportunamente.
- En el caso de que el sacerdote fuera mayor, o que así lo requieran otras circunstancias a juicio del celebrante, este designará ministros extraordinarios de la Eucaristía para distribuir la Sagrada Comunión.
- Se exhorta vivamente a los fieles, hasta tanto desaparezcan los riesgos extraordinarios para la salud de todos, a recibir, con la debida reverencia, la Sagrada Comunión en la mano.


4- La celebración de otros sacramentos, sacramentales y actos de culto, especialmente aquellos que ordinariamente congregan a un elevado número de fieles, se programará de modo que puedan respetarse las normas generales de protección y seguridad ya expuestas, insistiendo en la necesidad e importancia de cumplir con diligencia dichas normas.

En el caso de celebraciones corpore insepulto, el aforo máximo permitido deberá ajustarse a la normativa específica en vigor emitida por la autoridad civil competente.


5- Uso de espacios exteriores de los edificios y actos religiosos en la vía pública. Deberá solicitarse aprobación de la autoridad municipal competente, siguiéndose las medidas organizativas y de protección que dicha autoridad determine. Cuando se pretenda la celebración de actos religiosos en la vía pública, además, se requerirá previamente el consentimiento del Vicario Episcopal de Zona y, en caso de que se trate de cultos externos extraordinarios de hermandades y cofradías, u otras asociaciones de fieles, del Delegado Episcopal para los Asuntos Jurídicos de las Hermandades y Cofradías.


6- Por lo que respecta a otras actividades en locales pastorales (reuniones, encuentros o catequesis, atención de oficina parroquial), se adoptarán las medidas necesarias para garantizar el cumplimiento de las normas de distancia e higiene anteriormente expuestas, así como el debido control para evitar aglomeraciones, con el fin de prevenir los riesgos de contagio.


7- Las Hermandades y Cofradías, y demás asociaciones de fieles, cuando, de acuerdo con el párroco o director espiritual, prevean razonablemente que no van a poder cumplirse, sin grave incomodidad para los hermanos y otros fieles, las limitaciones de aforo y concentración de personas establecidas por las autoridades civiles para el momento de su celebración, en virtud de lo previsto en el c. 87§1 CIC, quedan dispensadas de la celebración de los cultos, y otros actos de piedad o devoción establecidos en sus Reglas o Estatutos -o que hubieran sido autorizados con anterioridad al 14 de marzo pasado. No obstante, con el consentimiento del párroco y en su caso del director espiritual, se permite el traslado de aquellos cultos internos contemplados en las Reglas aprobadas por la autoridad eclesiástica a otra fecha más oportuna dentro del año en curso.

En caso de disparidad de criterio, acúdase a la Delegación Episcopal para los Asuntos Jurídicos de las Hermandades y Cofradías, que -con el asesoramiento de la Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías- determinará cuanto proceda al respecto. Por lo que se refiere a los Cabildos Generales de Hermanos, procesos electorales y otros actos jurídicos competencia de la citada Delegación Episcopal, aténganse a lo dispuesto para cada caso por el Sr. Delegado Episcopal.


8- A partir de la entrada en vigor de este Decreto, quedan sin efecto todas aquellas disposiciones emitidas para la Archidiócesis de Sevilla sobre esta materia, después del 13 de marzo de 2020, que no estén contempladas en este decreto, que podrá modificarse o prolongar su vigencia en función de las limitaciones establecidas por las normas que emita la autoridad civil competente.

Que la Stma. Virgen Ntra. Sra. de los Reyes continúe presentando ante su Hijo, Ntro. Señor Jesucristo, las oraciones y súplicas de todos los fieles de nuestra Archidiócesis de Sevilla.

Este decreto entrará en vigor en el día de su fecha y se promulgará mediante su publicación en la página web de la Archidiócesis de Sevilla, quedando sin efecto las medidas excepcionales determinadas en este decreto (arts. 2-7) cuando las condiciones sanitarias y las normas civiles pertinentes lo permitan.


Dado en Sevilla, a diecisiete de julio de dos mil veinte, festividad de las Santas Justa y Rufina.


+Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla
Doy fe

Isacio Siguero Muñoz
Secretario General y Canciller
Prot. nº 1632/20

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 17 Jul 2020 12:22:27 +0000
Unidos ante la crisis https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58076-unidos-ante-la-crisis.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/58076-unidos-ante-la-crisis.html Unidos ante la crisis

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

La crisis en la que estamos inmersos como consecuencia de la pandemia de COVID-19
nos hace rememorar aquella otra crisis económica de hace no pocos años. Muchos
hermanos nuestros aún no se han recuperado de esta última coyuntura y esta tiene una
perspectiva más pavorosa.

