El museo de la Calahorra, memoria de su beato Joaquín Gisbert

El museo de la parroquia de La Calahorra quiere ser memoria y presencia viva de su beato mártir Joaquín Gisbert Aguilera. El martirio refleja el profundo amor a Dios y al prójimo de aquellos que mueren mártires por Cristo y su Iglesia. La Calahorra venera a su mártir Joaquín Gisbert como camino de santidad y perfección. El museo parroquial quiere conducir a aquellos que lo visiten a la esencia del seguimiento de Cristo de dar la vida y, si fuera necesario, la sangre por el verdadero amor a Dios, a la iglesia y al prójimo.


En el museo encontramos algunos objetos del beato Joaquín. Su cilicio, un misal y un portaviático, que muestran su capacidad de mortificar su cuerpo para santificarlo, su profundo amor a la Eucaristía y su amor a los enfermos a los que llevaba la presencia del Señor hecho Sacramento.

Estos objetos ayudan a descubrir la figura de beato Joaquín Gisbert, el primero de La Calahorra, que fue beatificado el 25 de marzo de 2017, en Almería, y cuyos restos se encuentran en el templo parroquial, en una urna situada a los pies del altar mayor.


Beato Joaquín Gisbert

En la biografías publicadas en Almería, con motivo de la beatificación, sobre Joaquín Gisbert se recoge este testimonio de su vida y de cómo lo apresaron durante la Guerra Civil española:
Tanto la vida como el ministerio del Siervo de Dios transcurren en la diócesis de Guadix, pues por aquella época aquellas tierras estaban bajo la jurisdicción de los prelados accitanos. Hijo de un sencillo jornalero, con gran esfuerzo pudo cursar sus estudios en el Seminario de san Torcuato de Guadix.
Ordenado presbítero el veinticuatro de mayo de 1926, le encargaron las parroquias de Matián, Doña María y Escúllar; ocupándose posteriormente también de Ocaña. Presbítero humilde y sencillo, vivía con dos de sus hermanas en un ambiente gozosamente austero. Recordado por su carácter bueno y sensible, se ocupaba con gran fidelidad de sus deberes pastorales. Siempre rodeado de niños, no dudaba en jugar con ellos al fútbol o al frontón.
Sus familiares recordaban que: «unos cuantos días antes de su detención, su padre le sirvió de tentación. Llevado del amor a su hijo y viendo el cariz que iban tomando las cosas, le dijo: “Joaquín, quítate la sotana, sal a la plaza y diles: muchachos, soy comunista de los vuestros”. Él, bajando la cabeza, respondió: “Padre, yo no puedo hacer eso”.» Tras celebrar la Santa Misa, fue detenido pacíficamente mientras hablaba con su madre en el huerto y trasladado a Almería. Su familia trató de rescatarlo mediante la entrega de dinero. Los milicianos parecían favorables, pero, al conocer su identidad sacerdotal, dijeron: «”no hay nada que hacer, sí es cura nada”.»
Con la misma edad que la tradición asigna al Salvador en la hora de su crucifixión, treinta y tres años, compartió prisión y martirio con el Siervo de Dios don José Álvarez Benavides de la Torre. El presbítero don José Serrano Rodríguez, que lo sucedió en la Parroquia, conservaba así su memoria: «Él no tenía enemigos y convivía con el pueblo, comía con las gentes gachas y migas, incluso pasaba hambre con los más pobres. Por eso fue auténticamente mártir de Cristo y de la Iglesia, ya que no había motivación alguna humana, ni social, ni política para que persona alguna tuviera odio o quisiera vengarse de él. Fue una muerte verdaderamente sufrida como discípulo de Cristo, que no podía ser de otra manera, porque era un hombre de Dios, sacerdote auténtico.»


Joaquín Caler
Párroco de La Calahorra

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