Hemos vivido unas tristísimas circunstancias: millares de muertos solos en los hospitales,
sin la compañía de sus seres queridos, centenares de miles de enfermos, la angustia de los
médicos y del personal sanitario que se han desvivido por atender a todos, lo mismo que
los demás servidores públicos. Desde las dos últimas guerras mundiales, la humanidad
no había sufrido una tragedia semejante. Por ello, os invito a todos a levantar los brazos
intercediendo por nuestro pueblo y por toda la humanidad, pues como nos dice San Pablo
en su carta a los Hebreos, “no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de
nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el
pecado. Por eso, acudamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia
y encontrar gracia para el tiempo oportuno” (4,15-16).

Vuelve a urgir trabajar por la implantación de una sociedad más humana. El primer paso
es redescubrir la ley natural, concreción de la ley eterna para la criatura racional. Hemos
de redescubrir además la relacionalidad como elemento constitutivo de la propia
existencia. El hombre es el único ser de la creación capaz de dar una acogida
incondicionada y un amor infinito a sus semejantes, un ser llamado a vivir en relación, un
ser para los demás, que debe considerar al otro como alguien de su propia familia, como
alguien que le pertenece.

Urge, pues, que todos favorezcamos el rearme moral de la sociedad y que la Iglesia, las
instituciones del Estado, de la sociedad civil y la escuela luchen por fortalecer la
conciencia de que todos formamos parte de una única realidad, fomentando los valores
de la fraternidad, la acogida, la solidaridad, la preocupación por los otros, especialmente
por los pobres, poniéndonos de su parte y en su lugar, apeándonos, como el Buen
Samaritano, de nuestra cabalgadura para arrodillarnos ante el empobrecido y el que sufre,
para curarle y vendarle tantas heridas. Hay que favorecer también el principio de legalidad
y la ejemplaridad de las instituciones y representantes públicos.

Mucho puede hacer en este campo la familia y la escuela, educando a los niños en la
fraternidad, en la experiencia de la generosidad y el descubrimiento del prójimo. Mucho
puede hacer la Iglesia anunciando el Evangelio de la paz, la justicia y la fraternidad,
recordando que todos los hombres somos hermanos, hijos del mismo Padre, salvados por
la misma sangre redentora de Cristo. Mucho pueden hacer y están haciendo las
instituciones de la Iglesia, socorriendo a los pobres en sus necesidades primarias, desde
las Cáritas diocesanas y parroquiales, desde las obras sociales de los religiosos, desde
otras instituciones de matriz cristiana, y desde la acción social de nuestras hermandades.
Mucho está haciendo la Iglesia acogiendo fraternalmente a quienes emigran de sus países
a causa de la pobreza o la violencia, y reclamando a las administraciones públicas que
desarrollen sistemas de plena integración en el tejido social, de modo que los autóctonos
y los que llegan de fuera sientan el lugar donde residen como la casa común.

Para nadie es un secreto que en nuestros barrios sevillanos y en nuestros pueblos hay
mucho sufrimiento y dolor como consecuencia del paro, todo agravado por esta crisis
sanitaria en la que nos encontramos. Sigue siendo tristísima la situación de más de la
mitad de nuestra juventud, sin horizontes y sin futuro. En esta coyuntura henchida de
desesperanza, es preciso reforzar la solidaridad. Es una exigencia de caridad y justicia
que en los momentos difíciles quienes tienen más se ocupen de los que viven en
condiciones de pobreza. Las instituciones deben asegurar el apoyo especial a los parados,
a las familias, especialmente a las numerosas, a los jóvenes, los más castigados por la
falta de trabajo. A los ciudadanos les corresponde cumplir honradamente las leyes por un
elemental sentido de la justicia distributiva. Por ello, reitero que es injustificable el fraude
fiscal, la evasión de capitales, la corrupción y el enriquecimiento ilícito.

Por último, en esta hora es más urgente que nunca recordar la necesaria ejemplaridad de
los responsables de las administraciones públicas, que han de ser especialmente
transparentes y escrupulosos en la gestión de los recursos. El descuido del bien común, la
corrupción y la apropiación de lo que es de todos escandaliza a las personas de bien,
especialmente a los que han perdido su trabajo o su modus vivendi, desacredita a la clase
política, salpica a los políticos honrados, produce desánimo y hastío en la sociedad y
disminuye las defensas éticas en una sociedad ya de por sí debilitada en el campo de los
valores morales.

Estos meses hemos comprobado cómo las circunstancias vividas han suscitado en nuestro
pueblo los sentimientos más nobles de compasión, cercanía, solidaridad y ayuda
generosa, sintiéndonos un pueblo unido por la fraternidad humana y cristiana. Se dice, y
es verdad, que ha aflorado lo mejor de nosotros como pueblo. Nos esperan, sin embargo,
tiempos muy duros una vez que desparezca la epidemia con una sociedad hundida y
deprimida. En esta hora, los cristianos debemos ser hombres y mujeres de esperanza,
sembradores de esperanza, confiando en las promesas de Dios y en su amor, pues no se
ha olvidado de nosotros.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Mon, 13 Jul 2020 11:02:09 +0000
Yo soy la verdad https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/57932-yo-soy-la-verdad.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/57932-yo-soy-la-verdad.html Yo soy la verdad

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este domingo XIV del Tiempo Ordinario contiene unas palabras de Jesús de gran importancia: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor". El mejor comentario a estas palabras de Jesús nos lo brinda san Pablo en la primera carta a los Corintios: "Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos ni muchos aristócratas, sino que lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil de mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (1Cor 1,26-29).
Las palabras de Jesús y de Pablo arrojan una luz particular para el mundo de hoy. Es una situación que se repite. Muchos sabios e ilustrados se han alejado de la fe y miran con desdén a la muchedumbre de los creyentes que rezan, que creen en los milagros, que se arrodillan con piedad ante la Esperanza Macarena o el Señor del Gran Poder. Muchos son intelectuales, profesores universitarios, políticos y profesionales de los medios de comunicación. Son muy influyentes porque tiene a su disposición potentes altavoces.
Conozco personas que se refugian en el agnosticismo o la increencia para acomodarse acríticamente a lo que hoy se lleva, para vivir más cómodamente o para no perder ventajas profesionales o económicas. También conozco no pocas personas no creyentes que son honestas e inteligentes. Sus posiciones se deben a la formación impartida por falsos maestros, al ambiente, a experiencias de vida, y no tanto a una resistencia a la verdad. Yo mismo tengo relación con algunas de ellas y les tengo un gran aprecio. Recuerdo un encuentro con una persona de un cierto relieve en la izquierda española, que quiso comer conmigo en Córdoba y que al comienzo me pidió que le dejará bendecir la mesa, cosa que hice con agrado. Antes de terminar estalló en un sollozo imponente, que según él tenía como origen una nostalgia sincera de lo religioso. Otro político notabilísimo, en mi periodo de Secretario General de la Conferencia Episcopal Española, me confesó que su agnosticismo no era indoloro sino cruento y doloroso.
En no pocos casos el núcleo del problema es la cerrazón a toda revelación de lo alto, y por tanto a la fe, que no es causada por la inteligencia, sino por el orgullo, un orgullo particular que consiste en el rechazo de toda dependencia y en la reivindicación de una autonomía absoluta de la razón, que muchas veces no es limpia y desinteresada, sino más bien nacida del interés de no complicarse la vida. Filósofos, que no pueden ser acusados de mediocridad o de capacidad dialéctica, han escrito: "El acto supremo de la razón está en reconocer que hay una infinidad de cosas que la superan" (Blas Pascal). Soren Kierkegaard por su parte escribió: “Una tarea del conocimiento humano consiste en comprender que hay cosas que no puede comprender y descubrir cuáles son éstas".
A todos los que, por orgullo, deficiente formación, dificultades de orden intelectual, malas experiencias, el escándalo de la Iglesia o cálculos humanos poco confesables, han abandonado la Iglesia o nunca estuvieron en ella, les invito humildemente a buscar con sincera honestidad la verdad. En el evangelio de hoy el Señor afirma inequívocamente "Yo soy la Verdad", para decir a continuación: "Nadie va al Padre sino por mí... Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré".
Es una invitación, no es un reproche. Está dirigida a los cansados de buscar sin encontrar, a quienes han pasado la vida atormentándose, y a quienes se han dado de bruces con el misterio sin lograr desvelarlo. A tantos inteligentes y sabios honestos que buscan la verdad, Jesús les dirige esta invitación llena de amor: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os daré el alivio y la paz que es fruto del encuentro con la Verdad.
No puedo terminar sin recordar a las personas sencillas, a las que el Señor menciona en el evangelio de este domingo. El Concilio Vaticano II nos dice que en la Iglesia hay carismas muy sencillos que no es lícito menospreciar porque son muy útiles para la edificación de la Iglesia (LG 12). Los poseen personas de oración intensa, que viven cerca del Señor, gozando de su amor y de su intimidad, y que por una especie de afinidad o connaturalizad con la verdad, conocen los misterios del Reino. Las conocemos. Están en nuestras parroquias y seguramente en nuestra familia.

Pare ellas y para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 03 Jul 2020 09:19:23 +0000
El que ama a su padre o a su madre más que a mi, no es digno de mi https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/57806-el-que-ama-a-su-padre-o-a-su-madre-más-que-a-mi-no-es-digno-de-mi.html https://www.odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/57806-el-que-ama-a-su-padre-o-a-su-madre-más-que-a-mi-no-es-digno-de-mi.html El que ama a su padre o a su madre más que a mi, no es digno de mi

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:


El Evangelio de hoy se abre con una expresión radical, a la que frecuentemente se apela cuando se quiere criticar la tibieza o falta de compromiso de ciertos comportamientos cristianos: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mi". En realidad, estas frases son la conclusión de un texto evangélico, el capítulo décimo de san Mateo, que contiene algunas instrucciones que da el Señor a los apóstoles para la misión, entre ellas algunas muy exigentes: "No penséis que he venido a sembrar paz en la tierra; no he venido a sembrar paz sino espadas: porque he venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra; así los enemigos de uno serán los de su casa" (Mt 10. 34-35).

La verdad es que esta exigencia no es privativa del Evangelio. La proponen todos los líderes, religiosos o no, a sus seguidores. Jesús sabía que la misión apostólica de los suyos iba a estar condicionada por circunstancias contrarias al Evangelio. Sabía, sobre todo, que los parientes, los más allegados a sus discípulos, iban a ser el primer obstáculo, y el más insidioso, no sólo para la entrega al apostolado sino para la sinceridad de su seguimiento. Esto sigue existiendo hoy cuando padres cristianos se oponen con vehemencia a la vocación religiosa de sus hijos.

Aunque los Hechos de los Apóstoles nos hablan de la conversión al cristianismo de familias enteras, por lo general no fue así. Los historiadores de la edad antigua de la Iglesia nos dicen que la aceptación de la fe no respondió a movimientos masivos, suscitados por un ciego entusiasmo, sino a la convicción profunda y paciente que iba madurando en el corazón de cada persona. En este sentido es evidente que muchos conversos experimentaron muchas dificultades, rechazo e incomprensiones por parte de familiares, amigos y colegas. De hecho, contamos con no pocos testimonios históricos que nos hablan de la frontal oposición de los judíos y paganos a sus parientes y amigos convertidos al cristianismo. San Justino nos habla de un marido que no podía soportar la moral cristiana de su esposa en el matrimonio, y la denunció como infiel. Las actas del martirio de las santas Felicidad y Perpetua narran el dolor de ésta al tener que cerrar sus oídos a los lamentos de su padre que la visitaba en la cárcel e intentaba que abandonara su fe cristiana. San Agustín cuenta el orgullo de su padre al verle convertido en un muchacho robusto, sin que en modo alguno le estimulara a conservar la castidad.

Los discípulos de Jesús, que habían dejado casa y familia para seguirle, lo entendían mejor que nosotros, sin ninguna violencia. Lo mismo ocurría con los que, como consecuencia de su conversión a la fe cristiana tenían que profesar un nuevo estilo de vida. Como los Apóstoles, los santos de todos los tiempos nos enseñan a seguir al Señor con radicalidad, sin medias tintas ni componendas, arraigando y centrando la vida sólo en el Señor. San Benito en su Regla toma una frase prestada de san Cipriano de Cartago. Esa frase es la siguiente: Nihil amori Christi praeponere, es decir no anteponer nada al amor de Cristo, primer, único y supremo valor de nuestra vida, nuestro único amor, más importante que nuestro futuro, nuestros proyectos, nuestra familia, nuestra carrera, nuestro prestigio, la salud o el dinero.
Los santos de todas las épocas nos instan a seguir al Señor sin vacilación, a dejarnos fascinar por su figura y su mensaje, como quedaron fascinados los primeros discípulos, Santiago y Juan, Pedro y Andres, Mateo o Zaqueo o la Samaritana, como quedaron fascinados san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, santa Teresa de Jesús, santa Teresa de Lisieux, san Rafael Arnaiz, o los santos sevillanos, beato Spínola, las santas Ángela de la Cruz y María de la Purísima o san Manuel González García.
Las biografías de los Santos nos invitan a seguir al Señor con decisión, poniendo la mano en el arado y sin volver la vista para atrás. Él es el camino, la verdad, la vida y la felicidad de los hombres (Jn 14,6). Él es el único revelador del Padre y el único acceso al Padre. "En ningún otro hay salvación y ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo y entre los hombres por el cual podamos ser salvos". Sólo Él merece la entrega absoluta e incondicional de nuestro presente y de nuestro futuro, de nuestros proyectos, de nuestro tiempo, de nuestra salud, de nuestra afectividad y de nuestra vida entera.

Que acojamos el testimonio de los santos. Contad con mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 26 Jun 2020 10:34:59 +0000